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Foto tomada de
Internet |
Nos interesan dos
aspectos fundamentales
de su trayectoria. Uno
es el de la Pilar que
reflexiona sobre las
políticas sociales y la
cuestión de la
ciudadanía, como en el
libro que escribió con
José Luis Rebellato, y
el segundo, la Pilar
educadora popular
relacionada con la
izquierda uruguaya.
"Es la misma Pilar. La
educación popular en
Uruguay se desarrolla y
consolida en el marco de
la lucha política contra
la dictadura. Antes de
ese momento, no había un
movimiento de educación
popular, aunque sí
algunas experiencias,
sobre todo de los
cristianos, en los
lugares de mayor
pobreza. Pero el
movimiento de educación
popular con presencia,
con propuestas,
vinculado al movimiento
latinoamericano, nace en
Uruguay en la lucha
política.
"Eso le otorga una
característica bastante
diferente a la educación
popular uruguaya
respecto de la de otros
países. Además, Uruguay
es un país muy laico,
donde la Iglesia está
separada del estado. Por
tanto, la penetración de
la Iglesia no tiene aquí
las características de
otros países
latinoamericanos.
"Entonces, la temática de
la educación popular ha
ido acompañando estos
procesos políticos. Y
fíjense que digo la
temática, no la
metodología; me refiero
a los contenidos
concretos o los ejes
temáticos o las
preocupaciones del
pueblo, la materia prima
de la educación popular.
"El libro al que se
refieren aborda un tema
surgido a partir del
primer triunfo que tuvo
el Frente Amplio en la
intendencia de
Montevideo. Se empieza a
desarrollar un proceso
de participación popular
en el que, lógicamente,
se experimentaron muchas
cosas que teníamos en el
programa. La educación
popular suscribía
—habíamos sido incluso
parte de su elaboración—
el programa de
participación popular.
"El primer período fue
sumamente rico, lleno,
con mucha motivación;
pero sucede que los
procesos, si no logran
mantenerse vivos y
mantener las
posibilidades de cambio
de sí mismos, se
transforman en
instituciones que los
bloquean. José Luis y yo
acompañamos el proceso
en una de las zonas
tradicionalmente más
obreras, más combativas
de la ciudad. Y el libro
fue, sobre todo, un
alerta que quisimos dar
frente a algunas
posiciones que estaban
poniendo en tela de
juicio la participación
porque no era eficiente,
porque la gente no iba a
las reuniones. Con esos
argumentos, se estaba
bloqueando justamente lo
que iba a permitir la
participación.
"Es un libro muy querido
para mí, primero porque
es el segundo con José
Luis —el primero está
agotado, es más
pequeñito— y, segundo,
porque lo prologó Tabaré
Vázquez. Su prólogo es
el de un político, y
como todo político, no
se compromete en todo.
Pero fue importante que
cuando ya era candidato
a la presidencia, haya
prologado un libro muy
crítico de la propia
gestión, en el marco del
compromiso con el
proceso."
¿Cómo se relacionan
ética y educación en el
campo de los principios
y de las prácticas
políticas?
Esta pregunta es más
larga y más difícil
porque parte del
paradigma. Preguntarnos
cómo se relacionan cosas
que son una misma,
indica que normalmente
disociamos la realidad
porque —si lo pensamos
desde el ser humano— la
práctica es la ética y
la forma en que me
relaciono es la
pedagogía; eso es un
todo. Siempre que hago
una práctica pedagógica
existe una dimensión
política, que tiene que
ver con el tipo de
relación que se
establece: una relación
liberadora se relaciona
con una propuesta
política de liberación y
autonomía; una relación
autoritaria se
corresponde con una
propuesta política
autoritaria, porque en
la educación se supone
que vas formando y
formándote en una manera
de conocer el mundo y de
relacionarte con los
otros.
La ética es también eso;
hablo de ética y no de
moral. La ética tiene
que ver con la manera
como nos relacionamos
con el otro: cómo vemos
al otro, no solo en el
plano racional. Aprendí
de José Luis que la
ética no es una
abstracción, no es un
tema teórico ―como se ha
pretendido, y la Iglesia
en eso ha tenido mucha
responsabilidad―, y por
ello hemos hablado mucho
de la filosofía de la
praxis.
La ética es un
compromiso integral del
ser humano y un conjunto
de teorizaciones o de
principios morales han
desvirtuado su verdadero
significado para una
propuesta liberadora
que, en esencia, es el
compromiso político, el
ser humano dispuesto a
jugarse por una causa, a
creer en algo. Incluso,
se ha desarrollado la
idea de la existencia de
una ética del mercado.
Porque cuando el
neoliberalismo te
propone el mercado como
un dios, que te impulsa
al consumismo, está
implicada una ética
determinada: me importan
más las cosas que la
gente o es más
importante lo que tengo
que lo que soy. Hay unos
valores muy fuertes que
fundamentan una
economía, una política
y, particularmente, una
manera de ser y de hacer
de los seres humanos.
Se podría hablar de
otras cosas como la
competitividad o el
sálvese quien pueda o el
miedo, porque esto —que
posiblemente para un
país como el de ustedes
no sea tan importante—,
es una de las claves del
triunfo del
neoliberalismo en el
plano ideológico: ha
logrado que tengamos
miedo uno del otro,
porque el otro es un
competidor. La mejor
manera de quebrar la
solidaridad fue ponernos
a competir por todo,
porque el miedo es a la
exclusión. Si vos
pierdes el trabajo, no
encuentras otro; si vos
pierdes tu casa… Y vos
vives permanentemente
con ese temor, y solo
sobrevives pisándole la
cabeza al de al lado,
desde la escuela hasta
el fin de tu vida.
Es una violencia
permanente. Luego
decimos “qué violento
está el mundo”. Pero
¿cómo no va estar
violento si la única
manera de vivir es
aplastando a otro?
Usted hablaba del
neoliberalismo como
filosofía y como
práctica, de toda una
teoría que politiza el
terreno de la sociedad
civil, mete al
individuo, no excluye a
lo privado. ¿Cómo puede
potenciarse la figura
del ciudadano en el
contexto desmovilizador
de lo político
alternativo dentro del
neoliberalismo?
El contexto
desmovilizador sería el
del neoliberalismo.
Claro, porque allí
también se encuentra
algo que no suele
trabajar sobre la lógica
del ciudadano: el
ciudadano o la
ciudadana, como figuras,
parten del individuo,
como si el individuo
pudiera existir si no es
en el marco de la
sociedad, parte también
de la disociación. Y la
realidad es que el ser
humano no existe sino
en función de otro ser
humano, de la naturaleza
y de sus relaciones.
Entonces, en ese afán
simplificador, pero en
el fondo muy hábil,
puedes empezar a
fortalecer valores
desmovilizadores, porque
si se trabaja con el yo
y no con un nosotros, no
es posible pensar en la
movilización colectiva
o, por lo menos, no está
en esa lógica. Por eso
hay que ser muy
cuidadosos con las
palabras, que son
lindas, pero tienen
detrás muchas
implicaciones.
Me gusta más trabajar
con el tema de
ciudadanía, no del
ciudadano o la
ciudadana, porque la
ciudadanía es un
concepto colectivo, un
concepto que hace a un
pueblo activo en
términos políticos. El
individuo solo, si bien
es un ser político, no
tiene capacidad de
transformación, ni
siquiera de sí mismo.
Porque, ¿cómo te puedes
transformar a ti mismo
si no es interpretando
algo? No existiría la
cultura, no existiría el
idioma, no existiría el
ser humano sin una
sociedad.
En las sociedades
capitalistas el tema del
bombardeo informativo y
el bombardeo, incluso en
la esfera del
conocimiento, genera un
ansia. Así como genera
el ansia de cosas,
genera querer saber.
Cuanto más leíste,
cuanto más autores de
última generación
citaste, cuando citas la
última palabra que salió
allá en Barcelona, es
como si hubieras logrado
una acumulación. Pero
casi nunca nos sentamos
a pensar cómo se
relaciona esto con las
cosas más simples que
hacemos para lograr que
los seres humanos
vivamos mejor, ni qué
entendemos por vivir
mejor.
Y ahí el tema de la
democracia es muy
importante. Todos
decimos: la democracia
ha sido un tema que se
ha ido rescatando porque
tiene que ver con los
horrores vividos durante
los procesos
dictatoriales.
Redescubrimos la
potencialidad de la
democracia formal, de
que puedas expresarte,
de que no haya
persecución, de que tu
vida tenga otro valor,
todas esas cosas. La
realidad es que no
tendríamos que confundir
esa democracia formal
con los conceptos de
democracia que se han
ido elaborando a partir
de la ruptura de algunos
paradigmas y la búsqueda
de nuevos paradigmas.
Pero muchas veces caemos
en eso.
Después decimos que no
hay movilización. Pero
no hay movilización
porque, ¿para qué se va
a movilizar la gente? La
gente no va más a un
comité, a un sindicato,
si no es para algo, y
eso es sabio. Ese algo
no tiene que ser siempre
utilitario: puede ser la
formación, pasarla bien,
encontrar aprendizajes
de otro tipo, luchar por
el salario; pero la
lógica
institucionalizada es
que no se movilizan
porque no concurren al
comité de base o no van
al acto de la
organización tal en tal
momento. Sin embargo,
¿en realidad esa es una
movilización contra el
neoliberalismo? O sea,
¿cuál es el objetivo
real en términos de
movilización de esas
liturgias que
desarrollamos?
En conclusión, creo que
el instinto emancipador
del ser humano está ahí.
Esa es mi esperanza, mi
intuición
―para
no decir hipótesis,
porque no la puedo
comprobar―,
mi intuición de base,
que no es solo mía: el
ser humano es
maravilloso, se ven
errores, pero a cada
error le corresponde una
posibilidad de cambio.
De manera que cuando los
seres humanos no se
movilizan o no van a
algún lugar, es porque
socialmente hemos
construido determinadas
barreras, visibles o no,
que bloquean esas
potencialidades. Cuando
eso sucede, lo que
habría que hacer es
empezar a cuestionarnos
qué es lo que estamos
haciendo.
Por otro lado, no se
está desmovilizado el
movimiento
antineoliberal. Este
tiene formas de
movilización que todavía
no logramos articular
coherentemente en un
proyecto más o menos
colectivo, sino que está
en la etapa de muchas
cosas por muchos lados.
¿Conocen a Eduardo
Galeano? Él tiene una
imagen que me gusta
mucho: la de los
fueguitos. Dice que si
uno mirara el mundo
desde arriba se verían
montones de fueguitos.
No estamos
desmovilizados, a veces
desencantados, creo que
sí, y eso ha incidido
mucho. Eso sucede
particularmente cuando
se piensa que hay un
triunfo…
En la reflexión sobre lo
que está sucediendo en
la América Latina, y a
partir de lo que Freire
decía ―el liderazgo
revolucionario no debe
esperar llegar al poder
para aplicar la
educación liberadora―,
¿cómo cree que el
movimiento social
latinoamericano,
particularmente el
argentino, el uruguayo,
el venezolano y el
brasileño, han
incorporado principios y
prácticas de la
educación popular?
En diferentes medidas.
Ahí también está el
principio de los
fueguitos, porque hay
algunos espacios donde
creo que se está
logrando realmente
plasmar, en términos más
generales, una propuesta
alternativa. Pero,
claro, no hay magia, la
lucha es permanente
porque esos espacios no
se cierren y avancen. No
es lineal tampoco. Por
momentos parece que se
abre el espacio, y a
veces parece que
perdemos el tren y no
tenemos la capacidad de
mostrar en la práctica
que es viable una forma
distinta, y después nos
quejamos porque se
vuelve a lo viejo.
Tomemos el caso de
Argentina, que lo
conozco bastante, sobre
todo el movimiento
piquetero, a dos horas
de Montevideo, por lo
que lo hemos seguido muy
de cerca. Hubo momentos
en el movimiento
piquetero, acompañado
por las asambleas de
vecinos, que parecía que
se había logrado una
manera de hacer
diferente, y que por
primera vez no entraba
la cuestión partidaria
argentina, un problema
muy especial. Pero, ¿qué
pasó? Triunfó la
fragmentación. No en
todos los casos, pero
hay que tener en cuenta
que se trata de un
movimiento muy
dialéctico, en el que
los avances no son
lineales, en el que no
podemos pensar que
porque obtengamos algo
ya está ganado para
siempre. Igual, hay que
ir haciendo los cambios
desde ahora, porque no
se van a dar
automáticamente cuando
se tome el poder. Y
además, dada la
coyuntura internacional,
las condiciones en que
se toma el gobierno o
las parcelas de poder
son muy difíciles.
En el caso de Venezuela,
la lucha pasa mucho más
por lo organizativo.
Probablemente allí se
gesten formas
organizativas más
novedosas que en países
donde ya hay una
historia en este
sentido.
Lo que quiero decir es
que no es el momento del
cambio el que cambia
todo. Vamos a ir
cambiando, vamos a
seguir teniendo momentos
de retroceso, pero en
términos generales, se
trata de la crisis del
modelo, es esa figura a
la que recurrió José
Luis, la de crisis de
civilización. Para
mantenerse, este modelo,
esta civilización, tiene
que matar a la
humanidad, hacer
desaparecer al mundo.
Todos sabemos lo que
está pasando con el tema
de los ciclones. Por
ejemplo, en Uruguay
tuvimos por primera vez
en la historia un
huracán. Murieron muchas
personas. Coincidió con
el Katrina, en el que
murió mucha más gente.
Pero desde el punto de
vista del ecosistema, lo
que pasó en Uruguay es
un cambio mucho más
significativo que lo que
pasó en los EE.UU.,
porque allí el cambio
fue de cantidad, de
volumen, mientras que en
el Cono Sur nunca
entraba un fenómeno
natural como ese, porque
las aguas son muy frías.
Antes habíamos tenido
ráfagas de hasta 80
kilómetros por hora,
pero con el huracán hubo
vientos de 200
kilómetros, y el motivo
es que las aguas se han
calentado cinco grados.
No es un problema solo
de la información, sino
que están pasando cosas
como esa. Es una
civilización que implica
la destrucción del
mundo. Entonces, para
volver a la pregunta, la
revolución es el proceso
revolucionario. Y cada
elemento, organizativo o
de otro orden, no es más
que un punto de partida.
¿Cómo pueden ayudar la
educación popular y la
filosofía que la inspira
al rencantamiento
político tan necesario
en el contexto
latinoamericano?
Sí, el rencantamiento es
necesario y tiene que
ver con lo que decía
antes de la vida: si no
hay conflictos no
existe; pero nos han
hecho creer que el
conflicto es malo, que
lo bueno es la nada,
quedarse calladito. Es
un concepto de paz que
nosotros decimos que es
la paz de los sepulcros.
Entonces, para
reencantarnos habría que
entender que hay que
desarrollar un poquito
más la dialéctica en
términos de la síntesis.
Muchas veces, en vez de
una superación de dos
opuestos, con la
síntesis se produce una
bifurcación de
conflictos.
La contradicción es
inherente a la vida, no
hay vida sin muerte.
Nosotros, para vivir,
tenemos que matar a las
plantas y a los
animales; si no, no
podemos comer. Nuestra
vida depende de la
muerte; y lo mismo
sucede con opuestos como
hombre y mujer, bueno y
malo. Todos los ciclos
son contradictorios,
solo que se abren
contradicciones a otro
nivel, a un nivel
superado de la
contradicción. No creo
más en la síntesis
definitiva.
¿Cómo nos reencantamos
entonces? Trasladando
todo eso al campo de la
vida cotidiana y no
dejándolo solo en el
plano teórico. Porque le
digo eso a un obrero
uruguayo y me dice:
“¿sí?, qué lindo”. Pero
después me dice, por
ejemplo, que todo es lo
mismo, que estos que
vinieron también cayeron
al final en la
corrupción. Tendríamos
que lograr integrar la
idea de que eso forma
parte de la vida y de
las posibilidades que
abre el cambio, y de que
siempre tenemos nuevas
aspiraciones en un plano
superior. Por ejemplo,
en Uruguay peleamos
contra la dictadura
porque queríamos
libertades civiles.
Ahora no nos alcanzan
las libertades civiles:
queremos democracia
económica. Y seguramente
después de la democracia
económica vamos a querer
otra cosa… mejorar.
Reencantarnos implica
tener proyectos, claro,
pero no un proyecto
acabado, porque es
posible que si es un
solo proyecto y es
acabado, pasen dos
cosas: primero, que no
se cumpla y la gente se
retraiga y no crea más;
segundo, que si se
cumple, ya no tenga más
sentido seguir peleando.
Hasta en las parejas es
así. Si dices: mi
objetivo es casarme con
esta persona, y después
de que me casé,
solamente la búsqueda de
un hijo puede cambiar
las cosas, ¿qué pasa
después si todo se acaba
en ese objetivo, si no
logramos ver que no hay
un objetivo, sino un
proceso permanente?
Y en cuanto al cómo,
tengo que decir que
tampoco soy Dios, ni
tengo la varita mágica.
Pero sí me parece que
esa es una nueva
concepción que, además,
tiene que ir ganando
espacios, por momentos
con más fuerza, por
momentos con menos. Pero
la tendríamos que
integrar al plano de lo
cotidiano, al plano
pedagógico y al plano
político, los espacios
que me parecen de más
interés. En el plano
económico también, pero
no en una lógica
acumulativa, sino de
relación con la
naturaleza. Ahí hay una
interesante vuelta
atrás, porque lo que los
ecologistas están
proponiendo como novedad
ahora, en realidad es lo
que los mayas y los
egipcios desarrollaron
hace siglos: un vínculo
sustentable con la
naturaleza, que no haya
acumulación individual
sino acumulación
colectiva.
Todas las lenguas de los
pueblos mayas, de los
pueblos andinos, por lo
menos las conocidas,
tienen un aspecto
interesantísimo: el
verbo “tener” no puede
conjugarse en singular,
no existe la expresión
“yo tengo”; solo se
puede conjugar en
plural. Eso habla de una
cosmovisión
absolutamente distinta a
la del capitalismo.
Otra cosa que me parece
interesante de nuestros
pueblos indígenas, y de
la que debíamos saber
más, es la compleja
integración que se
produce en su seno entre
elementos racionales y
elementos subjetivos,
místicos, espirituales.
Vengo de uno de los
pueblos más laicos de la
América Latina. Pero si
la gente hace cosas en
la vida, en la práctica,
en función de eso,
aquello en lo que creen
existe. Yo no puedo
negar lo que hace que la
gente se movilice,
pelee, dé su vida. Sería
como decir que no existe
el amor, ni los ideales.
Si una creencia moviliza
vivencias
―y
ahí va otra respuesta a
la pregunta―,
si genera encantamiento,
si la gente por eso
transforma su vida,
aquello en lo que creen
existe. Y no solo
existe, sino que quiero
que exista. Lo único
importante es que sea
una creencia liberadora.
Por tanto, hay que
cuestionar la Iglesia,
por ejemplo, como
estructura vertical;
pero nunca ese factor de
cambio que es la
creencia.
Siguiendo con la idea
del reencantamiento,
hay que reconocer que
las políticas ―más allá
de la visión
instrumental con que se
las suele entender―
tienen una función en el
reencantamiento de los
proyectos. ¿Cómo se
conecta esto con el
concepto de
descentralización
participativa que usted
ha manejado en sus
textos?
Es fundamental. Toda la
tradición de las
políticas sociales, por
lo menos en mí país, es
de planificación de
escritorio, de
planificación masiva.
Son diagnósticos de
corte tradicional, muy
ligados a la
uniformación: “tenemos
tantos pobres que están
en tal lugar”, y
entonces se define una
política y se asignan
recursos, en muchos
casos bastantes
recursos.
Un sector de mi país en
el que ahora estamos
tratando de transformar
esta lógica es el de la
salud. El estado asigna
―incluso
el gobierno anterior lo
hacía―
un porcentaje del
presupuesto bastante
importante a la salud
―y
suficiente, según
piensan muchos―,
pero el sistema de salud
es un desastre. ¿Por
qué? Los hospitales
están ubicados todos en
la capital, no hay
ninguna relación con la
población, no se trabaja
la prevención, la
educación de salud.
Para este
reencantamiento, y en
esta lógica de la
descentralización, lo
primero es escuchar a la
gente, cuáles son las
necesidades, dónde se
ubican los problemas que
quieren mejorar y que
muchas veces no son los
que nosotros vemos o
queremos, o los que
desde esta lógica macro
parecen los más
importantes. Y en esto
tampoco niego políticas
de salud como la
vacunación
―centrales
y obligatorias―,
sino que enfatizo la
búsqueda de la
participación.
Entonces esto empieza
con que la gente pueda
diseñar, no solamente
decir lo que piensa
sobre su realidad y lo
que quiere, sino
participar activamente
en el diseño y en la
gestión. Y eso es
descentralización.
Participativa porque no
es solo un asunto
geográfico y
administrativo, sino
también político: es la
gestión y el poder de
decisión en manos de los
vecinos organizados o el
sindicato o lo que sea,
según el tipo de
política de que estemos
hablando.
Si nos referimos a una
política de derechos
laborales, será
descentralizada y
aplicada en función de
la realidad de cada
fábrica, de cada centro
laboral. Para poner un
ejemplo: la ley de ocho
horas y de dos días de
descanso no tiene
sentido en la salud,
donde se trabaja de otra
manera; o no tiene
sentido en los trabajos
estacionales, en los que
hay que buscar
flexibilidad, no con una
perspectiva capitalista,
sino de modo que los
propios trabajadores
propongan cómo
desarrollan, gestionan,
controlan y deciden en
sus propios espacios la
política macro.
Se trata, entonces, de
un juego de
descentralización–centralización.
No es la pérdida de la
centralización, porque
ese es el juego del
neoliberalismo: la
descentralización total
y que los pueblos se
aguanten como puedan, y
el que tiene poco va a
seguir teniendo poco.
Nosotros hablamos de
descentralización-centralización.
Los recursos se
distribuyen centralmente
para que haya
redistribución, porque
los ricos deben darle al
estado más plata que los
pobres y el este tiene
que darles más plata a
los pobres que a los
ricos.
Las políticas sociales
tienen una
direccionalidad
centralizada, una
distribución de recursos
centralizada, pero una
gestión, una ejecución y
un nivel de decisión
locales. Eso es lo que
permite
―está
bastante probado―
que a la gente le
interese participar
cuando mejoran sus
condiciones, cuando ven,
efectivamente,
transformaciones
materiales, y no solo
materiales, sino cuando
se articula el campo
ideológico con el campo
material. No se trata de
un día discutir sobre la
plusvalía y otro sobre
la calles que tienen
pozos. ¡No! Es cómo
integrar esas cosas en
un proceso colectivo.
Hay otro elemento muy
fuerte, un tema
organizativo complejo,
puesto que cuestionar
las formas centralizadas
implica cuestionar
también la organización
tradicional
centralizada. ¿Cómo
lograrlo? Algunos
compañeros me dicen que
es un despelote. Sí, es
un caos, pero es un caos
con cierto nivel de
organización. Por eso no
negamos la
centralización. Lo que
queremos es no perder la
vida, porque es de ahí
de donde van a surgir
otras cosas.
Termino con una
experiencia de unos
jóvenes de primer nivel
de secundaria, de 12 a
15 años. Con el nuevo
gobierno se abolió una
ley que no les permitía
organizarse
gremialmente, y eso fue
todo un triunfo. En
realidad, fue un triunfo
del gremio docente.
Entonces, ¿qué hicieron
los viejos? Fueron a las
clases y les dijeron:
“Bueno, ahora tienen que
nombrar delegados de
clases para el gremio de
ustedes”, y les dieron
una mañana para que, en
lugar de clases, se
reunieran y votaran por
sus delegados. Pero los
chiquilines no querían
votar por un delegado
porque no veían que una
sola persona pudiera
representarlos en todos
los espacios. Decían:
“¿Cómo va a haber un
compañero que nos
represente en todo? Para
la propuesta educativa
—porque hay un espacio
para saber qué quieren
ellos de la educación—
debemos elegir un buen
estudiante, pero no
vamos a elegir el mismo
para la parte de
deportiva, ni para ir a
pelear por nosotros
frente a las
autoridades”.
Fue una ruptura
impresionante en
términos de propuesta
organizativa, llena de
frescura, de libertad de
decir, que no era
posible la existencia de
un ser humano tan
perfecto. Entonces se
armó un lío porque los
docentes decían: “No,
solo un delegado de
clase con el que
nosotros podamos
hablar”, y en algunos
liceos lo hicieron y
dijeron que cuando fuera
necesario, elegirían al
delegado apropiado para
cada momento, para cada
coyuntura porque ellos
delegaban, pero no
delegaban la vida ni
todas sus decisiones.
Muy interesante.
Me pareció muy bien, y
estamos haciendo un
proceso de
sistematización con
ellos, porque eso no
pasó en un liceo
solamente, sino en un
montón, y viene de que
el estado les exige que
tengan una dirección, y
ellos no quieren tener
una dirección única.
Ellos dicen: “Cuando el
estado quiera hablar con
nosotros, nos dice qué
tema, nos dice de qué, y
nosotros vamos a
nombrar una
delegación”. No se
quieren organizar para
los adultos, y lo que
están planteando implica
mucha más discusión,
mayor organización,
respeto y valoración de
las diferencias.
Me gustaría conocer sus
opiniones acerca de la
propuesta del Centro
Memorial Dr. Martin
Luther King, Jr.
Lo primero que se me
ocurre es que estoy como
reencantada. Las
prácticas concretas
reencantan cuando pasa
algo así. Mira si seré
vieja, que me estaba
acordando de los
fracasos de la
Revolución Sandinista,
de lo que fue, y por eso
me reencanté de nuevo
con esto: es posible
hacerlo, demostrarlo.
Eso siento yo acá;
porque la primera vez
que vine a Cuba, allá
por los años 80, éramos
un grupito de gente en
educación popular, era
completamente distinto.
Digo que las condiciones
de Cuba pueden ser
peculiares, pero en Cuba
los seres humanos tienen
las mismas
potencialidades y un
entorno, en algunos
sentidos, mucho más
favorable, aunque en
otros tengan
limitaciones. Pero yo
estoy encantada y
reencantada con el
proceso y sus
potencialidades, con sus
posibles impactos, que
serían como revolucionar
la revolución, o sea,
seguir el mismo proceso
revolucionario, pero
mejorando algunos
aspectos que todavía,
por diversas razones, no
han podido desarrollarse
plenamente en la
Revolución Cubana.
No sé si los compañeros
que lo están haciendo
piensan lo mismo. No sé
si hay conciencia de las
potencialidades, el
impacto y las
dificultades del
proceso. Como ya dije,
los conflictos, las
dificultades, son parte
de este y son lo que
anima.
Por otro lado, me parece
que ha sido una
experiencia seriamente
realizada en el sentido
técnico profesional:
aquí hay cabeza además
de corazón. Hay una
propuesta que no es
espontánea, aunque
recoge y reconoce la
espontaneidad, la
sensibilidad del pueblo
cubano. Pero hay una
apuesta teóricamente
sustentable, que se
puede debatir también en
el plano ideológico,
político y económico.
Una de las debilidades
de muchas experiencias
de educación popular es
que cuando las quieres
llevar a un plano más
social, más masivo e,
incluso, más académico,
los compañeros y
compañeras no han
logrado todavía una
sistematización, una
apropiación en el plano
teórico que les permita
debatir en esos
espacios, porque uno
está peleando en el
ámbito de lo que hay.
Acá existe esto mucho
más lindo que en otros
sitios, pero en todos
lados hay que debatir,
hay que demostrar en la
práctica para generar el
encantamiento de las
masas, de la gente, que
es lo que le da
viabilidad histórica. Y
también hay que debatir
en el plano
ideológico-cultural, y
para ello hay que tener
sustento teórico. El
sustento teórico de la
educación popular es la
propia educación popular
integrando sabia y
críticamente otros
saberes, elementos
teóricos, porque en ese
sentido es muy ecléctica
la educación popular. A
fin de cuentas, como ya
sabrán, tiene una raíz
religiosa, otra
marxista, otra
anarquista… En mi país
hay una tradición
anarquista muy fuerte, y
hemos incorporado en los
textos nuestros sus
textos y debates.
Este grupo del CMMLK es
un equipo que no ha
perdido su capacidad
creativa, en el marco de
un sustento de teórico e
ideológico sumamente
fuerte, pero no en el
sentido de duro, sino de
interpelante.
Esos son los dos grandes
asuntos que he podido
ver: la diversidad, es
decir, que la
experiencia abarca a
todo el país, que se ha
pensado en una
perspectiva que
involucra distintas
partes del país; esto
es, una perspectiva
nacional y no solo
habanera o localizada.
Creo, además, que en
este proceso de
formación se ha ido
articulando bien lo
micro con lo macro, lo
teórico con lo práctico.
Publicado
originalmente en
Caminos, no. 40,
abril-junio, 2006, pp.
14-20. |