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Ahora
todos y todas estamos
siendo educadoras y
educadores populares.
¡Asombroso! Ya casi lo
somos. No sabría
describir cuánta crítica
y cuántos sentimientos
de absurdo y
extrañamiento me
asaltaron en aquel curso
básico cuando los
coordinadores osaban
calificarnos de tales.
¿Tan fácil?, ¿sin
examen?, ¿sin título?,
¿con cuántos años de
experiencia?
La Educación Popular
(EP) es filosofía y
práctica de vida,
convicción política que
lleva a reinventar
cotidianamente las
relaciones de poder, y
nada más alejado de mí
en aquel momento.
Honestamente, me sigo
considerando tan
distante como al
principio, aunque
reconozco que a veces en
lo lejano he encontrado
pequeñas virtudes.
Trabajo como profesor en
la Facultad de
Comunicación de la
Universidad de La Habana
y, por tanto, no es de
extrañar que mi
acercamiento a la EP se
produjera con el solo
propósito de encontrar
herramientas,
conocimientos para ser,
inconscientemente, un
mejor dominador. Lo
cierto es que al final
no he encontrado nada.
Eso sí: he participado
en la construcción de
deseos, sorpresas,
valores, lógicas, ideas,
amigo y amigas,
sentimientos
compartidos.
Al concluir el taller
básico de Educación
popular sentí por unos
días que el mundo era, o
al menos podía ser,
diferente. Luego, sin
muchos cuestionamientos,
el mundo se comió mis
percepciones, no sin
antes materializar un
primer intento
profesional de aplicar
la EP con mis
estudiantes de tercer
año de Periodismo
―nótese el pronombre
posesivo.
Nunca habíamos tenido
una clase como esta: nos
hemos conocido mejor,
nos divertimos,
aprendimos, nos sentimos
un grupo. ¡Lo de la EP
parecía funcionar! Sin
embargo, todavía no
recuerdo por qué no
continué con esos
esfuerzos y procederes
en el resto de las
clases. Supongo que fue
la falsa necesidad de
cumplir el programa, las
condiciones del local,
el poco tiempo para
diseñar los encuentros,
la soledad en la
coordinación, y un poco
de aquello que
reconocieron los propios
estudiantes años
después: “El profe se
volvió loco, pero es el
profe”.
A veces, desde la
posición de poder que
compartimos, intentamos
incorporar las
concepciones de la EP
sin valorar las
posibilidades reales
para su desarrollo, sin
intencionar procesos
coherentes de
concientización y/o
sensibilización, sin
hacer lo suficientemente
contagiosa y perdurable
esa locura sana.
Luego de ese primer
intento viví entre
urgencias, acomodos e
inconformidad, y entre
lo más palpable se
cuenta el esbozo de una
asignatura para el
trabajo grupal que
finalmente no
fructificó, dada la
falta de espíritu,
compromiso y trabajo en
equipo. Paralelamente,
en la propia Facultad,
gracias al esfuerzo de
varios colegas ya con
experiencias en tesis y
posgrados, se logró
incorporar asignaturas
que apuntaban de manera
directa a la EP, y en
específico a la
Comunicación Popular.
Parecía que el diseño de
una disciplina académica
con una denominación
abarcadora ―Comunicación
para el Desarrollo―
lograba tomar por asalto
el cielo institucional
del currículo académico.
Buenas experiencias se
han acumulado al
respecto en barrios,
consejos populares,
escuelas, sectores de
salud, integrando
aprendizajes en el aula
y la práctica laboral.
También se comenzaron a
desarrollar tesis que
exploraban los límites
del juego y el “rigor”
científico, que
intentaron experiencias
de transformación y a la
vez estrategias
novedosas de
presentación de
resultados para nuestra
comunidad de académicos.
Diversos han sido los
des-aprendizajes, las
necesidades y las
oportunidades
constatadas en este
sentido, que actualmente
se entrecruzan en las
aspiraciones y
posibilidades de
estudiantes y docentes.
Se trata de muchos
comienzos, regresos,
impulsos, recorridos.
La incorporación de la
EP en espacios
educativos tradicionales
está marcada por los
códigos sociales de
comportamiento que las
instituciones de este
tipo han estructurado
como parte de las
lógicas de reproducción:
desde la ingenua
organización del aula,
que los propios
estudiantes se resisten
a transformar, hasta la,
en ocasiones, falsa
expresión de “profe”,
cariñosa y respetuosa
marca de la dominación.
Debo admitir que en ese
contexto no me sentía
cuestionado en los
intentos, consultas,
comentarios vinculados a
la EP, en los cuales
tenía la oportunidad de
participar. Me
consideraba un
convencido de las
posibilidades de la
interacción humana, de
las “normales”
dificultades que
suponían los procesos de
socialización, de lo
extraordinario que era
lograr la construcción
de sentidos colectivos
en tanto cualidad nueva
de una totalidad
diferente. Llegaba,
incluso, a justificar
dulcemente la necesidad
de actuar
dominadoramente cuando
la situación lo
requería. Ese dulce
sueño duró hasta un día,
cuando una buena amiga
me soltó en la cara que
quien construye sobre la
base de la EP, no puede
asumirse de manera
cómoda en los roles de
machacador o machacado.
Así fue que entre ambos
―suponiendo que otros se
sumarían―, y no sabría
decir si convencidos de
la EP, si inspirados por
esos comienzos en la
propia Facultad, si
movidos por el
compromiso con el Centro
Martin Luther King o con
nosotros mismos, o con
un poco de todo eso,
decidimos impulsar un
grupo de Formación en
Educación Popular Acompañada
a Distancia (FEPAD), con
la intención primaria de
favorecer y potenciar
las experiencias que se
venían desarrollando.
Los contratiempos
comenzaron de inmediato:
la necesidad de jugar
con los horarios del
taller para
coordinadores, los
contextos variables de
nuestra institución, las
exigencias académicas
que teníamos en ese
momento, las previsibles
dificultades para
encontrar local o
colegiar tiempos de los
posibles participantes,
los temores propios de
coordinadores que se
percataban una vez más
de que estaban en pleno
aprendizaje. ¡Nunca
fuimos vacunados por la
EP! ¡Nunca nos pensamos
constantemente en
aprendizaje, en
deconstrucción!
Con esas inseguridades y
certezas logramos
finalmente tener la
experiencia de coordinar
un grupo FEPAD para el
módulo Concepción y
Metodología. No me
resulta posible
describir aquí las
tensiones y los
des-aprendizajes de esa
semana. No obstante,
algunas ideas puedo
compartir: somos pésimos
para diseñar y locos
para romper el diseño;
construimos en la
coordinación
complementos que antes
no teníamos
identificados; intentar
concentrar los
encuentros es agotador,
saludable, rico;
formamos parte de un
grupo con múltiples
potencialidades y en
pleno desarrollo.
En lo personal, hice una
confesión que ahora hago
pública: lo mejor en lo
que he participado desde
que estoy en la Facultad
como estudiante, y ahora
como educador, es la
coordinación y el
impulso inicial de este
grupo. A tal punto, que
si no hubiera sido por
esta experiencia,
todavía dudaría de la
posibilidad real de
llevar la práctica de la
EP al espacio de “las
clases”, con los
estudiantes del actual
quinto año de
Periodismo, grupo
estigmatizado como
“difícil” y en el cual
varios de sus miembros
reconocen sentirse
ridículos cuando juegan.
El principal obstáculo a
la EP he sido yo ―así
con “miyúsculas”― y,
sobre todo, en los
espacios más personales.
Construirnos como
hombres de fe, tal como
me diría el reverendo
Raúl Suárez una vez
cuando me dio botella,
pasa por concebirnos
como individuos en
socialización y con
profunda creencia en los
seres humanos.
Paradójicamente, debo
reconocer que las
mayores resistencias no
han sido ni políticas ni
físicas ni organizativas
ni partidistas ni
biológicas ni
académicas: las mayores
resistencias han sido
precisamente humanas.
El intento de trabajar
la EP en el espacio
docente no solo me ha
convencido de las
posibilidades reales de
su aplicación en aras
del desarrollo de los
procesos de aprendizaje
individuales, grupales e
institucionales, sino
también me ha llevado a
identificar
oportunidades-intersticios
para incorporarla en las
prácticas del sistema de
educación cubano, tan
jerárquico, tan bien
estructurado: allí donde
existen sujetos,
profesionales con
auténtica vocación de
servicio y compromiso
con los otros; donde se
acumulan necesidades y
urgencias: la extensión
universitaria, las
estrategias
curriculares; donde no
abundan la
espiritualidad y la
creatividad: la
docencia, la
investigación, el
trabajo metodológico;
donde las estructuras y
normas parecen
flexibilizarse: el
posgrado.
Al parecer, algunas de
las claves para generar
una vocación orgánica y
comprometida con la
resistencia a la
dominación por parte de
quienes comparten el
espacio espiritual de la
universidad cubana, se
encuentran en la
integración entre las
prácticas y las ideas
cotidianas, entre el
hacer y el pensar
académico cultural,
socialmente situado
entre los proyectos
individuales e
institucionales, y el
proyecto socialista de
todas y todos los
cubanos y las cubanas.
Asimismo, re-significar
las inconsistencias y
emergencias de nuestras
experiencias, reinventar
los sentidos de nuestras
expresiones, compartir
ansiedades cotidianas,
relacionarnos con
proyectos en común, se
me antojan certezas
demasiado fáciles de
decir, y para las
cuales, me acabo de
percatar, no necesitamos
currículo alguno. |