Año IX
La Habana
20 al 26
de NOVIEMBRE 
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Diálogo con Isabel Rauber

“Lo único irreversible es un proceso de pueblo”

Marianela González  • La Habana


Cuando en 1978 sintió por primera vez el magma de la Revolución cubana bajo sus pies, Isabel Rauber tuvo la certeza de dos cosas: para teorizar hay que vivir el proceso, de la práctica a los libros. Y supo además que en esta Isla no permanecería un año o dos, sino toda la vida. En su existencia trashumante por la América Latina, desde el Cono Sur hasta México, la filósofa argentina no ha dejado de hacer escala en su portal de Playa. Allí escribe sus libros, desde allí viaja casi a diario a su barrio de Cayo Hueso —donde recién la vimos presentar el fruto en papel del trabajo comunitario con el Taller de Transformación Integral del Barrio— y allí nos recibe para intercambiar ideas, en una mañana casi surrealista: sentada en su comadrita, sin prisas pero sintética, habla de Cuba, del trabajo comunitario al que acompaña como intelectual y educadora desde que llegó a La Habana; de Bolivia, el proceso que define como la más genuina de las construcciones posneoliberales que hoy dan vuelta de tuerca a la historia continental y sus relaciones Estado-sociedad; de los movimientos sociales y su misión en esta era que define como “crisis civilizatoria”; el timbre del teléfono que nos interrumpe —su hija, desde Argentina—, anunciando la muerte de Néstor Kirchner. Se hace un silencio de varios minutos y prosigue.

Para Isabel Rauber, la revolución no es un acto. Es un proceso articulador de infinitas resistencias al poder destructivo y excluyente del capital, de infinitos y simultáneos actos cuestionadores-removedores de lo viejo, muchos de los cuales resultan, a la vez, fundantes y constructores de lo nuevo. Por eso responde por el trabajo comunitario como el punto de apoyo que movería al mundo. Revoluciones “desde arriba”, las del siglo XX; “desde abajo”, las apellida en el XXI. Y tituló así su último libro, Dos pasos adelante, uno atrás: “puedes hacer la revolución tomando un palacio o por elecciones; pero lo que define el proceso es la gente que lo construye. Quien crea lo contrario, se equivoca”.

Ayúdate, que Dios te ayudará: condición política fundamental

Se habla mucho de sujetos DEL cambio-Sujetos AL cambio. Sin embargo, la tendencia es a ver el fenómeno desde un enfoque macro, a nivel de superestructura, quedando huérfana la mirada hacia su célula: el barrio, familia… ¿Con qué credenciales vindicaría los proyectos que se encaminan en este otro sentido, en medio de un contexto mundial que usted misma describe como de “crisis civilizatoria”?  

Lamentablemente, está esa tendencia muy fuerte que tú mencionas y que no comparto —aun cuando considero que la mirada debe enfocar todos los niveles—. Tiene que ver con la concepción de la política: es creer que las cosas importantes no están en la comunidad, en la base, y que la gente puede tomar conciencia solo a través de palabras, de ideas, de libros. La gente interioriza que puede cambiar el mundo siendo parte del cambio de sí mismo y de sus cercanos. Claro, solo con el trabajo comunitario no puedes; pero la base está ahí: en la concepción política es un sujeto plural, colectivo; pero en la concepción que lo ve desde la dinámica de la comunidad, los componentes de ese sujeto macro encuentran su protagonismo y se realizan en ese núcleo primero que es la comunidad: la familia. Es ahí donde se sienten más identificados con lo que hacen y transforman.  

“Ayúdate, que Dios te ayudará”, dicen los cristianos: no podemos sentarnos a esperar y eso es una condición política fundamental. El sujeto pasivo no se da ni cuenta de las problemáticas que le rodean. Y el cambio civilizatorio es precisamente el de una humanidad que es capaz de hacerse cargo de su vida, lo cual compete a todos: arriba y abajo, la comunidad y el estado, en el trabajo comunitario y en la construcción de espacios para el debate. 

La figura del intelectual aparece también como sujeto DE cambio, por su ejercicio, etcétera. Pero ¿en qué medida considera que está siendo también un sujeto AL cambio, en sí mismo?

El intelectual orgánico es clave en el proceso; pero también está en falta. Incluso eso hay que formarlo también. No es el intelectual como individuo que sabe y orienta, sino el que es capaz de perder el rostro individual entre la masa… Y eso escasea. Por eso me interesa tanto Bolivia: lo están haciendo, y si ellos pueden, podemos todos. No hay excusas.    

Bolivia: un proceso raigal

Usted ha estado durante los últimos meses muy cerca del proceso boliviano, que ahora mismo intenta una refundación del estado y sus relaciones con la sociedad, no exento de contradicciones…

En Bolivia, se han hecho cargo de un aparato estatal y vienen de una acumulación de luchas muy sostenida. Es el primer proceso de nuevo tipo que sale directamente de los movimientos sociales. Ahora, sin embargo, se encuentran que, como movimientos, no están dentro de las estructuras estatales. Está el temor de que la administración quede definida por estructuras clásicas y la gran discusión es ver cómo se hace para que los movimientos sociales puedan participar.

Y, precisamente, ahí es donde está la luz de Bolivia: la concepción fundacional. No es una arista, es todo, es cambiar la institución estado y la mentalidad de los funcionarios y de la sociedad. La sociedad está acostumbrada a pedir, en todos lados, y no está acostumbrada a decidir juntos, que implica también hacerse cargo del proceso. Es lo que llamamos empoderamiento colectivo. Bolivia está en ese camino, tiene una buena base para hacerlo —la Constituyente que abre las puertas a la participación de los movimientos sociales en el gobierno—. Las pistas están ahí.

Bolivia es resultado, como usted ha dicho, de una acumulación de luchas sociales. ¿Es una excepción en América Latina?

No creo. Bolivia es parte del proceso de luchas continental, sobre todo de los 90 y principios de los 2000, contra la arremetida de los proyectos neoliberales. Pero las reacciones tienen que ver con la fuerza de los movimientos, sus tradiciones de lucha. En Bolivia hay una larga historia de organización de los movimientos indígenas y sindicales, sobre todo. Han tenido, incluso, una revolución que terminó siendo mediatizada a lo largo del siglo pasado. Desde hace muchos años, viene sucediendo un proceso de maduración histórica del sujeto, el avance hacia sujetos políticos.

Sin embargo, no podemos creer que rápidamente lo ocurrido en Bolivia se puede multiplicar por América Latina. No es automático ni es un cambio de forma… ayer la guerrilla, hoy los movimientos. No. Depende de cómo se haya desarrollado cada lugar: Brasil tiene otra historia, Paraguay, Ecuador… Hay mucho por hacer aún, por construir las articulaciones entre los movimientos indígenas, campesinos y urbanos en cada territorio.

En Bolivia, el MAS era un cascarón de partido que les fue prestado a los cocaleros para presentarse a elecciones; pero ¿por qué pudo, en tan poco tiempo, asumir la dirección política del país y ganar las elecciones? Por esas experiencias donde los distintos actores fragmentados vieron la enorme capacidad que tendrían juntos. Esto es lo que posibilita el gobierno de Bolivia. Ahora hay que aprender a constituirse como sujeto político permanente de sus historias y desarrollar.

En el siglo XXI, el de Bolivia es el proceso más radical de América Latina; pero no radical en el sentido en que lo veíamos antes, de extrema izquierda, sino en el sentido de la raíz. Es desde la raíz de nuestra América que sale el aplastado de siempre a decir “aquí estoy”. El sujeto boliviano tiene por eso una responsabilidad muy grande: no solo reivindicarse como indígena, porque solo podrá transformar si es capaz de reivindicar consigo a toda la población. Eso parecería un lema; pero es un tema central: si cae en el extremo del indigenismo puro, generaría una fractura en la sociedad. La razón histórica que tienen los indígenas de sentirse con derecho a una revancha, debe ir acompañada de la madurez política suficiente —hasta ahora lo han demostrado— para darse cuenta de que la liberación de los indígenas es parte de una liberación de todos, o no habrá liberación para nadie. Y paralelamente, ir construyendo los canales institucionales para hacerlo posible. Es el desafío más grande de Bolivia.

Estamos hablando de cambio cultural, lo más serio que hay en el mundo de hoy. Somos hijos del siglo XX que estamos construyendo y disputando el poder en el XXI: eso no es un cambio de almanaque, ha sido un cambio de mundo, con nuevas cuestiones. En el siglo XX, pensábamos que cuando uno tenía la razón vencía y de ahí hacia adelante; pero este siglo nos enseña que es paso a paso, siempre en jaque, que el caminar está lleno de incertidumbres, que podemos perder y habrá que recomenzar. Lo único definitorio son las multitudes identificadas y protagonizando: lo único irreversible es que sea un proceso de pueblo, más allá que de cinco o seis iluminados. Es la única manera de que los nuevos gobiernos democráticos no existan solo para limpiarle el rostro al neoliberalismo durante cinco años.

Cuba me cambió la cabeza

Con tanta riqueza en el proceso boliviano y el privilegio que tiene hoy de acompañarlo de cerca, Isabel Rauber vuelve la mirada siempre a Cuba. ¿Por qué?

He vivido aquí casi 30 años y aunque ahora no lo haga todo el tiempo, sigo viviendo aquí. Ya no me preocupa dónde uno está: lo importante es lo que hace. Tuve la ventaja y la suerte de haber vivido mi vida en dos dimensiones de la máquina del tiempo: estudiando América Latina aquí en Cuba, iba y viraba del capitalismo al socialismo todo el tiempo. Aprendí que la historia no se termina con la toma del poder: después que haces la revolución, trabajas igual o más. Y una de las cosas fundamentales que aprendí, es que hay que empezar rápido. Y a veces la gente se pregunta: ¿Por qué hay que hacer trabajo político a 50 años de Revolución? Pues porque el proyecto sigue. Pertenecer a los inicios de la Revolución cubana, ha sido un privilegio de la historia. Cuando llegué aquí, ni sabía que iba a ser así. Pensé que me quedaría un año, dos. Y desde el año 78 hasta acá, he vivido el proceso cubano. Ha sido una suerte.

Cada vez las épocas son más difíciles, pero lo han sido siempre para toda la humanidad. A cada generación le toca vivir lo suyo, aunque hay que abrir puertas para los que vienen detrás: de ahí la importancia que le doy a la educación popular. Hay gente que lo ve como un idealismo… y debe tener algo de eso, pero no veo otra alternativa que terminar con la civilización del capital. Tal vez muera y no llegue a verlo así, como transformación de la humanidad… no importa. A veces me canso; pero disfruto mucho, porque vale la pena. Cuando uno toma la vida como un intercambio, como parte de un proceso, da lo que tiene que dar. Cuba me cambió la cabeza y ahora Bolivia vuelve a hacerlo. Creo en vivir el proceso más que en los libros.

Escribió hace años Cuba: Revolución y Poder desde el barrio. Ahora vuelve con Estampas de Cayo Hueso, que resume el trabajo del Taller de Transformación Integral de ese barrio habanero, entre tantos otros similares que se sostienen en Cuba. ¿Por qué Cayo Hueso?

Eso es interesante. Cuando llegué a Cuba empecé a trabajar en el Centro de Recuperación de la Memoria Histórica. A principios de los 90, una de mis líneas era el tema de la mujer y la comunidad, lo barrial. Habían sido siempre mis líneas de trabajo. Y buscando, hice un peinado a ver dónde me metía para estudiarlas. Así encontré la experiencia del Taller de Transformación Integral del Barrio en Cayo Hueso y me fascinó. Empecé a interesarme por el barrio, cómo se formó, el vínculo con la Revolución, con los estudiantes. Y empezamos este proyecto de hacer un libro junto con el Taller. El proyecto del libro arrancó desde el comienzo, junto con los demás programas: el aula de computación, el trabajo con las costureras, etcétera. Cayo Hueso es mi barrio, me enamore de él y hasta hoy. Siento como que es donde vivo, que soy parte de él.

Trabajó mucho la historia oral, haciendo entrevistas para construir la historia del barrio. ¿No hubo nunca “ruido” en la comunidad con su inserción allí como investigadora?

Como participábamos en otros proyectos en el barrio, trabajando con el Taller, teníamos una pertenencia de entrada y no resultaba agresivo el proceso de las entrevistas. A los investigadores, se nos veía siempre como gente del barrio, aunque no viviéramos allí. Es importante porque no te ven como alguien que viene de fuera, sino como un vecino más. La gente participó porque contamos con ellos desde el inicio, siempre supieron para qué eran esas entrevistas. Fue difícil, porque cada persona te contaba su historia, la historia de su familia y de ahí sacábamos con pinzas los elementos que servían para construir la historia común. En eso estuvimos casi 10 años. Luego vino la composición para armar el relato y luego la redacción. Sabía que había algo bueno; pero el libro, Estampas de Cayo Hueso, me superó.

Cayo Hueso es un barrio con una identidad muy fuerte. Podría objetarse que es más que “estampas”...

Claro, y precisamente es una de las ganancias de todo este proceso. Descubrimos que lo que está en el libro es apenas una muestra de todo lo que el barrio tiene. Entonces, no quisimos pretender que ese libro fuera “La Historia” de Cayo Hueso, sino pinceladas de esa historia.

En un fragmento del libro, el Reverendo Raúl Suárez se refiere a que en medio de este proceso de acercamiento al barrio de Cayo Hueso, usted recuperó la figura de Clarita Rodés. ¿Por qué el empeño siempre en el tema de género?  

No voy a decir que soy fanática de la mujer, pero es una línea que llevo: los estudios de mujeres, sus historias de vida. Estando trabajando con el proyecto, llevaba esa línea. En realidad, este Programa de Cooperación con el Barrio de Cayo Hueso, una vez se llamó Pro Mujer. Hice un libro sobre Clarita, Con el corazón abierto, que terminé en el año 94. La entrevisté mientras yo estaba hospitalizada en Cuba, me empeñé en hacerlo y gracias a eso tenemos su testimonio. Clarita fue una persona que me encaprichó: cuando hicimos la sala de computación en Cayo Hueso, ubicamos un cuadrito pequeño con su nombre y le pusimos Clarita Rodés, para homenajearla. Raúl Suárez agradece que lo hayamos hecho en esa época y la hayamos sostenido en el tiempo. Era una mujer que le gustaba estar del lado de los humildes. Personalmente, me honra haberlo hecho.

La experiencia de Cuba, ¿qué le aporta a Isabel Rauber cuando se enfrenta —como es costumbre en su producción teórica— al análisis de las luchas emancipadoras a nivel continental y mundial?

He visto muchas experiencias de trabajo comunitario; pero la de Cuba es la de un pueblo entero. Ahora quiero ir trabajando más en lo que es el empoderamiento de la ciudadanía en la parte urbana, pues en lo rural la gente lo ve más claro. En las urbes, la gente no convive, no es como en Cuba, donde todo está compenetrado —aunque toda La Habana no es Cayo Hueso—. Y no es la única experiencia, en Cuba hay una práctica inmensa de trabajo comunitario y hay que sacarla adelante. El barrio no está esperando, el barrio te pide protagonizar su propia historia y su propia vida. En América Latina hay experiencias en las ciudades, como el propio MST de Brasil, pero están en crisis. No digo que ahora todos deban hacer CDR como en Cuba, cada quien que se organice como entienda; pero si uno no pertenece a una comunidad organizada, en la que puede actuar colectivamente, no crece como sujeto. El individuo se atomiza y atomizado se vuelve nada: precisamente, se vuelve herramienta de manipulación.

Todo esto parece un poco caótico: Bolivia, Cuba, Cayo Hueso, mujeres… ¿podría enlazarlas para el lector?

Cayo Hueso-Cuba-Bolivia… claro como el agua. Bolivia tiene una experiencia riquísima en cuanto al trabajo con las comunidades indígenas y campesinas, y ahora con la transformación de sus relaciones con el estado; pero Cuba fue pionera en eso y además aporta al trabajo comunitario en las ciudades pistas únicas, como la de Cayo Hueso. Con todo eso podemos construir. Desde el pequeño espacio, creo en la formación de un sujeto mundial.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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