|
Cuando en 1978 sintió
por primera vez el magma
de la Revolución cubana
bajo sus pies, Isabel Rauber tuvo la certeza
de dos cosas: para
teorizar hay que vivir
el proceso, de la
práctica a los libros. Y
supo además que en esta
Isla no permanecería un
año o dos, sino toda la
vida. En su existencia
trashumante por la
América Latina, desde el
Cono Sur hasta México,
la filósofa argentina no
ha dejado de hacer
escala en su portal de
Playa. Allí escribe sus
libros, desde allí viaja
casi a diario a su
barrio de Cayo Hueso
—donde recién la vimos
presentar el fruto en
papel del trabajo
comunitario con el
Taller de Transformación
Integral del Barrio— y
allí nos recibe para
intercambiar ideas, en
una mañana casi
surrealista: sentada en
su comadrita, sin prisas
pero sintética, habla de
Cuba, del trabajo
comunitario al que
acompaña como
intelectual y educadora
desde que llegó a La
Habana; de Bolivia, el
proceso que define como
la más genuina de las
construcciones posneoliberales que hoy
dan vuelta de tuerca a
la historia continental
y sus relaciones
Estado-sociedad; de los
movimientos sociales y
su misión en esta era
que define como “crisis
civilizatoria”; el
timbre del teléfono que
nos interrumpe —su hija,
desde Argentina—,
anunciando la muerte de
Néstor Kirchner. Se hace
un silencio de varios
minutos y prosigue.
|
 |
Para Isabel Rauber, la revolución no
es un acto. Es un
proceso articulador de
infinitas resistencias
al poder destructivo y
excluyente del capital,
de infinitos y
simultáneos actos
cuestionadores-removedores
de lo viejo, muchos de
los cuales resultan, a
la vez, fundantes y
constructores de lo
nuevo. Por eso responde
por el trabajo
comunitario como el
punto de apoyo que
movería al mundo.
Revoluciones “desde
arriba”, las del siglo
XX; “desde abajo”, las
apellida en el XXI. Y
tituló así su último
libro,
Dos pasos
adelante, uno atrás:
“puedes hacer la
revolución tomando un
palacio o por
elecciones; pero lo que
define el proceso es la
gente que lo construye.
Quien crea lo contrario,
se equivoca”.
Ayúdate, que Dios te
ayudará: condición
política fundamental
Se habla mucho de
sujetos DEL
cambio-Sujetos AL
cambio. Sin embargo, la
tendencia es a ver el
fenómeno desde un
enfoque macro, a nivel
de superestructura,
quedando huérfana la
mirada hacia su célula:
el barrio, familia… ¿Con
qué credenciales
vindicaría los proyectos
que se encaminan en este
otro sentido, en medio
de un contexto mundial
que usted misma describe
como de “crisis
civilizatoria”?
Lamentablemente, está esa tendencia
muy fuerte que tú
mencionas y que no
comparto —aun cuando
considero que la mirada
debe enfocar todos los
niveles—. Tiene que ver
con la concepción de la
política: es creer que
las cosas importantes no
están en la comunidad,
en la base, y que la
gente puede tomar
conciencia solo a través
de palabras, de ideas,
de libros. La gente
interioriza que puede
cambiar el mundo siendo
parte del cambio de sí
mismo y de sus cercanos.
Claro, solo con el
trabajo comunitario no
puedes; pero la base
está ahí: en la
concepción política es
un sujeto plural,
colectivo; pero en la
concepción que lo ve
desde la dinámica de la
comunidad, los
componentes de ese
sujeto macro encuentran
su protagonismo y se
realizan en ese núcleo
primero que es la
comunidad: la familia.
Es ahí donde se sienten
más identificados con lo
que hacen y transforman.
“Ayúdate, que Dios te ayudará”,
dicen los cristianos: no
podemos sentarnos a
esperar y eso es una
condición política
fundamental. El sujeto
pasivo no se da ni
cuenta de las
problemáticas que le
rodean. Y el cambio
civilizatorio es
precisamente el de una
humanidad que es capaz
de hacerse cargo de su
vida, lo cual compete a
todos: arriba y abajo,
la comunidad y el
estado, en el trabajo
comunitario y en la
construcción de espacios
para el debate.
La figura del
intelectual aparece
también como sujeto DE
cambio, por su
ejercicio, etcétera.
Pero ¿en qué medida
considera que está
siendo también un sujeto
AL cambio, en sí mismo?
El intelectual orgánico es clave en
el proceso; pero también
está en falta. Incluso
eso hay que formarlo
también. No es el
intelectual como
individuo que sabe y
orienta, sino el que es
capaz de perder el
rostro individual entre
la masa… Y eso escasea.
Por eso me interesa
tanto Bolivia: lo están
haciendo, y si ellos
pueden, podemos todos.
No hay excusas.
Bolivia: un proceso
raigal
Usted ha estado durante
los últimos meses muy
cerca del proceso
boliviano, que ahora
mismo intenta una
refundación del estado y
sus relaciones con la
sociedad, no exento de
contradicciones…
En Bolivia, se han hecho cargo de un
aparato estatal y vienen
de una acumulación de
luchas muy sostenida. Es
el primer proceso de
nuevo tipo que sale
directamente de los
movimientos sociales.
Ahora, sin embargo, se
encuentran que, como
movimientos, no están
dentro de las
estructuras estatales.
Está el temor de que la
administración quede
definida por estructuras
clásicas y la gran
discusión es ver cómo se
hace para que los
movimientos sociales
puedan participar.
Y, precisamente, ahí es donde está
la luz de Bolivia: la
concepción fundacional.
No es una arista, es
todo, es cambiar la
institución estado y la
mentalidad de los
funcionarios y de la
sociedad. La sociedad
está acostumbrada a
pedir, en todos lados, y
no está acostumbrada a
decidir juntos, que
implica también hacerse
cargo del proceso. Es lo
que llamamos
empoderamiento
colectivo. Bolivia está
en ese camino, tiene una
buena base para hacerlo
—la Constituyente que
abre las puertas a la
participación de los
movimientos sociales en
el gobierno—. Las pistas
están ahí.
Bolivia es resultado,
como usted ha dicho, de
una acumulación de
luchas sociales. ¿Es una
excepción en América
Latina?
No creo. Bolivia es parte del
proceso de luchas
continental, sobre todo
de los 90 y principios
de los 2000, contra la
arremetida de los
proyectos neoliberales.
Pero las reacciones
tienen que ver con la
fuerza de los
movimientos, sus
tradiciones de lucha. En
Bolivia hay una larga
historia de organización
de los movimientos
indígenas y sindicales,
sobre todo. Han tenido,
incluso, una revolución
que terminó siendo
mediatizada a lo largo
del siglo pasado. Desde
hace muchos años, viene
sucediendo un proceso de
maduración histórica del
sujeto, el avance hacia
sujetos políticos.
Sin embargo, no podemos creer que
rápidamente lo ocurrido
en Bolivia se puede
multiplicar por América
Latina. No es automático
ni es un cambio de
forma… ayer la
guerrilla, hoy los
movimientos. No. Depende
de cómo se haya
desarrollado cada lugar:
Brasil tiene otra
historia, Paraguay,
Ecuador… Hay mucho por
hacer aún, por construir
las articulaciones entre
los movimientos
indígenas, campesinos y
urbanos en cada
territorio.
En Bolivia, el MAS era un cascarón
de partido que les fue
prestado a los cocaleros
para presentarse a
elecciones; pero ¿por
qué pudo, en tan poco
tiempo, asumir la
dirección política del
país y ganar las
elecciones? Por esas
experiencias donde los
distintos actores
fragmentados vieron la
enorme capacidad que
tendrían juntos. Esto es
lo que posibilita el
gobierno de Bolivia.
Ahora hay que aprender a
constituirse como sujeto
político permanente de
sus historias y
desarrollar.
En el siglo XXI, el de Bolivia es el
proceso más radical de
América Latina; pero no
radical en el sentido en
que lo veíamos antes, de
extrema izquierda, sino
en el sentido de la
raíz. Es desde la raíz
de nuestra América que
sale el aplastado de
siempre a decir “aquí
estoy”. El sujeto
boliviano tiene por eso
una responsabilidad muy
grande: no solo
reivindicarse como
indígena, porque solo
podrá transformar si es
capaz de reivindicar
consigo a toda la
población. Eso parecería
un lema; pero es un tema
central: si cae en el
extremo del indigenismo
puro, generaría una
fractura en la sociedad.
La razón histórica que
tienen los indígenas de
sentirse con derecho a
una revancha, debe ir
acompañada de la madurez
política suficiente
—hasta ahora lo han
demostrado— para darse
cuenta de que la
liberación de los
indígenas es parte de
una liberación de todos,
o no habrá liberación
para nadie. Y
paralelamente, ir
construyendo los canales
institucionales para
hacerlo posible. Es el
desafío más grande de
Bolivia.
Estamos hablando de cambio cultural,
lo más serio que hay en
el mundo de hoy. Somos
hijos del siglo XX que
estamos construyendo y
disputando el poder en
el XXI: eso no es un
cambio de almanaque, ha
sido un cambio de mundo,
con nuevas cuestiones.
En el siglo XX,
pensábamos que cuando
uno tenía la razón
vencía y de ahí hacia
adelante; pero este
siglo nos enseña que es
paso a paso, siempre en
jaque, que el caminar
está lleno de
incertidumbres, que
podemos perder y habrá
que recomenzar. Lo único
definitorio son las
multitudes identificadas
y protagonizando: lo
único irreversible es
que sea un proceso de
pueblo, más allá que de
cinco o seis iluminados.
Es la única manera de
que los nuevos gobiernos
democráticos no existan
solo para limpiarle el
rostro al neoliberalismo
durante cinco años.
Cuba me cambió la cabeza
Con tanta riqueza en el
proceso boliviano y el
privilegio que tiene hoy
de acompañarlo de cerca,
Isabel Rauber vuelve la
mirada siempre a Cuba.
¿Por qué?
He vivido aquí casi 30 años y aunque
ahora no lo haga todo el
tiempo, sigo viviendo
aquí. Ya no me preocupa
dónde uno está: lo
importante es lo que
hace. Tuve la ventaja y
la suerte de haber
vivido mi vida en dos
dimensiones de la
máquina del tiempo:
estudiando América
Latina aquí en Cuba, iba
y viraba del capitalismo
al socialismo todo el
tiempo. Aprendí que la
historia no se termina
con la toma del poder:
después que haces la
revolución, trabajas
igual o más. Y una de
las cosas fundamentales
que aprendí, es que hay
que empezar rápido. Y a
veces la gente se
pregunta: ¿Por qué hay
que hacer trabajo
político a 50 años de
Revolución? Pues porque
el proyecto sigue.
Pertenecer a los inicios
de la Revolución cubana,
ha sido un privilegio de
la historia. Cuando
llegué aquí, ni sabía
que iba a ser así. Pensé
que me quedaría un año,
dos. Y desde el año 78
hasta acá, he vivido el
proceso cubano. Ha sido
una suerte.
Cada vez las épocas son más
difíciles, pero lo han
sido siempre para toda
la humanidad. A cada
generación le toca vivir
lo suyo, aunque hay que
abrir puertas para los
que vienen detrás: de
ahí la importancia que
le doy a la educación
popular. Hay gente que
lo ve como un idealismo…
y debe tener algo de
eso, pero no veo otra
alternativa que terminar
con la civilización del
capital. Tal vez muera y
no llegue a verlo así,
como transformación de
la humanidad… no
importa. A veces me
canso; pero disfruto
mucho, porque vale la
pena. Cuando uno toma la
vida como un
intercambio, como parte
de un proceso, da lo que
tiene que dar. Cuba me
cambió la cabeza y ahora
Bolivia vuelve a
hacerlo. Creo en vivir
el proceso más que en
los libros.
Escribió hace años
Cuba: Revolución y Poder
desde el barrio.
Ahora vuelve con
Estampas de Cayo Hueso,
que resume el trabajo
del Taller de
Transformación Integral
de ese barrio habanero,
entre tantos otros
similares que se
sostienen en Cuba. ¿Por
qué Cayo Hueso?
Eso es interesante. Cuando llegué a
Cuba empecé a trabajar
en el Centro de
Recuperación de la
Memoria Histórica. A
principios de los 90,
una de mis líneas era el
tema de la mujer y la
comunidad, lo barrial.
Habían sido siempre mis
líneas de trabajo. Y
buscando, hice un
peinado a ver dónde me
metía para estudiarlas.
Así encontré la
experiencia del Taller
de Transformación
Integral del Barrio en
Cayo Hueso y me fascinó.
Empecé a interesarme por
el barrio, cómo se
formó, el vínculo con la
Revolución, con los
estudiantes. Y empezamos
este proyecto de hacer
un libro junto con el
Taller. El proyecto del
libro arrancó desde el
comienzo, junto con los
demás programas: el aula
de computación, el
trabajo con las
costureras, etcétera.
Cayo Hueso es mi barrio,
me enamore de él y hasta
hoy. Siento como que es
donde vivo, que soy
parte de él.
Trabajó mucho la
historia oral, haciendo
entrevistas para
construir la historia
del barrio. ¿No hubo
nunca “ruido” en la
comunidad con su
inserción allí como
investigadora?
Como participábamos en otros
proyectos en el barrio,
trabajando con el
Taller, teníamos una
pertenencia de entrada y
no resultaba agresivo el
proceso de las
entrevistas. A los
investigadores, se nos
veía siempre como gente
del barrio, aunque no
viviéramos allí. Es
importante porque no te
ven como alguien que
viene de fuera, sino
como un vecino más. La
gente participó porque
contamos con ellos desde
el inicio, siempre
supieron para qué eran
esas entrevistas. Fue
difícil, porque cada
persona te contaba su
historia, la historia de
su familia y de ahí
sacábamos con pinzas los
elementos que servían
para construir la
historia común. En eso
estuvimos casi 10 años.
Luego vino la
composición para armar
el relato y luego la
redacción. Sabía que
había algo bueno; pero
el libro, Estampas de
Cayo Hueso, me
superó.
Cayo Hueso es un barrio
con una identidad muy
fuerte. Podría objetarse
que es más que
“estampas”...
Claro, y precisamente es una de las
ganancias de todo este
proceso. Descubrimos que
lo que está en el libro
es apenas una muestra de
todo lo que el barrio
tiene. Entonces, no
quisimos pretender que
ese libro fuera “La
Historia” de Cayo Hueso,
sino pinceladas de esa
historia.
En un fragmento del
libro, el Reverendo Raúl
Suárez se refiere a que
en medio de este proceso
de acercamiento al
barrio de Cayo Hueso,
usted recuperó la figura
de
Clarita Rodés.
¿Por qué el empeño
siempre en el tema de
género?
No voy a decir que soy fanática de
la mujer, pero es una
línea que llevo: los
estudios de mujeres, sus
historias de vida.
Estando trabajando con
el proyecto, llevaba esa
línea. En realidad, este
Programa de Cooperación
con el Barrio de Cayo
Hueso, una vez se llamó
Pro Mujer. Hice un libro
sobre Clarita, Con el
corazón abierto, que
terminé en el año 94. La
entrevisté mientras yo
estaba hospitalizada en
Cuba, me empeñé en
hacerlo y gracias a eso
tenemos su testimonio.
Clarita fue una persona
que me encaprichó:
cuando hicimos la sala
de computación en Cayo
Hueso, ubicamos un
cuadrito pequeño con su
nombre y le pusimos
Clarita Rodés, para
homenajearla. Raúl
Suárez agradece que lo
hayamos hecho en esa
época y la hayamos
sostenido en el tiempo.
Era una mujer que le
gustaba estar del lado
de los humildes.
Personalmente, me honra
haberlo hecho.
La experiencia de Cuba,
¿qué le aporta a Isabel
Rauber cuando se
enfrenta —como es
costumbre en su
producción teórica— al
análisis de las luchas
emancipadoras a nivel
continental y mundial?
He visto muchas experiencias de
trabajo comunitario;
pero la de Cuba es la de
un pueblo entero. Ahora
quiero ir trabajando más
en lo que es el
empoderamiento de la
ciudadanía en la parte
urbana, pues en lo rural
la gente lo ve más
claro. En las urbes, la
gente no convive, no es
como en Cuba, donde todo
está compenetrado
—aunque toda La Habana
no es Cayo Hueso—. Y no
es la única experiencia,
en Cuba hay una práctica
inmensa de trabajo
comunitario y hay que
sacarla adelante. El
barrio no está
esperando, el barrio te
pide protagonizar su
propia historia y su
propia vida. En América
Latina hay experiencias
en las ciudades, como el
propio MST de Brasil,
pero están en crisis. No
digo que ahora todos
deban hacer CDR como en
Cuba, cada quien que se
organice como entienda;
pero si uno no pertenece
a una comunidad
organizada, en la que
puede actuar
colectivamente, no crece
como sujeto. El
individuo se atomiza y
atomizado se vuelve
nada: precisamente, se
vuelve herramienta de
manipulación.
Todo esto parece un poco
caótico: Bolivia, Cuba,
Cayo Hueso, mujeres…
¿podría enlazarlas para
el lector?
Cayo Hueso-Cuba-Bolivia… claro como
el agua. Bolivia tiene
una experiencia
riquísima en cuanto al
trabajo con las
comunidades indígenas y
campesinas, y ahora con
la transformación de sus
relaciones con el
estado; pero Cuba fue
pionera en eso y además
aporta al trabajo
comunitario en las
ciudades pistas únicas,
como la de Cayo Hueso.
Con todo eso podemos
construir. Desde el
pequeño espacio, creo en
la formación de un
sujeto mundial.
|