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Ha dictado conferencias,
ha escrito libros, ha
asesorado empresas y
sindicatos... pero su
verdadero oficio es
conversar. Llenar el
silencio de palabras y
abrir con ellas caminos
insospechados.
Después de intercambiar
con él dos vocablos, su
juventud y bonhomía
eliminan todas las
distancias de la
formalidad y establecen
el respeto del afecto.
Profesor de la
Universidad de la
República en su natal
Uruguay y docente
invitado en varias
universidades
latinoamericanas, ha
trazado y ejercido
consecuentemente líneas
de continuidad a los
principios edu-comunicativos
de pedagogos como Paulo
Freire y Mario Kaplún,
su padre.
Los análisis teóricos de
Gabriel, maduros de
sonrisa y risueños de
reflexión, pueden
enamorar a un auditorio
y hacerlo perder la
noción del tiempo.
Escuchar, escuchar y
darle maneras de decir a
los “nadies” de nuestros
países, ha sido una
constante en sus
angustias. Así lo hemos
visto en foros, eventos
académicos, experiencias
barriales... estudiando
y alentando, enseñando y
aprendiendo.
A Cuba ha venido solo
tres veces, pero
permanece conectado a
empeños de esta Isla.
Durante el recién
concluido VII Encuentro
Internacional de
Paradigmas
Emancipatorios lo
sentimos en la plenaria,
la comisión, el pasillo
y las calles de La
Habana Vieja. Entonces
nos regaló sus minutos.
El tiempo útil de esta
voz creadora.
“Para mí la comunicación
es la producción de
vínculos y sentidos. Esa
definición tan corta es
bastante compleja porque
me parece que durante
mucho tiempo se ha
puesto el acento en
pensarla solo desde los
contenidos y desde cómo
estos viajan, por así
decir, de unos a otros.
Hay que pensarla más
como vínculo entre
personas, entre grupos,
entre sociedades, entre
culturas. Hay que pensar
más si es horizontal, si
es autoritaria, si es un
vínculo
fraterno-amoroso,
cariñoso o, por el
contrario, es duro,
violento.
“Y junto con eso hay que
pensar los sentidos, el
doble sentido ―valga el
juego de palabras― del
significado y la
dirección hacia la cual
caminamos. El sentido no
se produce solo desde
quien emite, sino que se
completa y termina
siempre donde el otro
puede responder, puede
interactuar.”
¿Cuándo y cómo se
inicia en la Educación y
la Comunicación
populares?
Llegué a la Educación
popular en Uruguay, de
alguna manera, antes que
mis padres, a partir de
un grupo de origen
cristiano llamado
Aportes de Meaux con el
que hacíamos lo poco que
se podía hacer en la
época de la dictadura.
Era un trabajo de barrio
muy pequeño,
esencialmente de
promoción de salud.
En esa labor sabíamos
que la comunicación era
importante. Y ese
bichito ya me gustaba
desde hacía tiempo. En
los años 70, cuando mis
padres grababan esos
programas radiales, que
circularon después por
toda la América Latina,
fui una de sus voces
infantiles ―que con el
paso del tiempo a veces
no sé reconocer. Aquí
tuve mi pequeña
impulsión profesional.
Además, había hecho con
mi papá y algunos amigos
un curso de Lectura
crítica de los medios.
Pues bien, mis padres y
uno de mis hermanos se
encontraban exiliados en
Venezuela. Habían
partido hacia allá a
fines de los 70 por la
presión de la tiranía;
yo decidí quedarme en
Uruguay. En 1983 ellos
organizan el Primer
taller latinoamericano
de Comunicación popular,
al que acudió gente de
muchos países. Mario,
sabiendo que estaba en
esas cuestiones de
barrio, me preguntó si
quería ser uno de los
delegados uruguayos. Y
lo fui, junto con otro
compañero.
Fue un encuentro muy
intenso, de tres
semanas. De ese taller y
de los siguientes en
Venezuela nace el libro
tal vez más emblemático
de Mario, El
comunicador popular.
Digamos que eso terminó
de decidir en mí una
vocación más clara.
Cuando volví a Uruguay,
trabajé con muchas de
esas cosas.
Ya en 1984 armamos el
Primer taller de
comunicadores populares
en el grupo en el que yo
trabajaba. Hicimos la
primera convocatoria y
vinieron unos 150
compañeros de barrios,
de sindicatos que se
estaban organizando y de
otras instancias.
Entonces, ese movimiento
ya no paró.
¿Por qué decide
quedarse en Uruguay
cuando su familia se va?
Desde 1973 hasta 1978,
los primeros cinco años
de la dictadura que se
extendería hasta 1985,
mis padres todavía
estaban allí. Al
principio, incluso, en
sus labores de siempre:
produciendo los
programas de radio.
Después ese trabajo se
acabó y tampoco pudieron
hacer televisión; pero
aún hicieron unas
cuantas cosas, sobre
todo el método de
cassette-foro. En esa
época pudo ser
descubierto y procesado
en Uruguay, en un
trabajo más micro con
campesinos.
Pero ya a la altura de
1977, mi padre se dió
cuenta de que era
imposible seguir
trabajando. Además, la
policía lo buscaba,
buscaban a mi hermano
mayor… y así no tenía
sentido.
En mi caso, tenía 19
años y un amor muy
fuerte. Había argumentos
para los dos lados. Fui
junto con ellos a
Venezuela —a visitar y
conocer, no a quedarme—,
y después fui con la que
sería mi mujer a ver si
ella quería. No le
gustó. Ni a mí tampoco.
Mirado en perspectiva,
fue una decisión con
claroscuros: perdí cosas
y gané otras. Entre las
que perdí estuvieron
algunas oportunidades de
estudiar, por ejemplo,
Sociología. En Uruguay
estaba cerrada esta
licenciatura porque era
“peligrosa” para la
dictadura militar.
Intenté con Economía —me
gustaba, pero no la que
nos daba el régimen—, y
Comunicación ni siquiera
existía. En fin, varios
intentos; con Educación
un poco lo mismo… Esa
zona fue un tanto
frustrada, digamos.
Pero, en cambio, gané
otras cosas: un trabajo
popular de base, que
hacíamos a la luz, pero
que tenía que limitarse
a espacios muy pequeños.
Fue un aprendizaje
único. De hecho, eso
permitió —no en lo mío,
sino en lo de mucha
gente— que cuando
salimos de la dictadura
hubiera aires nuevos en
Uruguay.
Me siento parte de esa
historia, de haber
contribuido a hacer
surgir iniciativas en mi
país, que tienen mucho
que ver con la Educación
popular, en una época en
que de eso casi no se
hablaba.
¿Qué dejó en usted y
sus compañeros servir de
“conejillos de Indias”
en los primeros
experimentos de Mario
con la Lectura Crítica
de los Medios?
Eso fue, si mal no
recuerdo, en 1976. Él
estaba con algunas
inquietudes que quería
probar, experimentar.
“Mira, me gustaría
trabajar esto, pero
trabajarlo con gente, no
solo en teoría. ¿Tienes
ganas de reunir a
algunos compañeros?”
Entonces yo convoqué a
un grupo de amigos.
Éramos todos jóvenes de
alrededor de 16, 17
años.
A algunos los sigo
viendo ahora, son amigos
de toda la vida.
Carlitos, por ejemplo,
no falta ocasión en que
me diga: “Esa
experiencia me marcó. Ya
no pude ver televisión
del mismo modo. Ya no
pude recibir la
publicidad del mismo
modo. Ya no pude
escuchar la radio de la
misma manera…”. Porque
analizamos los medios
juntos, desde adentro de
los medios, pero también
desde dentro de uno
mismo.
Quizá lo más fuerte en
esos talleres y que mi
padre terminó de
descubrir con nosotros,
es la complicidad del
espectador. Todos los
que han trabajado
después Educación para
los Medios y estudios de
recepción conocen esa
idea; pero en aquel
momento no estaba tan
clara. Allí estaba la
noción de que los medios
trabajan sobre
necesidades reales
nuestras; y en todo
caso, lo que nos ofrecen
son lo que algún teórico
después llamaría “falsos
satisfactores”.
Sus padres dedicaron
la vida a estudiar y
generar procesos
comunicativos. ¿Cómo los
recuerda comunicándose
entre sí y con usted y
sus hermanos?
Hay una mezcla ambigua
de momentos felices y
duros, porque no siempre
la comunicación era
fácil en el ámbito
familiar. Ahora lo puedo
decir con tranquilidad:
permanecer en Uruguay
cuando ellos estaban en
Venezuela tenía una
ventaja: no estar tan a
la sombra de mi padre,
poder desarrollar
proyectos propios;
porque él era una figura
muy fuerte.
Cuando vuelve, había
mucha gente que no lo
conocía tanto o que no
lo conocía directamente
y que más bien hacía el
vínculo al revés y le
decía: “¡Ah, vos sos el
padre de Gabriel!” Eso
también posibilitó otro
tipo de mirada mutua.
Había un flujo que era
en el otro sentido. Él
me pedía cosas, vínculos
con otra gente,
bibliografía sobre
determinados temas.
Entonces, ya había
concluido mi maestría en
Educación y él a veces
hablaba conmigo no para
contarme, sino para
pedirme opinión. Para
recibir.
También para mi mamá la
relación era compleja.
Tenían una unión
entrañable, pero
resultaba doloroso que
la reconocieran solo
como su esposa y no por
sus méritos propios ―que
los tenía― como actriz y
productora radial. Es
bueno decir que de los
programas que ellos
hicieron en los 70 —y
ahora están en Internet
y en mp3 a disposición
de todo el mundo—, más
de la mitad son de mi
madre, hechos con
guiones y dirección de
ella. Igualmente, hay
que hablar de su
maravilloso trabajo de
teatro popular, muy
valorado en Venezuela.
Sin embargo, era muy
grande la figura de
Mario, y además —esto lo
evocan sus alumnos—,
tenía juicios a veces
cortantes.
En los últimos años
tuvimos unos lindos
domingos familiares, de
conversación profunda,
intelectual, a ratos
complicada, porque
estaban mis hijos muy
chicos.
Ellos lo recuerdan con
mucho cariño también,
pero como una figura, a
la vez, un poco lejana.
Era ese abuelo muy
especial que otros
compañeros les
mencionaban: “¡Ah, pero
vos sos la nieta de
Mario…!”. En fin, había
una mezcla de distancia
y cercanía.
Tengo un recuerdo
singular del momento de
su muerte, ya que por
suerte pudimos
despedirnos muy bien. Él
hizo una gira que se
suponía fuese académica,
y no pudo serlo, porque
desde la partida iba
enfermo. Fue a
Venezuela, donde vive
uno de sus hijos, y
luego a España, a
visitar al otro. Lo
único que logró hacer
fue despedirse.
Volvió a Uruguay ya para
morir. Tuvimos largas
conversaciones. Las
últimas giraron en torno
a libros que quería
escribir y ya no podía;
o sobre algunas de las
vivencias que cuento en
el artículo “El
viajero”: ese empeño
suyo de seguir
aprendiendo siempre.
Hay un tema que él
comenzó a vislumbrar en
el último momento de su
vida, que usted ha
retomado y, por
supuesto, ha tenido la
posibilidad de
profundizar: el de la
comunicación y las
nuevas tecnologías.
Mario se preocupaba
mucho, según ha contado
usted, por esa persona
aislada con su ordenador
en frente. ¿Cuáles son
los riesgos de aprender
y enseñar con Internet?
Está el riesgo de
aislamiento, que es el
que señalaba mi padre.
Está también, en el caso
de lo educativo, el
riesgo de estandarizar
los procesos de
enseñanza, que se pierda
el aprendizaje en el
sentido de que todo está
diseñado por otro. No
existe el espacio para
que el educando
construya el
conocimiento, que es la
idea fuerte del
constructivismo en la
educación, y muy
coincidente, además, con
lo que en otros términos
planteó Paulo Freire.
Muchos de los usos de
las nuevas tecnologías,
y en particular de
Internet, han estado
vinculados a las teorías
conductistas en la
educación. Quizá porque
los conductistas vieron
antes que otros la
potencia de las
tecnologías. Pero las
vieron en tanto
sustituto del docente.
Un sustituto que
remplaza al profesor
estandarizando procesos.
En una concepción
dialógico-crítica como
la de Freire o
constructivista como la
de Vigotsky, es
importante no solo la
presencia del docente,
sino la de los otros
como espacio de diálogo,
aportando sus saberes y
lo inesperado. Estos dos
elementos no caben en un
esquema conductista, que
tiene todo prediseñado.
Ese es el otro riesgo,
junto con el de la
soledad.
Por cierto, la soledad
ha sido un problema
típico de la educación a
distancia, con la
consiguiente
desmotivación de muchos
estudiantes, que no ven
a los demás, pues verlos
a distancia no siempre
es lo mismo. Como bien
plantea Vigotsky, se
pierde allí la
posibilidad de
interacción, la
oportunidad de generar
las zonas de desarrollo
próximo, como a él le
gusta llamarles.
Ese eslabón entre lo que
sabemos y lo que podemos
llegar a saber, entre lo
que sabemos hacer y lo
que podemos llegar a
saber hacer, se
construye en el diálogo
con el docente y con los
compañeros. Si no hay
compañeros, es muy
difícil edificarlo.
Entonces, estar con
otros tiene una potencia
pedagógica.
Sin embargo, por suerte,
esa no es la única
realidad. Hay maneras de
usar Internet de otra
forma. Hay vías allí
para armar el trabajo
educativo y el
aprendizaje desde otro
lugar. Y, de cierta
manera, en ese otro
lugar se han
democratizado las
posibilidades
individuales de
convertirse en emisores.
Claro, en potencia, eso
es posible, aunque esa
potencia todavía está a
medio camino, a medio
desarrollar. Porque
basta con mirar, por
ejemplo, una medida
cuantitativa simple. Es
lo que conversábamos con
la empresa de
telecomunicaciones en
Uruguay. Ellos hacían
una cuenta referida a lo
que los uruguayos
bajamos de la red y lo
que subimos. Resulta que
bajamos cien veces más
que lo que subimos. Es
una primera medida; pero
más allá de la cuestión
cuantitativa, lo que
muestra es que nuestra
posibilidad de ser
emisores está siendo
poco aprovechada. Eso
explica, incluso, por
qué muchas veces las
conexiones están hechas
con más velocidad de
bajada que de subida:
porque suponen que mucha
gente, la mayor parte de
la gente, no sube nada,
no produce nada.
Esa producción
relativamente escasa
—sobre todo insuficiente
desde experiencias tan
ricas como los sectores
populares— tiene que ver
algunas veces con
razones económicas,
otras con causas de
manejo tecnológico, pero
también con una
dificultad para pensar
un medio que tiene esa
potencialidad. Ahí el
EMIREC (Emisor-Receptor)
está como posibilidad
mucho más
tecnológicamente viable.
Pero nos acostumbramos
tanto a ser solo
receptores que nos
cuenta pensarnos de otro
modo.
Un destacado poeta
cubano dice que la
poesía, aunque la
escriban personas de
derecha, siempre es de
izquierda. ¿De la
comunicación se puede
decir lo mismo?
No estoy tan seguro
porque todo depende de
cómo definamos
comunicación. Si la
definimos como a algunos
nos gusta hacer,
fundamentalmente como
diálogo, entonces sí,
pues el diálogo tiene
siempre una
potencialidad
revolucionaria. Pero es
cierto que muchas veces
los diálogos terminan,
otra vez, llenos de
autoritarismo. Y
entonces esa potencia se
pierde.
Quizá la poesía tiene
más posibilidades. En
parte, incluso, porque,
pensándolo bien, no toda
comunicación apela a la
poesía. No toda
comunicación es poética,
en el sentido de
explotar la fuerza de la
metáfora, esa
posibilidad de dibujar
otros mundos, no solo
materiales, sino otros
imaginarios posibles. La
poesía siempre abre esos
mundos y por eso, quizá,
lo dice el poeta. La
comunicación, ojalá que
también.
Según su criterio,
las izquierdas han
tenido dificultades para
definir políticas y
estrategias viables de
comunicación. ¿Esto no
es una contradicción
esencial con la razón
misma de la izquierda,
que debe ser
progresista, dialógica,
social?
Muestra, por un lado,
una debilidad de la
izquierda, que no
siempre ha tenido
presente lo dialógico.
Hay todavía la idea de
que “si yo tomo el poder
y los medios, desde ahí
puedo incidir en los
otros”, sin pensar que,
en realidad, tanto o más
importante que eso es
que los otros tengan
para siempre la palabra.
En mi país, por ejemplo
—y lo he visto en
varios—, no existe mucha
preocupación por cómo la
población se comunica
entre sí o cómo accede a
los medios, no solo en
tanto ciudadanos
individuales, sino
también como colectivos
que se construyen una
realidad. Por esa fisura
llegamos a
complicaciones teóricas
y políticas de fondo en
muchas de estas
izquierdas, cuya
solución pasaría por
redefinir, por ejemplo,
qué es socialismo. En
todo esto radica un
primer problema de la
izquierda.
Un segundo problema es
la incomprensión del
tema “medios y
recepción”. Por ejemplo,
a los izquierdistas les
preocupa mucho la
información y muy poco
el entretenimiento. Les
parece que si controlan
los informativos está
bien, porque ahí reside
la verdad o la falsedad
que se transmite, cuando
en realidad un programa
de entretenimiento, una
serie policial, una
comedia romántica, están
siendo decisivos en los
modelos de vida que se
ofrecen.
Además, la gente puede
que no le crea a la
información, aunque la
mire en la tele, pero el
asunto es más complicado
con el tema de los
paradigmas de vida que
se ofrecen. Y esto la
izquierda lo ve poco.
¿Por qué no ha ahondado
en cómo se produce la
ficción?
Finalmente, en el caso
de Uruguay y de otras
naciones de la América
Latina, diría que falta
por pensar un problema
más. Salvo en Cuba, los
medios en el continente
han sido, en su mayoría,
privados comerciales.
Frente a eso, lo que la
izquierda visualiza es
oponer medios estatales.
Esto está bien, pero
quizá le ha faltado
pensar en los medios
comunitarios como otro
espacio posible. Solo
recién empiezan a
comprenderlo. Con todo,
tengo que decir que, de
a poquito, van
existiendo avances,
tanto en mi país como en
otros.
¿Qué peligros pueden
afrontar iniciativas de
integración comunicativa
regional como Telesur?
Ahí hay una iniciativa
buena, interesante, bien
pensada. También, como
ellos mismos lo han
dicho, difícil. La
generación incesante de
contenidos de calidad no
es nada simple.
Tanto en Telesur como en
otras iniciativas
similares, por ejemplo,
TAL (Televisión América
Latina) —que arrancó ya,
aunque no del todo—,
existe la idea de un
modelo colectivo al
estilo de lo que
instituciones como ALER
(Asociación
Latinoamericana de
Educación Radiofónica) y
otras venían haciendo:
compartir producciones
ya realizadas. Una gran
cooperativa, digamos,
porque la debilidad
mayor de la creación
audiovisual en la
América Latina está en
la circulación.
Por eso hay que combinar
estas apuestas mayores
con otras de televisión
comunitaria. Junto con
—no digo contrapuesto a—
ponerle fuerza a mucha
más producción que sea
viable, porque hay gente
que quiere y puede
crear, incluso a nivel
de barrio. Ahí sí lo
tecnológico ayuda, pues
se han abaratado los
procesos de grabación,
edición, etcétera.
No todo tiene la calidad
adecuada, pero se puede
apoyar. Y de cien
producciones barriales,
diez son muy buenas para
mostrar a nivel
nacional, y una a nivel
latinoamericano. Si ese
tipo de movimiento lo
impulsamos más, ahí
tenemos una posibilidad
grande.
Claro, esto debe
complementarse con
distribución, porque
muchas veces no se
encuentra quien
multiplique la señal en
cada país, y ahí se
bloquea cualquier
esfuerzo.
En materia de cine
conocemos lo dramático
que es: está
monopolizado por unas
pocas distribuidoras. En
materia de televisión,
también. Así, por
ejemplo, nuestros
canales se ven obligados
a comprar enlatados
extranjeros, lo cual
sale más barato que
generar ellos mismos. Y
las latas casi siempre
están condicionadas al
paquete.
En Uruguay, a veces la
gente se pregunta: “¿por
qué esta película tan
mala, notoriamente mala,
la han pasado diez veces
en la tele?” Porque
formaba parte de un
paquete, en el que venía
una buena ―la última que
ganó el Oscar― y ocho
pésimas que había que
poner obligado. Son
filmes que nadie
alquilaría en un
videoclub, que nadie
iría a ver al cine, y
que, sin embargo,
terminan en la pantalla
doméstica.
¿No cree que con el
empeño de tener una
televisora comunitaria o
colocar algo en cine a
veces se olvidan medios
tradicionales como un
teatro barrial o una
simple hoja impresa, que
aún pueden ser
efectivos?
Al contrario; incluso
muchas veces se
potencian uno al otro.
Algunas de estas
experiencias de
televisión y radio
comunitarias justamente
son combinaciones de
medios, son
multimediales. Está el
grupo de teatro que a su
vez trabaja con la
emisora y con el
periódico. Entonces
todos estos espacios
viabilizan la ida y
vuelta.
El caso de los medios
escritos sí conviene
repensarlo, porque uno
siente que a veces hay
ahí bastante papel
tirado en la América
Latina, quizá menos en
Cuba. Empezamos por
problemas de
alfabetización básicos:
la gente lee poco, le
cuesta leer; y si el
medio escrito es puro
texto, tiene una
recepción muy baja.
Tuve que hacer un
estudio hace pocos
meses, entre otras cosas
con datos de lectores de
prensa en mi país, y aun
con la compra del diario
el fin de semana —que es
cuando se compra más— y
contando con que varios
lean cada periódico, no
pasa del 20% de la
población la que dedica
tiempo a la lectura de
diarios y semanarios.
En el campo académico
hace tiempo se superó
aquella visión de los
medios omnipotentes
manipuladores que
inyectan un contenido a
las personas. Sin
embargo, todavía entre
la gente común sobrevive
esa idea. ¿Por qué la
ruptura entre lo que
debaten los estudiosos y
lo que las mayorías
piensan?
Por la falta de
Educación popular,
específicamente, en este
caso, de Lectura Crítica
o alguna de las tantas
corrientes que en la
América Latina se
desarrollaron. En el
programa de gobierno del
Frente Amplio de
Uruguay, por ejemplo,
incluimos, además de una
cantidad de medidas de
reforma de los medios,
un plan nacional de
Educación para los
Medios.
En estos mismos días
estoy escribiendo mi
tesis de doctorado
acerca de las culturas
juveniles y la
educación. Incluyo un
capítulo sobre
comunicación. Trabajamos
con los docentes
específicamente la
Lectura Crítica.
Un primer ejercicio
interesante es
preguntarle a
cualquiera: “Bueno, está
bien, los medios
manipulan. ¿A ti te
manipulan?” “No, a mí
no” “Y entonces, ¿por
qué manipulan a todos
los demás? ¿Son tontos y
tú no lo eres?”.
Un segundo ejercicio: “A
ver, ¿cuántas horas de
televisión mira cada
quién aquí?”. Dicen:
“no, yo apenitas, a
veces, muy de vez en
cuando”. “Vamos, gente,
hagámoslo anónimo y cada
uno anote en una hojita
cuántas horas de tele
mira al día, para
empezar a desmontar un
poco esto”. Entonces:
“¿por qué miramos tanta
televisión? o ¿por qué
nos atrapa la poca que
miramos? ¿Pa’ qué tú la
miras?” “Bueno, yo llego
a la casa y lo que
quiero es desenchufar.
Entonces pongo cualquier
porquería”. “¡Ah!,
entonces no importa
mucho el contenido,
¿no?”. “¿Qué es lo que
está diciendo este uso
del televisor como
‘ansiolítico’?”.
Todo esto requiere un
trabajo de construcción
que tiene que empezar
por uno mismo. Es un
poco lo que buscaba mi
padre con aquellos
intentos de los años 70,
cuando decía: “El método
tiene que ser vivencial,
es decir, no puede ser
solo un discurso teórico
sobre los medios, sino
una reflexión sobre cómo
cada uno se relaciona
con los medios, y a
partir de ahí, comenzar
a construir otra
relación”.
Se trata de un esfuerzo
delicado de pensar desde
uno sin desautorizar al
otro, sin empezar con la
crítica al otro. Porque
si uno dice: “Tú te
pasas horas frente al
televisor y por eso eres
un estúpido que te dejas
manipular”. Bueno, nadie
quiere empezar por ahí
ninguna conversación,
¿no? Y, además, no es
verdad.
En el gremio de los
comunicadores y teóricos
de la comunicación, hay
tres conceptos bastante
manipulados, de los que
le pido una breve
definición: masivo,
contracultural y
alternativo.
En cuanto a lo masivo,
por un lado está la
vieja contraposición con
lo popular que planteaba
García Canclini y que
—estoy de acuerdo con
él—, no es exacta. Creo
que lo masivo tiene en
realidad dos niveles: el
local (comunitario), que
a veces perdemos de
vista, y el nacional.
Tal vez la
característica principal
de lo masivo sea la
relación típica del
broadcasting: de un
emisor hacia muchos
receptores. Quizá lo que
tenemos que construir es
el masivo no masivo, en
el sentido de no
masificado. La mayoría
de los espacios
mediáticos son
masificados y
masificadores. Pues
bien, hay una
posibilidad de lo masivo
en la interacción a
través de otros medios a
nivel microlocal y de
grupo. Se puede y se
debe repensar ese
espacio.
Sobre el segundo,
contracultura es un
concepto que pasó un
poco de moda, pero
mantiene cierta vigencia
en algunos sectores. Por
un lado, como paralelo a
lo contrahegemónico,
pero, sobre todo, como
lo que se contrapone en
sentidos y significados
a los contenidos de los
“grandes medios” y de
las expresiones
culturales dominantes.
Este es también un
concepto para rescatar;
aunque, con franqueza,
no termina de gustarme.
Porque siento que hay en
él un blanco-negro. Si
dicen “esto”, decimos
“lo contrario”. Y creo
que el contrario no es
realmente el que puede
revolucionar al otro,
sino lo distinto, lo
diferente.
Entraríamos entonces en
el tercer concepto: lo
alternativo, y este me
parece que apunta al
contenido, pero también
a un modelo de
comunicación más
horizontal y distinto,
incluso, en términos
afectivos. Por eso creo
que una alternativa
profunda a lo hegemónico
tiene que ser capaz de
captar algunas cosas que
en esa hegemonía están
presentes, porque son
parte fuerte de lo
dominado, por ejemplo,
lo que los medios
masivos dominantes han
sabido hacer: captar el
humor y las historias
populares, el relato y
las maneras de narrar.
Eso no podemos perderlo.
Pero debemos recuperarlo
en un contexto distinto.
Entonces, alternativo va
a ser una nueva
narrativa, pero
narrativa al fin, y no
un discurso dogmático,
pesado y aburrido.
Y en segundo lugar, se
trata de la posibilidad
de un modelo mucho más
participativo de la
comunicación. Sabemos
que es difícil. Sin
embargo, también sabemos
que desde la Educación
popular, en los espacios
chicos comunitarios y en
los más grandes que se
vienen formando, es
viable encontrar estos
modos de diálogo.
Sobre determinados
temas como la educación
y la comunicación
participativas a veces
se teoriza mucho, pero
se hace difícil
aplicarlos en la vida
personal, cotidiana.
¿Cuál sería su
estrategia para ser
consecuente?
Sin duda, eso es lo más
difícil de todo: la
coherencia, una meta
utópica, ¿no? Es
interesante, por
ejemplo, para empezar
por el espacio
universitario, cómo nos
planteamos con nuestro
equipo, todos los años,
una evaluación fuerte
del curso.
Siempre decimos que
nuestro problema es el
mismo y cambia: el
problema es ser más
coherentes. Los
estudiantes nos lo dicen
también. Y empezamos
reconociéndolo: “Aquí
vamos a hablar de un
modelo pedagógico
distinto y sabemos que
nuestra pedagogía no es
totalmente distinta”. Lo
primero es admitir eso:
que la coherencia total
no es viable.
Lo segundo es, como bien
dice el movimiento
feminista, pensar todos
los espacios personales,
familiares, como
espacios políticos.
Recuerdo que para mi
papá, por ejemplo, fue
muy difícil aprender a
lavar los platos y
encargarse de eso. Lo
hizo finalmente, pero le
costó.
En mi familia este
proceso ha sido
relativamente más fácil.
Muy parejo con mi mujer,
pero a veces muy
trabajoso con los hijos.
“Está bien, digo,
nosotros dos somos muy
parejos en quién se
ocupa de cocinar, lavar
la ropa, los platos, la
casa, todo. De acuerdo,
pero ¿y los chicos?
¿Cómo es la cosa?”
“Bueno, ya tendrán
tiempo, cuando sean
grandes”. “No, no, ya
son bastante grandes. Ya
es tiempo de que
compartamos las tareas”.
A veces nuestras
reuniones familiares han
sido complejas en ese
sentido. ¿Cómo lo
trabajamos cada día? Con
una búsqueda permanente
de coherencia.
Paulo Freire decía que
los hombres no se hacen
en el silencio, sino en
la palabra, que los
hombres debían reunirse
para pronunciar el
mundo. Lo invito a que
nos imaginemos el día en
que los hombres se
reúnan, todos, para
pronunciar el mundo. A
su juicio ¿cuáles serán
las primeras palabras
que dirán?
No lo sé, pero quisiera
responderles también con
frases que me gustan.
Por ejemplo, esta idea
del propio Freire de que
hay que ser sanamente
locos y locamente sanos
para cambiar el mundo.
Me parece que por ahí
hay una punta. Y termino
con algo que pusimos en
nuestra página Web de
comunicación comunitaria
en la universidad. Es de
una linda canción de
Fito Paéz, muy conocida,
que dice: “Cuando los
satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi
corazón”.
Esa idea nos recuerda
que, más allá de muchas
tecnologías, la
comunicación humana
tiene que ver justamente
con lo humano profundo,
con los afectos. Ojalá
el día en que los seres
humanos se encuentren,
en primer lugar estén
esos afectos.
Publicado
originalmente en
Caminos, no. 49,
julio-septiembre, 2008,
pp. 66-71. |