Año IX
La Habana
2010

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La Memoria de Quintana Martelo

Estrella Díaz • La Habana

Fotos: Alexis Rodríguez


El artista de la plástica Quintana Martelo (Galicia, 1949) se ha posesionado de Factoría–Habana, una de las más recientes instituciones de la Oficina del Historiador de Ciudad de La Habana, y lo ha hecho con su muestra Memoria, que meses antes se expuso en la ciudad norteamericana de Nueva York.

Este pintor, dibujante, escultor, ceramista —también realiza instalaciones— y a quien le gusta que lo denominen "simplemente artista", aseguró en entrevista exclusiva con La Jiribilla que siempre ha estado "impresionado por la gran preocupación cultural que existe en Cuba, algo que la convierte en una verdadera e importante reserva artística".

Como la gran mayoría de los que apuestan por el mundo de la representación de imágenes, Quintana Martelo desde pequeño se inclinó hacia pinceles y lápices y se autorecuerda con un "papel delante dibujando" hasta que un buen día decidió que quería hacer carrera de artista.

"Mis primeras cosillas las empecé a mostrar alrededor de los nueve años; luego, una vez terminado el bachillerato, es decir, la enseñanza media, quería matricular en Bellas Artes, pero vivía en la región de Galicia que en aquel momento no tenía ninguna Escuela Superior de Arte. Mi padre era abogado y mi madre, maestra; ambos querían que el chico tuviese una carrera seria. Para complacerlos, matriculé ingeniería eléctrica, pero ahí estuve un solo año.

¿Un año de suplicio, supongo? 

Así es, y al año siguiente un tío que vivía en Venezuela me hizo un regalo —me dio una cantidad de dinero para que me comprara una bicicleta— y en una tienda me tropecé con un caballete y varios artículos de pintura, ¡en aquello me gasté el dinero! Ese día acabó mi futura carrera de ingeniero.

Luego va a estudiar a Barcelona, una ciudad mucho más cosmopolita que Galicia. 

Fui a Barcelona por pura casualidad; conocí a un chico que estudiaba en Barcelona y él me dio las primeras orientaciones para hacer el examen de dibujo en Bellas Artes; la otra razón fue porque Barcelona estaba lo suficiente lejos de mi casa.

Su primera exposición fue en el año 1970 en la sala de Arte de la Caja de Ahorros, de Santiago de Compostela.

En ese momento era estudiante y cuando uno es joven está lleno de iniciativas y de querer mostrarse. Lo primero que uno desea es volver a su tierra y exhibir allí. En aquel momento, no había galerías de arte en Galicia —apenas comenzaba un movimiento incipiente—, y una de las más relevantes era la sala de Arte de la Caja de Ahorros de la Ciudad de Vigo. Ahí mostré por primera vez mi trabajo.    

¿Y qué sintió, porque siempre la primera vez —en cualquier aspecto de la vida— es importante?

Cuando se es joven, uno siente que se va a comer el mundo, ¡y luego se come migajas! La verdad es que, inicialmente, se experimenta un poco de vergüenza porque siempre se piensa que todo se puede hacer mejor. Las exposiciones las veo como catarsis de la obra personal. Constantemente uno se dice: esto lo podía haber hecho mejor, y esa sensación me ha acompañado toda la vida.  

Pero esa insatisfacción es vital en el artista…

En lo personal considero que hay dos pilares básicos: esa insatisfacción que tiene mucho de ambición personal y de dudas.

Y después de tantos años, ¿continúa teniendo dudas ante el arte?

¡Muchas, muchísimas!, si no tuviera dudas no pintaría.

El año pasado esta misma muestra —íntegramente— fue vista en EE.UU. ¿Cómo fue la acogida del público?

Fue muy receptiva. Se expuso en un museo que pertenece a la Universidad de Nueva York y fue una experiencia interesante. Tuve una charla con los estudiantes y es muy curioso porque hacían preguntas muy relacionadas —sobre todo— con temas de observación no tanto en las grandes piezas, en los grandes formatos —aunque es cierto que el formato grande, el principal, les llamaba la atención—, sino en los trabajos pequeños, en los bocetos —que es donde están las escapadas o los pensamientos personales que nunca llegan a nada o de pronto se transforman en una obra—, y era curioso porque demostraban que habían entrado un poco en lo que se estaba exponiendo. En esta muestra, quiero plantear el diálogo del artista con su obra a modo de taller. Quiero manifestar que lo importante en el arte no es tanto la obra final, como el camino recorrido para llegar a la obra. Eso es lo que más me interesa en la pintura.

Y esa relación dialógica entre la obra y el artista, ¿llega también al espectador?, ¿acaso propone alguna clave?

Siempre hay una clave, pero el espectador es quien saca sus conclusiones y tiene su propia opinión y su propia crítica de la obra. Muchas veces sorprende porque te hacen apuntes que en ningún momento habías pensado. Es muy interesante porque, sobre todo en el trabajo de campo, hay muchos dibujos que nacen de manera absolutamente espontánea o nacen, incluso, de limpiar el pincel en un papel. De pronto, aquello te llama la atención y tiene un interés inmediato para transformarse en algo mostrable.

Más que la obra final, lo que más me interesa es el concepto, o sea, el camino que un artista recorre. En esta exposición quiero mostrar las dudas, los errores, los distintos caminos. Pablo Picasso decía que a veces cuando dejaba de un día para otro una obra, le gustaría saber cuántos caminos diferentes podía tomar esa pieza. No tengo un horizonte definido en el resultado final del trabajo, sino poseo uno que está basado en el encuentro. Es decir, me interesa mucho la confrontación con el material, con la obra. Y aunque, aparentemente, poseo un componente de figuración muy concreto, muy explícito, eso es un terreno más directo, más fácil de entender; pero el resultado final de la obra es siempre incierto.

¿A qué le presta más atención: a la opinión del espectador común o a la crítica especializada?          

Voy a ser muy respetuoso con los críticos… tengo muchos amigos críticos; los hay que aciertan y los hay que no atinan, y hay otros que te dan un punto en el que no habías pensado, pero a veces me interesa más la mirada virgen sobre la obra, la más desprejuiciada, la mirada de la persona totalmente alejada. Siempre he dicho que las opiniones más intensas que he recibido sobre mi obra han sido de gentes de las que nunca lo habría sospechado, de personas que tienen un oficio totalmente desvinculado del arte y no están manipulados ni mediatizados por la cultura artística y que simplemente llegan abiertas, limpias. Se paran frente a una obra, la miran y se expresan.

¿Es muy metódico a la hora de plantearse el trabajo?  

No soy nada metódico. Solo sé que quiero trabajar cada día, pero si algo no existe en mí es el método. Siempre digo una frase que puede ser una tontería o que puede considerarse una licencia de cierta vanidad, pero me olvido de un día para otro de cómo pinto. Al día siguiente lo que me interesa es reinventarme otra vez la pintura; es decir, cómo he conseguido aquel color o aquel tono, por dónde iba ayer, por qué mi paleta ha cambiado… y la lucha por volver a encontrar la paleta —a veces la encuentro o sigo otro camino.. Aparentemente soy técnico, aparentemente tengo oficio, aparentemente tengo otro montón de cosas, pero siempre digo que el oficio está para despreciarlo. Y como la exposición se titula Memoria, y es un campo abierto, y es la primera exposición en que de alguna forma —entre comillas— me desnudo ante el público, porque muestro cosas que nunca hubiera mostrado en una exposición convencional, tengo que reafirmar categóricamente que soy constante, pero no metódico.

Sin embargo, es muy ordenado; sorprende ver tanto orden en un estudio de un pintor, ¿acaso sería un atrezo para una foto?     

Tengo un amigo crítico que es un gran observador y habla de mi espacio —en un libro que ha escrito— como de un teatro, y sí, es cierto que lo hay, pero es el mío. Las brochas ―obviamente no son las que uso cuando estoy pintando, sino las que se están secando luego de haberlas lavado― están colocadas encima del fregadero; pero cuando pinto no permanecen así. Es cierto que tengo una estructura muy cartesiana en cuanto a lo que es el orden de composición geométrico; si hay algo que se aprecia en mi obra —fuera de la espontaneidad pintando—, es una estructura geométrica que me viene de mi pasión por la geometría y por las matemáticas. Creo que es un problema de cabeza.

¿Esa geometría está detrás de la composición?

Es una arquitectura que está ahí, pero no premeditadamente estudiada, sino de forma espontánea. Cuando pienso en un cuadro, lo primero que hago son líneas, o sea, líneas de distribución del campo de trabajo.

Y esa línea la traza sobre el lienzo con carboncillo… 

Con carboncillo, con lápiz o, simplemente, con un rodillo de pintura. Es innegable que uno tiene una estructura del espacio; pero cuando hablábamos antes de lo metódico, me refiero a la metodología pintando, al propio acto de pintar. Quizá ese orden de los pinceles responde un poco a esa estructura… es una cuestión de paralelas y de perpendiculares.

Partiendo de que es una exposición no convencional, ¿qué tiene de especial Memoria?    

Memoria es un proyecto que nació hace unos cuatro años a partir de una retrospectiva organizada por el gobierno gallego, y hubo una parte de esa exposición que era un viejo proyecto en el que se trató de exponer una sola obra y todo lo relacionado con ella. De alguna manera quería sacar mi propio diálogo con la pintura y lo que hice fue mostrar una instalación que es el taller, mi taller, y el artista como figura —hay una escultura de tamaño natural— que es un autorretrato.

¿Con qué material está hecha la escultura?    

Es una especie de resina de poliéster con polvo de hierro para darle ese aspecto de pesadez, pero en realidad es liviana porque eso me facilita el traslado. El vaciado está hecho para poderla pasar a otro material en un momento determinado, como la fundición en bronce, por ejemplo. Usé este material por un problema de peso.

Esta exposición contiene óleo sobre lienzo, técnica mixta sobre papel e instalación…

En la pintura todo es técnica mixta, porque en cuanto se utilizan elementos que no son homogéneos ―como pueden ser el polivinilo o aceites de óleo―, estamos hablando de técnica mixta. Soy muy simple pintando, no tengo complejidades técnicas, no busco las sorpresas en el material; no tengo un horno en el que el material actúe por propia sorpresa, sino tengo un debate con el pincel, con la brocha, con el rodillo y, sobre todo, con el encuentro de la idea. Lo que más me interesa es el debate con la pintura, la lucha con lo que tengo delante y, sobre todo, no saber cuál es el camino o su final.

En esta exposición se combinan los espacios bidimensionales con los tridimensionales, ¿qué aporta?

Tengo necesidad de abordar la tercera dimensión; es un proyecto en el que estoy ahora inmerso. En mi próxima exposición que será en diciembre en Factoría–Compostela, voy a abordar la escultura de manera más intensa que era una vieja aspiración; algo así como si uno quisiera rodear la obra. Me he pasado la vida simulando la tercera dimensión, pero esta nunca aparece: no he podido dar la vuelta y girar alrededor de un cuadro. La escultura me permite, precisamente, girar la obra y es una experiencia que me ha resultado muy gratificante. 

¿Pero habrá el riesgo que perdamos un pintor y ganemos un escultor?

No, porque uno es artista: no es ni pintor ni escultor ni dibujante; soy un artista con aspiraciones renacentistas en el sentido de querer hacerlo todo.

En su obra aparecen muchos bodegones. ¿Por qué este especial interés? 

Porque los tengo muy cerca, porque estoy rodeado de ellos, no hay otra razón. Lo importante no es el modelo que utilice, sino cómo lo hago. Hace un tiempo estoy trabajando sobre mi propio entorno y con elementos que tengo próximos. Trabajo sobre los platos que empleo como paleta y los incluyo en la obra; hay bodegones que en un momento determinado los he utilizado, quizá, porque tengo un resquicio de la vieja historia de la pintura del bodegón español, pero no tengo la pretensión de pintar bodegones por pintarlos. 

¿Esa es la relación cercana que siente con los objetos a la hora de representarlos?

Sí, pero lo que quiero es manipularlos, o sea, me sirven como elementos de manipulación; a veces me he preguntado si no será mejor poner el objeto real en el cuadro en vez de pintarlo porque lo que me interesa es el elemento sobre el que tengo dominio y no convertirme en un copista o hacer un ejercicio de mimetismo sobre el objeto. La prueba está en que este nunca tiene un soporte lógico; parece que estás sobre el plano y no en el plano, y en eso me da igual que el plano esté vertical que horizontal. Por tanto, esta tercera dimensión de la que hablaba antes, no es una pretensión en mi obra ni la ventana a través de la que se ve el mundo, sino el objeto en sí mismo, y manipularlo como tal, utilizarlo.

Hay algunos críticos que aseguran que el concepto de arte contemporáneo no es más que un truco del mercado y argumentan que ―por ejemplo― Leonardo Da Vinci puede considerarse un contemporáneo, ¿qué opina?

Todas las definiciones son válidas. Alrededor del año 1917, Marcel Duchamp dijo: "la mejor manera de hacer arte es no hacer arte". Lo ha dicho todo. Han pasado los años y el arte contemporáneo ha tenido giros, vueltas constantes e interpretaciones para todos los gustos. Leo Castelli decía que él no podía vender una obra sin una teoría que la acompañara, y eso tiene una lectura comercial muy importante. En un momento determinado, se decía que ante una abstracción no hay nada que entender, sino solo ver. Luego, las definiciones son válidas, pero al final lo que queda, lo que perdura es la obra, y ese es el arte con mayúsculas, ya sea bajo el apartado del conceptualismo o de la abstracción o del expresionismo o como se le quiera llamar.

El momento actual se caracteriza por un eclecticismo absoluto; sin embargo, lo válido es que se está recuperando al hombre como autor–ejecutor porque, lamentablemente, se había perdido un poco el protagonismo del artista ante la obra. El artista es uno de los pocos oficios que son personales y casi imposibles de sustituir por algo. En este sentido, arte es arte, con mayúsculas.

Sobre su trabajo ha dicho un crítico, Miguel Fernández-Cid, que "no realiza afirmaciones categóricas: piensa en voz alta, con notable cautela y transmite los pasos de su racionamiento".  ¿Es usted un artista que piensa mucho la obra?   

Es imposible abordar algo sin pensarlo y uno tiene que interiorizar la obra desde el primer trazo que se hace en el momento de distribuir el espacio en una tela. Si algo hago en este mundo es pensar: efectivamente, pienso la obra, lo que no tengo es certeza del camino.

Otro crítico dice que se le "suele agrupar dentro de los pintores figurativos"; sin embargo, también se afirma que por "su soltura se acerca, a veces, a los abstractos líricos". También se habla de que la abstracción que realiza "es de un modo bastante realista" y que es un "realismo realizado de forma abstracta"…

Es que soy pintor, y lo digo con toda la sinceridad del mundo: no distingo entre la figuración o la abstracción; tengo claro que no puedo sustraerme a la figuración, al dibujo, a la forma porque es algo que llevo prendido en el alma. Necesito expresarme aunque sea un breve dibujito mientras hablo por teléfono; me urge recurrir a la forma porque tengo una referencia figurativa con el mundo externo. Pero, de igual modo necesito la materia —siempre he dicho y lo mantengo y afirmo— ya que la parte no representativa de mi trabajo me resulta más costosa y más difícil que la figurativa porque con la figuración conozco el camino. Sin embargo, en lo abstracto, luchas con la materia y con el color para lograr la síntesis pero el resultado tiene que tener la misma conjunción. Por eso, no me gusta hacer distinciones entre una cosa u otra.

Sin ánimo de pretender que el arte sea un periódico, siempre hay temas. ¿Cuáles son los suyos?     

Mis temas están en relación con la proximidad de mi entorno; con el tiempo me he vuelto egoísta, introspectivo y he interiorizado el discurso del arte. No sé si me he alejado o no de las modas o las tendencias, pero es una cosa que no me preocupa en lo más mínimo porque llega un momento determinado de la vida, y con cierta perspectiva del mundo recorrido, que uno tiene el derecho de equivocarse con toda la razón del mundo, ¡y si me voy a equivocar será con gran gusto y placer!

Pero en épocas anteriores sí tuvo temas puntuales…

Sí. Hubo una época que estuvo muy mediatizada por el entorno político del país. En los últimos años de la dictadura franquista fue que se dio mi acercamiento al arte, y en ese momento era imposible no estar implicado políticamente. Era impensado no tener obsesión y un compromiso político con el país, y todo lo que hacíamos en relación con el arte tenía una implicación que se gestaba en la sociedad, en la calle y también tenía una respuesta en la pintura. Entre los años 70 y 80 mi obra tenía un componente político importante, y los artistas formábamos parte de la lucha por la libertad política. De eso sí me siento muy, muy, muy orgulloso.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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