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En las primeras horas
del 3 de octubre
falleció Ruth de la
Torriente Brau, y de
seguro, desde su
modestia ancestral, no
se ha dado cuenta aún
del vacío que dejó en
quienes la tuvimos a
nuestro lado en estos
años de labor común para
rescatar primero y
difundir después y para
siempre la vida y la
obra de su hermano,
Pablo de la Torriente
Brau.
“Es nuestra hada
madrina”, afirmó muchas
veces Víctor Casaus,
director del Centro
Cultural que lleva el
nombre del héroe de
Majadahonda, institución
que ha tenido en Ruth su
inspiración mayor y su
primera y más fecunda
colaboradora.
“He estado toda la vida
cuidando un apellido”,
afirmó en su última
entrevista, concedida al
diario cubano
Juventud Rebelde, y
lo cuidó de manera
ejemplar, dignificándolo
en Cuba y en numerosos
países, a donde viajó
siempre con su familia a
cuestas.
Esta mujer, de
apariencia frágil pero
incansable y siempre
activa, estudió
magisterio solo por
complacer a su madre,
trabajó en la ONU, fue
taquígrafa en los
juicios a los esbirros
de la tiranía después
del triunfo del 1ro. de
Enero de 1959 y
secretaria durante 13
años del Ministerio de
Agricultura.
Se sumó a la Revolución
Cubana desde los
inicios, y se mantuvo
siempre en contacto con
las nuevas generaciones,
esas a las que
consideraba que seguía
perteneciendo su hermano
Pablo, Nene, “a
quien siempre imagino
joven”.
Viajó a Puerto Rico en
busca de las raíces de
su hermano, quien había
nacido allí, y varias
veces a España, para
reencontrase con amigos
y compañeros que, junto
con Pablo, defendieron
la República.
Gran conversadora, Ruth
continuó, como sus
hermanas, desde la
modestia, la tarea de
conservar la memoria y
difundir la vida y la
obra de Pablo, de quien
hizo un hermoso retrato
a plumilla en el año
1927.
A sus 97 años se sentía
feliz y satisfecha de
los amigos que tenía,
quienes conformaron su
familia paralela, su
equipo de asistentes que
le cuidaban mientras
disfrutaban de la
maravilla de su
conversación y del
encanto de verla,
lúcida, tierna y alegre.
Presumida, como siempre,
maquillada y con su
inseparable abanico en
estos años recientes, se
trasladó en julio pasado
al Museo de la Danza
para entregarle a Alicia
Alonso el Premio Pablo,
máxima distinción
del Centro, la cual ella
misma recibiera de manos
del ministro de Cultura,
Abel Prieto, en enero de
2001.
Era —es— Ruth un hada
singular: hacía sus
milagros desde la
sencillez y casi en el
anonimato. Y seguirá
haciéndolos, velando
porque otros cuidemos de
un apellido que es todo
compromiso y honra.
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