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Feliz cumpleaños, Fidel,
y no solo por la proeza
de reverdecer a los 84
con el semblante lozano
y la conocida firmeza de
tu mirada admonitoria.
Me propongo celebrarte
también dos virtudes que
deben llamarse por su
nombre.
Me refiero a tu
suspicacia, virtud que
muchos no osarían
atribuirte por
considerarla un término
inadecuado para tu
gloria. Para mí, en
cambio, es una de las
dotes que más han
protegido a los que
vivimos desde hace
tantos años bajo tu guía
augural.
El vocablo deriva del
verbo latino
suspicare (sub-spicare)
y es un calco
semántico del griego
hypopteuo (hypo-opteuo),
que significa “mirar
abajo”. Con la sintética
expresividad de las
lenguas antiguas,
suspicare
caracteriza a quien
camina vigilante por un
sendero enyerbado, para
precaverse contra el
acecho de serpientes y
otras sabandijas; o
contra el interlocutor
amable y sonriente que
puede esconder entre una
manga, o bajo sus ropas,
un puñal asesino.
Y esa tu virtud
congénita de “mirar
abajo”, de sospechar con
tino, te llevó muy
temprano a despreciar
las cacareadas ventajas
de la democracia y el
capitalismo triunfalista
de los EE.UU. Ya no
creías en ellos desde la
adolescencia. Te
convenció tu
inteligencia precoz y la
miseria que viste en la
Cuba de los años 30 y
40. Aunque aún no sabías
explicártelo, sufriste
como en carne propia la
explotación impuesta a
los pobres de tu patria
por la United Fruit y
otras transnacionales
agrícolas. Y cuando ya
el ambiente
universitario te proveyó
de bagaje teórico y
asististe a debates
entre jóvenes
politizados, y leíste a
Marx, Engels, Lenin y
otros, vislumbraste la
posibilidad de movilizar
al pueblo cubano y
generar cambios
sociales.
Por eso, cuando
derrotaste a la tiranía
de Batista, el lacayo de
los yanquis, ya sabías
muy bien que después
vendrían la mentira, la
calumnia y las
criminales intenciones
de los EE.UU. Ellos
ignoraban que tú, devoto
de Martí, los conocías
de sobra. Por eso te fue
fácil adivinar el
programa de Eisenhower,
cuando propuso, para
defender su fraudulenta
democracia, someter a
Cuba al hambre y las
enfermedades; y viste
también el puñal asesino
bajo la manga de Kennedy
con sus Cuerpos de Paz,
y supiste derrotarlo en
Playa Girón y
enfrentarlo con ejemplar
dignidad durante los
días luminosos y tristes
de la Crisis de Octubre.
Desde entonces, tu
naturaleza suspicaz te
permitió ser el
talentoso estratega y
campeón mundial de la
verdadera solidaridad,
franca y desinteresada,
en la lucha contra el
apartheid y en la
atención médica a los
pobres de este mundo.
Durante una reunión en
Río de Janeiro, donde te
tildaron de exagerado y
excéntrico, predijiste
la extinción que
acechaba a la especie
humana; y luego, aun sin
decirlo nunca por
razones de elemental
diplomacia, fue evidente
que apreciaste en la
Perestroika la ponzoña
enemiga que destruiría a
la Unión Soviética y al
viejo Partido Comunista
de Lenin. Y ya desde el
año 1989 comenzaste a
predicar que si la URSS
se desmembraba y el
campo socialista
desaparecía, Cuba iba a
padecer terribles
carencias, pero jamás
abandonaría el camino
del socialismo que tarde
o temprano nos llevaría
a la victoria. Y todo
eso está sucediendo.
Hoy día, el prepotente
imperio y sus lacayos
europeos e israelitas,
se proponen destruir
Irán y posicionarse en
su estratégico y
suculento territorio con
miras de dominar el
petróleo del
Oriente Medio; y por esa vía,
suponen tener tiempo de
preparar un
enfrentamiento final
contra China, mucho más
apta para sobrevivir que
el imperio yanqui,
porque en ellos se
cumple la paradoja de
que tras emerger hace
apenas seis décadas, hoy
los superan en reservas
estratégicas de
población y recursos; en
acendrada disciplina y
orden social, amén de
haber alcanzado un ritmo
y nivel de vida
sostenibles. Y ahora,
Fidel, vuelves a la
palestra mundial, otra
vez con tu vista de
largo alcance y tu verbo
en acción.
Con gran sagacidad,
sospechas que Obama debe
tener sobrados motivos
para guardar rencores en
su fuero íntimo contra
el Ku Klux Klan y contra
los asesinos de Martin
Luther King, que son, sin
duda, de la misma calaña
de Bush, Cheeney,
Wolfovitz y los
personeros de las
transnacionales y de las
mafias petroleras; y
contra altos militares y
otros trogloditas
partidarios de las
injusticias y
humillaciones
necesariamente padecidas
en los EE.UU. por todos
los niños y jóvenes
designados con el
eufemismo
discriminatorio de
afronorteamericanos.
Y ahora resulta que uno
de esos negros es el
único ser humano con
poder constitucional
para apretar el botón de
mando y dar inicio a la
guerra nuclear y su
calamitosa secuela de
desgracias, de
inevitable efecto
ecuménico. Y ahora les
aclaras a Obama y a esos
pájaros de mal agüero
llamados halcones de la
guerra, que de esta no
saldrían indemnes y
propiciarían la pronta
liquidación del
capitalismo mundial.
Te has dado cuenta,
antes que nadie, de una
paradoja mayor,
consistente en que el
propio imperio, en su
extremismo suicida, nos
está ahorrando el
trabajo de cumplir la
consigna del Che: crear
dos, tres, muchos Vietnam.
Y la segunda virtud,
Fidel, por la que quiero
felicitarte, es tu
disposición a poner al
servicio de la Humanidad
y de la Paz tu gran
prestigio mundial y
exponerte a que te
tilden de absurdo,
ridículo, ignorante y
cuanto adjetivo
denigratorio contengan
los diccionarios; pero
tú sabes que eso
provocará una mayor
difusión de tus
recientes advertencias
sobre la guerra y es
posible que muchos
políticos, incluido el
propio Barack Obama,
aunque no te reconozcan
como consejero, decidan
oírte y hasta
convencerse de que no
actúas por simple
obstinación.
Quiero recordar también
a los numerosos héroes
anónimos que a
principios de 2001
fueron a encadenarse en
Bagdad, junto a los
pilares de una ancestral
cultura, en un intento
por preservarla. Ellos
no lo lograron, porque Saddam Hussein, luego de
agradecerles el gesto,
puso aviones a su
disposición para
sacarlos de Iraq, con
las consabidas palabras
de gratitud y el anuncio
de que entre la juventud
de su partido BAAS,
había suficientes
jóvenes y kamikazes
dispuestos a inmolarse
en guerra santa contra
el invasor.
Lo que los voluntarios
de 2001 no pudieron
llevar a término, tú lo
estás logrando. Como
excepcional escudo
humano, te expones a la
maledicencia enemiga que
tratará de manchar tu
historia, prestigio y
sabiduría. Pero tú no
les temes. Confías en la
fe sostenida y el amor
que te consagran todos
los pueblos del Tercer
Mundo. Los halcones, en
cambio, que son
prepotentes e ignaros,
creen despreciarte, pero
los más lúcidos saben
que deben temerte. Ellos
miden su odio contra ti
por los irrefutables
aciertos que has tenido
durante toda tu
ejecutoria de
revolucionario y
estadista invicto. De
seguro tu prédica no
será vana.
12-14 de
agosto de 2010
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