La construcción del templo
¿En qué se igualan la acción, la palabra,
o lo que es más oscuro y pavoroso,
el silencio,
ante nuestra mirada
que aún no se hizo oficio y testimonio?
Me contaba mi madre que aquel sabio
sentado ante la puerta
cerrada
del santuario: piedra de inesperada
pero auténtica lumbre
antigua que se alzaba lentamente
al espacio.
Me contaba que nunca abrió los labios
ante la indiferencia o el obsequio;
sólo sus ojos eran dóciles y seguían las huellas
de quienes por temor,
gracia o misterio
otorgaban sus dádivas suntuosas
a impenetrables dioses.
Pero mi madre, que lo vio sentado, mudo,
como príncipe que rechazó de manos ancestrales
fortuna y dones, supo
del andrajoso y magro y penitente
que no se alzó, juntó piedras,
ni a ellas consagró
palabras de blasfemia o alabanza,
pero día tras día, humildemente,
construyó en el silencio, con ardua, tenaz,
inquebrantable audacia,
el templo
y congregó a los fieles.
Tórtola
Nos place oírla
desde el fondo del patio;
recién llegada, aislada,
contra la curva azul
de la distancia.
Nos place oírla
contarnos, no sabemos
qué delirio
de llevar por los aires
con sus alas
--tan poca cosa--
el éxtasis del mundo.
Pero no quiero demorar su historia
de comarcas distantes
y nos sorprende nuevamente
el vuelo,
sin que sepamos
qué intención la trajo
o con qué augurios volverá mañana.
Indaga
Acumulas lo que no ha muerto en ti,
animal de ojos y manos pobres,
y lo das al azar en mil ofrendas.
No has conservado parte
de la voracidad del día y a ella, infeliz, dieron
la voluntad mejor, la gloria y el orden de tus
actos.
Indaga. ¿Que fracasó o faltó? Nada. Todo
contribuía a borrarte en las primeras
eliminaciones.
Instinto, confundieron tus designios
cuando empezaba a arder la frente del idólatra.
Razón, fueron tus argumentos pocos, anticipándole
la fe. ¿Qué sucia entraña, qué goloso intestino
lo tragó?
Aquello que la vida amparaba y lento concluía.
¿Qué fueron para ti los libros, qué mostraron
la ilustración y el conocimiento?
¿Qué evidenciaron las conversaciones, los papeles
escritos con el pulso febril, los viajes,
las ciudades?
Todos los trenes habían partido cuando llegabas
al andén
y entre los ruidos y las ajenas voces
desaparecías. Animal apagado, vuelve tus ojos al
azar.
Nada faltó. Fuiste el huésped que no acude
y se alzaba el telón a tus espaldas.
Ante las puertas últimas
¿Te acordaras de mí? ¿Recordarás?
Cántame ahora, canta
toda esta larga noche en que zozobro
ante puertas sin límites.
Así, tendido, no podría franquearlas.
Mientras oiga tu voz sentiré que estoy vivo.
No quiero, no quisiera pensar, saber
que sentirás mañana algo en ti muerto:
mi amor, mi cuerpo, su último calor
hundiéndose en el frío y la tiniebla.
(No vayas a asustarte, canta)
Un sueño que ha dejado de soñarse,
un sueño detenido, apagándose.
No temas, canta. La piedra es suave,
mullida como hierba;
suave como tus manos y tu boca.
Canta. Pronto todo será silencio:
tu voz, mi sangre, lo que en mí respira.
¿Te acordarás de mí? ¿Recordarás?
Aprendiendo a morir
Mientras duermen mi mujer y mis hijos
y la casa descansa del ajetreo familiar,
me levanto y reanimo los espacios tranquilos.
Hago como si ellos -mis hijos, mi mujer-
estuvieran despiertos, activos
en la propia gestión que les ocupa el día.
Voy insomne (o sonámbulo) llamándoles
hablándoles;
pero nadie responde, nadie me ve.
Llego hasta donde está la menor de mis niñas:
ella habla a sus muñecas, no repara en mi voz.
El varón entra, suelta su cartapacio de escolar,
de los bolsillos saca su botín:
las artimañas de un prestidigitador.
Quisiera compartir su arte y su tesoro,
quisiera ser con él. Sigue de largo:
no repara en mi gesto ni en mi voz.
¿A quien acudo? Mis otras hijas, ¿dónde están?
Ando por casa jugando a que me encuentren:
¡Aquí estoy!
Pero nadie responde, nadie me ve.
Mis hijas en sus mundos siguen otro compás.
¿Dónde se habrá metido mi mujer?
En la cocina la oigo; el agua corre,
huele a hojas de cilantro y de laurel.
Está de espaldas. Miro su melena,
su cuello joven: ella vivirá...
quiero acercármele pero no me atrevo.
-huele a guiso, a pastel recién horneado-
¿y si al volver los ojos no me ve?
Como un actor que olvida de repente
su papel en la escena,
desesperado grito:
¡Aquí estoy!
Pero nadie responde, nadie me ve.
Hasta que llegue el día y con su luz
termine mi ejercicio de aprender a morir.
Parábola
Mi madre quiere que yo sea feliz,
quiere que sea joven y alegre;
un hombre que no tema el paso de los años,
ni tema a la ternura y al candor
del niño que debiera ser
cuando voy de su mano y la oigo repetirme
-para que no lo olvide- éstas y otras nociones.
Mi madre no quiere avergonzarse de mí.
Mi madre quiere que no mienta, quiere
que sea libre y sencillo.
No quisiera verme sufrir,
porque el miedo y la duda
son males que padecen los adultos,
y ella quiere que yo sea su niño.
Cualquiera que nos viese
no la comprendería: en edad coincidimos
-no quiere que lo diga-,
aunque ella me dio vida
cuando tenía los años que tengo hoy.
Podríamos ser hermanos, ella un poco mayor.
Podríamos ser amigos: su memoria y la mía
corresponden a un tiempo en que ambos fuimos
jóvenes
(Yo era menor pero recuerdo verla cantar feliz
entre sus hijos, compartir nuestra infancia).
Mi madre quiere verme luchar a toda hora
contra el dolor y el miedo.
Sufriría si supiera que a mi edad,
la de ella entonces cuando me dio a la vida,
yo soy su viejo padre y ella es mi dulce niña.
Me
imita el mal a veces
Escogerás para sobrevivirte,
el día de tu última derrota,
una inocencia de mayor audacia:
los corderos pintados como arcángeles
paciendo en la alta yerba,
a la sombra de unos ojos benignos.
La escena que convoca
una total rusticidad de égloga;
austeros, la casa y los corrales;
el silencio oloroso
que sube ardiendo inmensidad arriba.
El animal de ojos y lenguas justos
en la tarde moviéndose a tu sombra,
y el árbol con su vida y sin memoria
señalándote un sitio permanente.
Amigo mío, ordena
como en los sueños la vigilia, y anda
hasta esa esquina donde el fuego alegra
los muebles y retratos
y el libro es una mano que descansa
confiada entre otras manos.
Escucha, buen amigo,
atiende el rojo coro de la jarra:
ecos de voces perseguidas, antes
que en una sola voz
rueden por tu garganta. ¡O ahuyéntalas!
Mas ellas volverán con un sigilo
de empecinadas huestes al asalto,
para nombrarte por tu propio nombre
de medroso animal,
que devora a pedazos
su famélica carne
bajo un azul de fieras centelleantes,
oliendo dolorido
la propia suciedad,
que con su lengua escarba.
Oye esas tristes voces que presagian
tu última derrota.
Escogerás para sobrevivirte
en otras voces de inocente audacia,
un sitio permanente.
Tomado de Cubaliteraria.
Pablo Armando
Fernández: Central Delicias, antigua
provincia de Oriente, 2 de marzo de
1930. Poeta, narrador, diplomático. Fue
subdirector de Lunes de Revolución
(1959-1961); secretario de redacción de
Casa de las Américas (1961-1962).
Desempeñó el cargo de Consejero Cultural
de la Embajada de Cuba en Gran Bretaña
(1962-1965) y fue jefe de publicaciones
de la comisión cubana de la UNESCO
(1966), también trabajó en la imprenta
de la Academia de Ciencias (1971-1979).
Fue director de la revista UNION,
de la Unión Nacional de Escritores y
Artistas de Cuba. Ejerció como Jurado de
importantes premios literarios: el
Premio Casa de las Américas de Poesía
(1966) y Literatura Caribeña en Lengua
Inglesa (1982). En 1992 integró el
jurado del prestigioso Premio Cervantes.
En 1963 su poemario Libro de los
héroes recibió Mención en el Premio
Casa de las Américas, en la edición del
Premio Casa de las Américas de 1968
resultó ganadora su novela Los niños
se despiden. En 1969 el libro Un
sitio permanente fue Accesit al
Premio Adonais de Poesía. En 1996 el
Ministerio de Cultura de Cuba le otorgó
por la importancia de su obra el Premio
Nacional de Literatura.