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Difícil que haya un cubano, más
si es habanero, y guanabacoense,
por más señas, que no conozca de
la valentía y amor por su tierra
natal de este regidor de la
villa de Guanabacoa, figura
prominente de la resistencia de
los criollos a la invasión
extranjera cuando en 1762
fuerzas británicas atacaron a la
capital cubana con el ánimo de
hacerla suya.
Dicen que al frente de su tropa
cargó al machete contra los
agresores, anticipando las
gestas que en la centuria
siguiente forjarían Máximo Gómez
y Antonio Maceo.
“Su coraje y astucia, su
conocimiento del terreno y su
habilidad para la guerra de
guerrillas, le hicieron temible
para el adversario y merecedor
del respeto de la población
habanera y de las autoridades
españolas. Su sobrenombre, Pepe
Antonio, se hizo sinónimo de
combatiente legendario”, como
dice el prestigioso historiador
Gustavo Placer Cervera, en su
volumen Inglaterra y La
Habana, 1762, editado por
Ciencias Sociales en 2007.
En su Guanabacoa natal
José Antonio Gómez y Pérez de
Bullones, más conocido como Pepe
Antonio, nació el 10 de
diciembre de 1704, en el seno de
una familia pudiente avecindada
desde mediados del XVII en la
zona de Guanabacoa. Según sus
contemporáneos, desde muy niño
sobresalió por su fortaleza
física. Jinete y cazador
experto, bien pronto se decidió
por los asuntos militares.
Ya desde abril de 1727, siendo
oficial de milicias de su
pequeño terruño, tomó parte en
la defensa de La Habana,
amenazada por el almirante
inglés Hozier, cuya escuadra
quedó durante toda una semana
frente a la boca del puerto,
pero toda vez los preparativos
defensivos de la ciudad y la
epidemia de fiebres que
aniquilaba a sus hombres,
decidió tomar las de Villadiego.
En la guerra de 1739-1747 con la
Gran Albión, (“Del Asiento”,
para los españoles; y de la
“Oreja de Jenkins”, para los
ingleses), Pepe Antonio ejerció
eficaz vigilancia sobre la costa
entre Bacuranao y Jaruco, y en
varias ocasiones se enfrentó con
arrojo a embarcaciones enemigas
allegadas a tierra firme con el
propósito de abastecerse de
agua.
Recién comenzaba a escribirse su
epopeya.
Las milicias en la defensa de La
Habana
En 1762 Pepe Antonio era alcalde
provincial de Guanabacoa y al
comenzar el ataque británico, en
junio de ese año, organizó con
apremio a cuanto vecino armado
pudo y precedió en las arenas de
Cojímar y Bacuranao a las tropas
regulares enviadas por el
capitán general y gobernador de
la Isla Juan de Prado
Portocarrero Maleza y Luna,
ascendido poco antes a mariscal
de campo, y quien, sin embargo,
“no estuvo a la altura de las
circunstancias ni antes ni
durante del sitio”, por lo que
fue encausado y condenado a
duras penas por el consejo de
guerra formado en España al
efecto.
Lo cierto es que de los
diferentes destacamentos armados
participantes en la defensa de
La Habana durante la agresión
inglesa, fueron las milicias,
pese a su limitado
adiestramiento, quienes libraron
el papel más diligente. Tal es
el caso de la esforzada tropa
bajo el mando del valiente jefe
guanabacoense, quien por razón
de emboscadas y métodos de
guerra de guerrillas ocasionó
cuantiosas bajas a los ingleses,
por lo que incluso recibió del
gobernador Prado una carta de
reconocimiento.
A golpe de chaleco
Cuentan, no obstante, que sus
controversias con el coronel
Carlos Caro le hicieron la vida
imposible. Considerado, algo
así, como un tonto con poder,
este personajillo actuaba
apegado a los clásicos manuales
de guerra y solo exhibía
batallas de salón en el campo de
operaciones. Es más, “cuando
llegaba, la acción había
terminado y cuando el peligro
era mucho, se retiraba con
prudencia”.
El criollo, por su parte,
comprendió enseguida que contra
los ingleses solo valían los
combates de escaramuzas, modo
que empleó exitosamente contra
los casacas rojas.
Tal vez la envidia del receloso
coronel hizo que se le
destituyera y le quitaran el
mando de buena parte de las
huestes que el regidor de
Guanabacoa había agrupado por su
liderazgo.
Cuentan que el día de su
destitución, un entristecido
Pepe Antonio dijo que se iba a
pelear solo. Unos días después,
en las ruinas de un ingenio del
poblado de San Jerónimo de
Peñalver, enfermó de gravedad a
causa de la peste. Falleció el
26 de julio de 1762.
Cuando La Habana fue recuperada,
a propuesta del nuevo capitán
general, conde de Ricla, en
1764, el rey Carlos III les
otorgó a sus descendientes, a
perpetuidad, los oficios de
alcalde provincial y regidor de
Guanabacoa.
Por cierto, era legendario un
golpe de machete o estocada al
que llamaban golpe de chaleco
que se hizo famoso en manos de
Pepe Antonio y sus hombres; pero
del cual hoy no se tienen otras
referencias. |