Año IX
La Habana
2010

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Pepe Antonio, guerrillero de leyenda
Josefina Ortega • La Habana

Difícil que haya un cubano, más si es habanero, y guanabacoense, por más señas, que no conozca de la valentía y amor por su tierra natal de este regidor de la villa de Guanabacoa, figura prominente de la resistencia de los criollos a la invasión extranjera cuando en 1762 fuerzas británicas atacaron a la capital cubana con el ánimo de hacerla suya.

Dicen que al frente de su tropa cargó al machete contra los agresores, anticipando las gestas que en la centuria siguiente forjarían Máximo Gómez y Antonio Maceo.

“Su coraje y astucia, su conocimiento del terreno y su habilidad para la guerra de guerrillas, le hicieron temible para el adversario y merecedor del respeto de la población habanera y de las autoridades españolas. Su sobrenombre, Pepe Antonio, se hizo sinónimo de combatiente legendario”, como dice el prestigioso historiador Gustavo Placer Cervera, en su volumen Inglaterra y La Habana, 1762, editado por Ciencias Sociales en 2007.  

En su Guanabacoa natal  

José Antonio Gómez y Pérez de Bullones, más conocido como Pepe Antonio, nació el 10 de diciembre de 1704, en el seno de una familia pudiente avecindada desde mediados del XVII en la zona de Guanabacoa. Según sus contemporáneos, desde muy niño sobresalió por su fortaleza física. Jinete y cazador experto, bien pronto se decidió por los asuntos militares.

Ya desde abril de 1727, siendo oficial de milicias de su pequeño terruño, tomó parte en la defensa de La Habana, amenazada por el almirante inglés Hozier, cuya escuadra quedó durante toda una semana frente a la boca del puerto, pero toda vez los preparativos defensivos de la ciudad y la epidemia de fiebres que aniquilaba a sus hombres, decidió tomar las de Villadiego.

En la guerra de 1739-1747 con la Gran Albión, (“Del Asiento”, para los españoles; y de la “Oreja de Jenkins”, para los ingleses), Pepe Antonio ejerció eficaz vigilancia sobre la costa entre Bacuranao y Jaruco, y en varias ocasiones se enfrentó con arrojo a embarcaciones enemigas allegadas a tierra firme con el propósito de abastecerse de agua.

Recién comenzaba a escribirse su epopeya.  

Las milicias en la defensa de La Habana 

En 1762 Pepe Antonio era alcalde provincial de Guanabacoa y al comenzar el ataque británico, en junio de ese año, organizó con apremio a cuanto vecino armado pudo y precedió en las arenas de Cojímar y Bacuranao a las tropas regulares enviadas por el capitán general y gobernador de la Isla Juan de Prado Portocarrero Maleza y Luna, ascendido poco antes a mariscal de campo, y quien, sin embargo, “no estuvo a la altura de las circunstancias ni antes ni durante del sitio”, por lo que fue encausado y condenado a duras penas por el consejo de guerra formado en España al efecto.

Lo cierto es que de los diferentes destacamentos armados participantes en la defensa de La Habana durante la agresión inglesa, fueron las milicias, pese a su limitado adiestramiento, quienes libraron el papel más diligente. Tal es el caso de la esforzada tropa bajo el mando del valiente jefe guanabacoense, quien por razón de emboscadas y métodos de guerra de guerrillas ocasionó cuantiosas bajas a los ingleses, por lo que incluso recibió del gobernador Prado una carta de reconocimiento.  

A golpe de chaleco  

Cuentan, no obstante, que sus controversias con el coronel Carlos Caro le hicieron la vida imposible. Considerado, algo así, como un tonto con poder, este personajillo actuaba apegado a los clásicos manuales de guerra y solo exhibía batallas de salón en el campo de operaciones. Es más, “cuando llegaba, la acción había terminado y cuando el peligro era mucho, se retiraba con prudencia”.

El criollo, por su parte, comprendió enseguida que contra los ingleses solo valían los combates de escaramuzas, modo que empleó exitosamente contra los casacas rojas.

Tal vez la envidia del receloso coronel hizo que se le destituyera y le quitaran el mando de buena parte de las huestes que el regidor de Guanabacoa había agrupado por su liderazgo.

Cuentan que el día de su destitución, un entristecido Pepe Antonio dijo que se iba a pelear solo. Unos días después, en las ruinas de un ingenio del poblado de San Jerónimo de Peñalver, enfermó de gravedad a causa de la peste.  Falleció el 26 de julio de 1762.

Cuando La Habana fue recuperada, a propuesta del nuevo capitán general, conde de Ricla, en 1764, el rey Carlos III les otorgó a sus descendientes, a perpetuidad, los oficios de alcalde provincial y regidor de Guanabacoa.

Por cierto, era legendario un golpe de machete o estocada al que llamaban golpe de chaleco que se hizo famoso en manos de Pepe Antonio y sus hombres; pero del cual hoy no se tienen otras referencias.

 
 
 

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La Habana, Cuba. 2010.
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