Año IX
La Habana
7 al 13
de AGOSTO
de 2010

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La llamada del pasado

Domingo Sánchez Perdomo (La Habana, 1941)

 

“Florentino Ariza no tuvo nunca más una oportunidad de ver
 a solas a Fermina Daza, ni de hablar a solas con ella en los
tantos encuentros de sus muy largas vidas, hasta
cincuenta y un años y nueve meses y cuatro días después…”


El amor en los tiempos del cólera

Gabriel García Márquez
  

Desde el mar soplaba el viento que precede a la lluvia y nubes como corazas de plomo parecían oprimir la tierra. En la ciudad todo simulaba seguir igual salvo la ausencia de los sempiternos bebedores del bar de la esquina que se explicaba al ver cerradas las puertas maltrechas del establecimiento y el otrora bullicioso portal convertido en el dormitorio de un perro callejero. 

El regreso tenía aturdido a Silvio y mientras caminaba, la eternidad del tiempo transcurrido confundía en su mente los meses y los años. Todo en derredor se le hacía más pequeño y lúgubre que cuando se fue la última vez, sorprendiéndose a cada instante con cualquier detalle, como quien encuentra un juguete viejo que consideraba perdido. 

En Moscú le parecía imposible concebir una dicha más perfecta que la de aquellas tardes en un otoño tardío, paseando del brazo de una novia de ocasión de piel traslúcida como la parafina, inexperta en el amor caribeño que la transportaba al éxtasis y que, después de haber sido abandonada, aseguraba llorosa no encontraría en hombre alguno que no fuera de tierras tropicales. Sin embargo, ahora era capaz de jurar que no estaba dispuesto a cambiar por todo eso, un solo instante de verano junto al Malecón habanero en compañía de una mujer de fuego y ojos negros como la misma muerte. 

Continuó caminando calle abajo hasta la esquina de las calles 25 y N. La mole del edificio del Palacio de los Matrimonios se erguía en lo alto, amurallado como un inexpugnable castillo medieval que quiere abarcar, con poderosos brazos invisibles, a los transeúntes que tratan de escapar con pasos presurosos de la lluvia inminente. El entrar y salir de personas en el lugar daba la impresión del cuerpo de guardia de un hospital. 

Se detuvo, confundiéndose con los clanes de parientes y amigos que en rebaños apretados subían y bajaban las empinadas y viejas escaleras. En este lugar las parejas pasaban, por obra y gracia de la ley, de amantes furtivos a esposos legales. Durante algunos minutos desfilaron ante sus ojos novias con trajes prestados o modelos exclusivos; camisas blancas de cuellos sin abotonar; fotógrafos profesionales a sueldo del modesto bolsillo de un novio; aficionados pagando con su arte incipiente y una cámara de ocasión la fidelidad a un amigo. No faltó tampoco el séquito selecto, con ropa de etiqueta, Polaroid de fotografía al instante y máquinas de vídeo manejadas con poca destreza que con aires de perdonavidas y dueños del mundo, avasallaban el jolgorio de la gente simple y feliz. Buena pareja hacía un negrito joven con su mulata, viva estampa de Cecilia escapada de las entrañas de nuestra raza. Lo bello aplastó en segundos lo falso y eso lo reconfortó. 

El ir y venir se iba aplacando y Silvio aprovechó la oportunidad para visitar el lugar deslizándose como un invitado con retraso. La casona empinada estaba más vieja y los árboles ahora desconocidos, con algo similar a desperdicios entre las raíces, pugnaban por levantar las baldosas y peldaños de las escaleras tratando de aprisionarlo todo en una suerte de bosque encantado. Comprendió que su otrora hogar de huérfanos ya no era el centro del universo y se sintió como un intruso al atravesar el patio pisando hojas secas que sonaban cual cristales.  

Detuvo sus pasos, miró la pérgola semicircular que lo enmarcaba y los viejos bancos de hierro forjado pintados de un blanco cuyo brillo se había perdido hacía mucho tiempo. Una lluvia fina comenzó a caer y el olor a humedad mezclado con el salitre del mar cercano le infundió una sensación especial. Terminaban las últimas ceremonias y la vida se paró por un instante produciéndose un silencio universal.  

Silvio ya no era joven y sabía que la memoria del corazón eliminaba los malos recuerdos y magnificaba los buenos, artilugios gracias a los que logramos sobrellevar el pasado.  

Nuevamente sintió su aliento y el roce de sus cabellos sueltos. 

“Estamos a punto de cerrar” —dijo a sus espaldas una voz metálica que lo devolvió al bullicio del mundo cercano.  

Una mujer de edad indefinible —a todas luces empleada del lugar—, con la cara surcada de arrugas y un maquillaje que pretendía un imposible lo observaba de forma inquisitiva. Poniendo en juego la mejor de sus sonrisas y en tono conciliador, Silvio se dispuso a salvar el abismo del “no” que lo acechaba. 

“Disculpe, yo viví aquí algunos años” —le dijo, paseando la mirada en derredor, al tiempo que trataba de abarcar el espacio con un gesto y metía la mano en el bolsillo de su mezclilla azul con ademán de viejo inquilino. Los ojos de la mujer lo taladraron como un rayo y comprendió, como el que cae al vacío, el error que acababa de cometer. 

“Pues mire que esto hace mucho tiempo que dejó de pertenecer a uno solo para ser de todos” —le soltó en andanada la mujer de edad indefinible y se dispuso a enviarlo a la puerta de salida. 

“Usted me ha entendido mal” —se apresuró en aclarar y en dos palabras le contó su historia. Como por encanto el odio se trocó en sonrisas. 

“Quisiera me dejara mirar un momento, hace años que no venía por este lugar”le dijo y continuó la marcha por el patio, tratando de contrarrestar con la acción las intenciones de su interlocutora. 

“No se demore” —sonó de nuevo a sus espaldas la misma voz metálica de la primera vez. 

La casona estaba remodelada, un buró de diferente factura en cada habitación, algún que otro archivo y varias sillas que Silvio creyó pertenecían al antiguo comedor, conformaban el mobiliario imprescindible para efectuar los enlaces matrimoniales y otras funciones que no logró adivinar. La decoración de los pasillos y algunos espacios estaba cambiada por completo: aquí grandes jarrones de porcelana china de exquisita factura y cuadros de artistas desconocidos, allá muebles que imitaban el estilo Luis XV, todo con la intención ecléctica de crear el ambiente agradable de una época inexistente en cada sitio, pero sin lograrlo. Se le antojó un rompecabezas incompleto que nadie sería capaz de armar. 

En el que otrora fuera el salón de estudios de la casa, existía ahora una improvisada biblioteca cuyo uso Silvio no alcanzaba a explicarse en un lugar como aquel. Cual no sería su sorpresa al ver en un rincón, junto a una pequeña estatua de bronce que sostenía una lámpara, el viejo teléfono de la antigua residencia. Siempre estuvo allí, en aquella amplia habitación que daba al patio, alejada de las otras dependencias de la casa y escogida para sus encuentros juveniles. 

La idea de utilizar el teléfono para comunicarse cuando algo le impedía acudir a sus citas, casi diarias, fue de Laura, la hija de la entonces directora del hospicio. La recordó por las tardes al regresar de la escuela, casi siempre con el pelo suelto y sus libros ubicados de cualquier manera. Cómo empezó a quererla no lo sabía, pero sí cuándo habló con ella por última vez. Sin proponérselo comenzó a acercarse al viejo aparato que parecía mirarlo desde la eternidad del tiempo.  

El cambio repentino de destino del padre de Laura, el torbellino de los años ´60 y el fragor de la lucha por un mundo mejor los habían separado de manera repentina del mismo modo en que el viento alborota el polvo del camino en el verano ardiente. Volvieron a su memoria los días en que, al borde de la locura, esperaba con desesperación noticias suyas pero nunca las obtuvo. Silvio miró el hilo retorcido del aparato como si al final del mismo, en un mundo distante, todavía estuviera ella.  

Lentamente llegó al teléfono que mostraba, por el uso de siglos, una capa de sustancia oscura e indefinible en el pesado brazo. El disco de letras y números desgastados parecía sonreírle como alegrándose de su regreso. La lluvia arreció convirtiéndose en un auténtico temporal de verano y el patio fue blanco de miles de gotas, como guisantes, que en dirección oblicua abrían surtidores en los charcos que comenzaban a formarse. El confesor de sus secretos permanecía mudo e inmóvil, pero de pronto, como por un impulso sobrenatural el viejo aparato comenzó a sonar con una llamada quejumbrosa. Silvio se lanzó a toda velocidad hacia él con la angustia de tomarlo antes que se cortara la llamada. 

“¿Laura, eres tú?” —respondió sin pensarlo dos veces estúpidamente transportado en el tiempo.  

“Ya vamos a cerrar el edificio” escuchó del otro lado del hilo la misma voz metálica de la empleada de cara arrugada y edad indefinible que, impedida por la lluvia, llamaba utilizando otra línea. 

Silvio colgó con tristeza el brazo de su viejo amigo, viró la espalda y cruzó lentamente el patio de lo que una vez fuera el centro del universo. 

Iba desnudo bajo la lluvia.


Domingo Sánchez Perdomo (Cuba) Investigador, periodista y editor. La Habana, 1941. Máster en Bibliotecología y Ciencias de la Información con dos Diplomados en Información y Servicios de Información. Trabajó como periodista en la Agencia Prensa Latina. Creador y editor hasta el 2001 de la revista Seguridad y Defensa. Artículos suyos han sido publicados en el periódico Bastión y en las revistas Verde Olivo, Cuba Socialista, Seguridad y Defensa, Socialismo o Barbarie, entre otras. 

 

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