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“Florentino Ariza no tuvo nunca más una
oportunidad de ver
a solas a Fermina Daza, ni de hablar a
solas con ella en los
tantos encuentros de sus muy largas
vidas, hasta
cincuenta y un años y nueve meses y
cuatro días después…”
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez
Desde el mar soplaba el viento que
precede a la lluvia y nubes como corazas
de plomo parecían oprimir la tierra. En
la ciudad todo simulaba seguir igual
salvo la ausencia de los sempiternos
bebedores del bar de la esquina que se
explicaba al ver cerradas las puertas
maltrechas del establecimiento y el
otrora bullicioso portal convertido en
el dormitorio de un perro callejero.
El regreso tenía aturdido a Silvio y
mientras caminaba, la eternidad del
tiempo transcurrido confundía en su
mente los meses y los años. Todo en
derredor se le hacía más pequeño y
lúgubre que cuando se fue la última vez,
sorprendiéndose a cada instante con
cualquier detalle, como quien encuentra
un juguete viejo que consideraba
perdido.
En Moscú le parecía imposible concebir
una dicha más perfecta que la de
aquellas tardes en un otoño tardío,
paseando del brazo de una novia de
ocasión de piel traslúcida como la
parafina, inexperta en el amor caribeño
que la transportaba al éxtasis y que,
después de haber sido abandonada,
aseguraba llorosa no encontraría en
hombre alguno que no fuera de tierras
tropicales. Sin embargo, ahora era capaz
de jurar que no estaba dispuesto a
cambiar por todo eso, un solo instante
de verano junto al Malecón habanero en
compañía de una mujer de fuego y ojos
negros como la misma muerte.
Continuó caminando calle abajo hasta la
esquina de las calles 25 y N. La mole
del edificio del Palacio de los
Matrimonios se erguía en lo alto,
amurallado como un inexpugnable castillo
medieval que quiere abarcar, con
poderosos brazos invisibles, a los
transeúntes que tratan de escapar con
pasos presurosos de la lluvia inminente.
El entrar y salir de personas en el
lugar daba la impresión del cuerpo de
guardia de un hospital.
Se detuvo, confundiéndose con los clanes
de parientes y amigos que en rebaños
apretados subían y bajaban las empinadas
y viejas escaleras. En este lugar las
parejas pasaban, por obra y gracia de la
ley, de amantes furtivos a esposos
legales. Durante algunos minutos
desfilaron ante sus ojos novias con
trajes prestados o modelos exclusivos;
camisas blancas de cuellos sin abotonar;
fotógrafos profesionales a sueldo del
modesto bolsillo de un novio;
aficionados pagando con su arte
incipiente y una cámara de ocasión la
fidelidad a un amigo. No faltó tampoco
el séquito selecto, con ropa de
etiqueta, Polaroid de fotografía al
instante y máquinas de vídeo manejadas
con poca destreza que con aires de
perdonavidas y dueños del mundo,
avasallaban el jolgorio de la gente
simple y feliz. Buena pareja hacía un
negrito joven con su mulata, viva
estampa de Cecilia escapada de las
entrañas de nuestra raza. Lo bello
aplastó en segundos lo falso y eso lo
reconfortó.
El ir y venir se iba aplacando y Silvio
aprovechó la oportunidad para visitar el
lugar deslizándose como un invitado con
retraso. La casona empinada estaba más
vieja y los árboles ahora desconocidos,
con algo similar a desperdicios entre
las raíces, pugnaban por levantar las
baldosas y peldaños de las escaleras
tratando de aprisionarlo todo en una
suerte de bosque encantado. Comprendió
que su otrora hogar de huérfanos ya no
era el centro del universo y se sintió
como un intruso al atravesar el patio
pisando hojas secas que sonaban cual
cristales.
Detuvo sus pasos, miró la pérgola
semicircular que lo enmarcaba y los
viejos bancos de hierro forjado pintados
de un blanco cuyo brillo se había
perdido hacía mucho tiempo. Una lluvia
fina comenzó a caer y el olor a humedad
mezclado con el salitre del mar cercano
le infundió una sensación especial.
Terminaban las últimas ceremonias y la
vida se paró por un instante
produciéndose un silencio universal.
Silvio ya no era joven y sabía que la
memoria del corazón eliminaba los malos
recuerdos y magnificaba los buenos,
artilugios gracias a los que logramos
sobrellevar el pasado.
Nuevamente sintió su aliento y el roce
de sus cabellos sueltos.
“Estamos a punto de cerrar” —dijo a sus
espaldas una voz metálica que lo
devolvió al bullicio del mundo cercano.
Una mujer de edad indefinible —a todas
luces empleada del lugar—, con la cara
surcada de arrugas y un maquillaje que
pretendía un imposible lo observaba de
forma inquisitiva. Poniendo en juego la
mejor de sus sonrisas y en tono
conciliador, Silvio se dispuso a salvar
el abismo del “no” que lo acechaba.
“Disculpe, yo viví aquí algunos años”
—le dijo, paseando la mirada en
derredor, al tiempo que trataba de
abarcar el espacio con un gesto y metía
la mano en el bolsillo de su mezclilla
azul con ademán de viejo inquilino. Los
ojos de la mujer lo taladraron como un
rayo y comprendió, como el que cae al
vacío, el error que acababa de cometer.
“Pues mire que esto hace mucho tiempo
que dejó de pertenecer a uno solo para
ser de todos” —le soltó en andanada la
mujer de edad indefinible y se dispuso a
enviarlo a la puerta de salida.
“Usted me ha entendido mal” —se apresuró
en aclarar y en dos palabras le contó su
historia. Como por encanto el odio se
trocó en sonrisas.
“Quisiera me dejara mirar un momento,
hace años que no venía por este lugar”
—le dijo y continuó la marcha por el
patio, tratando de contrarrestar con la
acción las intenciones de su
interlocutora.
“No se demore” —sonó de nuevo a sus
espaldas la misma voz metálica de la
primera vez.
La casona estaba remodelada, un buró de
diferente factura en cada habitación,
algún que otro archivo y varias sillas
que Silvio creyó pertenecían al antiguo
comedor, conformaban el mobiliario
imprescindible para efectuar los enlaces
matrimoniales y otras funciones que no
logró adivinar. La decoración de los
pasillos y algunos espacios estaba
cambiada por completo: aquí grandes
jarrones de porcelana china de exquisita
factura y cuadros de artistas
desconocidos, allá muebles que imitaban
el estilo Luis XV, todo con la intención
ecléctica de crear el ambiente agradable
de una época inexistente en cada sitio,
pero sin lograrlo. Se le antojó un
rompecabezas incompleto que nadie sería
capaz de armar.
En el que otrora fuera el salón de
estudios de la casa, existía ahora una
improvisada biblioteca cuyo uso Silvio
no alcanzaba a explicarse en un lugar
como aquel. Cual no sería su sorpresa al
ver en un rincón, junto a una pequeña
estatua de bronce que sostenía una
lámpara, el viejo teléfono de la antigua
residencia. Siempre estuvo allí, en
aquella amplia habitación que daba al
patio, alejada de las otras dependencias
de la casa y escogida para sus
encuentros juveniles.
La idea de utilizar el teléfono para
comunicarse cuando algo le impedía
acudir a sus citas, casi diarias, fue de
Laura, la hija de la entonces directora
del hospicio. La recordó por las tardes
al regresar de la escuela, casi siempre
con el pelo suelto y sus libros ubicados
de cualquier manera. Cómo empezó a
quererla no lo sabía, pero sí cuándo
habló con ella por última vez. Sin
proponérselo comenzó a acercarse al
viejo aparato que parecía mirarlo desde
la eternidad del tiempo.
El cambio repentino de destino del padre
de Laura, el torbellino de los años ´60
y el fragor de la lucha por un mundo
mejor los habían separado de manera
repentina del mismo modo en que el
viento alborota el polvo del camino en
el verano ardiente. Volvieron a su
memoria los días en que, al borde de la
locura, esperaba con desesperación
noticias suyas pero nunca las obtuvo.
Silvio miró el hilo retorcido del
aparato como si al final del mismo, en
un mundo distante, todavía estuviera
ella.
Lentamente llegó al teléfono que
mostraba, por el uso de siglos, una capa
de sustancia oscura e indefinible en el
pesado brazo. El disco de letras y
números desgastados parecía sonreírle
como alegrándose de su regreso. La
lluvia arreció convirtiéndose en un
auténtico temporal de verano y el patio
fue blanco de miles de gotas, como
guisantes, que en dirección oblicua
abrían surtidores en los charcos que
comenzaban a formarse. El confesor de
sus secretos permanecía mudo e inmóvil,
pero de pronto, como por un impulso
sobrenatural el viejo aparato comenzó a
sonar con una llamada quejumbrosa.
Silvio se lanzó a toda velocidad hacia
él con la angustia de tomarlo antes que
se cortara la llamada.
“¿Laura, eres tú?” —respondió sin
pensarlo dos veces estúpidamente
transportado en el tiempo.
“Ya vamos a cerrar el edificio” —escuchó
del otro lado del hilo la misma voz
metálica de la empleada de cara arrugada
y edad indefinible que, impedida por la
lluvia, llamaba utilizando otra línea.
Silvio colgó con tristeza el brazo de su
viejo amigo, viró la espalda y cruzó
lentamente el patio de lo que una vez
fuera el centro del universo.
Iba desnudo bajo la lluvia.
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