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Raquel Revuelta: memoria viva

Aimelys Ma. Díaz Rodríguez y Laura González • La Habana

Fotos: Archivo

 

vea La Jiribilla No. 422: 80 Revueltas. dos homenajes

 

Quizá muchos recuerden su impronta escénica en personajes tan memorables como la Laurencia en Fuenteovejuna o la Ana Fierling de Madre Coraje. El espacio fue el grupo Teatro Estudio, donde junto con su hermano Vicente, llevó a la cima al teatro cubano. Sin embargo, para los más jóvenes, Raquel Revuelta ha devenido mito de una etapa de esplendor en la actuación y el teatro. Muchos recordaremos su figura de los archivos televisivos de Doña Bárbara o de una de las historias del filme Lucía, de Solás, pero no es suficiente para hablar de esta actriz, pues como dijo el teatrólogo Eberto García Abreu: “el teatro fue el universo creador en el que Raquel Revuelta vivió con mayor plenitud los avatares de la creación artística”[1].
 

El azar quiso unir en la familia de los Revuelta-Planas a dos de los máximos fundadores de la escena cubana, Raquel y Vicente Revuelta. La hermandad trascendió más allá de la sangre hasta el nivel de la creación artística. Ahora, surge la oportunidad para recordar y homenajear a Raquel Revuelta, la Doña, como muchos amigos le decían. Con un fuerte don por la actuación desde pequeña, tuvo como maestro a su padre, también llamado Vicente en sus primeros pasos en el arte de la declamación que promovieron la maestría de Raquel por el buen decir del verso durante toda su vida.

También contribuyó a su formación la profesora Enriqueta Sierra que la introdujo en la actuación profesional. Poco a poco, Raquel se fue trazando un camino que la condujo por trabajos en la Compañía Teatral de Eugenia Zúffoli, en Teatro Popular con Paco Alfonso, en la Academia de Artes Dramáticas (ADAD), a la vez que interpretaba roles en emisoras radiales como Mil Diez y Radio Progreso.

Su carrera en ascenso la llevó a ser una de las fundadoras de la televisión, a través de la cual logró la popularidad. Sus actuaciones en Doña Bárbara, en Un tranvía llamado deseo, en El dulce pájaro de la juventud, la convirtieron en una imagen imprescindible de la televisión cubana. Teatro, radio, televisión y también cine Lucía, Un hombre de éxito, Cuba baila fortalecieron la luz que la acompañó siempre. Sin embargo, como anteriormente se dijo, su labor como actriz floreció en el teatro en todas sus vertientes. Consideramos que debe incluirse su trabajo en la dirección de actores unido a la enseñanza que ejerció, desde el Instituto Superior de Arte hasta los talleres en la Casona.

Actuación, pedagogía y dirección teatral formaron el vórtice de su carrera teatral. Muchos alegan, todavía hipnotizados por su presencia, que era una actriz de rostro y de una personalidad fuertes en escena. Fundamentalmente bajo la dirección de Vicente Revuelta, Raquel entregó su talento a las tablas y a un público identificado plenamente con ella. Desde Juana de Lorena hasta su última actuación en la escena cubana en la pieza Comedia a la antigua en 1981, pudimos verla caracterizar a la luchadora y apasionada Laurencia de Fuenteovejuna, paradójicamente emocionarse en sus roles de las obras brechtianas, propugnadoras del distanciamiento Madre Coraje y El alma buena de Se-Chuán, pues la emoción era esencial para Raquel.

El alma buena de Se-Chuan, director Vicente Revuelta

Con estos trabajos en un grupo como Teatro Estudio, vanguardista en el estudio e introducción de diversas técnicas de maestros de la escena universal, Raquel alegaba la necesidad de aprehender la técnica y después olvidarla, haciéndola parte de lo más profundo del ser. Muchos coinciden que era fundamentalmente stanivslaskiana, también se afirma que era muy orgánica con un gran talento en la manera de matizar el texto teatral. Otra de las calificaciones, afirmada por Oliva es la de “actriz de concepto”, por ejemplo en Santa Juana de América signó a su personaje del concepto de la gran heroína latinoamericana.

Supo compartir su talento con el resto de los actores del grupo a través de la labor de directora de puestas como Doña Rosita, la soltera, El no y Tartufo, concentrada siempre en la dirección actoral con juicios muy acertados. Así, también surgió Medida por medida, un montaje realizado por ella y Vicente en el patio de la Casona, en los difíciles años 90 del pasado siglo. Esta antológica puesta mostró el verdadero carácter artístico del grupo y sus directores, que sortearon todos los obstáculos de la escasez de recursos de la época para hacer teatro.

Con este espíritu creativo, Raquel Revuelta también incursionó en la docencia en la Facultad de Artes Escénicas del ISA donde formó a una generación de actores única con los que montó Abran cancha que ahí viene Don Quijote de la Mancha y La venganza de Don Mendo. Su amor por la enseñanza y su misión de transmitir su experiencia a los más jóvenes también la impulsaron a ofrecer numerosos talleres de actuación. Ella les enseñaba la necesidad de pensar porque “si no piensan no sienten y si no sienten no actúan”.

Su sensibilidad ante todos los problemas y sus fuertes principios la condujeron a asumir la dirección del Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE), pues sentía el compromiso de llevar adelante el proyecto que recién comenzaba. Pese a ello, nunca abandonó el trabajo en la escena teatral, pues fue desde allí de donde defendió sus valores y su carácter de mujer batalladora.

Recordar a la actriz teatral que fue Raquel mediante la memoria viva y la emoción nos lleva a remitirnos a sus compañeros y amigos:

Amada Morado (actriz)

Raquel empezó en la radio, en la emisora Mil Diez, diciendo poemas. Trabajó mucho tiempo en este medio, después pasó a la TV con un programa semanal, Un romance cada jueves, su partenaire allí era un famoso actor, Manolo Cuego. Todo el mundo esperaba el programa.  

Me vinculé a diversos grupos de aficionados, hasta que llegué a un taller de actuación en el grupo Teatro Estudio, sede en el Hubert de Black, impartido por Vicente Revuelta. En el año 1968, Vicente decidió incorporarse a Los Doce, y Raquel asumió la dirección del grupo. Fui a verla para decirle mi interés en entrar, recibí su ayuda y conocí a Raquel físicamente a partir del 68.

Comencé a trabajar con Raquel, ella como Directora General. Era la gloria estar trabajando al lado de una actriz que había visto tanto en televisión. En el 79 viajé con ella a Moscú y Riga con la obra Santa Juana de América, ella en el rol de Santa Juana y a la vez era la directora. Después me dirigió en Doña Rosita, la soltera, yo hacía la tía de Doña Rosita. Durante casi más de 20 años compartimos en el mismo grupo. Cuando ellos decidieron escindir el grupo, me mantuve en el Hubert y ellos vinieron para acá (la Casona), pero siempre perduraron relaciones muy cordiales.

Guardo de Raquel recuerdos maravillosos porque fue una excelente actriz, una excelente persona con la que podías tener millones de discusiones, de contradicciones como las que tenemos todos, pero al final, ella siempre era muy humana.

Raquel Revuelta, Ana Viñas y Marta Farré en Las tres hermanas.
Teatro Estudio, 1973, director Vicente Revuelta

Teatro Estudio siempre fue muy riguroso y creo que le debo gran parte de mi carrera a mi formación en ese grupo. Las cosas se analizan acorde a la edad que tienes, ella tenía su formación, su carácter, su edad y nosotros teníamos la nuestra. Sin embargo, hay que reconocer que estar al frente de un grupo con excelentes actrices y actores, darle un nivel y carácter, es una tarea enorme. Si se cuenta que a la vez de dirigir el grupo, en muchas ocasiones dirigía obras en particular, renunciando a su papel de actriz, uno observa un esfuerzo extraordinario. Fue una mujer muy luchadora, muy amante del teatro y defensora de los artistas.

Cuando se separó del “primer Teatro Estudio” y va al 2do, dirige El burgués gentilhombre.

Nosotros nos formamos con mucho rigor, rodeados de excelentes maestros de la escena, no había una línea específica. Hacíamos grandes obras de la literatura universal, de autores cubanos y lo que se llama “experimental”. Primero tenemos que hablar de Stanivslaski, después de Brecht y vamos incluyendo extraordinarios maestros que aportaron a las artes escénicas cubanas. En el grupo dirigido por Raquel hacíamos de todo un poco.

Ver a Raquel Revuelta en escena era una clase. Recuerdo que hacíamos lo que llamábamos “indios”, pequeños papeles, a veces sin texto y era un honor enorme estar en el escenario con Vicente, con Raquel, me ponía como una zonza, pues era la meta a la que uno quería llegar.

Creo que Raquel era pragmática. En el momento que nos formábamos con los Revuelta teníamos entrenamientos rigurosos. En mi época estaba Raúl Eguren dando dicción, Mario Parajón con Teoría e Historia del Teatro. También teníamos un entrenamiento físico fuerte más un gran cuidado de la voz, del decir, todo debía entenderse, esa también fue una lucha de Raquel.

Raquel sentía una admiración profunda por Vicente, lo adoraba. Vicente era más dado a intelectualizar y Raquel más directa en el manejo de los actores. Raquel, sin teorizar mucho, tenía juicios muy acertados, podía orientarte desde el punto de vista de la técnica actoral y la entendías perfectamente. Pienso que no se conoce en toda su profundidad, ojalá los jóvenes aprendan a valorarla.

Estando dentro de un grupo donde podíamos ser 60 ó 70 actores y actrices, cifras considerables, varios directores y diferentes obras a la vez, la dirección era un trabajo fuerte. Hablamos de una época en la que se hacían funciones de lunes a domingo: el lunes, teatro experimental; martes y miércoles, teatro cubano; y de jueves a domingo, con doble función, la pieza que estaba en cartelera. Cuando uno habla de Raquel, me gusta tratarla desde el punto de vista humano, sin idealizaciones. Todo no era color de rosa. Creo que la estancia en Teatro Estudio con ella al frente, influyó decisivamente en mi carrera.

Alberto Oliva (productor de Teatro Estudio)

A Raquel hay que verla en cuatro vertientes: la radio, la televisión, el cine y el teatro. Fue una de las grandes actrices de la televisión, capaz de transitar por todos los medios. En el momento crucial de su carrera deja la TV y decide venir al teatro.

Anteriormente, había hecho una obra importantísima en el teatro con Vicente Revuelta que fue Juana de Lorena. La gran actriz que Raquel llevaba dentro aflora cuando comienza a hacer teatro con actuaciones en El alma buena de Se-Chuán, Madre Coraje, Fuenteovejuna… También la marcó mucho su participación en el filme Lucía y en la televisión, Doña Bárbara. Los que la queríamos mucho le decíamos la Doña. Así, su trayectoria como actriz fue reafirmándose.

Recuerdo cuando hizo Santa Juana de América, que doblaba con Elsa Gay. Un mes antes me dijo que estaba preocupada porque no había ensayado la obra, y yo le dije algo que se ha comprobado con el tiempo: “Raquel tú sacas esa obra por concepto”. Era una actriz que trabajaba por concepto. Los dos monólogos de Santa Juana estaban signados por su concepto de la mujer batalladora, de la gran heroína latinoamericana. Hubo un monólogo que se resumió con una banquetica y una espada. Si no recuerdo mal la frase inicial era: “Dios, mira nuestra América…”, y le ponía todo su fervor e ideología al texto.

Raquel era stanivslaskiana, con excepcionales condiciones físicas y vocales. Interiorizó esa técnica y hasta la enseñó, pues fue una excelente profesora de actuación. Era una mujer de rostro y de una personalidad fuertes en escena. Nunca fue una actriz engolada, siempre fue muy orgánica. Tenía una cualidad muy difícil de lograr, el decir del verso, el saber dónde iba la coma alta, la baja, las pausas, me quedaba frío con su forma de matizar.

Para todos nosotros el teatro era un santuario. Trabajé con Raquel como jefe de escena varias veces y nunca se me olvida la dedicación y la devoción que le imprimía a la actuación. Ella sentía mucho nerviosismo cuando iba a salir a escena. Siempre tenía que ponerle un platico con sal y un limón y no se le podía hablar. Una vez le fui a decir algo y me contestó muy seria: “Estoy trabajando”. A partir de ese momento supe el carácter sagrado que para ella tenía el teatro y que lo transmitía al público.

Nos decía que tuvo la dicha de hacer todos los grandes personajes de la literatura, desde Julieta hasta Lady Macbeth. Siempre estuvo destinada a los personajes fuertes y trágicos, pero nadie se imagina a la Raquel simpática, graciosa, de gran sentido del humor.

Deslumbraba en la escena, algunos han dicho que tenía demasiada técnica otros que se parecía a María Félix. Pienso que por sobre todas las cosas Raquel fue una actriz una mujer de batallas que defendía lo que creía. Nunca soportó la mentira. Me enorgullezco de haberle sido fiel hasta el último momento.

Raquel Revuelta, Pancho García y Michaelis Cué en Madre Coraje y sus hijos.
Teatro Estudio, 1961, director Vicente Revuelta

Lilliam  Rodríguez  (jefa de despacho en una época, y más tarde asistente personal de Raquel Revuelta)

Conocí a Raquel Revuelta cuando yo era jovencita porque mi papá trabajaba en la televisión y muchas veces la veía por los pasillos.

Cuando el Ministerio de Cultura creó los consejos y a ella la nombraron presidenta, su casa era frente a la mía. Nosotros nos saludábamos, y un día me dijo: “¿quieres venir a trabajar conmigo?”, y le respondí que sí.

Cuando se creó el CNAE, fui su jefa de despacho y compartimos todas las cuestiones burocráticas, ella las odiaba pero tuvo que enfrentarlas. Siempre trató de llevar a la par el montaje de obras, el Tartufo lo empezó como tres veces. También inició el montaje de Concierto barroco y me dijo: “Tú eres mi asistente”.

Empecé a trabajar con ella en el Consejo y como asistente. La obra se estrenó en la sala Covarrubias y después se llevó a España en una gira. 

Cuando regresamos, en el año 1992, estábamos en pleno período especial con todos los problemas de la escasez de recursos. En ese momento, se había separado de lo que era Teatro Estudio. Berta Martínez se quedó en la sala Hubert de Blank. y Raquel y Vicente fueron para la Casona de Línea, lo que fue Teatro Estudio. Allí comenzó el montaje de Medida por medida que se tuvo que hacer en el patio, en una cochera, donde actualmente está la sala. Vicente trabajaba más el montaje y Raquel los actores, algo que le fascinaba. Así se hizo una escenografía de desecho construida por los propios actores. La función era a las 6 de la tarde con el anochecer y mientras oscurecía se encendían antorchas… Se logró un espectáculo muy bonito. Era como una secuencia de cine, pues las escenas se situaban en diferentes lugares del patio. Se podía hacer aunque hubiera apagón, no había problemas. Después, allí también se hizo Dolor bajo llave. La puesta de El no ya fue para la sala Covarrubias y luego Tartufo que inauguró la sala Llauradó.

Entre una y otra puesta Raquel convocaba talleres de actuación para jóvenes inexpertos. Ella les hacía una prueba antes de empezar. Le encantaba la docencia. Siempre trabajaba cada escena hasta lograr lo que se quería. Sentía la responsabilidad de transmitir a los jóvenes toda su experiencia, les decía que era necesario pensar “porque si no piensan no sienten y si no sienten no actúan”.

Decía que la técnica actoral había que aprenderla bien y después olvidarla. Se actuaba con la total asimilación de esta. Le costó enorme esfuerzo la técnica de Brecht del distanciamiento. Hizo El alma buena de Se Chuán, Madre Coraje, pero su formación era de Stanivslaski. Tenía una personalidad muy fuerte en escena, cuando entraba al escenario no se podía mirar a otro lado. Lo último que hizo en teatro fue La comedia a la antigua, después en México una obra de Carballido Escrita en el cuerpo de la noche; y luego en televisión, La visita de la vieja dama.

Aprendí mucho de ella como persona, pues era muy sensible para todos los problemas y con un sentido del humor e ironía especiales.

Como su secretaria puedo decir que ella desorganizaba su tiempo, pasaba un trabajo horrible para poder cumplir con todo e intentaba darle prioridad a lo más necesario en el momento. No era cuestión de seguir un orden lógico, las reuniones las detestaba pero tenía un compromiso. Implicó mucho sacrificio llevar adelante el proyecto que se le había encomendado. Cuando se marchó del CNAE en el 93, sintió la tranquilidad para dedicarse al grupo.

Raquel siempre dijo que el contacto directo con el público en el teatro, era imprescindible para ella. Era una actriz maravillosa y como persona también. Un ser igual que el teatro, único e irrepetible. Nadie ha podido hacer lo mismo que hizo Raquel por el Teatro Cubano.


[1] García Abreu, Eberto. El otro nombre de Raquel
 

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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