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“Yo no sé si me van a
recordar, pero sí estoy
seguro de que otros, de
aquí a un tiempo, cuando
miren la ciudad, podrán
sentir la sinceridad de
lo que escribí al cantar
a su hermosura”.
Tenía razón Rolando
Vergara. Ahora que ya no
está, que a los 84 años
se despidió el martes 3
de agosto, habrá quien
desde un balcón, en una
calle o acodado en el
muro del Malecón, le
entren deseos de cantar
“Hermosa Habana”, entre
el amor y la melancolía.
Este tema fue, sin lugar
a duda, una de las
cartas de identidad de
un habanero que por
largos años, como no era
músico de profesión,
aprendió a trabajar la
cristalería y se
convirtió en un maestro
de ese oficio.
“Nunca tuve una gran
voz. Me gustaba cantar,
no me perdía los
programas populares de
la radio. Me encantaban
las controversias de los
poetas, sobre todo las
de Angelito Valiente y
el Indio Naborí, así que
alguna vez los amigos me
embullaron para que me
presentara en un espacio
de música campesina.
Pero las cosas del amor
hicieron que me
inclinara por la canción
romántica. Se me
ocurrían melodías a las
que ponía letras y
letras a las que después
les ponía melodías. Pero
cuando me dicen que soy
un compositor de la
calle, respondo: soy un
compositor cubano y tuve
muchos maestros, Roig y
Arsenio, Delfín y Romeu,
Sindo y Rapindey,
Matamoros y Grenet. ¿Qué
le parece?”
Todo esto me dijo una
noche de rápidas
confesiones y mucho más.
Como lo que le dijo el
Beny al incorporar a su
repertorio “No lo dejes
para luego”: “Me habló
de que le venía como
anillo al dedo, porque
hacía rato que quería
cantar algo que se le
pareciera”. O lo que le
ocurrió con Los Zafiros:
“Les llevaba una obrita
y me decían: ¿y no
tienes más? Y así fui
entregándoles una a una.
Llegué a sentirlos como
parte de mi familia”. O
lo que sintió el día que
escuchó por la radio “A
cualquiera se le olvida
un amor”, por Papo Luca
y la Sonora Ponceña: “No
había puesto atención a
lo que transmitía un
programa. Hasta que mi
barbero me tocó por el
hombro: ¿Oye, Rolando,
ese número no es tuyo?”.
Loa Zafiros montaron y
le grabaron “Hermosa
Habana”, “He venido”,
“Rumba como quiera”,
“Ven dame tu querer”,
“La nada, nada inspira”,
y “Se acabaron las
penas”. Boleros y
rumbas. Todo tiene su
explicación.
“Cuando compongo, lo
hago de acuerdo al
estado de ánimo. Hay
días en que uno se
inclina hacia la onda
romántica, y hay otros
en los que te motiva el
movimiento. El son y la
rumba son también cantos
de amor, ¿no crees?”
La relación de Rolando
con Los Zafiros
fructificó también en
otro aspecto que no
todos conocen. Fue él
quien contactó con
Manuel Galván —sí, el
hoy célebre miembro de
la tropa del Buena Vista
Social Club— para que se
uniera al cuarteto como
guitarrista.
Volviendo a “Hermosa
Habana”, solía evocar
cómo una tarde no muy
calurosa de 1963, al ver
a la altura del Paseo
del Prado el mar calmo y
el vuelo lento de unas
gaviotas, se dijo: “De
verdad que está linda mi
Habana”. Pensó
mentalmente los primeros
versos y luego en la
casa le dio taller al
asunto.
“La gente piensa que es
un tema para la noche
habanera. Pero no es
así. Lo que pasa es que
las noches están hechas
para esa canción”. |