Año IX
La Habana
7 al 13
de AGOSTO
de 2010

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Después de Voltaire y Galileo:

Napoleón a la vista de López Nieves

Paquita Armas Fonseca • La Habana

Fotos: Cortesía del autor

 

En estos tiempos de Internet, DVD, televisión las 24 horas, es muy gratificante encontrarse un libro que te haga olvidar hasta el horario de comida. Tal hecho me sucedió con El corazón de Voltaire, del puertoriqueño Luis López Nieves, el cual me atrapó como hace años no me sucedía con ninguna novela.

No he sido la única.  Numerosos críticos literarios consideran a esta obra como la más original del siglo XXI, y no solo porque está escrita mediante intercambio de correos electrónicos. Ya López Nieves tuvo un grandísimo éxito con  Seva: Historia de la primera invasión norteamericana de la Isla de Puerto Rico ocurrida en mayo de 1898, que  ocasionó “gran revuelo cuando se publicó por vez primera en 1984 al punto que el entonces gobernador Carlos Romero Barceló se propuso comisionar una investigación sobre los ficticios hechos narrados”.

Merecedor en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura de Puerto Rico,  el escritor acumula también una amplia labor como docente en centros universitarios y es dueño de una ciudad, de Seva, un utilísimo portal en Internet. Amigo de Cuba, y de todas las causas justas, anhela la independencia de su país. En una entrevista reciente declaró sobre sus paisanos: “Sabemos que hay mucha gente que se siente más norteamericana que puertorriqueña y basta conversar con ellas cinco minutos y ellas mismas no se dan cuentan de lo puertorriqueñas que son. Tiene que ser algo genético, como pasa con la cultura hebrea, con los judíos, hay algo en la cultura hispana que a pesar de las presiones externas seguimos hablando español”.

 

Sus  buenos y lúcidos amigos hablan de la tergiversación de la historia que usted hace como la historia que se quisieran contar los pueblos.  Seva…, en ese sentido, provocó un revuelo. ¿Pensó en que se llegaría incluso a investigar los datos por usted aportados como parte de una realidad otra puertorriqueña?
 

No, jamás lo pensé. No estaba escribiendo un libro de historia, sino un cuento. Y como quería que fuera un buen cuento, pues le puse mucho énfasis a la verosimilitud. Debido al tema, pensaba que nadie podría creerlo. Por eso insistí tanto en hacerlo creíble. Tal parece que se me pasó la mano. Han pasado 26 años y se ha dicho millones de veces que es un cuento, pero todavía hay muchas personas que quieren creer que lo dicho en Seva… es historia verídica. Yo, por ejemplo, soy uno de estos lectores: sigo creyendo que lo contado en Seva… es cierto.

 

¿Qué recuerda de la reacción de los historiadores ortodoxos?
 

Hubo todo tipo de reacción. La mayoría de los historiadores, como son inteligentes, comprendieron mi juego literario y lo disfrutaron. Pero durante los primeros meses también hubo algunos que se indignaron. Dos de ellos me invitaron a pelear a los puños, como si fuéramos delincuentes comunes o muchachos de colegio. Decían que yo había jugado con el sentimiento patriótico de Puerto Rico, lo cual evidentemente es falso porque Seva… es un canto a la resistencia puertorriqueña. El cuento despertó el sentimiento patriótico de muchos boricuas, ellos mismos me lo decían cuando se publicó inicialmente, y 26 años después me lo siguen diciendo.

 

Usted ha dicho: “He llegado a la conclusión de que la ‘verdad’ simplemente no existe. Mientras más se aprende, más se duda. Solo los imbéciles y los fanáticos afirman categóricamente; la persona inteligente siempre reconoce la posibilidad de que pueda estar equivocada”. ¿Acaso no es absoluto usted también en esta afirmación?, ¿no hay sencillas verdades como la clorofila en las plantas?
 

Esas son las terribles contradicciones de la vida. Por ejemplo, para darse cuenta de que se es imbécil, hay que ser inteligente. Un imbécil nunca reconoce su imbecilidad, precisamente porque es imbécil. Asimismo, pues, suena categórica mi aseveración de que la verdad no existe, puede sonar a una imbecilidad, pero creo que lleva implícita la posibilidad de que puedo estar equivocado. Quizá existe una “verdad”. De hecho, estoy seguro de que para cada cual existe “su verdad”. Ese es el problema: si hay tantas verdades, entonces ninguna de ellas es “la verdad”. Entonces, ya no se trata de definir cuál es “la verdad”, sino de examinarlas todas y conscientemente y optar por una de ellas.
 

En cuanto a la clorofila, yo nunca entendía lo que decían mis profesores en las clases de ciencias, mucho menos en las de biología, pero algunas verdades sencillas, para mí, son el hecho de que Miguel de Cervantes fue un genio o de que América Latina ha padecido cinco siglos de intervención extranjera. Pero quizá me equivoco en cuanto al segundo punto. Millones de personas en todo el mundo piensan que EE.UU. tiene 700 bases militares en 130 países con el objetivo de llevarle al planeta la paz y la democracia. Quizá ellos estén en lo correcto y yo me equivoco.

 


¿Por qué le sedujo Voltaire?
 

Demasiadas cosas de Voltaire me atraen, muchísimas. Fue un gran revolucionario, nada menos que el padre de la Revolución Francesa, la cual cambió el mundo, exterminó el Antiguo Régimen de raíces medievales. Como si fuera poco, fue un gran escritor, autor de un cuento genial como Cándido o el optimismo. Además, vivía como pensaba. No decía unas cosas para luego hacer otras. También me atraen mucho su sentido del humor, su dominio de la sátira, su ingenio. Al leer a Voltaire uno comprende que debió poseer una inteligencia de grandísima ferocidad.

 

¿Cómo han reaccionado los franceses acerca de esa singular interpretación de un hecho en la vida del ilustre ilustrado?
 

Pues la novela todavía no se ha traducido al francés, pero varios críticos franceses la han leído en español y la han comentado muy favorablemente. El primero fue el prestigioso periodista Jean François Fogel, quien la comentó en El Boomeran(g). Sus elogiosas palabras me conmovieron porque fue la primera reacción francesa a la novela. El corazón de Voltaire se ha traducido al islandés, polaco e italiano. Espero que pronto pueda traducirse al francés porque Voltaire se lo merece.

 

Desde las novedosas autopistas del ciberespacio realiza un viaje en el tiempo y en el espacio, ubicando su historia en varios puntos  y distintos momentos, ¿ese juego tempo espacial fue consciente o la manera de escribir una historia que lo poseyó?
 

Es lo que me pedía la obra; cada obra impone su estructura. Para contar la novela había que buscar a los descendientes de Voltaire, los cuales podían estar en cualquier parte del mundo porque los franceses llevan siglos generosamente repartiendo sus genes a través del planeta. El conflicto inicial de la novela ocurre en la época actual, pero para resolverlo había que ir al pasado. Por tanto, la novela misma pedía que eliminara toda restricción de tiempo y lugar, lo cual hice. La estructura, pues, no fue un diseño frívolo creado simplemente para lograr “X” efecto. El formato es el producto de una historia que había que contar con naturalidad, y por eso la conté de la manera más natural que me venía a la mente. Luego me enteré de que era la primera novela escrita enteramente por medio de correos electrónicos. Fue un accidente feliz. De hecho, par de personas me han dicho que la novela realmente no existe. Nadie recopila los correos, nadie se los envía a nadie, no se sabe dónde están los correos. Es decir, la novela es una obra virtual en todo el sentido de la palabra.

 

El corazón de Voltaire es solo la punta del iceberg. ¿Cuánto tuvo que investigar para ofrecer esta historia que tiene como una de sus virtudes su verosimilitud?
 

Realmente poco. Toda la vida he sido un furioso lector de historia. He leído cantidades monstruosas de libros de historia. A veces pienso que algunos de estos libros ni los mismos autores los leyeron, solamente yo, porque no conozco a otras personas que los hayan leído. Me leí, por ejemplo, una historia de los papas de tres volúmenes de mil páginas cada uno, las páginas en formato grande. Empecé por el primero, san Pedro, y llegué hasta el papa Paulo VI. He leído historias de los chinos, fenicios, hititas, sumerios y de muchos otros. Por tanto, es tanta la historia que he leído, que realmente yo conocía bastante sobre Voltaire, su época, etc. Lo que hice fue refrescar o precisar algunas fechas o datos, pero para ambientar, me bastaron las lecturas que ya conocía. Porque no se trata de convertir la novela en una densa y aburrida monografía histórica, hay que saber mucho sobre la época para no cometer errores, para evitar los anacronismos; pero realmente el autor de una novela histórica no debe utilizar más del diez por ciento de lo que sabe sobre el período.

 

Vuelvo a otro por qué, y esta vez sobre Galileo, novela que aún no conozco pero que seguro devoraré como la del retratista de Cándido…
 

Había terminado la novela sobre Voltaire, quien fue el primer intelectual moderno. Cuando empecé a reflexionar sobre mi próximo libro, pensé que sería interesante escribir sobre el primer científico moderno, que fue Galileo. Con Galileo empieza la ciencia moderna, el método experimental, gracias al cual hay varias personas en el planeta que pueden contestar tu pregunta sobre la clorofila.

 


¿Qué otra figura revolotea en sus fantasías de escritor?
 

Estoy trabajando una novela nueva, pero no gira en torno a una figura histórica. Decidí hacer algo diferente, sobre la cual no he dicho nada públicamente ni en privado. Es un gran secreto. Nadie tiene idea de lo que estoy haciendo; la única que sabe “algo” es Mara, mi esposa, pero ni siquiera ella conoce los detalles. Pero, mientras  trabajo esta nueva novela, en el fondo de mi mente tengo pendiente a Napoleón.
 

Leí una noticia asombrosa que me tardó mucho tiempo creer y asimilar. Resulta que un urólogo norteamericano compró, y tiene en su casa, nada menos que el pene de Napoleón. Nunca me escandalizo, ya casi nada me sorprende en la vida, pero esta noticia me escandalizó y todavía me impresiona cada vez que la recuerdo. El corazón de Voltaire está en una urna en París. He leído que el cerebro de Einstein está guardado en algún lugar del mundo. Y creo recordar que las manos del Che Guevara también estaban guardadas, no recuerdo dónde. Pero ¿un pene? ¿Para qué un hombre quiere guardar el pene de otro hombre? Además, ¿significa que el Napoleón que está enterrado en París con tanta magnificencia realmente es un pobre cadáver castrado? Este asunto pide una novela a gritos.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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