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No podíamos pasar por
alto una fecha tan
especial: los 30
años de la muerte de Haydée. Tengo que
empezar diciendo lo que
todos saben: que la
creación de la Casa de
las Américas en los
esplendorosos años
60 sirvió para
conectar a Cuba con la
intelectualidad de los
países latinoamericanos.
Ahora nos parece
natural, pero antes de
1959 todas nuestras
miradas estaban
dirigidas a Europa y a
EE.UU. Ocurría
lo mismo con la mayoría
de los latinoamericanos;
la Revolución Cubana fue
una mirada hacia sí
mismos, y fue también "su" Revolución.
Por eso, nos resultó
fácil comunicarnos con
ellos. A Cuba y a la
Casa comenzaron a llegar
intelectuales y
artistas, y obras para
sus premios, de los más
intrincados confines de
la América Latina. Los
60 fueron años
gloriosos también para
la Casa: las revistas
Casa de las Américas
primero y luego
Conjunto, los
premios de literatura,
de artes plásticas, de
música, los festivales
de teatro, las
ediciones… La Casa era
una fiesta.
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Inauguración del
Premio Casa de
1978.
Junto con Mariano
Rodríguez y
Roberto
Fernández
Retamar.
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Llegaron los 70, y fue
en uno de esos momentos
en que Haydée nos
convocó a una reunión;
fue una sencilla
conversación con
nosotros, en mi oficina
de Canje, donde hoy es
la Sala Contemporánea, a
la que, además de los
compañeros del Consejo
de Dirección, Haydée
llamó a Pocho [Ambrosio
Fornet] para que oyera
lo que ella quería
decirnos. Lo más
importante que recuerdo
fue que nos recomendó
paciencia y ecuanimidad.
Que nos inclináramos
para que el vendaval nos
pasara por encima sin
tocarnos.
Aquellos espacios y
aquellas relaciones que
se habían ganado, nos
servirían para enfrentar
lo que vendría. Y así
fue.
En esos años tuvimos el
privilegio de tenerla
mucho tiempo aquí en la
Casa, de que ella nos
visitara en nuestras
casas, y de nosotros ir
a la de ella, donde nos
hacía tortilla de papas
crudas. Nos recomendaba,
ya que no había
servilletas —tampoco en
esa época—, llevar a la
escuela al campo y a la
Previa del servicio
militar, papel sanitario
para usarlo como si
fueran servilletas, cosa
que escandalizaba a
nuestros hijos.
Por aquellos tiempos,
los premios apoyados por
la OEA y por empresas
norteamericanas habían
proliferado, seguramente
para intentar quitarles
peso a los nuestros. Fue
cuando Mariano nos
convenció de eliminar
los premios de artes
plásticas y de música,
pensando que los de la
Casa podían convertirse
en eventos pocos
atractivos. Para
sustituir aquellos se le
ocurrió organizar
encuentros de artes
plásticas, y también de
música, a los que se
invitaría a las más
sobresalientes figuras
en estos géneros, y
donde se discutirían los
problemas que
afrontaban los
artistas.
Los encuentros se
celebraron con
participación de todo lo
que valía y brillaba en
nuestra América y el
resto del mundo. Entre
1972 y 1979 se hicieron
cuatro de Artes
Plásticas y otros tantos
de Música. Todavía hoy,
al recordar esos
encuentros, no puedo
sino añorar la presencia
en la Casa de Luigi Nono,
de Víctor Jara, de
Viglietti, de León
Ferrari, de Julio Le
Parc, de Silvano Lora y
de tantos otros.
Mariano no logró
convencer a Haydée de
sustituir, sobre
aquellas mismas bases,
el Premio Literario.
Ella era una convencida
de que para los
escritores el Premio era
como una tabla de
salvación: según ella,
los artistas hacían su
trabajo individualmente,
pero los escritores no
podían prescindir de las
instituciones para
publicar sus libros, y
la razón primera y
última del concurso era
que los jóvenes pudieran
participar en un premio
que les garantizaba la
edición en Cuba de miles
de ejemplares, de los
cuales nosotros
distribuíamos unos cinco
mil en Cuba y en el
exterior.
Fueron los
extraordinarios años de
la Unidad Popular y a la
Casa llegó lo mejor de
la intelectualidad
chilena. Fueron también
los años de la
revolución sandinista
que tanto entusiasmó a
Haydée. Todavía recuerdo
nuestros días de 1979,
en Managua —como lo
recordará Roberto, que
allí recibió entonces el
Premio Rubén Darío—, y
el homenaje que le
rindieron las mujeres de
todo el país a Haydée;
recuerdo la larga
conversación con Ernesto
Cardenal junto al Gran
Lago de Nicaragua,
mientras comíamos
pescado frito y nos
contaba que ese lago
había sido un brazo de
mar, lo que explicaba
que hubiera allí
tiburones (tiburones de
agua dulce).
Tendría que mencionar la
especial inclinación de
Haydée hacia ciertos
intelectuales —Cortázar,
Orfila… para no hablar
de Galich y Benedetti,
que eran, como decía
ella, de la familia casamericana—, y hacia
Nicanor e Isabel Parra,
Béjar, Cela y Obregón.
La predilección por
estos últimos tiene,
creo yo, una explicación
muy sencilla: los Parra,
porque eran el hermano y
la hija de su adorada
Violeta; Béjar porque
era un guerrillero —algo
sagrado para ella—, que
estaba preso cuando ganó
el Premio en 1969; Cela,
porque en lo más
recóndito de su corazón
estaba la gallega que
llevaba en la sangre; y
Obregón, porque era el
autor de la que ella
consideraba una de las
más hermosas piezas de
nuestra Colección de
Artes Plásticas.
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Premio Casa de
1979. Junto con
Mario Benedetti
y Alejo
Carpentier. |
Haydée era muy
aficionada a la lectura,
sobre todo a las novelas
y a las biografías.
Recuerdo que Pocho, en
la Editorial de Arte y
Literatura, quiso crear
una colección llamada
“Marinita” (el nombre,
en broma, se debía a una
legendaria redactora de
aquella editorial que se
entusiasmó con la idea),
colección para la que
habían planeado que Haydée fungiera como
asesora. La idea era
editar libros breves que
atrajeran a las mujeres
no habituadas a la
lectura: un poquito más
literatura que Corín
Tellado, como lo eran
las obras de Stefan
Zweig o Alba de
Céspedes. La idea era
buena, pero nunca cuajó.
Entre las virtudes de
Haydée, recuerdo una
especialmente: su
sentido de la justicia.
A la hora de juzgar
siempre se ponía en el
lugar del otro.
Y algo muy personal:
cuando en la Casa iba a
fundarse el [núcleo de
base del] Partido, yo le
escribí una carta
explicándole las razones
por las que no iba a
optar por la militancia.
Ella no me contestó,
pero en las palabras de
clausura de aquella
asamblea habló para
nosotros —al menos, así
lo sentí yo—, para los
otros, para los que no
habíamos entrado al
Partido, y dijo algo así
como que la militancia
es una actitud ante la
Revolución, una actitud
ante la vida. Eso fue en
el año 1976.
Lamentablemente, aquella
grabación se perdió.
En otra ocasión,
criticábamos a un
compañero que estaba en
un nivel cultural
distinto al de nosotros,
los “criticones”. Ella
sentía que estábamos
siendo injustos, y nos
decía: “si él fuera como
ustedes piensan que debe
ser, podría ser el
presidente de la Casa de
las Américas”.
Era también muy porfiada
y muchas veces nos
pasábamos largos ratos
discutiendo acerca de
cualquier cosa. Me viene
a la mente aquella
discusión entre
Chiki y ella: si la
natilla se hacía con
maicena o sin maicena.
Ella decía que sí, a la
manera cubana, y Chiki
le decía que se espesaba
sin maicena, a la
española… Una discusión
así podía durar horas. O
cuando le protestamos
enérgicamente, también
durante horas, porque
nos comentó que quería
regalarle a Isabel Parra
las Obras completas
de Martí, subrayadas y
anotadas por ella en la
cárcel de Guanajay —un
documento histórico,
decíamos nosotras—. Muy
a nuestro pesar, se las
regaló.
Otras veces nos contaba
que mientras esperaban
en casa de María Antonia
Figueroa, en Santiago,
la llegada del Granma,
habían preparado una
ocurrente consigna:
“¡Merengue, merenguito,
merengón!”, para cuando
se produjera el
desembarco.
Recuerdo también cuando
nos invitó a Santiago
para la celebración del aniversario
20 del
ataque al Cuartel
Moncada. Allí vivía en
una casa extraña,
redonda, panóptica… Ella
invitó a un grupo de
nosotros, con nuestros
hijos. El día 26 por la
mañana preparó un ajiaco
para cuando regresáramos
de la plaza. Cuando
llegamos, comentamos el
discurso de Fidel, en el
que terminó diciendo:
“Rubén: ¡esta es la
carga que tú
pedías...!”; era la
primera vez que él "leía" un discurso el
26 de julio, y ella nos
dijo: “Muy bueno, pero
yo lo prefiero 'improvisando'”. Pasó
un rato con nosotros, se
fue a su cuarto y no
volvió a salir hasta el
día 28.
Hace uno o dos años,
mientras pasaban por
nuestras manos —por las
de Chiki, las de Ana y
las mías— miles de
cartas —cartas para
Haydée, para Galich,
para
Benedetti, para
Roberto, para Marcia y
para otros compañeros de
la Casa—, se nos ocurrió
editar un libro con las
destinadas a Haydée.
Queríamos que fuera un
testimonio de su
relación con los
intelectuales y
artistas. En la búsqueda
nos fuimos encontrando
con cartas realmente
impresionantes, como las
del Che, las de Matta,
la de García Márquez, la
de Cortázar…
Y creo que logramos lo
que nos propusimos:
mostrar la honda
impresión que Haydée les
causó a todos los que la
conocieron.
Publicado en La
Ventana a propósito
del aniversario
30 de la muerte de Haydée
Santamaría, heroína del
Moncada, fundadora y
primera presidenta de la
Casa de las Américas. |