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Haydée entre el fuego y la luz*

Roberto Fernández Retamar • La Habana

Fotos: Archivo Casa de las Américas

 

A las compañeras Vilma Espín y Melba Hernández y al compañero Julio Martínez Páez, que tanto amaron a Haydée y que me honraron asis­tiendo a la lectura de estas páginas.

A las compañeras y los compañeros de la Casa de las Américas.

“Las grandes ideas y las grandes acciones son la familia natural de un hombre grande.” Estas palabras las escribió el Maestro de Haydée Santamaría y de todos nosotros, José Martí, y las citó un sabio que a veces llamó hija a Haydée y a quien Haydée a veces llamó padre: Ezequiel Martínez Estrada. Y ahora que tengo el honor de decir de nuevo algunas cosas sobre Haydée, la sentencia martiana surge ante mí como un estandarte. Desde luego, cuando en esas palabras Martí escribe “hombre”, se está refiriendo al ser humano en general, por lo que su juicio, en este caso particular, puede, o mejor debe leerse así: Las grandes ideas y las grandes acciones son la familia natural de una mujer grande. Y no cabe la más remota duda de que el ser humano de excepción cuya memoria nos convoca esta tarde fue una mujer grande, digna de que la mano sola y trágica de José Clemente Orozco la hubiera pintado ardiendo junto al hombre en llamas bajo el cual, en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, los mandatarios iberoamericanos acaban de tener un encuentro memorable y fértil, en el cual la gallarda presencia de Fidel hubiera llenado a Haydée una vez más de amoroso orgullo.

Como durante años tuve uno de los mayores privilegios de mi vida al trabajar bajo la orientación directa de Haydée, estrechamente unido a ella; y como incluso mientras vivía escribí la breve introducción (sin firma) de su testimonio sobre el Moncada publicado en 1967, y una semblanza suya, y le dediqué uno de mis libros (otro, que conoció inédito, y que nos llevaría a viajar a Nicaragua a ella, a Silvia Gil y a mí en febrero de 1980, lo dedicaría, a raíz de su muerte, a su “clara y apasionada memoria”), no tiene ningún sentido que busque decirle cosas distintas. Lo que durante su vida despertó en mí es lo que hoy despierta. Cuando empecé a frecuentarla, no obstante sus “relámpagos de risa”, tenía ya la majestad de una gran muerta; y esta tarde en que no puede escucharnos, me parece (perdónenme ustedes) no menos sino más viviente que nosotros.


Con Roberto Fernández Retamar

Un día, conversando de cosas triviales (al menos eso creía yo), Haydée me pidió de repente que alguna vez hablara ante su tumba. Me turbó, claro, como solía hacer. Durante un momento yo había olvidado que, por debajo o por encima de las palabras que cruzaba con nosotros, ella andaba siempre dialogando con sus muertos, que llevaba dentro, con la muerte. Ignoro si entre las tantísimas lecturas silvestres que hizo (con frecuencia de claro en claro, como el señor de La Mancha) leyó a Unamuno: sé que hubiera encontrado natural la agónica meditación sobre la muerte del atormentado vasco; pero también sé que, sin duda, se hubiera encontrado más a gusto con otra gran mujer, de talante similar al de ella, que también junto a un hermano leyó de hazañas justicieras y soñadoras, y pretendió acometerlas, y en su tiempo hizo lo que para su tiempo era renovador y valiente, y como la cubana amando tanto la vida anheló la muerte, y en el siglo se llamó Teresa de Ahumada, y se la conoce como Santa Teresa de Jesús. De Martí se sabe que leyó a la madraza de Ávila fervorosamente: el padre de la crítica hispanoamericana de este siglo, Pedro Henríquez Ureña, afirmó en 1905, con apenas veintiún años, que el estilo martiano “en ocasiones tiene la intensidad emocional de Teresa de Jesús”, y un cuarto de siglo más tarde añadió que Martí escribía “con el candor de Santa Teresa, de quien aprendió que no tiene por qué refrenarse el que siente como debe”; en 1930 otra madraza, Gabriela Mistral, dijo a propósito de Martí: “Pensemos, aunque la comparación nos parezca a primera vista absurda, en un Víctor Hugo corregido de su exageración y de su garganta trompetera por un trato diario y enseñador de la Santa Teresa doméstica y voluntariamente vulgar”; y en 1941 Juan Marinello, el inolvidable maestro comunista, desarrollando tales observaciones dedicó páginas profundas a lo que llamó “lo teresiano” en Martí, subrayando similitudes entre la española y el cubano en aspectos como el misticismo, “el placer de sufrir”, “el querer de la muerte” y la “íntima tragedia del amor vestido de uniforme”.

Este indudable costado martiano fue una nueva razón, una nueva razón del corazón, para que Haydée se sintiera tan identificada con el Maestro. No todos los que lo admiran, incluyendo compañeros de muchísimos quilates, han compartido algunas facetas de nuestro Apóstol, como ese “querer de la muerte” que revela no solo en páginas íntimas (así algunos de sus apuntes y algunas de sus cartas a Mercado, sus impresionantes cartas últimas a Carmen Mantilla y sus hijos, ciertos pasajes de su diario de campaña), sino en numerosos textos públicos escritos o dichos a lo largo de su vida breve y electrizante. Martí desde su más temprana edad anduvo “requebrando a la muerte", como según Antonio Machado hiciera Federico camino del martirio. Los ejemplos se agolpan. Cómo no recordar aquella estrofa de los Versos sencillos: “Gocé una vez, de tal suerte, / Que gocé cual nunca: —cuando/ La sentencia de mi muerte/ Leyó el alcaide llorando”: estrofa que de inmediato trae a la memoria el conocido poema teresiano en el cual va repitiéndose a modo de campanadas el verso “Que muero porque no muero”. O aquella exclamación “cerca del final presentido”, como dijo Marinello:

“La muerte es júbilo, reanudación, tarea nueva. ¡Muerte! ¡Muerte generosa! ¡Muerte amiga!” (Al evocar estas citas martianas, recuerdo que Marinello mismo había escrito en uno de sus hermosos poemas: “La muerte debe tener / miel ignorada.”)

Y bien: estas son lo más cercano que hoy puedo dar a las palabras que Haydée, sobresaltándome, me pidiera para ser dichas ante su tumba, y que como se oirá voy a enriquecer con palabras de otros. Es verdad que no estamos ante su tumba. Pero en este Museo de la Revolución se guardan fielmente recuerdos de numerosísimos hermanas y hermanos que la han hecho posible, y en consecuencia este es también, en cierto sentido, el lugar actual de ella, aunque no se encuentre en estas salas (cuya noble función, según hace el fuego, las ha saneado de las miasmas de ayer) el “polvo enamorado” de la linda y fiera muchacha de Encrucijada.

Creo que nunca, y mucho menos en circunstancias como esta, he querido ser original en el sentido de novelero: lo que he querido, lo que quiero es ser fiel a los orígenes, que es cosa bien distinta. Y en el caso de Haydée, sus orígenes remiten a los del alma misma de la patria: la patria chica, Cuba, y la patria grande, “nuestra América”, como nos la nombró Martí.

De hecho, la vida de Haydée arranca de un pequeño lugar del centro de Cuba, y marcha hacia el centro de la historia: los asaltos del 26 de julio de 1953, aquellos acontecimientos que hicieron buenas las palabras de Fidel cuando en La historia me absolverá dijera:

En Oriente se respira todavía el aire de la epopeya gloriosa, y al amanecer, cuando los gallos cantan como clarines que tocan diana llamando a los soldados y el sol se levanta radiante sobre las empinadas montañas, cada día parece que va a ser otra vez el de Yara o el de Baire.

En una dedicatoria que ella me mostró una tarde iluminada, el poeta Cintio Vitier, quien la comprendió en lo hondo como ha comprendido tantas cosas de Cuba, le dijo que a Haydée la veía “siempre en la madrugada fundadora”. Así, en ese instante de gloria y dolor supremos en que volvieron a arder Yara y Baire, vivió el resto de su vida. Y al conocerse hechos de su existencia anterior a esa fecha, por ejemplo algunos de su infancia que evidentemente contó a su hermana de lucha y esperanza Melba Hernández (acaso en los días y noches de la cárcel), y que Melba conservó y trasmitió como los tesoros que son, comprendemos que de alguna manera, aparentemente a ciegas pero en realidad guiada por una rara brújula, Haydée se había ido preparando para ese encuentro terrible y fulgurante con la historia.

Aunque no pretendo evocar de nuevo todos los detalles de su vida, bien conocida por los presentes, e incluso por incontables mujeres y hombres a lo largo del Continente y del planeta, no puedo dejar de evocar algunas cosas. Como que la niña que quiso ser mamá al igual que una de las gallinas de su casa y afrontó por ello los picotazos airados del animalito, y la que años más tarde, siendo hija de españoles, se inventó un abuelo mambí, una vez que en la escuelita de su batey un maestro de verdad le enseñara cómo se había hecho nuestra patria; la adolescente que rechazó sin contemplaciones las maniobras del cacique local; la muchacha que padeció por el asesinato del gran dirigente obrero de la zona, el comunista Jesús Menéndez, y, asqueada de la sentina que era la seudorrepública y atraída por la denuncia implacable que de ella hacía Eddy Chibás y por su consigna “Vergüenza contra dinero”, militó junto con su hermano Abel en las filas de la Juventud Ortodoxa, estaba creciendo hacia la llamarada de la que surgiría la etapa decisiva de un proceso liberador que ya tiene más de cien años.

De la lucha contra el golpe militar del 10 de marzo de 1952, de su encuentro con Fidel, de los preparativos de lo que iba a ser el 26 de julio, de la “madrugada fundadora”, conversó varias veces ella misma; de la conducta de Haydée a raíz del asalto y la masacre, habló en primer lugar y para siempre, con la autoridad moral que tiene para ello, el compañero Fidel, en aquellas líneas imborrables de La historia me absolverá:

Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban las compañeras Melba Hernández y Haydée Santamaría, y dirigiéndose a esta última, mostrándole el ojo, le dijeron: “este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro”. Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contestó llena de dignidad: "Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo." Más tarde volvieron y las quemaron en los brazos con colillas encendidas, hasta que por último, llenos de despecho, le dijeron nuevamente a la joven Haydée Santamaría: "Ya no tienes novio porque te lo hemos matado también". Y ella les contestó imperturbable otra vez: "Él no está muerto, porque morir por la patria es vivir". Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana.

En aquellos instantes, Haydée no solo sabe que ha perdido de modo espantoso a su hermano del alma y a su novio, sino que ignora aún si el propio Fidel vive. Está sola, con Melba, ante el horror, obligada a sacar las fuerzas de sus entrañas. Las sacará, como si en un parto descomunal naciera de sí misma. Aquella muchacha ya no volverá a ser la de antes, y, sin embargo, se ha vuelto ella de manera única.

Pero el Moncada, como se sabe, no fue solo una batalla militar: fue también una batalla jurídica, y —sobre todo una batalla política. Si la primera, a la que siguió una atroz carnicería, terminó en derrota para los atacantes, en cambio las otras dos, estrechamente unidas en un momento, les significaron triunfos definitivos. El revés de las armas empezó a mostrar en ellas un rostro de victoria. Por eso se ha destacado con razón la enorme importancia que tuvo el juicio contra los asaltantes, gracias al cual estos últimos, de acusados, se convirtieron en valientes e implacables acusadores del régimen. En este combate, que culminó soberanamente con La historia me absolverá, desempeñó un papel fundamental Haydée. Sobreviviente de las masacres, testigo de las torturas que le arrancaron de manera horrible a los seres más queridos, su declaración sería definitiva. Marta Rojas, que asistió como periodista al juicio, ha contado cómo, al gritar el alguacil “iHaydée Santamaría Cuadrado!”,

el enunciado de ese nombre provocó en la Sala una intensa emoción, toda vez que ella era considerada por todos los miembros del Tribunal como el principal testigo de descargo, después de Fidel; y para Chaviano y su gavilla constituía un verdadero peligro, ya que Haydée había sido testigo presencial de las peores infamias cometidas por los guardias el 26 de julio.

“Haydée, vestida de negro, seria, muy seria, sin estar tensa”, dirá después Marta, dio fe de los hechos atroces, serena y firmemente, ante los jueces.

Al terminar el juicio, que daría a conocer los ideales y el temple de “la generación del Centenario” de Martí, Haydée y Melba fueron condenadas a siete meses de prisión en la cárcel de Guanajay. Dura les fue, desde luego, la cárcel. Ya antes de la condena formal las habían situado un tiempo entre presos comunes, con el propósito de que estos las agraviaran. Pero esos delincuentes fueron con ellas más cuidadosos y tiernos que los otros, los delincuentes sanguinarios que detentaban el poder. Y ahora, con la formidable intervención de todos los compañeros en el juicio, había cobrado mayor aliento aún el proceso insurreccional, y ellas tenían nuevas tareas asignadas para la salida. Lecturas numerosas llenarían las horas de esa “universidad del revolucionario” que es la cárcel. Mientras Fidel hace otro tanto en su prisión de la Isla de Pinos, Haydée, en la cárcel de Guanajay a que al cabo se las traslada, lee de nuevo y comenta las obras completas de Martí: se conservan los tomos escritos en los márgenes con su letra de muchachita.


Con Melba Hernández en la cárcel

En 1954 están en la calle. Su primera misión es divulgar clandestinamente el Mensaje a Cuba que sufre, manifiesto en que Fidel explica al pueblo cómo fueron bestialmente asesinados sus hermanos. Y pronto, la misión más trascendente: editar y distribuir La historia me absolverá, que Fidel ha reconstruido y hecho salir de la cárcel hoja a hoja. Millares de ejemplares recorren el país, y aun van al extranjero, con el impresionante material.

Al otro año llegará la libertad para Fidel, Raúl, Almeida, Ramiro, Montané y los demás sobrevivientes. “Fue vivir otra vez”, dirá Haydée. Una foto dramática recoge el encuentro conmovedor: Haydée apoya en el pecho de Fidel la cabeza, después que los desesperados ojos ávidos han buscado, entre los rostros radiantes de los que salen, los rostros ya imposibles de Abel y de Boris.

Con Fidel en la calle, el proceso será indetenible. Así como aquella vanguardia tenía un orientador —Martí— y un guía —Fidel—, tiene ya un nombre, que es una consigna: Movimiento 26 de Julio, en cuya Dirección Nacional figurará Haydée. Cuando Fidel parte a México, a organizar lo que al cabo será la expedición del Granma, Haydée pasa a la vida clandestina, con el nombre de María.

A finales de 1956, en espera de la inminente llegada del Granma, Haydée viaja a Santiago de Cuba. El 30 de noviembre está entre los organizadores del alzamiento en aquella ciudad, que precede por breve tiempo al desembarco, y estremece a la Isla. Replegados en una casona, cuando ya el tiroteo llega a su fin, Haydée recuerda las horas fatídicas del hospital junto al Moncada, donde fue detenida con Abel, Melba, Raúl Gómez García y otros compañeros el 26 de julio de 1953. No hay que permanecer allí, sino intentar por todos los medios escapar. Así lo hacen. Con ella están compañeros nuevos, como dos magníficos muchachos de Santiago: Frank País (David) y Vilma Espín (Débora); y también un inquieto abogado que conoció en el clandestinaje y con quien hace unos meses se ha casado: le dicen Jacinto, y es Armando Hart.

La vida del matrimonio será por supuesto azarosa. Hart, que ha protagonizado una espectacular fuga en la Audiencia de La Habana, es tan buscado por la policía como ella. En las ciudades tendrán que verse apenas unos días de una casa en otra, entre una y otra misión. También coincidirán alguna vez en la Sierra Maestra, donde Haydée reencontrará compañeros entrañables, como Fidel y Celia Sánchez, y conocerá otros: entre ellos, a aquel con quien intercambia las salidas zumbonas y la medicina contra el asma: el Che. Una de esas veces, al bajar de la Sierra con una misión, Hart es detenido y encarcelado, después de una peligrosa odisea, en la Isla de Pinos. Poco después, la Dirección del Movimiento envía a Haydée al extranjero, con tareas arduas que también realizará con éxito.

Cuando el 1ro. de enero de 1959 la Revolución llega al poder, Haydée, de vuelta a Cuba, es nombrada directora de la recién creada Casa de las Américas. Al fin puede tener, además, un hogar, donde le nacerán dos hijos, y donde otros niños de nuestra América serán acogidos como tales.

Quien fuera miembro de la Dirección Nacional del 26 de Julio, lo será luego, al fusionarse las organizaciones revolucionarias, de la Dirección Nacional del Partido Unido de la Revolución Socialista; y el 3 de octubre de 1965, aquella noche inolvidable en que Fidel hizo pública en su voz la carta de despedida que le dejara el Che cuando partió hacia “otras tierras del mundo”, después de haberse anunciado la constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el nombre de Haydée estaba por supuesto allí, y tal condición le sería ratificada hasta su muerte, como también sería hasta entonces miembro del Consejo de Estado.

Cuando dije que los orígenes de Haydée remiten igualmente a los del alma misma de la patria grande, “nuestra América”, pensaba, como es de suponer, en el hecho de que a la seguidora sin vacilaciones de José Martí, a la compañera fraternal de Fidel y el Che (todos, ciudadanos raigales del Continente), la Revolución le encomendó importantísimas responsabilidades latinoamericanas. Es harto sabido que hizo la Casa de las Américas y trazó los que hasta hoy son sus lineamientos básicos. Siguiendo sus apasionadas y lúcidas orientaciones, la Casa ha cumplido una tarea esencial de afirmación, defensa y difusión de los genuinos valores de nuestra América. Y con espíritu similar Haydée presidió la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), que tuvo lugar en La Habana entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967. Quienes tuvimos el honor de participar en ella no olvidaremos la dinámica y febril actividad de Haydée antes y a lo largo de esa conferencia; ni olvidaremos que al abrirse el telón el día inaugural aparecía al fondo una enorme efigie del Libertador Simón Bolívar, y que al ocurrir otro tanto el día de la clausura, la efigie era del Che, quien en esos momentos combatía al frente del que se proponía llegar a ser un nuevo ejército bolivariano.

Cuántos recuerdos se amontonan al evocar los años compartidos con Haydée. Qué maravilla (lo he dicho ya antes, como muchas de estas cosas) haber visto y oído a aquella mujer toda pueblo dialogar con numerosísimos escritores y artistas de nuestra América, para quienes fue siempre como el espejo de la fábula china: los mediocres no podían reconocer su grandeza, pues tal reconocimiento le estaba reservado a los grandes: grandes de alma, por supuesto. Me limitaré a un ejemplo, entre los incontables que podría aducir. Pocos seres he conocido tan refinados, talentosos, honestos y buenos como Julio Cortázar. Y qué espectáculo haber asistido al diálogo entre la deslumbrante Haydée y aquel argentino deslumbrante. Un diálogo, por cierto, que a menudo parecía más un monólogo, porque el dueño de las palabras fascinantes prefería escuchar, fascinado, sobrecogido, el fluir de la conversación inagotable que brotaba de aquella mujer, una conversación donde las piedras de todos los días se cruzaban con centellas de sibila. (El número que la revista Casa dedicó a Julio a raíz de su muerte, trae no pocas páginas admirables que él enviara a Haydée.)

Y ya que hace unas líneas evoqué el congreso de OLAS y la gesta del Che en Bolivia, también quiero traer aquí una tarde de octubre de 1967. Me había reunido con Haydée en la Casa de las Américas para conversarle de algunas cuestiones de la revista. Cuando agotamos esos temas, le pregunté sobre la posible veracidad de los cables que en el mundo entero hablaban de la caída del Che. Yo suponía, le dije, que la noticia debería ser falsa, como tantas referidas a nosotros a lo largo de tantos años. Haydée no me respondió. Como si fuera una niña, la niña que nunca dejó de ser, rompió a llorar sin parar. Ni se tomó el trabajo de llevarse las manos a la cara. Tuve que ponerle yo mismo mi pañuelo. Y al cabo de un rato empezó a musitar: Abel, Frank, Che: ya no puedo más.” Pero cómo tratar de rehacer con mis palabras desdibujadas lo que ella supo fijar en líneas que parecen manar de la abulense. Me refiero, es natural, a la carta que ese mismo mes dirigió a una sombra, a una luz, y apareció al frente del número que la revista Casa dedicó al héroe:

Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía: no es posible, una bala no puede terminar el infinito, Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces, como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana, siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú.

Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso; con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido, pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo que él desee que yo haga. ¿Te acuerdas?, me lo prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me prometiste que me llamarías cuando fuera en tu Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía decir “Che”, tomaba fuerzas y decía “Ernesto Guevara”, así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo. Qué tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel, por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es una realidad, porque existe, eres tú. Qué más puedo decirte, Che. Si supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una vez me escribiste: “Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de año nuevo, con todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti para uso propio.” Por eso no podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese recuerdo.

Hasta la victoria siempre, Che querido.

Haydée

En lo adelante, como ya he empezado a hacer, pasaré la palabra a otros, aunque entre esos otros alguna vez esté también un hilo de mi voz.


Con Julio Cortázar

Me es inevitable, por razones de tiempo, dar un gran salto y llegar a la interminable noche que empezó en la tarde del 28 de julio de 1980 y terminó en la tarde del día siguiente. Cuando aquella noche entré desolado en la funeraria donde el cadáver de Haydée estaba tendido, encontré a las trabajadoras y los trabajadores de la Casa de las Américas, encabezados por esa bandada de muchachas que he visto encanecer, y a muchísimos otros compañeras y compañeros, perplejos, vacíos. Entre quienes trabajábamos entonces en la Casa había uno que era sin duda aquel por quien Haydée sentía más afecto: un día me dijo que le recordaba a su padre. Ese compañero, quien no solo era un notable artista plástico que había acompañado a José Lezama Lima en su faena cultural de resistencia y creación, sino que también estaba orgulloso de su vida de revolucionario comunista que se remontaba a la adolescencia, era bronco en su exterior, lo que acaso se debía, pensábamos, a su recia ascendencia isleña: ese compañero, por supuesto Mariano, estaba anegado en lágrimas, cosa que impresionaba más por tratarse de un roble, y anegado en lágrimas estuvo hasta el último momento. “Nada más triste que un titán que llora”, escribió Rubén Darío. Pero ¿quién de nosotros no lloró esa noche? A uno lo palmeó el queridísimo Arquímides, para consolarlo, quizá sin darse cuenta de que también él estaba llorando; y a otro el poeta Eliseo Diego, casi de su misma edad, lo abrazó musitándole: “Hijo”. Varias manos hicieron aquella madrugada esta “Declaración del Consejo de Dirección de la Casa de las Américas”:

Escribimos estas palabras en medio de una de las mayores pesadumbres de nuestra vida; estas palabras que, por primera vez en muchos años, Haydée Santamaría no podrá leer, antes de que vayan a la imprenta, opinando sobre esta o aquella idea, pidiendo suavizar una palabra que podría lastimar a un amigo, observando con ojo de extraña luz la grieta o el error que había escapado a otros. Como en todos los casos así, nos parece inconcebible que su nombre, tan fragante y hermoso, no sea ya el de una persona viva. Pero, como en rarísimos casos, tenemos la certidumbre de que su tránsito por la existencia fue el de una criatura excepcional, que tenía de volcán y de flor, la belleza de un ciclón o de un amanecer en el monte, la insólita capacidad de combatir amando, de amar con la terrible intensidad del combate. Otros conocieron el privilegio de estar junto a ella en el Moncada, en la Sierra o en la lucha clandestina. Ya era una figura sagrada de nuestra historia cuando la Revolución le encomendó hacer la Casa de las Américas. Y con la misma pasión, el mismo fuego y la misma ternura que puso en todo, hizo la Casa de las Américas, de la que fue la cabeza y el corazón. Cuando ya no podía ser la guerrillera que en cierta forma no dejó nunca de ser, se hizo respetar y querer por los escritores y artistas de toda nuestra América. Los más creadores entre ellos, los más imaginativos y más fieles la entendieron: entendieron y escucharon con devoción a aquella campesina que no fue a universidades ni institutos, y se sabía acompañada por pinturas, traspasada por músicas, porque era toda sensibilidad. Esa sensibilidad la llevó a la Revolución y ella llevó a la Revolución a centenares, a millares de hombres y mujeres. Como en unos versos desgarradores de la Mistral, que en su caso adquieren nuevas razones, “tenía el corazón entero a flor de pecho”. Solo estando fuera de sí pudo haber segado su propia vida. Haydée más que nadie sabía que no le pertenecía. Que pertenecía a la Revolución, al pueblo de esa América nuestra cuya evocación le nublaba los ojos y le encendía el alma. Es necesario decir que estará con nosotros, en nosotros. Así es. Pero desde ahora somos más pobres, aunque nos acompaña para siempre el honor de haber trabajado bajo su guía, bajo su aliento, que seguimos sintiendo, orgullosos y entrañablemente conmovidos, a nuestro lado.

Y al día siguiente el Comandante de la Revolución Juan Almeida, tan cercano a ella, ante los más altos dirigentes de la Revolución y una enorme cantidad de pueblo que se había ido sumando al cortejo mientras caminábamos tras el féretro, dijo ante su tumba palabras tan justas, dolorosas y bellas como estas:

Queridos compañeros:

Ningún deber más penoso y más triste que el que nos corresponde cumplir en la tarde de hoy.

Aquí hemos venido a despedir a quien fue una apasionada combatiente de nuestra Revolución desde los días más lejanos y difíciles; a una compañera entrañable y querida para todos nosotros y para todo el pueblo; a una figura de incalculable prestigio internacional, que se convirtió por sus méritos y por su tesonera labor en una destacada representante del heroísmo, la historia, el espíritu de lucha y el sentimiento de solidaridad de Cuba revolucionaria.

Haydée Santamaría ocupa por derecho propio un lugar imborrable en la Revolución Cubana. Por eso son doblemente amargas estas circunstancias en que se ha producido su desaparición.

Haydée fue uno de aquellos jóvenes que desde el mismo golpe del 10 de marzo comenzamos a buscar un camino nuevo para la redención de Cuba, y lo encontramos al lado de Fidel. Cuando no teníamos nada todavía, ni armas, ni dinero, ni renombre público; cuando no contábamos prácticamente con otra cosa que no fueran nuestros sueños y nuestros deseos de luchar, ya ella se convirtió, junto a su hermano Abel, en un puntal del movimiento revolucionario que nacía. [ ... ]

Los que la conocimos de cerca sabíamos que las heridas del Moncada nunca acabaron de cicatrizar en ella. Pero sobre todo, en los años más recientes, la compañera Haydée venía sufriendo un progresivo deterioro de su salud. En adición a esto, hace algunos meses sufrió un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida, lo que agravó aún más su estado, tanto físico como psíquico. Solo estas circunstancias, que la llevaron sin duda al extremo de perder el dominio sobre sí misma, pueden explicar que una figura de su jerarquía histórica y revolucionaria, con tan altos méritos ante la Patria y el socialismo, cuyo temple se puso a prueba en los más difíciles y heroicos momentos de nuestra lucha, haya podido consumar la trágica determinación de privarse de la vida.

Por eso, este doloroso final no podrá empalidecer sus virtudes, ni la fuerza de su ejemplo revolucionario, ni el legado que deja a nuestras nuevas generaciones y, en especial, a la mujer cubana.

No la recordamos en su trágico minuto final. La recordaremos junto a Abel y a Fidel en la preparación del movimiento revolucionario. La recordaremos como combatiente de la Sierra y del llano. La recordaremos como constructora de nuestra nueva Patria. La recordaremos en su ejemplo de combatividad, de laboriosidad, de sencillez y de entrega total a la causa del socialismo y del internacionalismo. Y en ese ejemplo renovaremos nuestras energías los que debemos continuar adelante, cumpliendo el deber con la Patria y con la Revolución. [...]

Cinco años después, la revista Casa volvió a dedicar a Haydée un editorial del que tomo estas líneas:

El 28 de julio de 1980, el último de los revolucionarios torturados a raíz del asalto al cuartel Moncada, veintisiete años atrás, falleció de resultas de esas torturas. Aquel día acabó de entregar lo que le quedaba de vida Haydée Santamaría. Así lo han visto grandes compañeros suyos. En julio de 1953 la habían herido de muerte: no con bala, sino con maldad, para glosar a su amadísimo Martí. ¿Será necesario volver a evocar ahora aquella maldad, aquellos “golpes como del odio de Dios” que diría Vallejo? [...] Pero “las heridas del Moncada”, como expresó el compañero Almeida, “nunca acabaron de cicatrizar en ella”. Por el contrario: aun en medio de la victoria, de la alegría, de la creación, de nuevas batallas estimulantes, siguieron abriéndose como una grieta que al cabo la devoró, arrastrándola a una enfermedad síquica de la que también se muere, como se muere en el combate de las armas o comido por otras enfermedades, físicas, que tampoco le escasearon a Haydée. De las sombras a que empezó a ser arrojada en 1953 salió la mano que la asesinó en 1980. ¿Era la suya? ¿O no era más bien una de aquellas manos bestiales que castraban novios y arrancaban ojos de hermanos, vivos, y sembraron en una muchacha valiente y pura y fuerte y frágil una semilla que enturbiaría luego su razón?

Los que en sus últimos tiempos, día a día, la vimos marchar sin saberlo, como un personaje de tragedia, hacia un patíbulo que la esperaba inexorable en el pasado; sus compañeros de tantos frentes, y entre ellos de la Casa que dio a luz como a otro hijo, orgullosos y agradecidos por cuanto nos enseñó, inconsolables por cuanto la enfermedad —no ella, que para entonces prácticamente no existía ya— nos quitó, le rendimos hoy, de nuevo, nuestro homenaje conmovido, trayendo aquí páginas de ella, o sobre ella, hechas con verdad y belleza por algunos de sus incontables compañeros de lucha y por algunos de los no menos incontables soñadores que tuvieron el privilegio de su cercanía.

Incluso durante su vida, pero sobre todo desde su muerte, se han venido publicando textos espléndidos sobre Haydée, dando razón a las palabras de quien más identificada estuvo con ella en la Casa, pues con ella la fundó, Marcia Leiseca, quien al hablar en el vigésimo aniversario de la revista Casa de las Américas dijo:

Haydée: no habrá reunión, evento o aniversario de esta, tu Casa, en que no esté presente con nosotros tu imagen luminosa. Tu vida de guerrillera indomable del Moncada, de la Sierra, del llano y del exilio es parte de nuestra historia. Tu personalidad será recreada por los artistas y se convertirá para nuestros hijos y las generaciones futuras en una hermosa leyenda, uno de esos mitos deslumbrantes que los pueblos enriquecen en su imaginación.

Para nosotros [siguió diciendo Marcia], Haydée era parte de nuestra vida cotidiana. Nos parecían naturales su paso ligero y veloz, sus monólogos, su permanente rebeldía, su hablar a veces vago y reposado, su mirada perdida en un horizonte al que no alcanzábamos, su imaginación desbordada, su infinita ternura, y la exuberancia de su pensamiento y su lenguaje. En estos y otros rasgos vislumbrábamos que nada en ella era gratuito, porque al desbrozar el camino siempre aprendíamos una profunda verdad o un hecho de la más genuina justicia. Tuvimos el privilegio de conocerla íntimamente, de quererla, de compartir una etapa en la vida de este ser excepcional hecho para las grandes cosas, para las más puras y nobles pasiones, para crecerse ante las más difíciles situaciones o los más delicados y complejos problemas.

De su extraordinaria sensibilidad surgió espontáneamente su pasión por el arte, y de su formación y fervor martianos su amor por nuestra América. Tuvo el don del verdadero dirigente: ser capaz de sacar de cada cual sus mejores cualidades. Eso le permitió integrar un equipo de trabajo donde nunca afloró la mediocridad y sí, por el contrario, lo mejor de la condición humana. Unió esa fuerza y con ella se hizo día a día esta Casa, lentamente, sedimentando logros y rectificando errores.

Es totalmente imposible, en el escaso tiempo de que disponemos, transcribir todo lo que de ella se ha dicho: tarea que, ciertamente, es menester hacer pronto. De cuánto texto hermoso tendremos que prescindir aquí: que, además de las que ya se han citado, los representen (no hay otra alternativa) unas cuantas líneas. Por ejemplo, estas de Mario Benedetti, caliente todavía la noticia tremenda:

Muchos escribirán, ahora y después, y con todo derecho, sobre su gesta heroica, sobre su función de dirigente, sobre su estilo de trabajo. Pero en estas horas, que pesadamente continúan la escueta noticia de su muerte, quiero destacar por fin el rasgo suyo que, a través de tantos años de convivencia, camaradería y trabajo compartido, me impresionó más hondamente: su bondad, que era tan invencible como su coraje. Vaya a saber por qué extrañas conexiones, ese atributo es el que hoy más me conmueve en relación con esta muerte. A fin de cuentas, ya lo había dicho su admirado Martí: ¡Duele mucho en la tierra un alma buena!”

Recordar a Haydée es contemplar el paso de un relámpago, escuchar la crepitación de bosques incendiados. Así quedó su imagen en nosotros. No la de estéril serenidad sino la del bullir quemante. Fuego y luz.

La empezamos a conocer un día de 1957, en que sus ojos se mojaron al hablarnos de Jesús Menéndez, el negro trabajador de su juventud temprana en la Encrucijada natal. Años más tarde, la vi expresarse con idéntico ardor, ahora acrecido, cuando perdimos al Che. Y una noche de julio 25 descubrí, a los veinte años del Moncada, que la alegría de las realizaciones evidentes que justifican la muerte de los héroes no había sido capaz de curarle aquella socarradura que aún la desgarraba.

Llevó su pasión ardida a todo lo que hizo, en el Moncada, en el Partido y en la Casa, su obra perdurable. Se lanzaba a hablar como quien desata un torbellino, como si la palabra no le surtiera de la mente —que tan bien sabía usar— sino le brotara de los “redaños del alma” unamunescos. Lo suyo no fue nunca argumento —aunque sí razonaba con lucidez— sino pelea. Al oírla hablar de literatura, de arte, disintiendo más de una vez de sus juicios, se recordaba aquella designación tan acertada de la cultura no como un cúmulo de datos sino como expresión interna de un modo de ver las cosas. No requirió ni de la Universidad ni de la Academia —de las que no renegamos nunca, pese a sus frutos con frecuencia infértiles— para hablar de los griegos, de Miguel Ángel o de Picasso. Los manejaba con sabia, intuitiva comprensión, la misma que generó muchos de sus vivaces criterios políticos sobre los complejos problemas de la creación revolucionaria que la tuvo como protagonista excepcional.

Permanece entre nosotros, sentimos siempre su fuego y su luz. Escuchamos el crepitar de troncos y el suave rumor de sus palabras de ternura.

Ya que es necesario concluir, voy a hacerlo leyendo directamente al corazón de cada una, de cada uno de ustedes el que me parece el poema más hermoso que hasta ahora se le haya escrito a Haydée, habiendo entre ellos textos excelentes. Quizá no es extraño que sea de otra mujer, que a su manera es otra gran mujer: Fina García Marruz, quien a pocos días del 28 de julio de 1980 escribió “En la muerte de una heroína de la Patria”, cuyos versos Sara González (en la línea de esos otros hijos de Haydée que son artistas como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, los del Grupo Moncada y tantísimos más) convertiría en canción íntima y multitudinaria como fue, como es Haydée Santamaría:

Pónganle a la suicida una hoja en la sien.
Una siempreviva en el hueco del cuello.
Cúbranla con flores, como a Ofelia.
Los que la amaron, se han quedado huérfanos.
Cúbranla con la ternura de las lágrimas.
Vuélvanse rocío que refresque su duelo.
Y si la piedad de las flores no bastase
Díganle al oído que todo ha sido un sueño.
Ríndanle honores como a una valiente
Que perdió sólo su última batalla.
No se quede en su hora inconsolable.
Sus hechos, no vayan al olvido de la yerba.
Que sean recogidos, uno a uno;
Allí donde la luz no olvida a sus guerreros. 

*Palabras leídas en el Museo de la Revolución, La Habana, el 24 de julio de 1991.

Texto incluido en Recuerdo a, de Roberto Fernández Retamar, Ediciones UNIÓN, La Habana, 1998. Pp. 7998.

 

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