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A las compañeras Vilma
Espín y Melba Hernández
y al compañero Julio
Martínez Páez, que tanto
amaron a Haydée y que me
honraron asistiendo a
la lectura de estas
páginas.
A las compañeras y los
compañeros de la Casa de
las Américas.
“Las grandes ideas y las
grandes acciones son la
familia natural de un
hombre grande.” Estas
palabras las escribió el
Maestro de Haydée
Santamaría y de todos
nosotros, José Martí, y
las citó un sabio que a
veces llamó hija a
Haydée y a quien Haydée
a veces llamó padre:
Ezequiel Martínez
Estrada. Y ahora que
tengo el honor de decir
de nuevo algunas cosas
sobre Haydée, la
sentencia martiana surge
ante mí como un
estandarte. Desde luego,
cuando en esas palabras
Martí escribe “hombre”,
se está refiriendo al
ser humano en general,
por lo que su juicio, en
este caso particular,
puede, o mejor debe
leerse así: Las grandes
ideas y las grandes
acciones son la familia
natural de una mujer
grande. Y no cabe la más
remota duda de que el
ser humano de excepción
cuya memoria nos convoca
esta tarde fue una mujer
grande, digna de que la
mano sola y trágica de
José Clemente Orozco la
hubiera pintado ardiendo
junto al hombre en
llamas bajo el cual, en
el Hospicio Cabañas de
Guadalajara, los
mandatarios
iberoamericanos acaban
de tener un encuentro
memorable y fértil, en
el cual la gallarda
presencia de Fidel
hubiera llenado a Haydée
una vez más de amoroso
orgullo.
Como durante años tuve
uno de los mayores
privilegios de mi vida
al trabajar bajo la
orientación directa de
Haydée, estrechamente
unido a ella; y como
incluso mientras vivía
escribí la breve
introducción (sin firma)
de su testimonio sobre
el Moncada publicado en
1967, y una semblanza
suya, y le dediqué uno
de mis libros (otro, que
conoció inédito, y que
nos llevaría a viajar a
Nicaragua a ella, a
Silvia Gil y a mí en
febrero de 1980, lo
dedicaría, a raíz de su
muerte, a su “clara y
apasionada memoria”), no
tiene ningún sentido que
busque decirle cosas
distintas. Lo que
durante su vida
despertó en mí es lo
que hoy despierta.
Cuando empecé a
frecuentarla, no
obstante sus “relámpagos
de risa”, tenía ya la
majestad de una gran
muerta; y esta tarde en
que no puede
escucharnos, me parece
(perdónenme ustedes) no
menos sino más viviente
que nosotros.
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Con Roberto
Fernández
Retamar |
Un día, conversando de
cosas triviales (al
menos eso creía yo),
Haydée me pidió de
repente que alguna vez
hablara ante su tumba.
Me turbó, claro, como
solía hacer. Durante un
momento yo había
olvidado que, por debajo
o por encima de las
palabras que cruzaba con
nosotros, ella andaba
siempre dialogando con
sus muertos, que llevaba
dentro, con la muerte.
Ignoro si entre las
tantísimas lecturas
silvestres que hizo (con
frecuencia de claro en
claro, como el señor de
La Mancha) leyó a
Unamuno: sé que hubiera
encontrado natural la
agónica meditación sobre
la muerte del
atormentado vasco; pero
también sé que, sin duda,
se hubiera encontrado
más a gusto con otra
gran mujer, de talante
similar al de ella, que
también junto a un
hermano leyó de hazañas
justicieras y soñadoras,
y pretendió acometerlas,
y en su tiempo hizo lo
que para su tiempo era
renovador y valiente, y
como la cubana amando
tanto la vida anheló la
muerte, y en el siglo se
llamó Teresa de Ahumada,
y se la conoce como
Santa Teresa de Jesús.
De Martí se sabe que
leyó a la madraza de
Ávila fervorosamente: el
padre de la crítica
hispanoamericana de este
siglo, Pedro Henríquez Ureña, afirmó en 1905,
con apenas veintiún
años, que el estilo
martiano “en ocasiones
tiene la intensidad
emocional de Teresa de
Jesús”, y un cuarto de
siglo más tarde añadió
que Martí escribía “con
el candor de Santa
Teresa, de quien
aprendió que no tiene
por qué refrenarse el
que siente como debe”;
en 1930 otra madraza,
Gabriela Mistral, dijo a
propósito de Martí:
“Pensemos, aunque la
comparación nos parezca
a primera vista absurda,
en un Víctor Hugo
corregido de su
exageración y de su
garganta trompetera por
un trato diario y
enseñador de la Santa
Teresa doméstica y
voluntariamente vulgar”;
y en 1941 Juan
Marinello, el
inolvidable maestro
comunista, desarrollando
tales observaciones
dedicó páginas profundas
a lo que llamó “lo
teresiano” en Martí,
subrayando similitudes
entre la española y el
cubano en aspectos como
el misticismo, “el
placer de sufrir”, “el
querer de la muerte” y
la “íntima tragedia del
amor vestido de
uniforme”.
Este indudable costado
martiano fue una nueva
razón, una nueva razón
del corazón, para que
Haydée se sintiera tan
identificada con el
Maestro. No todos los
que lo admiran,
incluyendo compañeros de
muchísimos quilates, han
compartido algunas
facetas de nuestro
Apóstol, como ese
“querer de la muerte”
que revela no solo en
páginas íntimas (así
algunos de sus apuntes y
algunas de sus cartas a
Mercado, sus
impresionantes cartas
últimas a Carmen
Mantilla y sus hijos,
ciertos pasajes de su
diario de campaña), sino
en numerosos textos
públicos escritos o
dichos a lo largo de su
vida breve y
electrizante. Martí
desde su más temprana
edad anduvo “requebrando
a la muerte", como según
Antonio Machado hiciera
Federico camino del
martirio. Los ejemplos
se agolpan. Cómo no
recordar aquella estrofa
de los Versos
sencillos: “Gocé una
vez, de tal suerte, /
Que gocé cual nunca:
—cuando/ La sentencia de
mi muerte/ Leyó el
alcaide llorando”:
estrofa que de inmediato
trae a la memoria el
conocido poema teresiano
en el cual va
repitiéndose a modo de
campanadas el verso
“Que muero porque no
muero”. O aquella
exclamación “cerca del
final presentido”, como
dijo Marinello:
|
 |
“La muerte es júbilo,
reanudación, tarea
nueva. ¡Muerte! ¡Muerte
generosa! ¡Muerte
amiga!” (Al evocar estas
citas martianas,
recuerdo que Marinello
mismo había escrito en
uno de sus hermosos
poemas: “La muerte debe
tener / miel ignorada.”)
Y bien: estas son lo más
cercano que hoy puedo
dar a las palabras que Haydée, sobresaltándome,
me pidiera para ser
dichas ante su tumba, y
que como se oirá voy a
enriquecer con palabras
de otros. Es verdad que
no estamos ante su
tumba. Pero en este
Museo de la Revolución
se guardan fielmente
recuerdos de
numerosísimos hermanas y
hermanos que la han
hecho posible, y en
consecuencia este es
también, en cierto
sentido, el lugar actual
de ella, aunque no se
encuentre en estas salas
(cuya noble función,
según hace el fuego, las
ha saneado de las
miasmas de ayer) el
“polvo enamorado” de la
linda y fiera muchacha
de Encrucijada.
Creo que nunca, y mucho
menos en circunstancias
como esta, he querido
ser original en el
sentido de novelero: lo
que he querido, lo que
quiero es ser fiel a los
orígenes, que es cosa
bien distinta. Y en el
caso de Haydée, sus
orígenes remiten a los
del alma misma de la
patria: la patria chica,
Cuba, y la patria
grande, “nuestra
América”, como nos la
nombró Martí.
De hecho, la vida de
Haydée arranca de un
pequeño lugar del centro
de Cuba, y marcha hacia
el centro de la
historia: los asaltos
del 26 de julio de 1953,
aquellos acontecimientos
que hicieron buenas las
palabras de Fidel cuando
en
La historia
me absolverá dijera:
En Oriente se respira
todavía el aire de la
epopeya gloriosa, y al
amanecer, cuando los
gallos cantan como
clarines que tocan diana
llamando a los soldados
y el sol se levanta
radiante sobre las
empinadas montañas, cada
día parece que va a ser
otra vez el de Yara o el
de Baire.
En una dedicatoria que
ella me mostró una tarde
iluminada, el
poeta
Cintio Vitier, quien la
comprendió en lo hondo
como ha comprendido
tantas cosas de Cuba, le
dijo que a Haydée la
veía “siempre en la
madrugada fundadora”.
Así, en ese instante de
gloria y dolor supremos
en que volvieron a arder Yara y Baire, vivió el
resto de su vida. Y al
conocerse hechos de su
existencia anterior a
esa fecha, por ejemplo
algunos de su infancia
que evidentemente contó
a su hermana de lucha y
esperanza
Melba
Hernández (acaso en los
días y noches de la
cárcel), y que Melba
conservó y trasmitió
como los tesoros que
son, comprendemos que de
alguna manera,
aparentemente a ciegas
pero en realidad guiada
por una rara brújula,
Haydée se había ido
preparando para ese
encuentro terrible y
fulgurante con la
historia.
Aunque no pretendo
evocar de nuevo todos
los detalles de su vida,
bien conocida por los
presentes, e incluso por
incontables mujeres y
hombres a lo largo del
Continente y del
planeta, no puedo dejar
de evocar algunas cosas.
Como que la niña que
quiso ser mamá al igual
que una de las gallinas
de su casa y afrontó por
ello los picotazos
airados del animalito, y
la que años más tarde,
siendo hija de
españoles, se inventó un
abuelo mambí, una vez
que en la escuelita de
su batey un maestro de
verdad le enseñara cómo
se había hecho nuestra
patria; la adolescente
que rechazó sin
contemplaciones las
maniobras del cacique
local; la muchacha que
padeció por el asesinato
del gran dirigente
obrero de la zona, el
comunista Jesús
Menéndez, y, asqueada de
la sentina que era la
seudorrepública y
atraída por la denuncia
implacable que de ella
hacía Eddy Chibás y por
su consigna “Vergüenza
contra dinero”, militó
junto con su hermano Abel
en las filas de la
Juventud Ortodoxa,
estaba creciendo hacia
la llamarada de la que
surgiría la etapa
decisiva de un proceso
liberador que ya tiene
más de cien años.
De la lucha contra el
golpe militar del 10 de
marzo de 1952, de su
encuentro con Fidel, de
los preparativos de lo
que iba a ser el 26 de
julio, de la “madrugada
fundadora”, conversó
varias veces ella misma;
de la conducta de Haydée
a raíz del asalto y la
masacre, habló en primer
lugar y para siempre,
con la autoridad moral
que tiene para ello, el
compañero Fidel, en
aquellas líneas
imborrables de La
historia me absolverá:
Con un ojo humano
ensangrentado en las
manos se presentaron un
sargento y varios
hombres en el calabozo
donde se encontraban las
compañeras Melba
Hernández y Haydée
Santamaría, y
dirigiéndose a esta
última, mostrándole el
ojo, le dijeron: “este
es de tu hermano, si tú
no dices lo que él no
quiso decir, le
arrancaremos el otro”.
Ella, que quería a su
valiente hermano por
encima de todas las
cosas, les contestó
llena de dignidad: "Si
ustedes le arrancaron un
ojo y él no lo dijo,
mucho menos lo diré yo."
Más tarde volvieron y
las quemaron en los
brazos con colillas
encendidas, hasta que
por último, llenos de
despecho, le dijeron
nuevamente a la joven
Haydée Santamaría: "Ya
no tienes novio porque
te lo hemos matado
también". Y ella les
contestó imperturbable
otra vez: "Él no está
muerto, porque morir por
la patria es vivir".
Nunca fue puesto en un
lugar tan alto de
heroísmo y dignidad el
nombre de la mujer
cubana.
En aquellos instantes,
Haydée no solo sabe que
ha perdido de modo
espantoso a su hermano
del alma y a su novio,
sino que ignora aún si
el propio Fidel vive.
Está sola, con Melba,
ante el horror, obligada
a sacar las fuerzas de
sus entrañas. Las
sacará, como si en un
parto descomunal naciera
de sí misma. Aquella
muchacha ya no volverá a
ser la de antes, y, sin
embargo, se ha vuelto
ella de manera única.
Pero el Moncada, como se
sabe, no fue solo una
batalla militar: fue
también una batalla
jurídica, y —sobre todo—
una batalla política. Si
la primera, a la que
siguió una atroz
carnicería, terminó en
derrota para los
atacantes, en cambio las
otras dos, estrechamente
unidas en un momento,
les significaron
triunfos definitivos. El
revés de las armas
empezó a mostrar en
ellas un rostro de
victoria. Por eso se ha
destacado con razón la
enorme importancia que
tuvo el juicio contra
los asaltantes, gracias
al cual estos últimos,
de acusados, se
convirtieron en
valientes e implacables
acusadores del régimen.
En este combate, que
culminó soberanamente
con La
historia me absolverá,
desempeñó un papel
fundamental Haydée.
Sobreviviente de las
masacres, testigo de las
torturas que le
arrancaron de manera
horrible a los seres más
queridos, su
declaración sería
definitiva. Marta Rojas,
que asistió como
periodista al juicio, ha
contado cómo, al gritar
el alguacil “iHaydée
Santamaría Cuadrado!”,
el enunciado de ese
nombre provocó en la
Sala una intensa
emoción, toda vez que
ella era considerada por
todos los miembros del
Tribunal como el
principal testigo de
descargo, después de
Fidel; y para Chaviano y
su gavilla constituía un
verdadero peligro, ya
que Haydée había sido
testigo presencial de
las peores infamias
cometidas por los
guardias el 26 de julio.
“Haydée, vestida de
negro, seria, muy seria,
sin estar tensa”, dirá
después Marta, dio fe de
los hechos atroces,
serena y firmemente,
ante los jueces.
Al terminar el juicio,
que daría a conocer los
ideales y el temple de
“la generación del
Centenario” de Martí,
Haydée y Melba fueron
condenadas a siete meses
de prisión en la cárcel
de Guanajay. Dura les
fue, desde luego, la
cárcel. Ya antes de la
condena formal las
habían situado un tiempo
entre presos comunes,
con el propósito de que
estos las agraviaran.
Pero esos delincuentes
fueron con ellas más
cuidadosos y tiernos que
los otros, los
delincuentes
sanguinarios que
detentaban el poder. Y
ahora, con la formidable
intervención de todos
los compañeros en el
juicio, había cobrado
mayor aliento aún el
proceso insurreccional,
y ellas tenían nuevas
tareas asignadas para la
salida. Lecturas
numerosas llenarían las
horas de esa
“universidad del
revolucionario” que es
la cárcel. Mientras
Fidel hace otro tanto en
su prisión de la Isla de
Pinos, Haydée, en la
cárcel de Guanajay a que
al cabo se las traslada,
lee de nuevo y comenta
las obras completas de
Martí: se conservan los
tomos escritos en los
márgenes con su letra de
muchachita.
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Con Melba
Hernández en la
cárcel |
En 1954 están en la
calle. Su primera misión
es divulgar
clandestinamente el
Mensaje a Cuba que
sufre, manifiesto en
que Fidel explica al
pueblo cómo fueron
bestialmente asesinados
sus hermanos. Y pronto,
la misión más
trascendente: editar y
distribuir La
historia me absolverá,
que Fidel ha
reconstruido y hecho
salir de la cárcel hoja
a hoja. Millares de
ejemplares recorren el
país, y aun van al
extranjero, con el
impresionante material.
Al otro año llegará la
libertad para Fidel,
Raúl, Almeida, Ramiro,
Montané y los demás
sobrevivientes. “Fue
vivir otra vez”, dirá
Haydée. Una foto
dramática recoge el
encuentro conmovedor:
Haydée apoya en el pecho
de Fidel la cabeza,
después que los
desesperados ojos ávidos
han buscado, entre los
rostros radiantes de los
que salen, los rostros
ya imposibles de Abel y
de Boris.
Con Fidel en la calle,
el proceso será
indetenible. Así como
aquella vanguardia tenía
un orientador —Martí— y
un guía —Fidel—, tiene
ya un nombre, que es una
consigna: Movimiento 26
de Julio, en cuya
Dirección Nacional
figurará Haydée. Cuando
Fidel parte a México, a
organizar lo que al cabo
será la expedición del
Granma, Haydée pasa a la
vida clandestina, con el
nombre de María.
A finales de 1956, en
espera de la inminente
llegada del Granma,
Haydée viaja a Santiago
de Cuba. El 30 de
noviembre está entre los
organizadores del
alzamiento en aquella
ciudad, que precede por
breve tiempo al
desembarco, y estremece
a la Isla. Replegados en
una casona, cuando ya el
tiroteo llega a su fin,
Haydée recuerda las
horas fatídicas del
hospital junto al
Moncada, donde fue
detenida con Abel,
Melba, Raúl Gómez García
y otros compañeros el 26
de julio de 1953. No hay
que permanecer allí,
sino intentar por todos
los medios escapar. Así
lo hacen. Con ella están
compañeros nuevos, como
dos magníficos muchachos
de Santiago:
Frank País
(David) y
Vilma
Espín (Débora);
y también un inquieto
abogado que conoció en
el clandestinaje y con
quien hace unos meses se
ha casado: le dicen
Jacinto, y es
Armando Hart.
La vida del matrimonio
será por supuesto
azarosa. Hart, que ha
protagonizado una
espectacular fuga en la
Audiencia de La Habana,
es tan buscado por la
policía como ella. En
las ciudades tendrán que
verse apenas unos días
de una casa en otra,
entre una y otra misión.
También coincidirán
alguna vez en la Sierra
Maestra, donde Haydée
reencontrará compañeros
entrañables, como Fidel
y Celia Sánchez, y
conocerá otros: entre
ellos, a aquel con quien
intercambia las salidas
zumbonas y la medicina
contra el asma: el Che.
Una de esas veces, al
bajar de la Sierra con
una misión, Hart es
detenido y encarcelado,
después de una peligrosa
odisea, en la Isla de
Pinos. Poco después, la
Dirección del Movimiento
envía a Haydée al
extranjero, con tareas
arduas que también
realizará con éxito.
Cuando el
1ro. de
enero de 1959 la
Revolución llega al
poder, Haydée, de vuelta
a Cuba, es nombrada
directora de la recién
creada Casa de las
Américas. Al fin puede
tener, además, un hogar,
donde le nacerán dos
hijos, y donde otros
niños de nuestra América
serán acogidos como
tales.
Quien fuera miembro de
la Dirección Nacional
del 26 de Julio, lo será
luego, al fusionarse las
organizaciones
revolucionarias, de la
Dirección Nacional del
Partido Unido de la
Revolución Socialista; y
el 3 de octubre de 1965,
aquella noche
inolvidable en que Fidel
hizo pública en su voz
la carta de despedida
que le dejara el Che
cuando partió hacia
“otras tierras del
mundo”, después de
haberse anunciado la
constitución del Comité
Central del Partido
Comunista de Cuba, el
nombre de Haydée estaba
por supuesto allí, y tal
condición le sería
ratificada hasta su
muerte, como también
sería hasta entonces
miembro del Consejo de
Estado.
|
 |
Cuando dije que los
orígenes de Haydée
remiten igualmente a los
del alma misma de la
patria grande, “nuestra
América”, pensaba, como
es de suponer, en el
hecho de que a la
seguidora sin
vacilaciones de José
Martí, a la compañera
fraternal de Fidel y el
Che (todos, ciudadanos
raigales del
Continente), la
Revolución le encomendó
importantísimas
responsabilidades
latinoamericanas. Es
harto sabido que hizo la
Casa de las Américas y
trazó los que hasta hoy
son sus lineamientos
básicos. Siguiendo sus
apasionadas y lúcidas
orientaciones, la Casa
ha cumplido una tarea
esencial de afirmación,
defensa y difusión de
los genuinos valores de
nuestra América. Y con
espíritu similar Haydée
presidió la conferencia
de la Organización
Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS), que
tuvo lugar en La Habana
entre el 31 de julio y
el 10 de agosto de 1967.
Quienes tuvimos el honor
de participar en ella no
olvidaremos la dinámica
y febril actividad de Haydée antes y a lo
largo de esa
conferencia; ni
olvidaremos que al
abrirse el telón el día
inaugural aparecía al
fondo una enorme efigie
del Libertador Simón
Bolívar, y que al
ocurrir otro tanto el
día de la clausura, la
efigie era del Che,
quien en esos momentos
combatía al frente del
que se proponía llegar a
ser un nuevo ejército
bolivariano.
Cuántos recuerdos se
amontonan al evocar los
años compartidos con
Haydée. Qué maravilla
(lo he dicho ya antes,
como muchas de estas
cosas) haber visto y
oído a aquella mujer
toda pueblo dialogar con
numerosísimos escritores
y artistas de nuestra
América, para quienes
fue siempre como el
espejo de la fábula
china: los mediocres no
podían reconocer su
grandeza, pues tal
reconocimiento le estaba
reservado a los grandes:
grandes de alma, por
supuesto. Me limitaré a
un ejemplo, entre los
incontables que podría
aducir. Pocos seres he
conocido tan refinados,
talentosos, honestos y
buenos como Julio
Cortázar. Y qué
espectáculo haber
asistido al diálogo
entre la deslumbrante
Haydée y aquel argentino
deslumbrante. Un
diálogo, por cierto, que
a menudo parecía más un
monólogo, porque el
dueño de las palabras
fascinantes prefería
escuchar, fascinado,
sobrecogido, el fluir de
la conversación
inagotable que brotaba
de aquella mujer, una
conversación donde las
piedras de todos los
días se cruzaban con
centellas de sibila. (El
número que la revista
Casa dedicó a Julio
a raíz de su muerte, trae
no pocas páginas
admirables que él
enviara a Haydée.)
Y ya que hace unas
líneas evoqué el
congreso de OLAS y la
gesta del Che en
Bolivia, también quiero
traer aquí una tarde de
octubre de 1967. Me
había reunido con Haydée
en la Casa de las
Américas para
conversarle de algunas
cuestiones de la
revista. Cuando agotamos
esos temas, le pregunté
sobre la posible
veracidad de los cables
que en el mundo entero
hablaban de la caída del
Che. Yo suponía, le
dije, que la noticia
debería ser falsa, como
tantas referidas a
nosotros a lo largo de
tantos años. Haydée no
me respondió. Como si
fuera una niña, la niña
que nunca dejó de ser,
rompió a llorar sin
parar. Ni se tomó el
trabajo de llevarse las
manos a la cara. Tuve
que ponerle yo mismo mi
pañuelo. Y al cabo de un
rato empezó a musitar:
“Abel, Frank,
Che: ya no puedo más.”
Pero cómo tratar de
rehacer con mis palabras
desdibujadas lo que ella
supo fijar en líneas que
parecen manar de la
abulense. Me refiero, es
natural, a la carta que
ese mismo mes dirigió a
una sombra, a una luz, y
apareció al frente del
número que la revista
Casa dedicó al
héroe:
Che: ¿dónde te puedo
escribir? Me dirás que a
cualquier parte, a un
minero boliviano, a una
madre peruana, al
guerrillero que está o
no está pero estará.
Todo esto lo sé, Che, tú
mismo me lo enseñaste, y
además esta carta no
sería para ti. Cómo
decirte que nunca había
llorado tanto desde la
noche en que mataron a
Frank, y eso que esta
vez no lo creía. Todos
estaban seguros, y yo
decía: no es posible,
una bala no puede
terminar el infinito,
Fidel y tú tienen que
vivir, si ustedes no
viven, cómo vivir. Hace
catorce años veo morir a
seres tan inmensamente
queridos, que hoy me
siento cansada de vivir,
creo que ya he vivido
demasiado, el sol no lo
veo tan bello, la palma,
no siento placer en
verla; a veces, como
ahora, a pesar de
gustarme tanto la vida,
que por esas dos cosas
vale la pena abrir los
ojos cada mañana, siento
deseos de tenerlos
cerrados como ellos,
como tú.
Cómo puede ser cierto,
este continente no
merece eso; con tus ojos
abiertos, América Latina
tenía su camino pronto.
Che, lo único que pudo
consolarme es haber ido,
pero no fui, junto a
Fidel estoy, he hecho
siempre lo que él desee
que yo haga. ¿Te
acuerdas?, me lo
prometiste en la Sierra,
me dijiste: no
extrañarás el café,
tendremos mate. No
tenías fronteras, pero
me prometiste que me
llamarías cuando fuera
en tu Argentina, y cómo
lo esperaba, sabía bien
que lo cumplirías. Ya no
puede ser, no pudiste,
no pude. Fidel lo dijo,
tiene que ser verdad,
qué tristeza. No podía
decir “Che”, tomaba
fuerzas y decía “Ernesto
Guevara”, así se lo
comunicaba al pueblo, a
tu pueblo. Qué tristeza
tan profunda, lloraba
por el pueblo, por
Fidel, por ti, porque ya
no puedo. Después, en
la velada, este gran
pueblo no sabía qué
grados te pondría Fidel.
Te los puso:
artista. Yo pensaba
que todos los grados
eran pocos, chicos, y
Fidel, como siempre,
encontró los verdaderos:
todo lo que creaste fue
perfecto, pero hiciste
una creación única, te
hiciste a ti mismo,
demostraste cómo es
posible ese hombre
nuevo, todos veríamos
así que ese hombre nuevo
es una realidad, porque
existe, eres tú. Qué más
puedo decirte, Che. Si
supiera, como tú, decir
las cosas. De todas
maneras, una vez me
escribiste: “Veo que te
has convertido en una
literata con dominio de
la síntesis, pero te
confieso que como más me
gustas es en un día de
año nuevo, con todos los
fusibles disparados y
tirando cañonazos a la
redonda. Esa imagen y la
de la Sierra (hasta
nuestras peleas de
aquellos días me son
gratas en el recuerdo)
son las que llevaré de
ti para uso propio.” Por
eso no podré escribir
nunca nada de ti y
tendrás siempre ese
recuerdo.
Hasta la victoria
siempre, Che querido.
Haydée
En lo adelante, como ya
he empezado a hacer,
pasaré la palabra a
otros, aunque entre esos
otros alguna vez esté
también un hilo de mi
voz.
|

Con Julio
Cortázar |
Me es inevitable, por
razones de tiempo, dar
un gran salto y llegar a
la interminable noche
que empezó en la tarde
del 28 de julio de 1980
y terminó en la tarde
del día siguiente.
Cuando aquella noche
entré desolado en la
funeraria donde el
cadáver de Haydée estaba
tendido, encontré a las
trabajadoras y los
trabajadores de la Casa
de las Américas,
encabezados por esa
bandada de muchachas que
he visto encanecer, y a
muchísimos otros
compañeras y compañeros,
perplejos, vacíos. Entre
quienes trabajábamos
entonces en la Casa
había uno que era sin
duda aquel por quien
Haydée sentía más
afecto: un día me dijo
que le recordaba a su
padre. Ese compañero,
quien no solo era un
notable artista plástico
que había acompañado a
José Lezama Lima en su
faena cultural de
resistencia y creación,
sino que también estaba
orgulloso de su vida de
revolucionario comunista
que se remontaba a la
adolescencia, era bronco
en su exterior, lo que
acaso se debía,
pensábamos, a su recia
ascendencia isleña: ese
compañero, por supuesto
Mariano, estaba anegado
en lágrimas, cosa que
impresionaba más por
tratarse de un roble, y
anegado en lágrimas
estuvo hasta el último
momento. “Nada más
triste que un titán que
llora”, escribió Rubén
Darío. Pero ¿quién de
nosotros no lloró esa
noche? A uno lo palmeó
el queridísimo
Arquímides, para
consolarlo, quizá sin
darse cuenta de que
también él estaba
llorando; y a otro el
poeta Eliseo Diego, casi
de su misma edad, lo
abrazó musitándole:
“Hijo”. Varias manos
hicieron aquella
madrugada esta
“Declaración del Consejo
de Dirección de la Casa
de las Américas”:
Escribimos estas
palabras en medio de una
de las mayores
pesadumbres de nuestra
vida; estas palabras
que, por primera vez en
muchos años, Haydée
Santamaría no podrá
leer, antes de que vayan
a la imprenta, opinando
sobre esta o aquella
idea, pidiendo suavizar
una palabra que podría
lastimar a un amigo,
observando con ojo de
extraña luz la grieta o
el error que había
escapado a otros. Como
en todos los casos así,
nos parece inconcebible
que su nombre, tan
fragante y hermoso, no
sea ya el de una persona
viva. Pero, como en
rarísimos casos,
tenemos la certidumbre
de que su tránsito por
la existencia fue el de
una criatura
excepcional, que tenía
de volcán y de flor, la
belleza de un ciclón o
de un amanecer en el
monte, la insólita
capacidad de combatir
amando, de amar con la
terrible intensidad del
combate. Otros
conocieron el privilegio
de estar junto a ella en
el Moncada, en la Sierra
o en la lucha
clandestina. Ya era una
figura sagrada de
nuestra historia cuando
la Revolución le
encomendó hacer la Casa
de las Américas. Y con
la misma pasión, el
mismo fuego y la misma
ternura que puso en
todo, hizo la Casa de
las Américas, de la que
fue la cabeza y el
corazón. Cuando ya no
podía ser la guerrillera
que en cierta forma no
dejó nunca de ser, se
hizo respetar y querer
por los escritores y
artistas de toda nuestra
América. Los más
creadores entre ellos,
los más imaginativos y
más fieles la
entendieron: entendieron
y escucharon con
devoción a aquella
campesina que no fue a
universidades ni
institutos, y se sabía
acompañada por pinturas,
traspasada por músicas,
porque era toda
sensibilidad. Esa
sensibilidad la llevó a
la Revolución y ella
llevó a la Revolución a
centenares, a millares
de hombres y mujeres.
Como en unos versos
desgarradores de la
Mistral, que en su caso
adquieren nuevas
razones, “tenía el
corazón entero a flor de
pecho”. Solo estando
fuera de sí pudo haber
segado su propia vida. Haydée más que nadie
sabía que no le
pertenecía. Que
pertenecía a la
Revolución, al pueblo de
esa América nuestra cuya
evocación le nublaba los
ojos y le encendía el
alma. Es necesario decir
que estará con nosotros,
en nosotros. Así es.
Pero desde ahora somos
más pobres, aunque nos
acompaña para siempre el
honor de haber trabajado
bajo su guía, bajo su
aliento, que seguimos
sintiendo, orgullosos y
entrañablemente
conmovidos, a nuestro
lado.
Y al día siguiente el
Comandante de la
Revolución Juan Almeida,
tan cercano a ella, ante
los más altos dirigentes
de la Revolución y una
enorme cantidad de
pueblo que se había ido
sumando al cortejo
mientras caminábamos
tras el féretro, dijo
ante su tumba palabras
tan justas, dolorosas y
bellas como estas:
Queridos compañeros:
Ningún deber más penoso
y más triste que el que
nos corresponde cumplir
en la tarde de hoy.
Aquí hemos venido a
despedir a quien fue una
apasionada combatiente
de nuestra Revolución
desde los días más
lejanos y difíciles; a
una compañera entrañable
y querida para todos
nosotros y para todo el
pueblo; a una figura de
incalculable prestigio
internacional, que se
convirtió por sus
méritos y por su
tesonera labor en una
destacada representante
del heroísmo, la
historia, el espíritu
de lucha y el
sentimiento de
solidaridad de Cuba
revolucionaria.
Haydée Santamaría ocupa
por derecho propio un
lugar imborrable en la
Revolución Cubana. Por
eso son doblemente
amargas estas
circunstancias en que se
ha producido su
desaparición.
Haydée fue uno de
aquellos jóvenes que
desde el mismo golpe
del 10 de marzo
comenzamos a buscar un
camino nuevo para la
redención de Cuba, y lo
encontramos al lado de
Fidel. Cuando no
teníamos nada todavía,
ni armas, ni dinero, ni
renombre público; cuando
no contábamos
prácticamente con otra
cosa que no fueran
nuestros sueños y
nuestros deseos de
luchar, ya ella se
convirtió, junto a su
hermano Abel, en un
puntal del movimiento
revolucionario que
nacía. [ ... ]
Los que la conocimos de
cerca sabíamos que las
heridas del Moncada
nunca acabaron de
cicatrizar en ella. Pero
sobre todo, en los años
más recientes, la
compañera Haydée venía
sufriendo un progresivo
deterioro de su salud.
En adición a esto, hace
algunos meses sufrió un
accidente
automovilístico que casi
le cuesta la vida, lo
que agravó aún más su
estado, tanto físico
como psíquico. Solo
estas circunstancias,
que la llevaron sin duda
al extremo de perder el
dominio sobre sí misma,
pueden explicar que una
figura de su jerarquía
histórica y
revolucionaria, con tan
altos méritos ante la
Patria y el socialismo,
cuyo temple se puso a
prueba en los más
difíciles y heroicos
momentos de nuestra
lucha, haya podido
consumar la trágica
determinación de
privarse de la vida.
Por eso, este doloroso
final no podrá
empalidecer sus
virtudes, ni la fuerza
de su ejemplo
revolucionario, ni el
legado que deja a
nuestras nuevas
generaciones y, en
especial, a la mujer
cubana.
No la recordamos en su
trágico minuto final. La
recordaremos junto a
Abel y a Fidel en la
preparación del
movimiento
revolucionario. La
recordaremos como
combatiente de la Sierra
y del llano. La
recordaremos como
constructora de nuestra
nueva Patria. La
recordaremos en su
ejemplo de combatividad,
de laboriosidad, de
sencillez y de entrega
total a la causa del
socialismo y del
internacionalismo. Y en
ese ejemplo renovaremos
nuestras energías los
que debemos continuar
adelante, cumpliendo el
deber con la Patria y
con la Revolución. [...]
Cinco años después, la
revista Casa
volvió a dedicar a
Haydée un editorial del
que tomo estas líneas:
El 28 de julio de 1980,
el último de los
revolucionarios
torturados a raíz del
asalto al cuartel
Moncada, veintisiete
años atrás, falleció de
resultas de esas
torturas. Aquel día
acabó de entregar lo que
le quedaba de vida
Haydée Santamaría. Así
lo han visto grandes
compañeros suyos. En
julio de 1953 la habían
herido de muerte: no con
bala, sino con maldad,
para glosar a su
amadísimo Martí. ¿Será
necesario volver a
evocar ahora aquella
maldad, aquellos “golpes
como del odio de Dios”
que diría Vallejo? [...]
Pero “las heridas del
Moncada”, como expresó
el compañero Almeida,
“nunca acabaron de
cicatrizar en ella”. Por
el contrario: aun en
medio de la victoria, de
la alegría, de la
creación, de nuevas
batallas estimulantes,
siguieron abriéndose
como una grieta que al
cabo la devoró,
arrastrándola a una
enfermedad síquica de la
que también se muere,
como se muere en el
combate de las armas o
comido por otras
enfermedades, físicas,
que tampoco le
escasearon a Haydée. De
las sombras a que empezó
a ser arrojada en 1953
salió la mano que la
asesinó en 1980. ¿Era la
suya? ¿O no era más bien
una de aquellas manos
bestiales que castraban
novios y arrancaban
ojos de hermanos, vivos,
y sembraron en una
muchacha valiente y pura
y fuerte y frágil una
semilla que enturbiaría
luego su razón?
Los que en sus últimos
tiempos, día a día, la
vimos marchar sin
saberlo, como un
personaje de tragedia,
hacia un patíbulo que la
esperaba inexorable en
el pasado; sus
compañeros de tantos
frentes, y entre ellos
de la Casa que dio a luz
como a otro hijo,
orgullosos y agradecidos
por cuanto nos enseñó,
inconsolables por cuanto
la enfermedad —no ella,
que para entonces
prácticamente no existía
ya— nos quitó, le
rendimos hoy, de nuevo,
nuestro homenaje
conmovido, trayendo aquí
páginas de ella, o sobre
ella, hechas con verdad
y belleza por algunos de
sus incontables
compañeros de lucha y
por algunos de los no
menos incontables
soñadores que tuvieron
el privilegio de su
cercanía.
Incluso durante su vida,
pero sobre todo desde su
muerte, se han venido
publicando textos
espléndidos sobre
Haydée, dando razón a
las palabras de quien
más identificada estuvo
con ella en la Casa,
pues con ella la fundó,
Marcia Leiseca, quien al
hablar en el vigésimo
aniversario de la
revista Casa de las
Américas dijo:
Haydée: no habrá
reunión, evento o
aniversario de esta, tu
Casa, en que no esté
presente con nosotros tu
imagen luminosa. Tu vida
de guerrillera indomable
del Moncada, de la
Sierra, del llano y del
exilio es parte de
nuestra historia. Tu
personalidad será
recreada por los
artistas y se convertirá
para nuestros hijos y
las generaciones futuras
en una hermosa leyenda,
uno de esos mitos
deslumbrantes que los
pueblos enriquecen en su
imaginación.
Para nosotros [siguió
diciendo Marcia], Haydée
era parte de nuestra
vida cotidiana. Nos
parecían naturales su
paso ligero y veloz, sus
monólogos, su permanente
rebeldía, su hablar a
veces vago y reposado,
su mirada perdida en un
horizonte al que no
alcanzábamos, su
imaginación desbordada,
su infinita ternura, y
la exuberancia de su
pensamiento y su
lenguaje. En estos y
otros rasgos
vislumbrábamos que nada
en ella era gratuito,
porque al desbrozar el
camino siempre
aprendíamos una profunda
verdad o un hecho de la
más genuina justicia.
Tuvimos el privilegio de
conocerla íntimamente,
de quererla, de
compartir una etapa en
la vida de este ser
excepcional hecho para
las grandes cosas, para
las más puras y nobles
pasiones, para crecerse
ante las más difíciles
situaciones o los más
delicados y complejos
problemas.
De su extraordinaria
sensibilidad surgió
espontáneamente su
pasión por el arte, y de
su formación y fervor
martianos su amor por
nuestra América. Tuvo el
don del verdadero
dirigente: ser capaz de
sacar de cada cual sus
mejores cualidades. Eso
le permitió integrar un
equipo de trabajo donde
nunca afloró la
mediocridad y sí, por el
contrario, lo mejor de
la condición humana.
Unió esa fuerza y con
ella se hizo día a día
esta Casa, lentamente,
sedimentando logros y
rectificando errores.
Es totalmente imposible,
en el escaso tiempo de
que disponemos,
transcribir todo lo que
de ella se ha dicho:
tarea que, ciertamente,
es menester hacer
pronto. De cuánto texto
hermoso tendremos que
prescindir aquí: que,
además de las que ya se
han citado, los
representen (no hay otra
alternativa) unas
cuantas líneas. Por
ejemplo, estas de
Mario
Benedetti, caliente
todavía la noticia
tremenda:
Muchos escribirán, ahora
y después, y con todo
derecho, sobre su gesta
heroica, sobre su
función de dirigente,
sobre su estilo de
trabajo. Pero en estas
horas, que pesadamente
continúan la escueta
noticia de su muerte,
quiero destacar por fin
el rasgo suyo que, a
través de tantos años de
convivencia, camaradería
y trabajo compartido, me
impresionó más
hondamente: su bondad,
que era tan invencible
como su coraje. Vaya a
saber por qué extrañas
conexiones, ese atributo
es el que hoy más me
conmueve en relación con
esta muerte. A fin de
cuentas, ya lo había
dicho su admirado Martí:
“¡Duele mucho en
la tierra un alma
buena!”
Recordar a Haydée es
contemplar el paso de un
relámpago, escuchar la
crepitación de bosques
incendiados. Así quedó
su imagen en nosotros.
No la de estéril
serenidad sino la del
bullir quemante. Fuego y
luz.
La empezamos a conocer
un día de 1957, en que
sus ojos se mojaron al
hablarnos de Jesús
Menéndez, el negro
trabajador de su
juventud temprana en la
Encrucijada natal. Años
más tarde, la vi
expresarse con idéntico
ardor, ahora acrecido,
cuando perdimos al Che.
Y una noche de julio 25
descubrí, a los veinte
años del Moncada, que la
alegría de las
realizaciones evidentes
que justifican la muerte
de los héroes no había
sido capaz de curarle
aquella socarradura que
aún la desgarraba.
Llevó su pasión ardida a
todo lo que hizo, en el
Moncada, en el Partido y
en la Casa, su obra
perdurable. Se lanzaba a
hablar como quien desata
un torbellino, como si
la palabra no le
surtiera de la mente
—que tan bien sabía
usar— sino le brotara de
los “redaños del alma”
unamunescos. Lo suyo no
fue nunca argumento
—aunque sí razonaba con
lucidez— sino pelea. Al
oírla hablar de
literatura, de arte,
disintiendo más de una
vez de sus juicios, se
recordaba aquella
designación tan acertada
de la cultura no como un
cúmulo de datos sino
como expresión interna
de un modo de ver las
cosas. No requirió ni de
la Universidad ni de la
Academia —de las que no
renegamos nunca, pese a
sus frutos con
frecuencia infértiles—
para hablar de los
griegos, de Miguel Ángel
o de Picasso. Los
manejaba con sabia,
intuitiva comprensión,
la misma que generó
muchos de sus vivaces
criterios políticos
sobre los complejos
problemas de la creación
revolucionaria que la
tuvo como protagonista
excepcional.
Permanece entre
nosotros, sentimos
siempre su fuego y su
luz. Escuchamos el
crepitar de troncos y el
suave rumor de sus
palabras de ternura.
Ya que es necesario
concluir, voy a hacerlo
leyendo directamente al
corazón de cada una, de
cada uno de ustedes el
que me parece el poema
más hermoso que hasta
ahora se le haya escrito
a Haydée, habiendo entre
ellos textos excelentes.
Quizá no es extraño que
sea de otra mujer, que a
su manera es otra gran
mujer: Fina García
Marruz, quien a pocos
días del 28 de julio de
1980 escribió “En la
muerte de una heroína de
la Patria”, cuyos versos
Sara González (en la
línea de esos otros
hijos de Haydée que son
artistas como Silvio
Rodríguez, Pablo
Milanés, los del Grupo
Moncada y tantísimos
más) convertiría en
canción íntima y
multitudinaria como fue,
como es Haydée
Santamaría:
Pónganle a la suicida
una hoja en la sien.
Una siempreviva en el
hueco del cuello.
Cúbranla con flores,
como a Ofelia.
Los que la amaron, se
han quedado huérfanos.
Cúbranla con la ternura
de las lágrimas.
Vuélvanse rocío que
refresque su duelo.
Y si la piedad de las
flores no bastase
Díganle al oído que todo
ha sido un sueño.
Ríndanle honores como a
una valiente
Que perdió sólo su
última batalla.
No se quede en su hora
inconsolable.
Sus hechos, no vayan al
olvido de la yerba.
Que sean recogidos, uno
a uno;
Allí donde la luz no
olvida a sus guerreros.
*Palabras leídas en el
Museo de la Revolución,
La Habana, el 24 de
julio de 1991.
Texto incluido en
Recuerdo a, de
Roberto Fernández
Retamar, Ediciones UNIÓN,
La Habana, 1998. Pp.
7998. |