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A muchos nos invitaron pero pocos
asistimos. Suele ocurrir en estos casos.
Estoy hablando de los 30 años del
Instituto Superior de Arte de La Habana
y su acto de graduación en el céntrico
Teatro Mella.
Confieso que estuve a punto de faltar.
En el verano de Cuba
—que
adoro aunque me derrita de calor—
no suelo ponerme zapatos con medias en
días entre semanas. No me gusta hacerlo
de noche, menos a las diez de la mañana,
hora en que se programó "la actividad".
Al final fui y me alegro de haberlo
hecho. Saludé, recordé, hasta me
emocioné por momentos.
Claro que en los discursos no caben las
pequeñas anécdotas, los duros
desencuentros, el gustoso confluir de
las ilusiones de artistas plásticos,
músicos, gente de teatro…
Estas escuelas de Cubanacán, que
arrancaron en 1961 y 20 años después se
proclamarían como Universidad, han sido
y son el sueño de todos los que alguna
vez aspiraban al arte profesional. Ya se
sabe que su arquitectura es preciosa. Me
encanta saludar a Gotardi
—arquitecto
italiano supercubanizado y padre de una
amiga—
que fue uno de los tres maestros de ese
conjunto de obras emblemáticas.
Me regalaron un libro. Y no me tocó en
suerte un título cualquiera. Nada menos
que la Poesía de Vallejo, editada
por Casa de las Américas. He tenido
varios y siempre desaparecen de nuestro
librero. En mi entusiasmo lo presto o lo
regalo.
La presea por veterano, el obsequio por
estar entre los pioneros de la
Universidad del Arte
—el
ISA a nivel familiar—
lo releí muy cerca de mi madre, en una
tarde de soberbio aguacero tropical. Muy
coherente todo. Por la existencia de
poetas como Vallejo, Lorca o Miguel
Hernández pudo un muchacho de campo, un
tipo tan de a pie, encaminarse en esta
aventura de la creación artística. |