Año IX
La Habana
17 al 23
de JULIO
de 2010

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Aléjame de los corazones amables

Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974)

 

Su primera opción era pasar la noche llorando.

La segunda, salir a matar a alguien.

Cristal miró la superficie de su buró, erosionada por tantos nombres acuchillados, picotazos de tachuelas, salpicaduras de lluvia.     

En estos mismos momentos, la lluvia insistía, como cada mayo, en violar su ventana y ahogarla. Las gotas se rompían sobre el buró y le salpicaban la cara.

Al alcance de la mano derecha, una cajita de servilletas para lloronas profesionales.

Las lloronas siempre son profesionales. Como los mentirosos y los apóstoles. Es el orden natural del mundo.

Al alcance de la mano izquierda, una navaja para asesinos aficionados.

Los asesinos siempre son aficionados. En realidad, ser simples aficionados es lo que los convierte en asesinos.

La tercera opción, la más luminosa, la más sencilla:

Salir a buscar a Marlin, matarlo y pasar la noche llorando sobre su cadáver.

Cristal cogió las servilletas y la navaja. 

Las cuatro esquinas del parque estaban funcionando.

Por allí, las chicas Vogue. Se movían como en transición de una foto a otra. Todo en ellas tenía marca. Las ropas, los cosméticos, el perfume. Ellas mismas tenían marca. Eran las chicas Vogue. No era una esquina de la que pudieras sacar mucho provecho, a menos que llegaras en un Volvo o un Ferrari. A menos que vistieras de marca. Ropa, zapatos, colonia de afeitar. Y billetera. A menos que tú mismo/a fueras una foto. Dieta, fitness, corte de pelo. Eran las chicas Vogue. Y no dejaban de sonreír ni aunque las bañaras en ácido.

Por allá, los chicos malos. Bíceps tatuados, dedos en la trabilla, cigarrillo en la comisura. Aprendices de River Phoenix y el Kevin de los Backstreet. Con el paquete bien acentuado bajo los jeans, y las nalgas apretadas. Con los ojos de Humphrey Bogart, buscando de soslayo a una Ingrid Bergman a quien amar y odiar y amar de nuevo. O a un Marlon Brando. Eran los chicos malos. Acero niquelado en el saludo, miel y pétalos entre las sábanas. Les infants fatales. Sus sonrisas parecían tener siempre más dientes que los admitidos por la biología.

Más allá, las perdedoras. Casi nunca salían del parque. No hacía falta. Un oral entre los arbustos por unos pesos. Una manual, una corrida, unos besos escatológicos por unos pesos. Algunas eran dominatrix aficionadas; cuero sintético y brazaletes con tachuelas. Otras, niñas del hentai aficionadas; trenzas con lazos, camisitas blancas, falditas a cuadros. Ninguna era profesional. Eran perdedoras. Si querías ser amado/a por un minuto y honestamente, por unos pesos, aquella era la esquina. No se admitían devoluciones. Eran las perdedoras. Con tanto creyón de labios, sus sonrisas eran muecas de payasos. Unos graciosos payasos, muñecas baratas a la luz de la luna.

Y más allá, los Marlins.

Héroes del transformismo, eran nuestros compañeros de clase, de oficina, de maquinaria en la fábrica. Eran nuestros vecinos, maestros, doctores y familiares. Con la sola industria de su imaginación —y la nuestra—, se convertían en las diosas por las que esperamos toda la vida. Sensuales, intimidantes, altivas, vulnerables. Eran los Marlins. Su porte hubiera enverdecido a la Monroe. Mejor imposible. Podían ser caros o baratos. Podían estar solo en exhibición. El precio solía implicar un pedazo de tu corazón amable, y no siempre les sentaba bien el sabor de tu tejido cardiaco. Eran los Marlins. Su esquina era la única donde el producto elegía al cliente, al menos en aquella ciudad. Sus sonrisas eran odiadas porque eran de lástima por el prójimo. Y el prójimo prefería seguir de largo. Casi siempre.

Dirigiéndose a ellos, Cristal pensaba que fue un error no seguir de largo, tres noches atrás. En un bolsillo llevaba las servilletas, en otro, la navaja; no sabía cuál de los dos bolsillos le pesaba más.

—¿Dónde está Marlin? —preguntó al primer Marlin.

—Tu Marlin no vino hoy —respondió otro Marlin, que peinaba al primero.

—Debe estar en casa de su Marlin, te acuerdas, el rubio —terció un Marlin que se arreglaba las medias—. Sabes que son muy amigos. Cuando uno no viene, el otro tampoco.

—Qué lindo, eso —suspiró un Marlin, por allá desde otro banco, mirando al cielo con ojos de cielo enamorados del cielo.

—¿Sabes dónde es? —le preguntó a Cristal un Marlin con tacones tan finos como un cabello, y hombros y bíceps tan anchos como una autopista.

—Sí, yo sé —dijo ella, y se fue.

Los Marlins agitaron las manos a sus espaldas, sonrientes. 

—¿Estás buscando a alguien?

—Y tú, ¿eres alguien? Ni siquiera pareces saber tu propio sexo.

—Yo sí lo sé muy bien. El tercer sexo. La quinta pata del diablo. La séptima estrella de Acuario… Tú eres la que se me antoja perdida. ¿Cómo te llamas?

—Cristal.

—Por eso. Eres transparente. Se puede ver todo el mundo a través de ti… No, espérate, no te vayas. La verdad es que a través de ti todo se ve más bonito.

Y un silencio largo, sentados juntos en el banco, hasta que él dijo lo de la fiesta:

—Es aquí cerca. Nunca has estado en una fiesta así.

—¿Qué tiene de especial?

—Que nunca has ido estado en ella. Vamos, no va a pasar nada.

Y Cristal, tras una vida deseando que pasara algo, y temiéndolo a la vez, aceptó.

—Pasen, pasen —decía aquel Marlin pelirrojo y lleno de coloretes—. El baño, por allá al fondo. El balcón, a la derecha. Las botellas y los soft drinks en la cocina. En el cuarto hay una sesión de fotos. La noche está divina.

—Bailemos —dijo Marlin. 

Bailar.

Frente a frente, como ante un espejo, sin un roce. Serpientes sin sombra, sudores brillantes, pupilas contra pupilas.

Y de súbito, la mano de Marlin en su mejilla. Eso fue todo.

—Vámonos —dijo ella—. Llévame a otra parte.

—¿Para qué?

—Quiero ver cómo te quitas la ropa. Quiero ver cómo te la pones. Quiero ver eso. 

El Marlin rubio la miró desde sus sábanas sudadas:

—Él no está aquí.

—¿No tienes miedo de que te asalten? Deberías cerrar esa puerta —replicó ella, y buscó un lugar donde sentarse. Le dolían los pies. Eligió el piso. Desde lo oscuro bajo la cama, dos ojos verdes la estudiaron sin simpatía.

—¿Qué hora es? —preguntó él.

—Es de noche.

—Otra vez de noche.

Con el mismo tono podía haber dicho “otra vez estoy muerto” u “otra vez estoy vivo”. Para aquel Marlin, la noche y el día parecían ser ya solo míticos, legendarios estados del universo conocido. Como decir “adiós y buena suerte” o “nos volveremos a ver”. Certezas tan sólidas como una moneda de plomo lanzada al sol.

—¿Por qué duermes tanto?

—A veces no es así. A veces no duermo.

—¿Por qué?

—Es como un ciclo… Primero es el miedo a dormir, quiero decir, a intentar dormir. Pones la cabeza en la almohada, y empiezas a pensar, a recordar, a recomerte el hígado. Así que te levantas y sigues en pie. Un día, dos, tres… Hasta que caes, y entonces la salvación está del otro lado, en el sueño. Todo parece tan bien allí, tan lógico, tan… Y duermes un día, dos, tres… Hasta que recuerdas que tienes que comer, cagar, y dejar que el sol te trabaje un poco en la clorofila.

—Las personas no tenemos clorofila.

—Sí la tenemos, por eso nos comen los bichos.

—¿Cuándo fue la última vez que lavaste esas sábanas?

—¿Cuándo fue la última vez que eso te importó?

Cristal extendió una mano hacia lo oscuro bajo la cama. Los ojos verdes parpadearon alertas, y la siguieron mirando.

—No le caigo bien —se quejó ella.

—A mí tampoco —regañó el Marlin rubio—. Vete, hazme el favor.

—Tú quieres que me vaya porque sabes que él va a venir.

—Tú no sabes nada. Y él no va a venir.

—No importa. Tengo tiempo.

El Marlin rubio se removió, como buscando una comodidad imposible.  

Las calles frías, un zaguán maloliente, unas escaleras, una puerta, y un Marlin rubio en una cama resudada.

Marlin ignoró al otro Marlin, y por eso Cristal también lo ignoró.

—¿Ahora? —preguntó él.

Ella asintió.

El Marlin rubio se incorporó sobre un codo, interesado.

Pies que se deshacen de los zapatos. Dedos que penetran las medias y las arrancan de las piernas. Buscar el zípper a la espalda. Dejar caer el vestido negro, soltar el pelo.

Tragar saliva.

Bajar los tirantes del ajustador. Retirar los rellenos. Soltar la prenda.

Tragar saliva.

Pulgares en el elástico de los blúmers. Virarse de espaldas, con sonrisa juguetona. Bajar el blúmer, una pierna, la otra. Al inclinar el torso, la escalerilla de la columna vertebral bajo la lisa espalda.

Tragar una saliva ya agotada. Acercarse, tocar esa espalda, buscar la nuca con los labios.

Huir.

—¿Qué estás haciendo?

Ella no supo qué decir.

Él se había alejado un paso:

—¿Me visto, ahora?

—No, todavía no.

—¿Me quito el maquillaje?

—No, no te lo quites.

El Marlin rubio, desde sus sábanas grises, afirmó:

—Yo sé lo que ella quiere ver.

Marlin pestañeó. Solo eso.

—Y tú también lo sabes —insistió el otro—. Como quieras.

—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Marlin.

Ella asintió, sin saber qué era de verdad lo que quería, sin saber siquiera que asentía.

Él se sentó en la cama. El otro Marlin se incorporó aún más, y la miró desde el hombro de él.

Él no la miraba.

Un Marlin y otro Marlin. Serpientes entrelazadas. Serpientes en duelo mortal.

Veneno sudado a flor de dientes.

Serpientes. Serpientes.

—Puedes tirar fotos, si trajiste cámara —dijo el Marlin rubio—. Pero te va a costar, ¿sabes?

Serpientes.

Y ella regresó corriendo a las calles frías.  

El Marlin rubio movió la cabeza, como diciendo “no”, repetidamente:

—No puedes hacer esto. Puedes llegar, visitar, hacer turismo. Pero no puedes meterte en una vida que no te toca. Tu mundo. Nuestro mundo. No puedes mezclarlos.

—Tú no eres quién para decirme lo que puedo y lo que no puedo hacer.

—Y tú no eres quién para saberlo.

—Ve a buscarlo, dile que venga. Por favor. ¿Por qué eres así? Yo solo quiero verlo. Nada más que eso. Tú no eres su dueño.

—Nadie es dueño de nadie —dijo él—. La vida no es perfecta… ¿Por qué tuviste que venir? ¿Para qué? Todo estaba muy bien antes de que aparecieras. Desde esa noche, él… Él no quiere tocarme. Él no ya quiere.

—¿Dónde está? Tú lo sabes. Dímelo.

El Marlin rubio sonrió con tristeza y cerró los ojos. 

Marlin a la puerta de su casa:

—¿Estás sola?

—Sí, estoy sola. ¿Para qué viniste?

—Te estuve buscando todo el día. ¿No te importa eso? Pregunté a mucha gente…

—Vete.

—No.

—Que te vayas.

Sin respuesta, el empujón, el portazo, el abrazo, los dedos como anzuelos en la piel, la espalda contra el piso, las manos resueltas invadiendo, golpeando.

—Marlin, por favor.

—No soporto las verdades a medias, Cristal. Déjame enseñarte cómo soy.

La carne hendida en la carne. Los labios mordidos. Carne y dientes, solo eso. Y el piso frío y duro, y los ojos de animal.

Luego, la carne sin la carne. Ajustar las ropas. Evitar la colisión de las pupilas.

—No te vayas.

—Me voy.

—Mañana voy al parque, a buscarte.

—No, no vayas.

—Voy a ir.

—Entonces, yo no voy.

—Marlin, ¿qué te pasa?

—No me busques, no tenemos nada que ver.

—Entonces, ¿esto qué carajo fue?

—No sé. No vayas a buscarme, no voy a estar.

El portazo leve, el piso frío, tragar saliva llena de Marlin, la carne llena de Marlin, llena pero insatisfecha, nada es para siempre si no es eterno. 

—¿Él siempre juega así con la gente? —preguntó ella.

—Él nunca juega. Él usa. Él te usa.

—Tú lo usas a él.

—Y tú a él también. Some of them want to use you. Some of them want to be used by you. Todos somos muñecos. Pero nadie quiere ser como el otro. ¿Quieres usarme? —el Marlin rubio hizo ademán de apartar las sábanas.

—No, quédate ahí.

—¿Vale la pena? ¿Vale la pena, Cristal? Te llamas Cristal, ¿no? Dime, ¿vale la pena?

Ella misma no estaba ya tan segura. Se palpó los bolsillos. Las servilletas le parecieron muy estúpidas. También la navaja.

—Eres muy estúpida —dijo él.

Los ojos verdes bajo la cama pestañearon. Cristal escuchó un bufido, luego un gruñir. El animal salió de su refugio y se dirigió a otro rincón de la habitación. Las huellas rojas que dejaba en el piso se veían casi negras.

Cristal soltó una carcajada.

El Marlin rubio, envuelto en sus sábanas, se estremeció, pero no la miró:

—Lo mejor que puedes hacer es irte para tu casa. No trates de quemar el sol con un fósforo. ¿Me estás oyendo?

Cristal respondió con algo muy parecido a un gemido.

—Es como si buscaras agua en el desierto —seguía él—. No tenemos nada que te sirva. Nada que te podamos dar.

Otro gemido.

—Tu única solución es buscarte una esquina, ponerte un precio, como hace todo el mundo. O acostumbrarte a pagar… ¿Sabes? Ese es tu problema. No quieres pagar por nada de lo que quieres tener. Y eso así no funciona… ¿Me estás oyendo?

—Sí, te estoy oyendo —respondió ella, muy bajito.

—Pues qué bien.

—Pero ya estoy en el desierto, y no puedo salir de él —dijo ella, más bajito aún.

Él soltó una risita. Luego se calmó, y dormitó un rato.

Cuando abrió los ojos, el cielo ganaba claridad.

Miró al piso. Ella seguía sentada, cabizbaja y quieta.

El Marlin rubio abandonó sus sábanas, recogió la navaja, encontró las servilletas, y, pisando sobre la sangre, empujó el cuerpo con los pies. Lo metió bajo la cama, junto al otro cuerpo, y volvió a acostarse.

Abrió una servilleta, la colocó sobre su cara, olió.

El sol ya empezaba a entrar por la ventana.

—Otra vez de día —dijo en voz alta, como si regañase a alguien, y se tapó la cabeza con la sábana.


Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974). Narrador. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana (1998). Graduado del 2do Curso del Taller de Creación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Miembro de la UNEAC. Editor en Ediciones Extramuros, CPLL Ciudad de la Habana. Entre los premios recibidos destacan: Premio Cauce de narrativa (2001), Premio de cuento Hemingway (2002), Premio Cuentos de Amor (“La llama doble”, Las Tunas, 2004) Beca de Creación Fronesis (2005), Premio Calendario de Cuento (2006), Premio Calendario de Ciencia Ficción (2006) y Premio Cirilo Villaverde de la UNEAC (2008). Ha publicado Sol negro (Ediciones Extramuros, 2001), Niños de neón (Letras cubanas, 2001), Veredas (Ediciones Extramuros, 2006), Dioses de neón (Letras cubanas, 2006), Dopamina, sans amour (Casa Editora Abril, 2008) y Enemigo sin voz (Casa Editora Abril, 2008). Ha sido incluido en más de veinte antologías nacionales e internacionales en países como Italia, España, Brasil, Argentina, México y Estados Unidos.

 

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