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Su primera opción era pasar la noche
llorando.
La segunda, salir a matar a alguien.
Cristal miró la superficie de su buró,
erosionada por tantos nombres
acuchillados, picotazos de tachuelas,
salpicaduras de lluvia.
En estos mismos momentos, la lluvia
insistía, como cada mayo, en violar su
ventana y ahogarla. Las gotas se rompían
sobre el buró y le salpicaban la cara.
Al alcance de la mano derecha, una
cajita de servilletas para lloronas
profesionales.
Las lloronas siempre son profesionales.
Como los mentirosos y los apóstoles. Es
el orden natural del mundo.
Al alcance de la mano izquierda, una
navaja para asesinos aficionados.
Los asesinos siempre son aficionados. En
realidad, ser simples aficionados es lo
que los convierte en asesinos.
La tercera opción, la más luminosa, la
más sencilla:
Salir a buscar a Marlin, matarlo y pasar
la noche llorando sobre su cadáver.
Cristal cogió las servilletas y la
navaja.
Las cuatro esquinas del parque estaban
funcionando.
Por allí, las chicas Vogue. Se movían
como en transición de una foto a otra.
Todo en ellas tenía marca. Las ropas,
los cosméticos, el perfume. Ellas mismas
tenían marca. Eran las chicas Vogue. No
era una esquina de la que pudieras sacar
mucho provecho, a menos que llegaras en
un Volvo o un Ferrari. A menos que
vistieras de marca. Ropa, zapatos,
colonia de afeitar. Y billetera. A menos
que tú mismo/a fueras una foto. Dieta,
fitness, corte de pelo. Eran las chicas
Vogue. Y no dejaban de sonreír ni aunque
las bañaras en ácido.
Por allá, los chicos malos. Bíceps
tatuados, dedos en la trabilla,
cigarrillo en la comisura. Aprendices de
River Phoenix y el Kevin de los
Backstreet. Con el paquete bien
acentuado bajo los jeans, y las nalgas
apretadas. Con los ojos de Humphrey
Bogart, buscando de soslayo a una Ingrid
Bergman a quien amar y odiar y amar de
nuevo. O a un Marlon Brando. Eran los
chicos malos. Acero niquelado en el
saludo, miel y pétalos entre las
sábanas. Les infants fatales. Sus
sonrisas parecían tener siempre más
dientes que los admitidos por la
biología.
Más allá, las perdedoras. Casi nunca
salían del parque. No hacía falta. Un
oral entre los arbustos por unos pesos.
Una manual, una corrida, unos besos
escatológicos por unos pesos. Algunas
eran dominatrix aficionadas;
cuero sintético y brazaletes con
tachuelas. Otras, niñas del hentai
aficionadas; trenzas con lazos,
camisitas blancas, falditas a cuadros.
Ninguna era profesional. Eran
perdedoras. Si querías ser amado/a por
un minuto y honestamente, por unos
pesos, aquella era la esquina. No se
admitían devoluciones. Eran las
perdedoras. Con tanto creyón de labios,
sus sonrisas eran muecas de payasos.
Unos graciosos payasos, muñecas baratas
a la luz de la luna.
Y más allá, los Marlins.
Héroes del transformismo, eran nuestros
compañeros de clase, de oficina, de
maquinaria en la fábrica. Eran nuestros
vecinos, maestros, doctores y
familiares. Con la sola industria de su
imaginación —y la nuestra—, se
convertían en las diosas por las que
esperamos toda la vida. Sensuales,
intimidantes, altivas, vulnerables. Eran
los Marlins. Su porte hubiera
enverdecido a la Monroe. Mejor
imposible. Podían ser caros o baratos.
Podían estar solo en exhibición. El
precio solía implicar un pedazo de tu
corazón amable, y no siempre les sentaba
bien el sabor de tu tejido cardiaco.
Eran los Marlins. Su esquina era la
única donde el producto elegía al
cliente, al menos en aquella ciudad. Sus
sonrisas eran odiadas porque eran de
lástima por el prójimo. Y el prójimo
prefería seguir de largo. Casi siempre.
Dirigiéndose a ellos, Cristal pensaba
que fue un error no seguir de largo,
tres noches atrás. En un bolsillo
llevaba las servilletas, en otro, la
navaja; no sabía cuál de los dos
bolsillos le pesaba más.
—¿Dónde está Marlin? —preguntó al primer
Marlin.
—Tu Marlin no vino hoy —respondió otro
Marlin, que peinaba al primero.
—Debe estar en casa de su Marlin, te
acuerdas, el rubio —terció un Marlin que
se arreglaba las medias—. Sabes que son
muy amigos. Cuando uno no viene, el otro
tampoco.
—Qué lindo, eso —suspiró un Marlin, por
allá desde otro banco, mirando al cielo
con ojos de cielo enamorados del cielo.
—¿Sabes dónde es? —le preguntó a Cristal
un Marlin con tacones tan finos como un
cabello, y hombros y bíceps tan anchos
como una autopista.
—Sí, yo sé —dijo ella, y se fue.
Los Marlins agitaron las manos a sus
espaldas, sonrientes.
—¿Estás buscando a alguien?
—Y tú, ¿eres alguien? Ni siquiera
pareces saber tu propio sexo.
—Yo sí lo sé muy bien. El tercer sexo.
La quinta pata del diablo. La séptima
estrella de Acuario… Tú eres la que se
me antoja perdida. ¿Cómo te llamas?
—Cristal.
—Por eso. Eres transparente. Se puede
ver todo el mundo a través de ti… No,
espérate, no te vayas. La verdad es que
a través de ti todo se ve más bonito.
Y un silencio largo, sentados juntos en
el banco, hasta que él dijo lo de la
fiesta:
—Es aquí cerca. Nunca has estado en una
fiesta así.
—¿Qué tiene de especial?
—Que nunca has ido estado en ella.
Vamos, no va a pasar nada.
Y Cristal, tras una vida deseando que
pasara algo, y temiéndolo a la vez,
aceptó.
—Pasen, pasen —decía aquel Marlin
pelirrojo y lleno de coloretes—. El
baño, por allá al fondo. El balcón, a la
derecha. Las botellas y los
soft drinks en la cocina. En el
cuarto hay una sesión de fotos. La noche
está divina.
—Bailemos —dijo Marlin.
Bailar.
Frente a frente, como ante un espejo,
sin un roce. Serpientes sin sombra,
sudores brillantes, pupilas contra
pupilas.
Y de súbito, la mano de Marlin en su
mejilla. Eso fue todo.
—Vámonos —dijo ella—. Llévame a otra
parte.
—¿Para qué?
—Quiero ver cómo te quitas la ropa.
Quiero ver cómo te la pones. Quiero ver
eso.
El Marlin rubio la miró desde sus
sábanas sudadas:
—Él no está aquí.
—¿No tienes miedo de que te asalten?
Deberías cerrar esa puerta —replicó
ella, y buscó un lugar donde sentarse.
Le dolían los pies. Eligió el piso.
Desde lo oscuro bajo la cama, dos ojos
verdes la estudiaron sin simpatía.
—¿Qué hora es? —preguntó él.
—Es de noche.
—Otra vez de noche.
Con el mismo tono podía haber dicho
“otra vez estoy muerto” u “otra vez
estoy vivo”. Para aquel Marlin, la noche
y el día parecían ser ya solo míticos,
legendarios estados del universo
conocido. Como decir “adiós y buena
suerte” o “nos volveremos a ver”.
Certezas tan sólidas como una moneda de
plomo lanzada al sol.
—¿Por qué duermes tanto?
—A veces no es así. A veces no duermo.
—¿Por qué?
—Es como un ciclo… Primero es el miedo a
dormir, quiero decir, a intentar dormir.
Pones la cabeza en la almohada, y
empiezas a pensar, a recordar, a
recomerte el hígado. Así que te levantas
y sigues en pie. Un día, dos, tres…
Hasta que caes, y entonces la salvación
está del otro lado, en el sueño. Todo
parece tan bien allí, tan lógico, tan… Y
duermes un día, dos, tres… Hasta que
recuerdas que tienes que comer, cagar, y
dejar que el sol te trabaje un poco en
la clorofila.
—Las personas no tenemos clorofila.
—Sí la tenemos, por eso nos comen los
bichos.
—¿Cuándo fue la última vez que lavaste
esas sábanas?
—¿Cuándo fue la última vez que eso te
importó?
Cristal extendió una mano hacia lo
oscuro bajo la cama. Los ojos verdes
parpadearon alertas, y la siguieron
mirando.
—No le caigo bien —se quejó ella.
—A mí tampoco —regañó el Marlin rubio—.
Vete, hazme el favor.
—Tú quieres que me vaya porque sabes que
él va a venir.
—Tú no sabes nada. Y él no va a venir.
—No importa. Tengo tiempo.
El Marlin rubio se removió, como
buscando una comodidad imposible.
Las calles frías, un zaguán maloliente,
unas escaleras, una puerta, y un Marlin
rubio en una cama resudada.
Marlin ignoró al otro Marlin, y por eso
Cristal también lo ignoró.
—¿Ahora? —preguntó él.
Ella asintió.
El Marlin rubio se incorporó sobre un
codo, interesado.
Pies que se deshacen de los zapatos.
Dedos que penetran las medias y las
arrancan de las piernas. Buscar el
zípper a la espalda. Dejar caer el
vestido negro, soltar el pelo.
Tragar saliva.
Bajar los tirantes del ajustador.
Retirar los rellenos. Soltar la prenda.
Tragar saliva.
Pulgares en el elástico de los blúmers.
Virarse de espaldas, con sonrisa
juguetona. Bajar el blúmer, una pierna,
la otra. Al inclinar el torso, la
escalerilla de la columna vertebral bajo
la lisa espalda.
Tragar una saliva ya agotada. Acercarse,
tocar esa espalda, buscar la nuca con
los labios.
Huir.
—¿Qué estás haciendo?
Ella no supo qué decir.
Él se había alejado un paso:
—¿Me visto, ahora?
—No, todavía no.
—¿Me quito el maquillaje?
—No, no te lo quites.
El Marlin rubio, desde sus sábanas
grises, afirmó:
—Yo sé lo que ella quiere ver.
Marlin pestañeó. Solo eso.
—Y tú también lo sabes —insistió el
otro—. Como quieras.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó
Marlin.
Ella asintió, sin saber qué era de
verdad lo que quería, sin saber siquiera
que asentía.
Él se sentó en la cama. El otro Marlin
se incorporó aún más, y la miró desde el
hombro de él.
Él no la miraba.
Un Marlin y otro Marlin. Serpientes
entrelazadas. Serpientes en duelo
mortal.
Veneno sudado a flor de dientes.
Serpientes. Serpientes.
—Puedes tirar fotos, si trajiste cámara
—dijo el Marlin rubio—. Pero te va a
costar, ¿sabes?
Serpientes.
Y ella regresó corriendo a las calles
frías.
El Marlin rubio movió la cabeza, como
diciendo “no”, repetidamente:
—No puedes hacer esto. Puedes llegar,
visitar, hacer turismo. Pero no puedes
meterte en una vida que no te toca. Tu
mundo. Nuestro mundo. No puedes
mezclarlos.
—Tú no eres quién para decirme lo que
puedo y lo que no puedo hacer.
—Y tú no eres quién para saberlo.
—Ve a buscarlo, dile que venga. Por
favor. ¿Por qué eres así? Yo solo quiero
verlo. Nada más que eso. Tú no eres su
dueño.
—Nadie es dueño de nadie —dijo él—. La
vida no es perfecta… ¿Por qué tuviste
que venir? ¿Para qué? Todo estaba muy
bien antes de que aparecieras. Desde esa
noche, él… Él no quiere tocarme. Él no
ya quiere.
—¿Dónde está? Tú lo sabes. Dímelo.
El Marlin rubio sonrió con tristeza y
cerró los ojos.
Marlin a la puerta de su casa:
—¿Estás sola?
—Sí, estoy sola. ¿Para qué viniste?
—Te estuve buscando todo el día. ¿No te
importa eso? Pregunté a mucha gente…
—Vete.
—No.
—Que te vayas.
Sin respuesta, el empujón, el portazo,
el abrazo, los dedos como anzuelos en la
piel, la espalda contra el piso, las
manos resueltas invadiendo, golpeando.
—Marlin, por favor.
—No soporto las verdades a medias,
Cristal. Déjame enseñarte cómo soy.
La carne hendida en la carne. Los labios
mordidos. Carne y dientes, solo eso. Y
el piso frío y duro, y los ojos de
animal.
Luego, la carne sin la carne. Ajustar
las ropas. Evitar la colisión de las
pupilas.
—No te vayas.
—Me voy.
—Mañana voy al parque, a buscarte.
—No, no vayas.
—Voy a ir.
—Entonces, yo no voy.
—Marlin, ¿qué te pasa?
—No me busques, no tenemos nada que ver.
—Entonces, ¿esto qué carajo fue?
—No sé. No vayas a buscarme, no voy a
estar.
El portazo leve, el piso frío, tragar
saliva llena de Marlin, la carne llena
de Marlin, llena pero insatisfecha, nada
es para siempre si no es eterno.
—¿Él siempre juega así con la gente?
—preguntó ella.
—Él nunca juega. Él usa. Él te usa.
—Tú lo usas a él.
—Y tú a él también.
Some of them want to use you. Some of
them want to be used by you.
Todos somos muñecos. Pero nadie quiere
ser como el otro. ¿Quieres usarme? —el
Marlin rubio hizo ademán de apartar las
sábanas.
—No, quédate ahí.
—¿Vale la pena? ¿Vale la pena, Cristal?
Te llamas Cristal, ¿no? Dime, ¿vale la
pena?
Ella misma no estaba ya tan segura. Se
palpó los bolsillos. Las servilletas le
parecieron muy estúpidas. También la
navaja.
—Eres muy estúpida —dijo él.
Los ojos verdes bajo la cama
pestañearon. Cristal escuchó un bufido,
luego un gruñir. El animal salió de su
refugio y se dirigió a otro rincón de la
habitación. Las huellas rojas que dejaba
en el piso se veían casi negras.
Cristal soltó una carcajada.
El Marlin rubio, envuelto en sus
sábanas, se estremeció, pero no la miró:
—Lo mejor que puedes hacer es irte para
tu casa. No trates de quemar el sol con
un fósforo. ¿Me estás oyendo?
Cristal respondió con algo muy parecido
a un gemido.
—Es como si buscaras agua en el desierto
—seguía él—. No tenemos nada que te
sirva. Nada que te podamos dar.
Otro gemido.
—Tu única solución es buscarte una
esquina, ponerte un precio, como hace
todo el mundo. O acostumbrarte a pagar…
¿Sabes? Ese es tu problema. No quieres
pagar por nada de lo que quieres tener.
Y eso así no funciona… ¿Me estás oyendo?
—Sí, te estoy oyendo —respondió ella,
muy bajito.
—Pues qué bien.
—Pero ya estoy en el desierto, y no
puedo salir de él —dijo ella, más bajito
aún.
Él soltó una risita. Luego se calmó, y
dormitó un rato.
Cuando abrió los ojos, el cielo ganaba
claridad.
Miró al piso. Ella seguía sentada,
cabizbaja y quieta.
El Marlin rubio abandonó sus sábanas,
recogió la navaja, encontró las
servilletas, y, pisando sobre la sangre,
empujó el cuerpo con los pies. Lo metió
bajo la cama, junto al otro cuerpo, y
volvió a acostarse.
Abrió una servilleta, la colocó sobre su
cara, olió.
El sol ya empezaba a entrar por la
ventana.
—Otra vez de día —dijo en voz alta, como
si regañase a alguien, y se tapó la
cabeza con la sábana.
Michel Encinosa Fú (La
Habana, 1974). Narrador. Licenciado en
Lengua y Literatura Inglesas por la
Facultad de Lenguas Extranjeras de la
Universidad de La Habana (1998).
Graduado del 2do Curso del Taller de
Creación Literaria Onelio Jorge Cardoso.
Miembro de la AHS. Miembro de la UNEAC.
Editor en Ediciones Extramuros, CPLL
Ciudad de la Habana. Entre los premios
recibidos destacan: Premio Cauce de
narrativa (2001), Premio de cuento
Hemingway (2002), Premio Cuentos de Amor
(“La llama doble”, Las Tunas, 2004) Beca
de Creación Fronesis (2005), Premio
Calendario de Cuento (2006), Premio
Calendario de Ciencia Ficción (2006) y
Premio Cirilo Villaverde de la UNEAC
(2008). Ha publicado Sol negro
(Ediciones Extramuros, 2001), Niños
de neón (Letras cubanas, 2001),
Veredas (Ediciones Extramuros,
2006), Dioses de neón (Letras
cubanas, 2006), Dopamina, sans amour
(Casa Editora Abril, 2008) y Enemigo
sin voz (Casa Editora Abril, 2008).
Ha sido incluido en más de veinte
antologías nacionales e internacionales
en países como Italia, España, Brasil,
Argentina, México y Estados Unidos. |