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Cuando tres años atrás
el realizador cubano
Rigoberto López planteó
la idea de organizar una
Muestra Itinerante de
Cine del Caribe,
secundada por unos
cuantos realizadores y
productores del área,
hubo quienes dudaron que
ello fuera a ser
posible.
Estaba el tema de la
producción, que parecía
insuficiente; el de los
circuitos de
distribución, dominados
por las translaciones;
el de las barreras
idiomáticas, por la
parcelación de la región
en tres grandes
vertientes desconectadas
(español, inglés y
francés, con las
especificidades del
criollo en estas dos
últimas lenguas); y el
público, acostumbrado a
no verse a sí mismo en
la pantalla.
Nadie pudo imaginar que
todo echaría a andar. Se
conjugaron voluntades
políticas de varios
estados insulares y
ribereños, se logró el
apopo de organizaciones
internacionales como la
UNESCO y la UNICEF; se
coordinaron espacios
alternativos de
exhibición: y se montó
una operación coordinada
en la que productores,
distribuidores y
promotores hallaron más
puntos de coincidencia
que de disenso.
Este verano la
presentación de la III
Muestra en La Habana,
punto de partida para
el, periplo que sucederá
en meses posteriores a
lo largo del caribe y
mucho más allá, confirma
la visibilidad de una
iniciativa en pleno
crecimiento.
La concurrencia de más
de 200 filmes de
diversos metrajes ante
el comité de selección
internacional testimonio
un apreciable nivel de
cuantitativo de
realizaciones. Mucho más
importante, la selección
de 54 materiales de 31
países para integrar la
Muestra, habla de
niveles de dignidad
artística que avalan el
compromiso de los
cineastas por comunicar
sus esencias y validar
sus identidades
culturales.
Ejemplos de esa
dialéctica entre
intereses comunes y
pluralidad discusiva se
tienen en las
proyecciones de las
películas escogidas en
esta oportunidad.
Mientras un director
martiniqueño, Guy
Deslauners, en Pasaje
au milieu se decanta
por el pasado de la
esclavitud —cuenta las
vicisitudes del
cargamento de un barco
negrero que parte de
Senegal rumbo a las
Américas—, la surinamesa
Sharda Ganga narra una
historia de nuestros
días en Lesly y Anne:
un relato de amor,
exploración de
sentimientos con el VIH
como telón de fondo.
Si para el beliceño
Steve Berry denuncia con
un lenguaje realista la
violencia doméstica a
que es sometida una
mujer en Tomasa in
time, la colombiana
Tatiana Jacob se sumerge
en los vericuetos del
realismo mágico para
plantear en Dolores
el dilema de una
rezadora que acompaña
con oraciones el
tránsito hacia la gloria
de los difuntos.
No faltaron comedias,
como Libertador
Morales, el justiciero,
del venezolano Efterpi
Charalambidis, que tiene
por protagonista a un
mototaxista que se venga
de una banda de
delincuentes, y
Ladrones a domicilio,
del dominicano Ángel
Muñiz, sátira sobre el
ascenso social de la
clase media en su país.
Llamó la atención en
esta oportunidad la
concurrencia de filmes
dedicados a Simón
Bolívar, tanto en
formato documental como
en dibujos animados, en
el año en que se
conmemora el
Bicentenario de la
Primera Independencia de
los pueblos de Nuestra
América.
No podían faltar por
supuesto, documentales
donde se exaltaran los
valores musicales de la
región. En opinión de
este cronista, dos de
ellos resultan altamente
recomendables: Los
reyes criollos de la
champeta, de los
colombianos Lucas Silva
y Sergio Arria,
fundamental para conocer
uno de los tantos
aspectos ignorados de
las músicas de origen
africano en la costa
atlántica, y Panman:
rhytm of the palms,
de Sander Burger, primer
largometraje de un
realizador de St.
Marteen, que aborda la
vida de un legendario
miembro de una steel
band.
Son todavía evidentes
los desbalances entre
géneros y temáticas, las
asimetrías entre los
desarrollos de las
filmografías nacionales.
Quizá sea el momento,
como abogó el
distribuidor jamaicano
Douglas Gram , de
explorar la posibilidad
de coproducciones. Pero
lo cierto es que
comienza a verse una luz
en el camino para que
los caribeños tengamos
en la pantalla el cine
que nos merecemos. |