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Culpo a una entrañable y
querida colega de todo
lo que sigue… Sí, porque
yo estaba en casa,
disfrutando de la
creación, cuando una
llamada suya me invitó a
escribir algunos
recuerdos sobre la
Editora Abril. Pensé de
inmediato que no era el
más indicado para
hacerlo, pues solo
compartí allí un cinco
por ciento de una vida
que ya remonta las tres
décadas. Pero una verdad
me empujó al teclado:
esos dos años de paso
por Somos Jóvenes
y El Caimán Barbudo
los recuerdo como los
más divertidos y
placenteros de la
carrera periodística.
Llegué allí en medio del
período especial y
faltaba de todo, menos
ganas de hacer. Había
aparecido un poco de
papel y estábamos
invitados a revivir unas
publicaciones que se
fueron del aire,
posiblemente en la
cúspide de su
existencia: la revista
Somos Jóvenes del
“Caso Sandra” y de
logrado periodismo sigue
siendo una añoranza de
muchos; como también lo
es el legendario
Caimán… Los de
entonces estábamos allí
para asumir la
responsabilidad por
nuestro pedacito de
historia. Y creo, con
modestia, que dimos lo
mejorcito de cada uno
para lograrlo.
Eran tiempos de
metamorfosis y abismales
diferencias en el mundo
de la cultura. Mientras
muchos músicos
disfrutaban el boom
de la salsa, con sus
bondades financieras,
los cineastas, por citar
un ejemplo, se miraban
las caras por no tener
un centavo para
desarrollar sus
proyectos. Esa realidad
nos llevó a convocar
unos interesantes
debates —a los que
anticipadamente llamamos
Mesa Redonda— sobre la
economía en la cultura y
las desviaciones éticas
que se producían
entonces en el escenario
cultural de la Isla. Y
aquello, se dice ahora
con una sonrisa de oreja
a oreja, nos trajo más
problemas que gloria.
En lo personal, recuerdo
mis desencuentros con
José Luis Cortés (El
Tosco) y con Manolín, el
Médico de la Salsa. El
primero, luego de leer
lo que nosotros y
nuestros invitados
pensaban de la actitud
deslumbrada de ciertos
salseros ante el
mercado, me dijo desde
un escenario, en La
Piragua, que a los de
El Caimán…
posiblemente nos faltara
valor para publicar las
opiniones de ellos sobre
el tema. El virtuoso
José Luis no pensó jamás
que tendría su derecho a
réplica. Ese mismo día
pactamos una entrevista,
que duró cerca de tres
horas y fue publicada
íntegramente. “Salto
entre dos”, como se
tituló aquel diálogo,
terminó por zanjar las
diferencias con este
gran músico, que de
Tosco solo tiene el
nombre artístico.
Con Manolín fue
diferente. A cada una de
nuestras opiniones
respondió con ataques e
incluso alguna amenaza.
Con él, la confrontación
llegó a su clímax cuando
publicamos en El
Caimán… “Una
aventura loca”,
transcripción de una
rueda de prensa ofrecida
a su regreso de una gira
por Europa. Era un
verdadero compendio de
locuras, donde se
hablaba poco de música,
y mucho de gloria,
fortuna y éxito
personal, mientras un
grupo de colegas le
hacía la corte a la
sombra de unas cervezas
bien frías. De Manolín
ya no se habla en Cuba y
sus canciones eran tan
efímeras que ya no se
recuerdan.
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Eran años duros, pero
divertidos. Lo dicen las
fotos de aquel concierto
que los salseros
organizaron frente a la
sede de la Editora
Abril, que era y es la
casa de El Caimán...
Una publicación que
contaba allí con una
pequeña oficina, con una
mesa de reuniones y un
sofá. Era tan sórdida y
calurosa la sede, que
nuestras reuniones de
redacción transcurrían
en los predios del Bar
Cuba, a unos pocos pasos
de la editorial. Y allí,
créanme, salían las
mejores ideas para la
próxima edición. Mucho
mejor que yo, lo deben
recordar
Fernando Rojas,
Manolito Lagarde, Omar
Valiño, Tomy, el Joaco y
Bladimir, que es en sí
mismo una historia
rodante de El Caimán…
y la Editora Abril.
De las tertulias del Bar
Cuba salieron no pocas
travesuras. Como aquel
falso intercambio
epistolar que
organizamos entre los
pensadores Emilio
Ichikawa y Kenneth
Gergen; o aquel
rocambolesco toque de
santos made in
Guanabacoa en una
presentación de El
Caimán…, con un
negro “montado” en el
mezanine del
edificio y pasando un
machete sobre la cabeza
de
Iroel Sánchez,
entonces director de la
editorial.
Son muchos más los
recuerdos y los nombres
que se arremolinan en la
memoria. Gracias, La
Jiribilla, por
darme esta oportunidad
de evocar, reír y
redescubrir que la
Editora Abril anda con
uno por todas partes:
allí edité por primera
vez una revista, allí
publiqué mi primer
libro, allí hice amigos
para toda la vida… Solo
les pediría a los de
ahora, quienes transitan
por la madurez que dan
los 30, que no dejen
marchitar ese toque
sensual que siempre tuvo
la Editora Abril, al
menos en mi cinco por
ciento. ¡Felicidades! |