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Me piden unas líneas
apuradas sobre la
Editora Abril y a mi
mente acude el día en
que, siendo un
estudiante de
Preuniversitario, llegué
hasta una Oficina de
Correos cercana al
Parque de la Fraternidad
para contratar las
suscripciones de dos
revistas: El Caimán
Barbudo y
Juventud Técnica;
hoy siento que en
aquella decisión se
escondían gérmenes de
futuras pasiones como
ingeniero y editor. Son
lealtades que
permanecerían años
después, cuando manos
amigas me hacían llegar
al Sur de Angola cada
número del mensuario
cultural y muchos
libros, entre ellos un
título premiado en el
concurso literario de
El Caimán…
con el nombre
Descubrimiento del Azul,
cuyo cuento “Figuras en
el lienzo”, en
el que José Martí y
Émile Zola coinciden en
un teatro parisino,
aún no cesa de
estremecerme.
Descubrimiento del azul,
de Francisco López Sacha,
es quizá el primer libro
de Abril que leí, y
—aunque ha transcurrido
casi un cuarto de siglo—
lo recuerdo como un
volumen de hermosa
factura, con su pequeño
saurio barbado y una
enorme A en azul —el
logo de la editorial
entonces— en algún lugar
de la cubierta. Ya en
Cuba, fue en el
vestíbulo de Abril donde
por primera vez escuché
hablar a Cintio Vitier,
luego de acudir con más
admiración que
conocimiento a un
homenaje que le hiciera
la editorial a fines de
los ochenta o principios
de los noventa.
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Evocaba aquellas
vivencias la tarde del
verano de 1995 en que en
mi día de inicio en la
redacción del libro,
conocí a Alex Pausides y
Jacquelín Teillagorry;
Jacquelín fumaba
constantemente y usaba
como cenicero —a tono
con los tiempos que
corrían— una cáscara de
naranja endurecida.
Mientras Alex me
explicaba cómo
intentaban alternativas
con las ediciones Por
Amor, la Teillagorry
revisaba unas galeras e
interrumpía
apasionadamente,
insistiendo en que el
Instituto Cubano del
Libro tenía que apoyar
más a la editorial.
Lejos estaba de imaginar
cuánto aprendería de
ellos y de otros a lo
largo de casi cinco
años. Fue Jacquelín —con
su agudo olfato de
editora— la que trajo a
la redacción el original
de ese libro
extraordinario que es
Destinatario José Martí,
con el que obtuvimos
el Premio de la Crítica
Científico-Técnica e
hicimos feliz a Luis
García Pascual, el
obrero consagrado a
recopilar la
correspondencia del
apóstol cuya humilde y
silenciosa labor no me
perdonaría dejar de
reconocer aquí.
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Una epopeya de
resistencia cultural se
libraba allí entre
pasillos a oscuras y mil
limitaciones, por
personas que apostaban
tozudamente por ver
imágenes y letras sobre
el papel y creían en la
poesía ante un mundo que
nos daba la espalda. De
poesía precisamente
fueron los primeros
artes finales que tuve
en mis manos y con los
que entré al Palacio del
Segundo Cabo —sede del
Instituto Cubano del
Libro— por primera vez,
luego de atravesar La
Habana Vieja en compañía
del escritor Jorge Ángel
Pérez, otro de los
editores que trabajaba
junto a Alex. Eran
títulos que la editorial
había gestado para el
concurso Pinos Nuevos,
entre los que recuerdo
estaban El enorme
verano de Sigfredo
Ariel y Cabeza abajo
de Carlos Augusto
Alfonso; yo acompañaba a
Jorge como garantía de
que los materiales no se
dañaran porque en un
primer intento las
planas habían terminado
en un charco de la Calle
Obispo. En aquella
caminata, Jorge Ángel
insistía todo el tiempo
en que debíamos publicar
un ensayo de Maggie
Mateo que permanecía en
el colchón editorial,
razón tenía: cuando
logramos acumular
recursos para hacer la
primera edición de
Ella escribía
postcrítica, el
libro se abrió paso
fulminantemente entre
lectores y estudiosos,
al extremo de alzarse
con el Premio de la
Crítica Literaria y
agotarse casi
inmediatamente.
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Oliver y Padrón
conversan antes
de una
presentación de
libros de
la Casa Editora
Abril en la XIX
FIL de la Habana |
La redacción del libro,
el trabajo de las
revistas, eran parte de
un escenario
coyunturalmente
escabroso y a la vez
deslumbrante que incluía
el diálogo con jóvenes
escritores, periodistas
e ilustradores, junto a
gente como Jorge Oliver,
Ernesto y Juan Padrón,
en mi opinión nada
subestimable aunque
hagan “muñequitos”,
porque eso que llamamos
lucha ideológica tiene
en ellos verdaderos
maestros. Si hoy Cuba
posee un universo propio
para sus niños que nos
preserva en parte de la
invasión arrasadora de
las factorías de
imágenes yanquis se debe
en gran parte a ellos y
al espacio que han
encontrado en las
publicaciones de Abril.
Cuando el país pudo, a
fines de 1998, con la
sensibilidad de Fidel,
volver a destinar
recursos para que
circulasen de manera
masiva las revistas
infantiles y juveniles,
ellos y otros como ellos
retornaron a insuflar
vida a los sueños que
solo habían pospuesto.
Ver a Juan llegar con
dos gigantografías de
Elpidio Valdés dedicadas
al niño Elián González,
cuando aún este estaba
en Miami, pagadas de su
bolsillo y relatando que
Elián estudiaba en la
misma escuela que él y
Ernesto en Cárdenas; o
vivir el nacimiento de
obras emblemáticas de la
gráfica cubana como la
portada que Tomy hiciera
para El
Caimán…, en la que
el Che pasa de un
pullover a la piel
desnuda y que se ha
convertido en icono
deseado por nuestros
jóvenes, son privilegios
que el paso por la
editorial nos regaló.
De esas vivencias se
nutre el espíritu con
que un grupo de
profesionales de Abril
editó en apenas un fin
de semana aquel folleto
titulado ¿En qué
tiempo puede cambiarse
la mente de un niño?,
que multiplicado en
cientos de miles
recorrió el mundo en
diversas lenguas para
movilizar conciencias y
contribuir a que Elián
regresara a los suyos.
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Para algunos una
editorial grande e
influyente puede ser un
buen negocio,
probablemente harían con
ella mucho dinero, pero
Abril y Cuba en
combinación son otra
cosa. Que una casa
editora sirva para
fundar y retomar sueños,
reconocer y premiar
talentos, y también para
defender verdades, quizá
sea una anomalía en este
mundo que sigue dando la
espalda a la poesía, una
anomalía que nos
confirma las cosas que
somos y queremos seguir
siendo. Sin Abril, creo
que muchos de nosotros:
lectores, editores y
autores, no seríamos los
mismos. Una editorial
puede ser, si aprovecha
la libertad de existir
en Cuba, un instrumento
para cambiar el mundo y
por malos que sean los
tiempos no debemos dejar
de utilizarlo, de
empujar con él, con
Abril, hacia donde
creemos que ese mundo
debe ir.
*Iroel Sánchez fue
director de la Editora
Abril desde 1995 hasta
el 2000. |