Año IX
La Habana
17 al 23
de JULIO
de 2010

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Para empujar el mundo

Iroel Sánchez* • La Habana

Fotos: Archivo de la Editora Abril y La Jiribilla

 

Me piden unas líneas apuradas sobre la Editora Abril y a mi mente acude el día en que, siendo un estudiante de Preuniversitario, llegué hasta una Oficina de Correos cercana al Parque de la Fraternidad para contratar las suscripciones de dos revistas: El Caimán Barbudo y Juventud Técnica; hoy siento que en aquella decisión se escondían gérmenes de futuras pasiones como ingeniero y editor. Son lealtades que permanecerían años después, cuando manos amigas me hacían llegar al Sur de Angola cada número del mensuario cultural y muchos libros, entre ellos un título premiado en el concurso literario de El Caimán… con el nombre Descubrimiento del Azul, cuyo cuento “Figuras en el lienzo”, en el que José Martí y Émile Zola coinciden en un teatro parisino, aún no cesa de estremecerme. Descubrimiento del azul, de Francisco López Sacha, es quizá el primer libro de Abril que leí, y —aunque ha transcurrido casi un cuarto de siglo— lo recuerdo como un volumen de hermosa factura, con su pequeño saurio barbado y una enorme A en azul —el logo de la editorial entonces— en algún lugar de la cubierta. Ya en Cuba, fue en el vestíbulo de Abril donde por primera vez escuché hablar a Cintio Vitier, luego de acudir con más admiración que conocimiento a un homenaje que le hiciera la editorial a fines de los ochenta o principios de los noventa.
 

Evocaba aquellas vivencias la tarde del verano de 1995 en que en mi día de inicio en la redacción del libro, conocí a Alex Pausides y Jacquelín Teillagorry; Jacquelín fumaba constantemente y usaba como cenicero —a tono con los tiempos que corrían— una cáscara de naranja endurecida. Mientras Alex me explicaba cómo intentaban alternativas con las ediciones Por Amor, la Teillagorry revisaba unas galeras e interrumpía apasionadamente, insistiendo en que el Instituto Cubano del Libro tenía que apoyar más a la editorial. Lejos estaba de imaginar cuánto aprendería de ellos y de otros a lo largo de casi cinco años. Fue Jacquelín —con su agudo olfato de editora— la que trajo a la redacción el original de ese libro extraordinario que es Destinatario José Martí, con el que obtuvimos el Premio de la Crítica Científico-Técnica e hicimos feliz a Luis García Pascual, el obrero consagrado a recopilar la correspondencia del apóstol cuya humilde y silenciosa labor no me perdonaría dejar de reconocer aquí.

Una epopeya de resistencia cultural se libraba allí entre pasillos a oscuras y mil limitaciones, por personas que apostaban tozudamente por ver imágenes y letras sobre el papel y creían en la poesía ante un mundo que nos daba la espalda. De poesía precisamente fueron los primeros artes finales que tuve en mis manos y con los que entré al Palacio del Segundo Cabo —sede del Instituto Cubano del Libro— por primera vez, luego de atravesar La Habana Vieja en compañía del escritor Jorge Ángel Pérez, otro de los editores que trabajaba junto a Alex. Eran títulos que la editorial había gestado para el concurso Pinos Nuevos, entre los que recuerdo estaban El enorme verano de Sigfredo Ariel y Cabeza abajo de Carlos Augusto Alfonso; yo acompañaba a Jorge como garantía de que los materiales no se dañaran porque en un primer intento las planas habían terminado en un charco de la Calle Obispo. En aquella caminata, Jorge Ángel insistía todo el tiempo en que debíamos publicar un ensayo de Maggie Mateo que permanecía en el colchón editorial, razón tenía: cuando logramos acumular recursos para hacer la primera edición de Ella escribía postcrítica, el libro se abrió paso fulminantemente entre lectores y estudiosos, al extremo de alzarse con el Premio de la Crítica Literaria y agotarse casi inmediatamente.

Oliver y Padrón conversan antes de una presentación de libros de
la Casa Editora Abril en la XIX FIL de la Habana

La redacción del libro, el trabajo de las revistas, eran parte de un escenario coyunturalmente escabroso y a la vez deslumbrante que incluía el diálogo con jóvenes escritores, periodistas e ilustradores, junto a gente como Jorge Oliver, Ernesto y Juan Padrón, en mi opinión nada subestimable aunque hagan “muñequitos”, porque eso  que llamamos lucha ideológica tiene en ellos verdaderos maestros. Si hoy Cuba posee un universo propio para sus niños que nos preserva en parte de la invasión arrasadora de las factorías de imágenes yanquis se debe en gran parte a ellos y al espacio que han encontrado en las publicaciones de Abril. Cuando el país pudo, a fines de 1998, con la sensibilidad de Fidel, volver a destinar recursos para que circulasen de manera masiva las revistas infantiles y juveniles, ellos y otros como ellos retornaron a insuflar vida a los sueños que solo habían pospuesto.

Ver a Juan llegar con dos gigantografías de Elpidio Valdés dedicadas al niño Elián González, cuando aún este estaba en Miami, pagadas de su bolsillo y relatando que Elián estudiaba en la misma escuela que él y Ernesto en Cárdenas; o vivir el nacimiento de obras emblemáticas de la gráfica cubana como la portada que Tomy hiciera para El Caimán…, en la que el Che pasa de un pullover a la piel desnuda y que se ha convertido en icono deseado por nuestros jóvenes, son privilegios que el paso por la editorial nos regaló.  De esas vivencias se nutre el espíritu con que un grupo de profesionales de Abril editó en apenas un fin de semana aquel folleto titulado ¿En qué tiempo puede cambiarse la mente de un niño?, que multiplicado en cientos de miles recorrió el mundo en diversas lenguas para movilizar conciencias y contribuir a que Elián regresara a los suyos.

Para algunos una editorial grande e influyente puede ser un buen negocio, probablemente harían con ella mucho dinero, pero  Abril y Cuba en combinación son otra cosa. Que una casa editora sirva para  fundar y retomar sueños, reconocer y premiar talentos, y también para defender verdades, quizá sea una anomalía en este mundo que sigue dando la espalda a la poesía, una anomalía que nos confirma las cosas que somos y queremos seguir siendo. Sin Abril, creo que muchos de nosotros: lectores, editores y autores, no seríamos los mismos. Una editorial puede ser, si aprovecha la libertad de existir en Cuba, un instrumento para cambiar el mundo y por malos que sean los tiempos no debemos dejar de utilizarlo, de empujar con él, con Abril, hacia donde creemos que ese mundo debe ir.

*Iroel Sánchez fue director de la Editora Abril desde 1995 hasta el 2000.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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