Año IX
La Habana
2010

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TE PONGA EL PLATO?

 
Francis Drake
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora


Hubo un tiempo en el que con solo mencionar su nombre, el pavor se apoderaba de la villa de San Cristóbal de La Habana. No por gusto le llamaban “El terror de los mares” y se dice que muchos años después de su muerte, se le evocaba todavía en algunos sitios del mapa para asustar a los niños traviesos.

Lo cierto es que durante una extendida época, la sombra del más famoso de los corsarios al servicio de Isabel I de Inglaterra sumió a la mayor de Las Antillas, centro principal de todo el tráfico marítimo, en una atmósfera de constante sobresalto, a tal punto que, al decir del doctor Gustavo Placer Cervera —investigador de Historia Naval y Militar en el Instituto de Historia de Cuba—, “hubo ocasiones en que se temía su arremetida, cuando en realidad se encontraba a cientos o miles de millas de distancia”.

No era para menos. Por 30 largos años, de 1565 a 1595, el personaje de marras nacido según se cree en 1543, apodado también “El dragón” y convertido luego en Sir por obra y gracia de la monarquía inglesa, resultó una constante espada de Damocles no solo para Cuba, sino también para las costas españolas y sus posesiones de ultramar, lo cual no fue impedimento, con todo, para que en sus barcos viajasen, en ilegal contrabando, las hojas de tabaco vendidas por vegueros criollos.

La leyenda

Temido por unos y admirado por otros en igual medida, bebedor y mujeriego, por demás, su fama alcanzó visos de leyenda.

Sin embargo, Francis Drake, o Francisco Draques, como lo bautizaron los iberos, fue una de las figuras, acaso la más sobresaliente, de lo que bien pudiera considerarse una implícita declaración de guerra por parte de Inglaterra hacia España, aunque las hostilidades no se rompieran legalmente, con el avieso propósito de apropiarse del botín que su enemiga tomaba de sus colonias y lograr el poderío de las rutas marítimas tan codiciadas.

Hacia 1586 iniciaba Drake sus aterradores ataques a los puertos españoles, aventurándose incluso a irrumpir en el de Cádiz. Contaba el lobo de mar con una abundante cantidad de naves y las dirigía, según noticias bien encaminadas, rumbo a las Indias.

No era, pues, asunto de cruzarse de brazos.

Época aquella en que para Hispanoamérica “no se hacía un viaje, no se emprendía una expedición, no se planificaba una medida estratégica sin que faltara el nombre de Drake, como si este pudiera estar en todas partes”, según apunta Placer Cervera, indiscutible autoridad en la materia, autor, entre otros importantes volúmenes, de “Inglaterra y La Habana: 1762”, que alcanzó el Premio de la Crítica 2007.

El ánimo bien dispuesto

Como era de esperar, en la primavera de 1586, el conocido corsario se presentó frente a La Habana con los primeros buques de su escuadra, integrada en su totalidad por 30 naves de diferentes calados.

Venía con el ánimo bien dispuesto para tomarla. Pero advertido con respecto a la preparación defensiva de la villa, que disponía de más de 900 arcabuceros, allegados algunos hasta de México, se arrepintió de su afán y prefirió seguir de largo en busca de una presa más fácil. Al fin los habaneros podían respirar tranquilos.

Mas el susto no se lo quitaba nadie.

Su retorno no desmovilizó a La Habana, por el contrario, se mantuvo vigilante en presunción de un posible ataque. Por años, el navegante inglés actuó en mares europeos. No obstante, durante ese tiempo, la alarma fue permanente.

“Si por ejemplo, llegaba la noticia de que Drake había estado en las costas de Galicia y Portugal se hacían cálculos con respecto al número de días que demoraría en estar de nuevo a la entrada del puerto de La Habana”.

El Morro y La Punta

En lo que concierne a Cuba, el constante desafío británico personificado por el célebre marino, tuvo inesperadas consecuencias.

En honor a la verdad, de un estado de desamparo casi total, sus defensas se convirtieron en una obsesión para la metrópoli española: el castillo de la Fuerza se terminó con una premura nunca vista antes y la guarnición se multiplicaba al arribo de cada flota.

Pero hubo más, muchísimo más. La amenaza de Drake hizo que la Corona española dispusiera también de la paulatina edificación en el litoral del Caribe —Cartagena de Indias, Veracruz, San Juan de Puerto Rico, Santiago de Cuba y Campeche— de un impresionante sistema de fortificaciones, del que no resulta permisible excluir en modo alguno lo realizado a la sazón en San Cristóbal de La Habana, a la cual se le confirió el título de ciudad en 1592.

No es casual por ello que los estudiosos del tema afirmaran que los castillos de La Habana —El Morro y La Punta— constituyen a su manera monumentos a Francis Drake, el llamado “Terror de los mares”, quien murió en 1596 de fiebres en el Caribe, y su cadáver fue lanzado al mar dentro de un ataúd.

 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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