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Más de 50 mil cubanos hemos disfrutado
ya de Elpidio Valdés y los Van Van,
el último estreno de la Compañía Teatral
Infantil La Colmenita, que dirige Carlos
Alberto Cremata. Era la tarde de un
domingo de abril en el Teatro Carlos
Marx y mientras oleadas de padres y
niños devoraban confituras, reían y
bailaban sin parar, cien niños y
adolescentes jugaban a representar un
divertimento escénico que toma como
punto de partida la complicidad del
espectador.
La tropa del Coronel Valdés recibe la
encomienda de organizar una banda de
música militar que cumplirá una misión
importante y desconocida. Mientras, “los
panchos” se aprestan a recibir al
Capitán General de la Isla, que viene a
comprobar la anunciada derrota del
ejército libertador. Cada bando prepara
su estrategia y el espectador vislumbra
inmediatamente el desenlace. Pero los
instrumentos que se le arrebatan al
ejército español son muy poco marciales
y algo adelantados para la época, tanto
que los pequeños mambises viajan en el
tiempo para apropiarse de canciones que
hablan de su país, con apenas cien años
de diferencia.
Esa es la clave de Elpidio Valdés y
los Van Van, una clave perfectamente
coherente con la lógica de los dibujos
animados que parodia. De manera
inmediata, el argumento pierde su
capacidad de sorpresa, pero la inquietud
no desaparece. Ahora la atención del
espectador se concentra en las
peripecias de la trama y en descubrir
cuál será la siguiente pieza de los Van
Van que interpretarán los niños músicos.
Así transcurre más de una hora de
representación amena y fluida, a partir
de un guión escrito por Jaime Fort,
Marta Palacios y Carlos Alberto Cremata
que todavía desaprovecha numerosos
puntos de contacto entre los temas
musicales escogidos y el universo
imaginario de Elpidio Valdés y su tropa.
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En esta nueva aventura, Cremata y su
equipo insisten en una práctica que han
ido convirtiendo en método para el
trabajo teatral con niños, y que
consiste en utilizar la música como
pretexto o motivación principal para la
puesta en sentido de las constantes
éticas que han signado sus primeros 20
años de labor. En ese sentido, esta
puesta en escena da continuidad a
espectáculos como La cenicienta según
Los Beatles, estrenado en el 2007.
Mas no se trata, y el propio director lo
ha explicado más de una vez, de
convertir a La Colmenita en una academia
de actuación o de música, que prepare a
los niños para su entrada al sector
artístico profesional, sino de crear una
prolongación del espacio para el juego
que debe ser la niñez, aportándole a
niños y adolescentes motivaciones
adicionales que faciliten la
comunicación con sus contemporáneos y
transmitan, por esa vía, los valores que
han aprendido en la Compañía y en casa.
Pero no es tarea fácil. Se juega con
oficios socialmente reconocidos que
arropan al niño justo en las edades en
que comienza a construirse su vocación;
lo cual potenciará, efectivamente, la
proyección de aquellos que tengan
aptitudes y decidan transitar hacia el
teatro profesional. Pero la regularidad
será la formación de espectadores
exigentes y hasta de promotores
culturales que puedan operar desde los
contextos hacia donde los conduzca su
verdadera vocación profesional. De ahí
la importancia de sumar a los padres en
una experiencia pedagógica que no
termina en los ensayos y presentaciones
y que amerita una comprensión cabal del
carácter no profesional de esta
experiencia. Por eso, es tan
gratificante ver el modo en que algunos
de los padres ofrecen su aporte en las
más disímiles tareas, sin interferir en
la proyección artística de los niños y
adolescentes.
Algunos de esos niños que vemos en
escena son hijos de muy reconocidos
artistas, pero Cremata y su equipo velan
celosamente por que la participación de
estos padres ilustres sea siempre el
resultado de la elaboración artística y
del juego escénico que los niños
proponen. Esto me parece muy importante
y explica por qué algunos de estos
padres y madres suben a la escena y el
espectador apenas lo percibe, ya que
funcionan a veces como extras (junto con
otros padres anónimos, que también
abundan) y otras en roles que, lejos de
significar su personalidad artística,
tienden a diluirla en función de
potenciar el juego. Ningún ejemplo
ilustra mejor este interés del grupo que
la intervención de René Baños en el
papel de Cetaceo. Cómo debieron
divertirse los niños de La Colmenita
durante los ensayos con uno de los
músicos más imaginativos de este país,
devuelto a su niñez, interpretando un
rol para el que es tan aficionado como
el resto de los niños y adolescentes del
grupo. Vencer la tentación de explotar
la personalidad artística de algunos
padres vinculados al grupo, es una
prueba de autenticidad y rigor que nunca
me cansaré de agradecer a La Colmenita.
Más allá de cualquier detalle técnico,
lo que sorprende de Elpidio Valdés y
los Van Van es su capacidad para
transmitir grandes ideas sin acudir al
didactismo ni al panfleto. Estamos en
presencia de un espectáculo concebido
para el diálogo entre generaciones. Si
bien padres e hijos se han deleitado y
deleitan con las aventuras que concibió
Juan Padrón, el legado cultural de los
Van Van es patrimonio casi exclusivo de
los padres. Esto genera una tensión
intergeneracional y conduce por fuerza
al diálogo, a una relación cultural que
trasciende ampliamente los límites del
teatro. Ojalá podamos contar en breve
con una versión audiovisual de esta
obra, que extienda su disfrute a padres
y niños de todo el país. Me ha contado
el propio Cremata que la función
ofrecida en el Teatro Heredia, en
Santiago de Cuba, gozó de una recepción
tremenda, y que tienen la intención de
articular presentaciones en todo el país
durante los próximos meses.
El dramaturgo y profesor cubano Freddy
Artiles hablaba de la posibilidad que
ofrecen los dibujos animados para la
construcción de mundos autónomos. Adonde
no llega un actor por sus limitaciones
físicas; una figura animada campea por
su respecto, y nadie se molesta en
exigirle que cumpla con las leyes del
mundo físico, de las cuales el actor no
puede desprenderse. De ahí que sea tan
complejo el reto asumido por Cremata y
La Colmenita en su recreación escénica
del Coronel Valdés y sus compatriotas
devenidos músicos. Súmese a esto la gran
distancia que separa al espectador del
escenario y la baja estatura de los
intérpretes, que a veces no supera el
medio metro. Ello explica en gran medida
que los niños actores griten y por
momentos se encomienden a una
gestualidad ilustrativa y
grandilocuente. Hay que considerar
además que se trata de niños, obligados
a manipular un enorme micrófono, que
limita considerablemente su gestualidad.
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Claro que una parte del público entró al
teatro dudando de la capacidad de los
colmeneros para interpretar en vivo la
música de los Van Van. Pero la duda se
disipa de inmediato, al apreciar la
decorosa y arriesgada interpretación de
los muchachos, discretamente apoyados
por el grupo Vocal Sampling. Por eso
hay, cuando menos, un pianista eventual,
un violinista de más y una cuerda de
trombones que no se ven y que en el
futuro, por razones obvias, no podrán
continuar acompañando a la tropa. Pero
ello no demerita en lo más mínimo el
buen trabajo de los niños, adecuadamente
conducidos por Amaury Ramírez Malberti,
y empeñados en captar las esencias de un
fenómeno cultural que el público
identifica hasta el menor detalle.
Comprometidos con la lógica argumental
del espectáculo, los percusionistas
entran y salen y son sustituidos hasta
por el mismísimo Coronel Elpidio;
movimiento que podría manejarse con
mayor intencionalidad. Destaca en este
sentido el concepto musical demostrado
por Lilita Sosa, la niña que interpreta
el papel de Pepito, líder de la banda de
música, y toca las pailas. Sin pretender
virtuosismo, Lilita transita fluidamente
de un rol a otro y ofrece descargas
musicales breves y sencillas, cuyo buen
gusto y precisión acaparan la atención
del público.
Pero me permitiré un paréntesis más en
este punto. En la reciente visita al
Mayo Teatral del grupo peruano
Yuyachkani, daba gusto la destreza de
actores y actrices para manipular
instrumentos complejos como la trompeta,
el saxofón, la flauta y se ponía en
evidencia cuánto ha retrocedido en este
aspecto nuestro movimiento teatral
profesional. Sin embargo, estos niños
van del personaje al músico con el mayor
desenfado y el concepto de puesta en
escena parte de esas dualidades para la
ubicación de los temas musicales a
interpretar. Se trata de una operación
compleja que introduce una tensión más a
los jóvenes actores y que necesita de
mucho fogueo, de mucha práctica ante el
espectador, para que el niño llegue a
manejar con soltura ambos roles y pueda,
solo a partir de ese punto, poner su
capacidad creativa en función de la
partitura escénica. Por eso es tan
nociva la programación de funciones
aisladas como las ofrecidas a propósito
del Cubadisco. Es muy difícil para estos
niños alcanzar en solo dos funciones la
confianza que requieren para proyectar
sus respectivos roles.
Además del merecidísimo homenaje a la
orquesta que fundó Juan Formel hace 40
años, Elpidio Valdés y los Van Van
logra el relanzamiento promocional de
nuestro más grande personaje de
animación. En tiempos de tanto
audiovisual intencionado, mucho se
agradece un esfuerzo como el de La
Colmenita, que habla muy bien del
talento de nuestros realizadores para
crear un ícono capaz de perdurar y hasta
de competir con la mayor galería de
esperpentos audiovisuales que jamás se
ha visto. Con este espectáculo, la tropa
de Carlos Alberto Cremata llena también
una expectativa de público que ha sabido
construir pacientemente durante estos 20
años y logra niveles de comunicación muy
superiores a cualquier otra experiencia
de su tipo en Cuba.
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Sigamos de cerca y con confianza esta
nueva aventura de La Colmenita, que irá
creciendo con cada función y que amenaza
con transfigurarse en una estructura
base para dialogar con otras
agrupaciones e invitados. Corren ciertos
rumores de que Adalberto Álvarez podría
ser el próximo aliado de la tropa
mambisa. En todo caso será una fiesta de
reafirmación cultural, un valioso
antídoto contra la moralidad y el teque
o, como diría Cremata, una vacuna de
buen gusto y buena música. |