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Elpidio Valdés y los Van Van

Un musical de ideas

Fernando L. Jacomino • La Habana
Fotos: R. A. Hernández (La Jiribilla)
 

Más de 50 mil cubanos hemos disfrutado ya de Elpidio Valdés y los Van Van, el último estreno de la Compañía Teatral Infantil La Colmenita, que dirige Carlos Alberto Cremata. Era la tarde de un domingo de abril en el Teatro Carlos Marx y mientras oleadas de padres y niños devoraban confituras, reían y bailaban sin parar, cien niños y adolescentes jugaban a representar un divertimento escénico que toma como punto de partida la complicidad del espectador.

La tropa del Coronel Valdés recibe la encomienda de organizar una banda de música militar que cumplirá una misión importante y desconocida. Mientras, “los panchos” se aprestan a recibir al Capitán General de la Isla, que viene a comprobar la anunciada derrota del ejército libertador. Cada bando prepara su estrategia y el espectador vislumbra inmediatamente el desenlace. Pero los instrumentos que se le arrebatan al ejército español son muy poco marciales y algo adelantados para la época, tanto que los pequeños mambises viajan en el tiempo para apropiarse de canciones que hablan de su país, con apenas cien años de diferencia.

Esa es la clave de Elpidio Valdés y los Van Van, una clave perfectamente coherente con la lógica de los dibujos animados que parodia. De manera inmediata, el argumento pierde su capacidad de sorpresa, pero la inquietud no desaparece. Ahora la atención del espectador se concentra en las peripecias de la trama y en descubrir cuál será la siguiente pieza de los Van Van que interpretarán los niños músicos. Así transcurre más de una hora de representación amena y fluida, a partir de un guión escrito por Jaime Fort, Marta Palacios y Carlos Alberto Cremata que todavía desaprovecha numerosos puntos de contacto entre los temas musicales escogidos y el universo imaginario de Elpidio Valdés y su tropa.

En esta nueva aventura, Cremata y su equipo insisten en una práctica que han ido convirtiendo en método para el trabajo teatral con niños, y que consiste en utilizar la música como pretexto o motivación principal para la puesta en sentido de las constantes éticas que han signado sus primeros 20 años de labor. En ese sentido, esta puesta en escena da continuidad a espectáculos como La cenicienta según Los Beatles, estrenado en el 2007. Mas no se trata, y el propio director lo ha explicado más de una vez, de convertir a La Colmenita en una academia de actuación o de música, que prepare a los niños para su entrada al sector artístico profesional, sino de crear una prolongación del espacio para el juego que debe ser la niñez, aportándole a niños y adolescentes motivaciones adicionales que faciliten la comunicación con sus contemporáneos y transmitan, por esa vía, los valores que han aprendido en la Compañía y en casa.

Pero no es tarea fácil. Se juega con oficios socialmente reconocidos que arropan al niño justo en las edades en que comienza a construirse su vocación; lo cual potenciará, efectivamente, la proyección de aquellos que tengan aptitudes y decidan transitar hacia el teatro profesional. Pero la regularidad será la formación de espectadores exigentes y hasta de promotores culturales que puedan operar desde los contextos hacia donde los conduzca su verdadera vocación profesional. De ahí la importancia de sumar a los padres en una experiencia pedagógica que no termina en los ensayos y presentaciones y que amerita una comprensión cabal del carácter no profesional de esta experiencia. Por eso, es tan gratificante ver el modo en que algunos de los padres ofrecen su aporte en las más disímiles tareas, sin interferir en la proyección artística de los niños y adolescentes.

Algunos de esos niños que vemos en escena son hijos de muy reconocidos artistas, pero Cremata y su equipo velan celosamente por que la participación de estos padres ilustres sea siempre el resultado de la elaboración artística y del juego escénico que los niños proponen. Esto me parece muy importante y explica por qué algunos de estos padres y madres suben a la escena y el espectador apenas lo percibe, ya que funcionan a veces como extras (junto con otros padres anónimos, que también abundan) y otras en roles que, lejos de significar su personalidad artística, tienden a diluirla en función de potenciar el juego. Ningún ejemplo ilustra mejor este interés del grupo que la intervención de René Baños en el papel de Cetaceo. Cómo debieron divertirse los niños de La Colmenita durante los ensayos con uno de los músicos más imaginativos de este país, devuelto a su niñez, interpretando un rol para el que es tan aficionado como el resto de los niños y adolescentes del grupo. Vencer la tentación de explotar la personalidad artística de algunos padres vinculados al grupo, es una prueba de autenticidad y rigor que nunca me cansaré de agradecer a La Colmenita.

Más allá de cualquier detalle técnico, lo que sorprende de Elpidio Valdés y los Van Van es su capacidad para transmitir grandes ideas sin acudir al didactismo ni al panfleto. Estamos en presencia de un espectáculo concebido para el diálogo entre generaciones. Si bien padres e hijos se han deleitado y deleitan con las aventuras que concibió Juan Padrón, el legado cultural de los Van Van es patrimonio casi exclusivo de los padres. Esto genera una tensión intergeneracional y conduce por fuerza al diálogo, a una relación cultural que trasciende ampliamente los límites del teatro. Ojalá podamos contar en breve con una versión audiovisual de esta obra, que extienda su disfrute a padres y niños de todo el país. Me ha contado el propio Cremata que la función ofrecida en el Teatro Heredia, en Santiago de Cuba, gozó de una recepción tremenda, y que tienen la intención de articular presentaciones en todo el país durante los próximos meses.  

El dramaturgo y profesor cubano Freddy Artiles hablaba de la posibilidad que ofrecen los dibujos animados para la construcción de mundos autónomos. Adonde no llega un actor por sus limitaciones físicas; una figura animada campea por su respecto, y nadie se molesta en exigirle que cumpla con las leyes del mundo físico, de las cuales el actor no puede desprenderse. De ahí que sea tan complejo el reto asumido por Cremata y La Colmenita en su recreación escénica del Coronel Valdés y sus compatriotas devenidos músicos. Súmese a esto la gran distancia que separa al espectador del escenario y la baja estatura de los intérpretes, que a veces no supera el medio metro. Ello explica en gran medida que los niños actores  griten y por momentos se encomienden a una gestualidad ilustrativa y grandilocuente. Hay que considerar además que se trata de niños, obligados a manipular un enorme micrófono, que limita considerablemente su gestualidad.

Claro que una parte del público entró al teatro dudando de la capacidad de los colmeneros para interpretar en vivo la música de los Van Van. Pero la duda se disipa de inmediato, al apreciar la decorosa y arriesgada interpretación de los muchachos, discretamente apoyados por el grupo Vocal Sampling. Por eso hay, cuando menos, un pianista eventual, un violinista de más y una cuerda de trombones que no se ven y que en el futuro, por razones obvias, no podrán continuar acompañando a la tropa. Pero ello no demerita en lo más mínimo el buen trabajo de los niños, adecuadamente conducidos por Amaury Ramírez Malberti, y empeñados en captar las esencias de un fenómeno cultural que el público identifica hasta el menor detalle. Comprometidos con la lógica argumental del espectáculo, los percusionistas entran y salen y son sustituidos hasta por el mismísimo Coronel Elpidio; movimiento que podría manejarse con mayor intencionalidad. Destaca en este sentido el concepto musical demostrado por Lilita Sosa, la niña que interpreta el papel de Pepito, líder de la banda de música, y toca las pailas. Sin pretender virtuosismo, Lilita transita fluidamente de un rol a otro y ofrece descargas musicales breves y sencillas, cuyo buen gusto y precisión acaparan la atención del público.

Pero me permitiré un paréntesis más en este punto. En la reciente visita al Mayo Teatral del grupo peruano Yuyachkani, daba gusto la destreza de actores y actrices para manipular instrumentos complejos como la trompeta, el saxofón, la flauta y se ponía en evidencia cuánto ha retrocedido en este aspecto nuestro movimiento teatral profesional. Sin embargo, estos niños van del personaje al músico con el mayor desenfado y el concepto de puesta en escena parte de esas dualidades para la ubicación de los temas musicales a interpretar. Se trata de una operación compleja que introduce una tensión más a los jóvenes actores y que necesita de mucho fogueo, de mucha práctica ante el espectador, para que el niño llegue a manejar con soltura ambos roles y pueda, solo a partir de ese punto, poner su capacidad creativa en función de la partitura escénica. Por eso es tan nociva la programación de funciones aisladas como las ofrecidas a propósito del Cubadisco. Es muy difícil para estos niños alcanzar en solo dos funciones la confianza que requieren para proyectar sus respectivos roles.

Además del merecidísimo homenaje a la orquesta que fundó Juan Formel hace 40 años, Elpidio Valdés y los Van Van logra el relanzamiento promocional de nuestro más grande personaje de animación. En tiempos de tanto audiovisual intencionado, mucho se agradece un esfuerzo como el de La Colmenita, que habla muy bien del talento de nuestros realizadores para crear un ícono capaz de perdurar y hasta de competir con la mayor galería de esperpentos audiovisuales que jamás se ha visto. Con este espectáculo, la tropa de Carlos Alberto Cremata llena también una expectativa de público que ha sabido construir pacientemente durante estos 20 años y logra niveles de comunicación muy superiores a cualquier otra experiencia de su tipo en Cuba.

Sigamos de cerca y con confianza esta nueva aventura de La Colmenita, que irá creciendo con cada función y que amenaza con transfigurarse en una estructura base para dialogar con otras agrupaciones e invitados. Corren ciertos rumores de que Adalberto Álvarez podría ser el próximo aliado de la tropa mambisa. En todo caso será una fiesta de reafirmación cultural, un valioso antídoto contra la moralidad y el teque o, como diría Cremata, una vacuna de buen gusto y buena música.
 

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