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Le llamaban el Caballero de la
espada. Dicen que podía competir
sin necesidad de jueces. Así lo
reconocieron hasta sus propios
rivales, pues en ocasiones, al
sentirse tocado y no ser
apreciado por los jueces, Ramón
Fonst levantaba el brazo y
señalaba el golpe.
Su vida fue tan fascinante como
las de los más célebres
personajes de las novelas de
capa y espada. Asombró a las
multitudes. Fue nuestro primer
campeón olímpico.
Tal suceso tuvo lugar el jueves
14 de junio de 1900, cuando Cuba
presentó las primeras
credenciales olímpicas en los
Juegos de París. Los majestuosos
jardines de Las Tullerías serían
el escenario de la gran final de
espada.
Al antillano ya lo precedía una
aureola de triunfos. Y
deslumbraba también como el de
más prestancia entre los
contendientes. Pelo negro, alto,
de agilidad prodigiosa, recia
musculatura y largas
extremidades.
La sala se encontraba
abarrotada, y cuando los dos
esgrimistas, adoptaron la
posición de “en garde”, luego
del saludo, se hizo un
descomunal silencio. Lo que
sigue es harto conocido: el
criollo, en un derroche de
técnica y coraje, “lanza un
enérgico ‘battement’ en cuarta,
seguido de un veloz golpe recto
que alcanza en pleno pecho a su
rival y… ¡clava la punta
limpiamente!”.
Los jueces no tienen otra
disyuntiva que dar su voto al
cubano.
Tres veces el representante de
Nuestra América ha tocado al
francés Louis Perré para
alcanzar la victoria. Sus
admiradores lo llevan en andas.
Todos lo agasajan. Es el
triunfador del momento.
Y cosas de la vida, como dice su
biógrafa y destacada esgrimista
Irene Forbes en su hermoso libro
As de espada, “casi nadie
sabe con certeza dónde queda
Cuba, la pequeña isla, patria
amada del flamante titular
olímpico”.
Victorias y más victorias
Nacido en La Habana, en cuna
opulenta, el 31 de agosto de
1883, desde niño mostró
cualidades fuera de lo común
para el deporte. Bajo la guía de
su padre Filiberto Fonst, a la
sazón destacado esgrimista, dio
los primeros pasos en el arte de
las estocadas en el Club
Gimnástico, situado en la calle
de Prado número 86.
En 1890 la familia se trasladó a
París, y don Filiberto aprovechó
la ocasión para poner al vástago
en manos de dos excelentes
profesores de esgrima: el
francés Albert Ayat y el
italiano Antonio Conte.
Los resultados no se harían
aguardar.
Recién cumplidos los diez, el
jovencito en cuestión, zurdo por
más señas, gana el primer premio
en la competición de florete
organizada por el Liceo de
Janson de Sailly, en París.
Victoria tras victoria obtendrá
el novel espadachín, quien
aventajado además en ciclismo,
pistola y boxeo francés, gana
medallas de oro en estas
especialidades. Pero, sin duda
alguna, sus momentos más
estelares los vivirá en la
esgrima donde impone su clase.
Entre las citas olímpicas de
París, 1900, la II, y San Luis,
1904, la III, Ramón Fonst
realiza la gran proeza de
conquistar cinco medallas de
oro,
—individual
y colectivo—,
cifra que ningún otro deportista
cubano ha igualado.
En el 1er. Juego Centroamericano
(México-1926) alcanza el oro en
florete, sable y espada. En la
segunda edición de este clásico
regional (La Habana-1930),
próximo a los 48 años de edad,
casi repite la hazaña, pero
falla en sable por una lesión en
el tobillo. Aquí, mejora su
propio récord mundial implantado
en Ostende, Bélgica, en 1904, al
realizar 25 asaltos consecutivos
sin ser tocado. En los IV Juegos
(Panamá-1938) logra oro por
equipo en espada y plata en
florete. Es el más veterano.
Tiene 55 años.
Hombre de honor intachable
Al retirarse como deportista en
activo, el prodigioso campeón se
consagró al impulso de la
esgrima en la patria que lo vio
nacer.
Su trayectoria ejemplar lo hizo
acreedor de importantes
condecoraciones como Caballero
de la Legión de Honor de
Francia, la Gran Cruz de la
Orden Carlos Manuel de Céspedes
y la Orden de Mérito
Esgrimístico Ramón Fonst,
entregada por la Federación
Amateurs de Esgrima de Cuba al
propio deportista en cuyo honor
se instauró .
Ramón Fonst falleció en su
ciudad natal el 10 de septiembre
de 1959.
Sobre la vida de este legendario
deportista los Estudios Mundo
Latino filmaron no hace mucho un
documental asesorado por su
biógrafa Irene Forbes, quien
calificó de muy valioso este
trabajo, pues Fonst,
—como
reconoció ella—
además de ser un magnífico
atleta, fue un hombre de honor
intachable, sobre quien se debe
dar a conocer su profunda
cubanía.
Ejemplos sobran, como cuando
después del paso del ciclón de
1926, a su regreso de los Juegos
Centroamericanos de México, al
encontrar todo desolado realizó
una exhibición para recaudar
fondos con vistas a ayudar a los
damnificados, mientras su propia
casa estaba dañada. Además, a
pesar de su posición adinerada,
fue amigo de Kid Chocolate y
nunca mantuvo actitudes
racistas.
No por gusto le llamaban el
Caballero de la espada. |