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Es cosa indiscutible que
en los últimos años la
décima cubana en el
punto guajiro ha ganado
prestigio e influencia
dentro del buen gusto de
nuestro pueblo. Como
autóctona manifestación
artística, ha saltado
los ámbitos guajiros
para entrar —con todo el
derecho que su tradición
y cubanía le otorga— en
las ciudades y poblados,
cargada no solo de su
mensaje romántico
—cantadora de amoríos y
ocurrencias—, sino de
ideas e iniciativas, de
enseñanzas y rumbos,
convertida por su
flexibilidad y criollez
en un vehículo de
cultura y pureza, para
neutralizar un tanto la
chabacanería musiquera
del ambiente, arraigada
por desdicha de tanto
mal gusto y extranjería
disonante, venenosa e
incivil muchas veces en
los textos que canta.
La décima guajira ha ido
subiendo en el favor
popular gracias a un
puñado de cultivadores
audaces, que desde hace
años vienen dando una
recia batalla para
resguardar y superar
esta delicada joya de
nuestro folclor,
arraigada en la garganta
y el corazón campesinos
con férrea terquedad,
que ningún otro ritmo
ajeno a la serenidad y
el angustiado vivir de
nuestros campos ha
podido desalojar del
sitio de ternura que es
el pecho amoroso y
atravesado de nuestros
guajiros.
Esta defensa práctica
del punto y de la décima
se ha llevado a cabo en
tres direcciones: la
radio, las controversias
y las publicaciones,
debiendo apuntarse aquí
que ante el ataque
gratuito y desdeñoso de
algunos a esta típica
modalidad de la canción
criolla, han salido
valientes, documentadas
y oportunas voces de
nuestra mejor
intelectualidad a
defender la riqueza
rítmica de las tonadas
en cuya diversidad y
modos sonoros se
manifiesta el paisaje y
el carácter de cada
región de nuestra isla.
Valga como un ejemplo la
conferencia ilustrada
con músicas regionales
que sobre el punto
cubano ha ofrecido el
joven y talentoso
musicólogo Argeliers
León.
La predilección popular
ha ganado un espacio
permanente para la
décima guajira en la
radiodifusión nacional.
Diversas emisoras lanzan
cada día al aire las
inspiraciones de los
trovadores, que, por
cierto, no son solo
hombres y mujeres del
campo, sino voces de la
ciudad ganadas para la
décima en su ascendente
favor en el público.
La CMQ mantiene desde
hace años las
controversias guajiras.
Cada día se llenan sus
estudios de
simpatizadores del
limpio cantar montuno
que sirve de canal no
solo a la exaltación de
la belleza del paisaje,
la vida y la mujer
campesina, sino que
también es portador de
la protesta, la
información y la
solidaridad en
cuestiones que afectan
el interés de la nación.
Más de un grave problema
de algún apartado rincón
del país ha encontrado
solución y favor de los
poderes públicos gracias
a la exposición graciosa
con que la décima
guajira ha sabido
sacarlo a la luz. He
aquí el aspecto
utilitario que el punto
tiene en la voz de sus
pioneros de la radio,
sin que por ello
desmerezca un ápice en
su valoración artística
cada día más superada.
La difusión radial es el
elemento indispensable a
las fiestas del punto
guajiro que en teatros y
sociedades de los
distintos pueblos de la
Isla a menudo se
celebran con embajadas
de los mejores
cantadores e
improvisadores. Es esta
la evolucionada
expresión de aquellas
controversias
callejeras, de antaño en
que dos vates se
disputaban la palma ante
el frenético auditorio
un domingo cualquiera
del poblado.
Pocos espectáculos son
tan hermosos, como estas
polémicas del verso
improvisado, vieja raíz
de cubanismo que viene
desde los albores de la
formación del
pensamiento nacional en
la colonia, enaltecido
en Plácido, Milanés y el
Cucalambé. Es la brava
décima que precedió al
himno en la gesta de la
libertad, que luego
aflora en la república
acompañada de la
fidelidad quejumbrosa de
las bandurrias y del
fino punteo de los
laúdes, honrada por
Santana, Limendú,
Celestino,
acercándosenos con
Marichal, María La
Matancera, la gracia
perdurable de Chanito,
hasta desembocar en
estos dos campeones de
la espinela, pulidos
dignificadores de la
improvisación que son El
Indio Naborí y Angelito
Valiente.
Hace unas noches me
tocó, para mi honra,
aprendizaje y gusto,
presidir junto con los
laureados poetas Rafael
Enrique Marrero y José
Sanjurjo, el jurado de
la más emocionante
controversia entre los
dos últimos trovadores
citados.
Con temas escogidos por
el jurado entre los
múltiples sugeridos por
aquel auditorio
fervoroso, se batieron,
improvisando a su turno
décimas sinceras y
profundas, cargadas de
sabiduría e intención,
El Indio Naborí y
Angelito Valiente.
A pesar de la incómoda
temperatura de nuestras
noches veraniegas,
subida con los grados
que exalta la pasión de
los bandos rivales, más
de dos mil personas
abigarradas en lunetas,
preferencias y pasillos
del viejo teatro del
Casino Español de San
Antonio de los Baños,
aplaudieron arrobados
por las décimas que
sobre la muerte, la
libertad y el amor
tejieron los
contendores, y que en
este folleto se
publican.
Allí, frente a frente,
Naborí, el lírico
prometedor y estudioso,
que a fuerza de premios
y laureles bien ganados
está hoy situado entre
los mejores poetas de
Cuba; y Valiente, bravo
domador del octosílabo
de pueblo, cargado
siempre del verso de
hondura y gracia, único
vate que pudiera hoy
enfrentarse al autor de
Estampas y elegías.
Allí, Naborí, con su
prestigio nacional, ante
el hijo de San Antonio
disputándole en su
propio patio los altos
laureles... Fue una
noche sin olvido en la
que la perfección de las
décimas improvisadas
impidió al jurado
declarar un vencedor.
Hoy se publican las
décimas allí cantadas,
no para buscar la
reiteración del fallo
por los amadores del
punto, sino para que
todos vean con qué
limpios e ingenuos
recursos artísticos
pueden aún en Cuba
moverse miles de
personas a un
espectáculo que no se
sabe a quién honra más:
si a sus promotores y
artistas o al auditorio
tan noble que lo
disfruta; pero lo que
puede afirmarse
—con
toda la esperanzada
emoción que ello implica—
que honra a Cuba en su
ejemplaridad y pureza y
que debe ser tenido en
cuenta.
La Habana, junio 23 de
1955
Texto
tomado del libro
Décimas para la
historia. La
controversia del siglo
en verso improvisado.
Indio Naborí y Ángel
Valiente, Editorial
Letras Cubanas, 2004. |