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Fue José Martí muy poco conocido de sus
compatriotas, los cubanos, en el
verdadero, esplendoroso apogeo de su
gloria. La verdad sea dicha: yo no he
conocido otro igual en más de treinta
años que me encuentro al lado de los
cubanos en su lucha por la independencia
de la Patria.
Martí fue cariñosamente admirado en la
tribuna, donde flageló siempre a la
tiranía y se hizo amar del pueblo cuyos
derechos defendía con tesón incansable.
Desde allí, al decir de muchos criollos
y extraños, se hizo un hombre notable.
Supo buscar en el libro y en el
periódico los mejores y más cariñosos
factores poniéndolos al lado del obrero
cubano en el taller de trabajo para que
se instruyera, principalmente en el amor
a las cosas de la Patria, y se sintiera
después bien hallado con la nueva
sociedad que debía venir; creándose de
ese modo la República por el pueblo y
para el pueblo. Predicó la escuela como
la panacea que curaría todos nuestros
males como consecuencia de una vida
anterior de atraso crudísimo, de
privilegio y oscurantismo.
Aún siendo niño se encaró contra el
poder usurpador de los derechos de su
Patria, y por eso vagó llevando un
grillete al pie, pues buen cuidado había
que tener la tiranía de apagar en Cuba
toda lámpara que, como Plácido, pudiese
dar algún destello de luz.
Siempre lo fue Martí, en suma: activo,
rebelde, contra todas las tiranías y
usurpaciones.
Enhorabuena, todo eso es espléndido y
edificador, sublime si se quiere; pero
Martí no debió tener necesidad de hacer
grandes esfuerzos para llenar esa misión
que él mismo se había impuesto. Para
aquel cerebro dotado de sorprendentes
recursos intelectuales y para aquel
hombre de gran corazón, debemos presumir
que no era una empresa que ofreciese
grandes dificultades que vencer.
El atrevimiento era mesurado, se tenía
que contar con el tiempo y esperar que
la semilla fructificara nuevamente
después de tantos fracasos. La esperanza
no había muerto en el corazón del
pueblo, y Martí, hombre de penetración,
comprendió eso y en esa grande y sólida
base apoyó el extremo de su palanca.
Pero llegó un momento para Cuba en que
Martí debía completarse y se completó, y
he aquí donde yo lo he visto grande y
hermoso y donde muy pocos tuvieron la
ocasión de contemplarlo, consumando el
mayor de los sacrificios: franco,
sencillo y resuelto, y sin que pudiese
esperar, halagado, el aplauso: porque en
la guerra todo es duro y escueto. Frente
a la muerte no se puede mentir, hasta
allí no se puede llegar sino desnudo de
ficciones.
Yo vi a Martí entero y sin decaimiento
cuando el tremendo fracaso de La
Fernandina, en donde lo perdimos
todo, quedándonos sin recursos y sin
crédito como premio doloroso de algunos
años de ímprobo trabajo. ¡Qué días tan
amargos aquellos que nos tenía
preparados el destino! Al lado de la
terrible contrariedad que sufrían unos
hombres preparados con entusiasmo para
una gloriosa empresa, ese fracaso no
solamente dejaba comprometida aun la
vida, sino también algo más grande, el
honor. Preciso era en lance tan
desesperado jugarse el todo por el todo,
y vi entonces a Martí, sin miedo y
resuelto a correr los azares de una
suerte por demás incierta, cuando para
cumplir la palabra empeñada con la
propia conciencia y con la Patria, nos
lanzamos a la mar en débil barquichuelo,
llevándoles en vez del elemento de
guerra a los compañeros combatientes ya,
la dolorosa noticia del fracaso. Los
hombres de honor que sepan apreciar
aquella desairada situación nuestra,
sobre todo para Martí, que era el
director de las cosas de fuera, han de
pensar, junto conmigo, que era preciso
poseer una gran dosis de entereza para
no sentirse desconcertado ante tamaño
infortunio, y muy bien pudiera
apreciarse de manera distinta para la
vehemencia de la opinión pública,
desesperada por ver realizada la empresa
con tanta insistencia anunciada. El
pueblo, y sobre todo los eternos
enemigos de la Revolución, podrían decir
con sobra de razón: “He aquí el parto de
los montes”.
Después de eso vi a Martí resuelto y
entero, cuando no contento el destino
con la desgracia con la cual acababa de
fustigarnos, dispuso fuésemos
traicionados y abandonados en el mar por
los mismos que se habían comprometido,
mediante una retribución adelantada, a
conducirnos a la tierra amada.
Momentos angustiosos fueron aquellos,
capaces de meter miedo a los espíritus
más fuertes y mejor templados y a los
hombres como Martí no acostumbrados a
los azares de la guerra. Extraño
contraste, habíamos principiado con la
más horrenda derrota, para obtener
después, como se ha visto, la más
espléndida victoria. Así ha sido Cuba y
seguirá siéndolo.
Al fin vencimos de tantos trastornos y
de tantas infamias y a costa de
sacrificios sin cuento, y yo vi entonces
también a Martí, atravesando las
abruptas montañas de Baracoa con un
rifle al hombro y una mochila a la
espada, sin quejarse ni doblarse, al
igual de un viejo soldado batallador,
acostumbrado a marcha tan dura a través
de aquella naturaleza salvaje, sin más
amparo que Dios. Después de todo este
martirizante calvario y cuando el sol
que alumbraba las victorias principió a
iluminar nuestro camino, yo vi a José
Martí —¡qué día aquel!— erguido y
hermoso en su caballo de batalla, en
Boca de Dos Ríos. Como un venado,
jinete, rodeado de aquellos diestros
soldados, que nos recuerda la Historia,
cubiertos de gloria en las pampas de
Venezuela.
Allí, en Boca de Dos Ríos, y de esa
manera gloriosa, murió José Martí. A esa
gran altura se elevó para no descender
jamás, porque su memoria está
santificada por la Historia y por el
amor, no solamente de sus conciudadanos,
sino de la América toda también.
*Carta a Francisco María González, 1902.
Máximo Gómez Báez:
Militar y patriota dominicano. Baní,
República Dominicana, 18 de noviembre de
1836 - La Habana, Cuba, 17 de junio de
1905. Fue un general de la Guerra de los
Diez Años y el General en Jefe de las
tropas revolucionarias cubanas en la
Guerra del 95. Se le conoció por el
sobrenombre del Generalísimo. Se hizo
célebre por la disciplina implacable que
imprimió a sus tropas. Entrenó a las
tropas mambisas en el uso del machete
como arma de combate, protagonizando la
primera carga al machete de la Guerra de
los Diez Años el 4 de noviembre de 1868.
Su acción militar más destacada fue la
llamada invasión a Occidente. |