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Ariel. Así, sin más, se
presenta este joven
nervioso ante el pequeño
auditorio: recién ha
comenzado su primer año
como estudiante de piano
en la Universidad de las
Artes y le apasiona la
composición. Pero
encontrar músicos que
interpreten sus obras,
no parece tarea fácil
para un primerizo:
“Tengo aún que abrirme
paso, conocer más
estudiantes de música
que quieran formar un
proyecto conmigo”. Tal
vez esto explique los
uniformes carmelitas que
le acompañan en el saxo,
la percusión…: para
mostrar lo que es capaz
de hacer, Ariel solo
tuvo que cruzar la calle
que separa el ISA de la
Escuela Nacional de
Arte, institución de
enseñanza media. Allí
encontró músicos aun más
jóvenes que un día
cruzarán también la
calle hacia el otro
lado, ahora dispuestos a
interpretar su versión
del “Happy Birthday” o
el excelente latin jazz
que aún Ariel no nombra.
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Con estos músicos al
fondo –mientras se
desempeña al piano- y
luego al frente –cuando
pasa a dirigirlos-,
Ariel subió este año al
escenario de Musicalia,
el festival con que cada
año el ISA convoca a los
proyectos libres de sus
estudiantes. Y si al
principio los nervios no
le dejaban hablar –“soy
un poco gago”, bromea-
ahora muestra una
seguridad que sorprende
incluso a quienes
dirigen la Facultad de
Música. De la capacidad
de este joven para
combinar sonoridades y
especialmente para
lograr que funcione con
pocos días de ensayo
todo un formato
orquestal, supimos todos
al mismo tiempo:
periodistas, estudiantes
que asistieron como
auditorio, profesores de
otros años, directivos
de la institución.
Y a nadie sorprende, sin
embargo, que
revelaciones como esta
se sucedan
constantemente. Es
imposible cuando se
trata de jóvenes
artistas que combinan la
inquietud propia de sus
edades con las urgencias
creativas de su
formación. Y mucho menos
sorprende cuando uno ha
pisado, así sea una vez,
los pasillos y salones
de la Facultad de Música
del ISA: en cada rincón,
alguien repasa
partituras en solitario;
en pleno centro de
cualquier espacio
transitable, grupos de
músicos improvisan
combinando sus
instrumentos en
deliciosa descarga. De
ahí salen, precisamente,
estos proyectos libres:
por solo citar un punto
de su historia, en esos
pasillos vio la luz
Habana Entrance, hoy una
de las bandas de jazz
más consolidadas del
amplio panorama de este
género en Cuba.
Seguramente Dayramir
estuvo un día donde
Ariel González.
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Los proyectos libres no
son una exigencia de la
Universidad de las
Artes, aun cuando la
institución los apoye.
Son ideas que nacen
espontáneamente de sus
estudiantes, a partir de
la combinación de roles
con que la amplitud de
su formación les
capacita. El ISA, no
obstante, gestiona para
ellos espacios de
presentación, les
acompaña en estos
escenarios e, incluso,
les concede instrumentos
que sus formatos
demandan, aunque no
formen parte de la
docencia. El resto queda
por ellos: el perfil que
escogen, el nombre con
que deciden trascender
en tanto grupo, los
temas que componen o
adaptan.
Por eso Musicalia no es
un festival común:
aunque algunos lo
lamentemos al principio,
no existe un programa
definido que ordene las
presentaciones. Ni
siquiera una relación
definitiva de los
proyectos que habremos
de escuchar. En pleno
desarrollo de las
presentaciones, llega un
grupo de estudiantes con
sus instrumentos y sube
al escenario: tal vez el
auditorio sepa de su
existencia, tal vez no.
Tal vez se trate del
“piquete” de la descarga
de la otra noche, que
descargaron a la
siguiente hasta lograr
algo que sí, ¿por qué
no?, suena bien.
Además de las
composiciones de Ariel,
atrapó esta vez al
auditorio de Musicalia
un formato único en el
país, nacido hace dos
años de la iniciativa de
cinco jóvenes que por
entonces recién llegaban
al ISA: Brasscuba, un
quinteto de trombones y
tuba integrado por
estudiantes de tercer
año.
Su director, Leiser
(Tito) tiende también a
los nervios
—consecuencia, pienso,
de la primera vez frente
a una grabadora y una
cámara que no para de
hacerles fotos. Pero
como a Ariel, la lengua
se le destraba si le
preguntan por el
proyecto: “le hablamos a
la gente del formato y
nos dicen: ‘¡Pero cuatro
trombones y una tuba!...
¿¡eso suena?!’. Y
después vienen a vernos
músicos, incluso ya
graduados, a decirnos
que nos han escuchado y
que les reservemos un
espacio en el grupo, si
alguno de nosotros
falla”.
Pero la singularidad de
Brasscuba no se queda en
el formato, que ya lo es
bastante. “Si es tan
poco usual, ¿cómo se las
ingenian para conseguir
composiciones que puedan
interpretar?”, pregunto.
“Ese ha sido un problema
y también algo que nos
ha fortalecido mucho
como proyecto. Hemos
encontrado algunas
composiciones de autores
extranjeros; pero casi
todo lo que
interpretamos son obras
que hemos tenido que
adaptar e, incluso, que
componer nosotros
mismos”, dice Adrián
Argota, precisamente el
compositor del tema “Brasscuba”,
que según su opinión
sintetiza lo que el
grupo ha estado haciendo
durante sus dos años.
También de la autoría de
integrantes del
quinteto, es otra de las
piezas que interpretaron
en el festival: “Pieza
#3”, una apropiación de
sonoridades de temas
antológicos de Van Van.
“Si esta orquesta no
hubiese existido —dice
Adrián— tendríamos otra
historia de la música
cubana”.
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Y es precisamente ese
diálogo con los ritmos
cubanos, junto a las
influencias foráneas, la
tendencia que podría
unir estos proyectos:
las composiciones de
Ariel, Brasscuba y
otros, entre ellos la
música electrónica de
Lechuga fresca y el
Laboratorio de Música
Electrónica del ISA —a
quienes no pudimos ver
en Musicalia por el
fuerte aguacero que
separó la beca del
pequeño teatro durante
toda la jornada. Se
trata de intereses que
trascienden las salidas
académicas de su
formación: no siempre
para olvidarlas, también
para reencontrarlas en
nuevos tempos. En sus
tempos. |