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Buenos Aires, 15 de
agosto de 1883. Ese día,
en el periódico La
Nación, el
periodista cubano José
Martí pronostica: “[...]
de aquí a poco, la
electricidad moverá
arados. Asombra que con
tanto hombre que junta
polos y saca fuerza de
ríos y cascadas, no se
haya pensado aún en
uncir, en vez de una
criatura viva que
padece, un acumulador
[...]”.
Faltaban 24 años para
que, en 1907, el
norteamericano Henry
Ford lanzara el primero
de esos equipos
agrícolas basado en
piezas de automóvil,
incluido un acumulador.
Antes, en agosto de ese
mismo año, desde las
páginas de la revista
norteamericana La
América, el ojo
zahori de Martí había
previsto algo
sorprendente para la
época: “Día llegará en
que pueda llevar consigo
el hombre, como hoy el
tiempo en un reloj, la
luz, el calor y la
fuerza en algún aparato
diminuto [...]”. Faltaba
mucho tiempo para
arribar al siglo XX y,
con él, irrumpir las hoy
comunes y diminutas
pilas eléctricas capaces
de ofrecer luz en
linternas y, más tarde,
calor y fuerza mediante
pequeños equipos en los
sistemas cósmicos de los
astronautas
contemporáneos. José
Martí, poeta de alto
vuelo, pronosticó dos
avances científicos que
se cumplieron
inexorablemente después
de su caída en Dos Ríos.
¿Casualidades en ambos
casos o cultura
científica amplia,
arropada en la visión
profética de un poeta?
¿Los poetas como
profetas de la ciencia?
En el propio mes de
agosto de 1883, también
en la revista La
América, el Maestro
ofreció respuesta cuando
planteó: “[...] la
imaginación es la
vanguardia, y como el
profeta de la ciencia”.
Imaginación para
Martí era sinónimo de la
palabra hermosa como él
mismo lo dejara plasmado
el 21 de septiembre de
1875 en la Revista
Universal, de
México: “[...] la poesía
es el ejercicio de la
Imaginación”.
Más tarde, en el
periódico venezolano
La Opinión Nacional,
se referiría por primera
vez al “[...] poeta,
espíritu profético”,
en alusión directa
al bardo argentino
Olegario Víctor Andrade.
En el mismo diario
señalaría
inequívocamente: “Las
ciencias confirman lo
que el espíritu posee:
la analogía de todas las
fuerzas de la
naturaleza; la semejanza
de todos los seres
vivos; la igualdad de la
composición de todos los
elementos del Universo;
la soberanía del hombre,
de quien se conocen
inferiores, mas a quién
no se le conocen
superiores. El espíritu
presiente; las creencias
ratifican. El espíritu,
sumergido en lo
abstracto, ve el
conjunto; la ciencia,
insecteando por lo
concreto, no ve más que
el detalle [...]”.
Por eso, al analizar
un número de la revista
norteamericana
Century Magazine,
declaró: “La ciencia
viene detrás de la
intuición filosófica y
de la previsión
poética”.
A la luz de estos
antecedentes, resulta
comprensible la
reproducción que hace
Martí, en la prensa, de
cierto análisis sobre el
alemán Goethe, con
afirmaciones que
evidentemente comparte:
“Goethe adivinó mucho en
la ciencia, por su
maravillosa y bien
gobernada imaginación.
Fue él quien anunció,
con esa visión poética
que tiene de profecía,
que solo los rayos
azules del espectro
tienen el poder de
producir fosforescencia
en cuerpos capaces de
manifestarla: la ciencia
exacta demuestra hoy
certidumbre de aquella
intuición poética”.
Martí señala otros dos
ejemplos concretos de
poetas-profetas de la
ciencia cuando se
refiere a Lucio Anneo
Séneca en los siguientes
términos: “[...] aquel
Voltaire romano que
predijo el
descubrimiento de
nuestro Nuevo Mundo”.
El Maestro aludía al
verso 375 de la tragedia
Medea, obra
inmortal del filósofo y
poeta hispanolatino,
donde Séneca previó tan
lejano porvenir del que
lo separaban siglos. El
destacado ensayista
mexicano Alfonso Reyes
coincidió con la
interpretación martiana
cuando afirmó: “[...]
América, solicitada ya
por todos los rumbos,
comienza, como hemos
dicho, antes de ser un
hecho comprobado, a ser
un presentimiento a la
vez científico y
poético”.
Ralph Waldo Emerson,
poeta y filósofo
norteamericano, tan
admirado por el Maestro
y que tanto influyó en
él, fue otro de los
poetas-profetas de la
ciencia señalados
directamente en la obra
martiana. “Diez años
antes que Darwin, vio al
gusano, en su brega por
llegar al hombre
ascendiendo por todas
las espiras de la forma
[...] Emerson se
anticipó a Darwin. La
poesía vio antes: se
anticipó en versos”.
¿A qué se refería Martí?
Pues al ensayo
emersoniano titulado
Naturaleza donde el
bardo estadounidense se
anticipó diez años a la
exposición de la teoría
darwiniana de la
evolución de las
especies y lo hizo,
precisamente, en versos.
Incluso John Tyndall,
notable científico
británico de la época,
agradeció a Emerson su
poesía profética que le
inspiró importantes
descubrimientos.
En ese contexto
histórico, Martí no dudó
en calificar como poeta
a un científico
destacado como Darwin
mientras que al
mineralogista francés
Renato Justo Haüy,
descubridor de las leyes
de la cristalografía, le
señaló que “[...] tenía
más de poeta que de
hombre de ciencia”.
Todos estos
planteamientos
martianos, que rompieron
y rompen esquemas, se
basan en la cultura
científica que deben
poseer los intelectuales
del área literaria y
artística. Como
planteara el 22 de mayo
de 1882 en el diario
La Opinión Nacional,
de Caracas, a propósito
de la publicación del
libro La ciencia y la
cultura,
donde el profesor Thomas
Henry Huxley
(1825-1895), biólogo
británico, famoso por su
apoyo entusiasta a la
teoría de la evolución
de Charles Darwin,
defendiera: “[...] cuál
ha de ser la cultura de
estos tiempos, y cuál su
objeto, y si ha de ser
principalmente literaria
o principalmente
científica. De gran
aplicación sería ese
discurso en nuestras
tierras, cuyos mayores
males vienen tal vez de
que la masa de hombres
inteligentes, llamados a
dirigir, reciben una
educación, no solo
principalmente, sino
exclusivamente,
literaria. Por
descontado, Huxley rompe
lanzas con aquellos
ingleses que creen que
para ser hombre culto no
es necesario estudiar
más que bellas letras, y
no bellas letras
modernas, sino las
griegas y las latinas
por lo cual miran al que
sabe de Teócrito y de
Ovidio como a
ilustradísimas personas,
aunque ignore las leyes
del comercio moderno, o
los oficios industriales
de una planta, o las
leyes que regulan la
marcha de las
instituciones en los
pueblos y ven con malos
ojos, y como de superior
a inferior, a uno que
sabe de física, y de
historia natural, y de
industrias, y de
agricultura, y de
comercio, y de mecánica,
y de toda la varonil y
magnífica poesía que
cabe entre ellas, y
viene de ellas, pero no
recita de memoria por
desdicha, y con el
debido tono y acento,
las Geórgicas y
las Bucólicas.
¡Razón de sobra
tiene en su campaña el
profesor Huxley!
Un hombre de estos
tiempos, nutrido
exclusivamente de
conocimientos
literarios, es como un
mendigo flaco y
hambriento, cubierto de
un manto esmaltado de
joyas, de riquísima
púrpura [...]”.
En los días finales de
su vida el bardo
inigualable que fue
Martí confesó en carta a
la niña María Mantilla:
“Leo pocos versos,
porque casi todos son
artificiales o
exagerados, y dicen en
lengua forzada falsos
sentimientos o
sentimientos sin fuerza
ni honradez, mal
copiados de los que los
sintieron de verdad.
Donde yo encuentro
poesía mayor es en los
libros de ciencia
[...]”. ¿Cuán
conocido es el mensaje
martiano sobre ciencia
entre los intelectuales
del área literaria de
nuestros días? ¿Qué
importancia tiene en
esta época la dimensión
científica de la cultura
que el Maestro defendió
en el siglo XIX?
Tiene la palabra el
destacado intelectual
Roberto Fernández
Retamar, presidente de
Casa de las Américas:
Creo que por desgracia,
y con excepciones, lo
que usted llama “el
mensaje martiano sobre
ciencia” es aún
insuficientemente
conocido entre los
literatos cubanos de
nuestros días. “La
dimensión científica de
la cultura que el
Maestro defendió en el
siglo XIX” según
palabras empleadas por
usted, sigue teniendo
plena vigencia en
nuestros días, y es
magnífico ejemplo de su
carácter completo. En él
no existió, todo lo
contrario, esa división
entre las dos culturas
(la humanística y la
científica) que señaló y
deploró Snow[1].
También en este orden
Martí indicó el camino a
seguir.
Nota:
1 Charles Percy Snow
(1905-1980): Novel¡sta,
crítico y científico
británico. En Las dos
culturas y un segundo
enfoque,
recopilación de
discursos que se
publicaron en forma de
libro en el año 1959,
pidió encarecidamente un
entendimiento mutuo
entre los científicos y
los escritores.
Publicado en Portal José
Martí, Centro de
Estudios Martianos, mayo
de 2010. |