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"José Martí",
Jorge Arche |
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Atravesando y
consolidando la violenta
unidad de su obra está
la razón visible de su
existencia, la lucha
revolucionaria que
explica el ajuste (para
usar un término que él
amó tanto) entre los
propósitos políticos y
morales de Martí y los
cauces y géneros de que
se valió
fundamentalmente. Si se
olvida o minimiza
aquella razón, no es
dable, por ejemplo,
entender el espacio y la
intensidad que en sus
letras tuvo el
periodismo. Pedro
Henríquez Ureña
escribió: “Su obra es
[…] periodismo; pero
periodismo elevado a un
nivel artístico como
jamás se ha visto en
español, ni
probablemente en ningún
otro idioma.” Fina
García Marruz añadió
que, inmerso en la
dinámica vida
estadounidense, se
produjo en Martí “la
sustitución de una
literatura libresca por
una literatura
periodística, atenta a
la vibración del
instante. Lo
habitualmente desdeñado
por ‘prosaico’ es para
él la nueva poesía
moderna, la épica nueva
y el taller formidable”.
[19]
Desde luego que un
concepto desdeñoso y
estrecho (y además
arcaico) del periodismo,
no permite comprender el
papel extraordinario que
este tuvo en Martí, en
un momento en que, por
añadidura, el periódico
iba a acoger
colaboraciones de no
pocos escritores
hispanoamericanos
coetáneos o más jóvenes,
obligados a hacerse
periodistas ante
presiones
socioeconómicas
conocidas. En el caso de
Martí, sin que dejaran
de existir tales
presiones, se valió con
frecuencia del texto
periodístico, al igual
que del discurso y la
carta como vehículos
para trasmitir su
pensamiento: es decir,
ocuparon un sitio
central en su obra por
razones funcionales.
Pero hay que insistir en
que esto ocurrió sin
desmedro alguno de ese
“nivel artístico” impar
que señalara Henríquez
Ureña; antes bien,
realizando “la nueva
poesía moderna, la épica
nueva y el taller
formidable” de que habló
García Marruz, quien
también destacó “el
lenguaje anticipadamente
cinematográfico” (op.
cit., p. 386) del
periodismo martiano.
Aquí, como en tantos
aspectos, es conveniente
mirar a Martí no desde
su pasado ni su
contemporaneidad (o
mejor: no "solo"
desde ellos), sino
también desde su
porvenir. En este
sentido, por ejemplo, es
notable la cercanía de
parte de su obra con lo
que algunos escritores y
artistas de la
vanguardia rusa
defenderían a raíz del
triunfo de la Revolución
de Octubre. Uno de
aquellos fue Serge
Tratiakov, quien
sucedería a Mayacovsky
en la dirección de la
revista Nuevo Lef,
y que en 1929
escribiera:
Nosotros tenemos nuestra
epopeya. Nuestra epopeya
es el periódico.
[…] De qué novela […] se
puede hablar, cuando
cada día, por la mañana,
después de haber
sostenido el periódico,
volvemos finalmente la
última página de esa
novela, la más
sorprendente, que lleva
por título nuestra
época.
Somos los héroes, los
escritores, los lectores
de esa novela.
[20]
Acaso sea igualmente
útil considerar el
periodismo martiano a la
luz de lo que, sobre
todo en los convulsos
años 60 de este siglo,
se conoció en los EE.UU.
con el título de su
famoso
manifiesto-antología:
The New Journalism
(1973), presentado y
compilado por Tom Wolfe;
si bien para este el
llamado “nuevo
periodismo” no
pretendía, como
Tretiakov, sustituir a
la novela, también
desdeñada en su tiempo
por los surrealistas
franceses (aunque por
razones distintas), sino
merecer ser leído como
ella. No es extraño que
en 1987 Wolfe publicara
su primera novela,
The Bonfire of the
Vanities, de
previsible éxito.
Opiniones como la de
Tretiakov (más que las
de Wolfe) nos invitan a
detenernos un momento en
una cuestión importante.
El Martí joven, anterior
a la fecha en que inicia
sus textos mayores,
expresó en cuanto al
realismo en literatura y
arte un manifiesto
rechazo que solo años
después empezaría a
recibir comentarios
acertados.[21]
En 1879, al polemizar en
el Liceo de Guanabacoa
sobre el asunto, dijo,
de acuerdo con las notas
suyas que se conservan
para dicha polémica: “El
arte no puede, lo afirmo
en término absoluto, ser
realista.// Pierde lo
más bello: lo
personal.// Queda
obligado a lo imitativo:
lo reflejo”.[22]
Ahora bien, ¿a qué
realismo se estaba
oponiendo entonces
Martí? Indudablemente,
al realismo ramplón,
meramente especular, de
ciertos positivistas, al
naturalismo, a las
estrecheces propias de
un materialismo vulgar.
Por lo cual, al oponerse
a ese realismo amputado,
Martí se encontraba,
como expresó Mirta
Aguirre, más cerca del
punto justo, y añadió:
“A Marx no dejaba de
acercarse Martí —Tesis
sobre Feuerbach— al
rebelarse contra un
realismo que se
presentaba como un
método de reproducción
puramente contemplativa
de un objeto ajeno al
sujeto, sin tomar en
cuenta el influjo de lo
subjetivo en las
consecuencias prácticas
de la actividad humana
sensorial”.[23]
Aquel rechazo por Martí
de un realismo
empobrecedor, lo preparó
para la aceptación y la
práctica de un realismo
creador, de alto vuelo.
Al bocetar,
presumiblemente al final
de su vida, un prólogo
para su novela
Amistad funesta (Lucía
Jerez), escribió (y
piénsese, ante la
vergüenza confesada, en
la altivez con que habla
de su poesía):
El autor, avergonzado,
pide excusa. Ya él sabe
bien por dónde va,
profundo como un bisturí
y útil como un médico,
la novela moderna. El
género no le place, sin
embargo, porque hay
mucho que fingir en él,
y los goces de la
creación artística no
compensan el dolor de
moverse en una ficción
prolongada: con diálogos
que nunca se han oído,
entre personas que no
han vivido jamás.
El despego martiano
hacia el género
novelístico
prevaleciente en su
época (“la novela
moderna”, a la cual,
aludiendo a la relación
Zola/ Bernard, compara
con un bisturí y un
médico) no fue pues
accidental, sino
esencial en su teoría
literaria. Lo que
coexiste en él con los
elogios que dedicara a
otras novelas, de
Flaubert a Twain; con
sus libres y creadoras
traducciones de novelas
de Hugo y H.H. Jackson;
con la realización de
sus admirables cuentos
de La Edad de Oro.
¿Y dónde puede
encontrarse "en la
literatura" ese
rechazo de la “ficción
prolongada”? ¿Dónde
diálogos "que se han
oído", personas "que han vivido de veras"
(aspiraciones que
para nada se avienen con
un rechazo a todo
realismo)? No en la
novela hegemónica en su
época, sino en ese tipo
de literatura que desde
hace unos años solemos
llamar testimonio,
emparentada con la que
antes había sido
nombrada (por autores
como el propio Tretiakov)
"literatura factual". En
un cuaderno de apunte
cuya fecha se ignora,
Martí enumera algunos
libros que hubiera
querido hacer. Entre
ellos menciona uno,
poemático, cuyo esbozo
es el siguiente:
Mi tiempo: fábricas,
industrias, males y
grandezas peculiares:
transformación del mundo
antiguo y preparación
del nuevo mundo. Grandes
y nuevas corrientes: no
monasterios, cortes y
campamentos, sino
talleres, organizaciones
de las clases nuevas,
extensión a los siervos
del derecho de los
caballeros griegos: que
es cuanto, y no más, se
ha hecho desde Grecia
hasta acá. Fraguas,
túneles, procesiones
populares, días de
libertad: resistencias
de las dinastías y
sometimientos de las
ignorancias. Cosas
ciclópeas.
[24]
Esas palabras están
precedidas por estas
otras: “Recoger toda la
savia de la vida, y
darla a gustar en un
vaso ciclópeo: los tres
libros que acumulo, y no
tendré tiempo para
hacer”. Pero ¿fue
realmente así? ¿Es
verdad que Martí no tuvo
tiempo para hacer al
menos este libro? ¿No
existe tal libro en su
obra, tal “vaso
ciclópeo” que
indudablemente es una
epopeya? Recordemos las
palabras de Tretiakov:
“Nosotros tenemos
nuestra epopeya. Nuestra
epopeya es el
periódico”. Aquel
“libro” de Martí existe,
y es realmente ciclópeo:
sus páginas son, en
primer lugar, las
trepidantes crónicas que
escribiera durante sus
muchos años de
residencia en los
EE.UU.; son sus
numerosísimos trabajos
en publicaciones como
La Edad de Oro y
Patria; son,
también, las de su
formidable Diario de
campaña. Allí
están, en la enumeración
aparentemente caótica
que caracterizará a la
poesía whitmaniana o a
los murales de Diego
Rivera, fábricas,
industrias, males y
grandezas peculiares:
transformación del mundo
antiguo y preparación
del nuevo mundo; grandes
y nuevas corrientes; no
monasterios ni cortes,
pero sí campamentos de
la guerra por la
independencia, talleres
de tabaqueros,
organizaciones de las
clases nuevas, “los
pobres de la tierra”;
aparecen fraguas,
túneles, procesiones
populares que saludan el
trabajo, condenan el
monopolio y piden la
excarcelación de los
obreros de Chicago; días
de libertad en la
radiante manigua;
resistencias de las
dinastías —las coronadas
de la vieja Europa y las
financieras de la Europa
americana—y
sometimientos de las
ignorancias. Cosas
ciclópeas.
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Es sobre todo en su
gigantesca literatura
factual donde Martí
habrá encontrado el
“molde natural,
desembarazado e
imponente” de que
hablara a Mercado:
tríada de adjetivos que
recuerda, por cierto, a
la que el propio Martí
dedicara a Whitman en
1887, al llamarlo el
poeta “más intrépido,
abarcador y
desembarazado de su
tiempo”.
[25]
Refiriéndose a las
colaboraciones
periodísticas de Martí
en La Nación, de
Buenos Aires, escribió a
raíz de su muerte Rubén
Darío —quien después
afirmaría que en muchos
textos martianos “se
siente como el clamor de
una épica rediviva”:
[26]
Con una magia
incomparable, hace ver
aquí unos EE.UU. vivos y
palpitantes, con su sol
y sus almas (…)Mi
memoria se pierde en
aquella montaña de
imágenes, pero bien
recuerdo un Grant
marcial y un Sherman
heroico que no he visto
más bellos en otra
parte; una llegada de
héroes del Polo; un
puente de Brooklyn
literario igual al de
hierro; una hercúlea
descripción de una
exposición agrícola,
vasta como los establos
de Augías; unas
primaveras floridas y
unos veranos ¡oh, sí!
mejores que los
naturales; unos indios
sioux que hablaban en
lengua de Martí como si
Manitu mismo les
inspirase; unas nevadas
que daban frío
verdadero, y un Walt
Whitman patriarcal,
prestigioso, líricamente
augusto, antes, mucho
antes de que Francia
conociera por Sarrazin
al bíblico autor de las
Hojas de hierba.//
Y cuando el famoso
congreso panamericano,
sus cartas fueron
sencillamente un libro.
En aquellas
correspondencias hablaba
de los peligros del
yankee, de los ojos
cuidadosos que debía
tener la América Latina
respecto a la hermana
mayor; y del fondo de
aquella frase que una
boca argentina opuso a
la frase de Monroe.[27]
Como lo reitera esta
cita, la variedad de los
trabajos periodísticos
de Martí es enorme, y
sería forzar la mano
intentar reducirlos
precipitadamente a un
denominador común. Por
el contrario, hay que
reconocerles su rica
diversidad. Entre ellos
hay ensayos a la vez
poemáticos y
sociopolíticos, como
“Nuestra América”
(1891); artículos de
fondo, como los
dedicados a combatir a
los congresos
panamericanos
(1889-1890, 1891);
críticas, como las
consagradas a Flaubert
(1880), Pushkin (1880),
Wilde (1882), Longfellow
(1882), Pérez Bonalde
(1882), los pintores
impresionistas franceses
(1886), Whitman (1887),
Munkacsy (1887), Heredia
(1888), Louisa May
Alcote (1888),
Vereschaguin (1889),
Twain (1890), Casal
(1893); etopeyas
(“ensayos biográficos”),
dirá Marinello), como
las de Cecilio Acosta
(1881), Emerson (1882),
Jesse James(1882), W.
Phillips (1884), Grant
(1885), Lucy Parsons
(1886), H.W. Beecher
(1887), Páez (1888),
Céspedes y Agramante
(1888), San Martín
(1891), Gómez (1893),
Maceo (1893); crónicas,
como “El centenario de
Calderón” (1881), “Coney
Island” (1881) ,
(“Honores a Karl Marx,
que ha muerto”) (1883),
“El puente de Brooklyn”
(1883), “El terremoto de
Charleston” (1886),
“Fiestas de la estatua
de la Libertad” (1887) ,
“El cisma de los
católicos en Nueva York”
(1887), “Un drama
terrible” (La guerra
social en Chicago)
(1887), “Cómo se crea un
pueblo nuevo en los
Estados Unidos” (1889),
(“El asesinato de los
italianos”) (1891); e
incluso muchos de los
textos para niños y
muchachos que ofrece su
revista La Edad de
Oro. Cercanas a
algunas de esas páginas,
pero a la vez separadas
de ellas por la total
inmediatez de sus
vivencias, están los
testimonios de aquellos
hechos de los que Martí
fue protagonista, como
El presidio político
en Cuba (1871) y sus
diarios, en especial el
Diario de campaña
(1895).
[28]
*
Fragmento del ensayo
"Naturalidad y novedad
en la literatura
martiana", en
Introducción a José
Martí de Roberto
Fernández Retamar.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
2006. Pp. 310-317.
Notas:
19- Pedro
Henríquez Ureña: Las
corrientes literarias en
la América hispánica
(1940-1941), trad.
De J. Díez-Canedo,
México, 1949, p. 167;
Fina García Marruz: “El
tiempo en la crónica
norteamericana de
Martí”, Varios: En
torno a José
Martí, cit.,
en nota 5, p. 387. Martí
ejerció el periodismo,
con frecuencia
valiéndose de él para
sus tareas políticas,
desde su adolescencia
(en periódicos cubanos
como El Diablo
Cojuelo y La
patria Libre, que
solo lograron editar un
número cada uno, en
1869) hasta sus días. Se
hizo plenamente
periodista en México,
donde entre 1875 y 1876
publicó sobre todo en la
Revista Universal,
y también en otros
periódicos como El
Socialista y El
Federalista. En
Nueva York, a cuyo
influjo su faena
periodística alcanzaría
plena dimensión,
colaboró en 1880 en
The Hour y The
Sun: en este último,
al parecer, lo hizo
hasta su muerte. Entre
las publicaciones que
fundó y dirigió (y a
veces redactó
íntegramente) sobresalen
la Revista Venezolana
(Caracas, 1881), La
Edad de Oro (Nueva
York, 1889) y el órgano
oficioso del Partido
Revolucionario Cubano,
Patria (fundado
en Nueva York en 1892).
Además Martí colaboró
copiosamente en
periódicos como La
Opinión Nacional, de
Caracas (1881 y 1882),
La Nación de
Buenos Aires (desde
1882), La América
(desde 1882), El
Avisador Cubano
(desde 1885), El
Economista Americano
(desde 1886) —estos tres
últimos de Nueva York—,
El Partido Liberal,
de México (desde 1886),
y La Revista
Ilustrada de Nueva York
(entre 1891 y 1892). A
finales de la década del
80, una veintena de
periódicos del
Continente difundía sus
trabajos. Aunque no
pocos estudiosos habían
señalado ya la
importancia y la
singularidad del
periodismo martiano (las
citas de Henríquez Ureña
y García Marruz son
harto elocuentes),
merece destacarse el
libro de Susana Rotker
Fundación de una
escritura: las crónicas
de José Martí, La
Habana, 1992.
20- Serge
Tretiakov: Dans le
front gauche de l'art,
trad. de varios, París,
1977, pp. 114 y 116.
Énfasis de S.T.
21 Cf.
por ejemplo: Juan
Marinello: “Sobre el
modernismo. Polémica y
definición” [c.1955],
Dieciocho ensayos...,
cito en nota 18; Arturo
Arango: “Notas sobre la
posición de Martí frente
al realismo”, Varios:
Aspectos en la obra de
José Martí, La
Habana, 1977; Mirta
Aguirre: “Los principios
estéticos e ideológicos
de José Martí”,
Anuario del Centro de
Estudios Martianos,
No. 1, 1978: María
Poumier: “Aspectos del
realismo martiano”,
Ibid; Fina García
Marruz: Op.cit.
en nota 19.
22- José
Martí: “Apuntes para los
debates sobre "El
idealismo y el realismo
en el arte"” [1879],
XIX, 421.
23- Mirta
Aguirre: Op. cit.
en nota 21, p. 142.
24- José
Martí: “Libros”, XVIII,
291.
25- José
Martí: “El poeta Walt
Whitman” [1887], XIII,
132.
26- Rubén
Darío: “José Martí,
poeta. I” [1913],
Archivo José Martí,
No. 7, 1944, p. 331.
27- Rubén
Darío: “José Martí”
[1895], Los raros
[1896], Buenos Aires,
1952, pp. 197-198. En
sus últimas palabras,
Darío alude a la
doctrina Monroe, emitida
en 1823 y sintetizada en
la frase América para
los americanos, cuyo
verdadero sentido es
América para los Estados
Unidos; y a la frase
de Roque Sáenz Peña, a
nombre de la delegación
argentina en la Primera
Conferencia
Panamericana: “Sea la
América para la
humanidad”, que tanto
satisfizo a Martí (VI,
81).
28- Jaime
Concha llamó a El
presidio político en
Cuba “el primer
testimonio
latinoamericano en
sentido estricto y
actual.” J.C.:
“Testimonio de la lucha
antifascista”, Casa
de las Américas, No.
112, enero-febrero de
1979, p.97. Y el
carácter “documental,
testimonial”, del
Diario de campaña
fue considerado entre
otros por Víctor Casaus
el “El Diario de José
Martí: rescate y
vigencia de nuestra
literatura de campaña”,
Anuario del Centro de
Estudios Martianos,
No. 1, 1978.
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