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¡Qué grato es vivir con
recuerdos tan vivos y
llenos de cariño como
los que llevo yo en el
alma! Viví junto a Martí
por muchos años, y me
siento orgullosa del
cariño tan grande que él
tenía por mí. Toda la
educación e instrucción
que poseo, se la debo a
él. Me daba las clases
con gran paciencia y
cariño, y cada vez que
tenía que hacer un
viaje, me dejaba
preparado el itinerario
de estudios que había
que hacer en cada día
durante su ausencia. En
medio de todas las
agonías y preocupaciones
que llevaba sobre sí,
nunca le faltaba tiempo
que dedicarme.
El francés me lo enseñó
de manera sencilla y
fácil de comprender;
pero su mayor afán eran
mis estudios de piano.
Su deseo era que yo
llegara a ser una buena
pianista —que nunca
logré serlo; pero sí
pudo lograr logró tocar
lo suficiente en
aquellos años de niñez
para proporcionarle a él
muchos ratos de placer.
Siendo yo aún niña, se
empeñaba siempre en
llevarme a las reuniones
de La Liga, una sociedad
de cubanos de color,
todos hombres de gran
talla, de más de seis
pies. La idolatría de
estos hombres por Martí
era cosa admirable. Lo
veneraban.
De Martí, el caballero,
quedan grabados en mi
mente tantos detalles de
delicadeza y galantería
con las “damas”, como
decía él. Para él, la
mujer era cosa superior.
Siempre tan fino y con
alguna frase de elogio
en los labios. Cuando se
daba alguna reunión en
que se citaban las
familias cubanas para
celebrar algún santo o
alguna otra ocasión,
había música y un poco
de baile, y Martí
siempre sacaba a bailar
a las señoras y
señoritas menos
atractivas y luego yo le
preguntaba: “Martí, ¿por
qué es que usted siempre
saca a bailar a las más
feas?”. Y él me decía:
“Hija mía, a las feas
nadie les hace caso, y
es deber de uno no
dejarles sentir su
fealdad”. Como este,
muchos otros detalles de
su caballerosidad.
Cuando, a veces, mi
hermano Ernesto nos
hablaba con rudeza o
alzaba la voz, Martí le
decía: “¿A que tú no le
hablas así a la niña
vecina; y por qué lo
haces con tus hermanas
que merecen más
delicadeza y finura que
las extrañas?”.
Recuerdo también que
cuando yo tenía siete
años, un día que yo iba
con Martí por el campo
—pues estábamos de
temporada en Batch
Beach— y sentados los
dos bajo un árbol, me
picó una abeja en la
frente y en el instante
Martí la trituró con los
dedos; de ese episodio
resultó el verso
sencillo que dice:
“Temblé una vez en la
reja/ A la entrada de la
viña/ Cuando la bárbara
abeja/ Picó en la frente
a mi niña.”
Cuando él escribía algún
artículo, carta o lo que
fuera, su cerebro
trabajaba con tal
rapidez que las ideas le
venían más ligeras de lo
que la pluma le permitía
escribir, y al concluir
me llamaba y me decía:
“Mira, lee esto y dime
qué dice aquí”, porque
él no entendía lo que
había escrito; pero yo
sí lo entendía. Siendo
su discípula, yo conocía
cada rasgo de su letra.
Él me decía que yo era
su secretaria. A veces
me dictaba mientras se
paseaba por el cuarto, y
yo tenía que escribir
muy ligero para no
perder una frase.
Mi último recuerdo de
Martí es del día que se
despidió de nosotros,
cuando salió para Santo
Domingo.
El Mundo,
jueves 2 de marzo de
1950.
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