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"Dos Ríos",
Carlos
Enríquez |
Aquel domingo 19 de
mayo de 1895,
mientras un sol
inclemente se
elevaba casi hasta
el cenit, tropas
españolas avanzaban
por la margen
izquierda del
Contramaestre.
Estaban al mando del
coronel José Ximénez
de Sandoval y
Bellange, que había
quedado a las
órdenes del general
Juan Salcedo y
Mantilla de los Ríos
en la reorganización
de los territorios
militares de la
"provincia de Cuba",
hecha por el recién
arribado general
Martínez Campos. El
general en jefe
español estaba
convencido de que si
no lograba ahogar la
Revolución en su
cuna, si Máximo
Gómez conseguía
pasar el Jobabo y la
presencia de Maceo
avivaba la llama de
la contienda en
Oriente, habría
guerra para rato.
Eso en cuanto a los
dos grandes
caudillos cubanos, a
quienes conocía
personalmente y
respetaba, pero en
esta ocasión sabía
que se enfrentaba
también a otro líder
que, si bien no era
militar, se había
acreditado como el
alma de la
Revolución, el
abogado José Martí y
Pérez, que según los
medios españoles
tenía el título de
Presidente de la
República o de la
Cámara Insurrecta.[1]
Ximénez de Sandoval
había arribado a la
Isla el 5 de abril y
10 días después ya
estaba al mando de
la 2ª media brigada,
de la 1ª brigada, de
la 2ª división.[2]
El coronel había
nacido en Málaga,
pero estaba muy
relacionado con la
Isla porque su
padre, de igual
nombre, también
militar, había
estado prestando
servicios largo
tiempo en Cuba,
sobre todo en Pinar
del Río. Ximénez de
Sandoval, de
innegable valor,
combatiente durante
la guerra de los
Diez Años en la
Sacra, Naranjo,
Mojacasabe y Las
Guásimas, fue herido
por segunda vez en
este combate, por
todo lo cual lucía
sobre el uniforme
cinco cruces
militares y la placa
de San Hermenegildo.
También de estos
hechos resultaban
sus rápidos
ascensos.[3]
Tan pronto asumió el
mando, el día 15,
salió de operaciones
por la zona de San
Luis. Por la tercera
decena del mes, al
mando de tres
compañías del
batallón 2º
Peninsular y un
escuadrón de
caballería del
regimiento Hernán
Cortés, se había
enfrentado con
algunas fuerzas del
general Maceo en
Siragüeca y Lombriz
y el 30 sostuvo
fuego de menor
importancia con las
tropas de Quintín
Bandera, primero en
la Isabelita y
después en las lomas
de Mogote.[4]
Luego del
encuentro, anunciaba
que los insurrectos
habían tenido tres
muertos y sus
fuerzas ninguna
novedad.[5]
Podía ser verdad,
pero resultaba tan
frecuente que no
pocos militares
españoles aumentaran
las bajas enemigas y
redujeran las
propias, que
Martínez Campos se
vería obligado
durante la campaña a
lanzar más de una
severa advertencia
contra esa práctica.
El 2 de mayo, ante
el anuncio de que
Maceo, con 200
hombres bien armados
y disciplinados y
con una escolta de
40 caballos, había
pasado rumbo a un
lugar llamado La
Yaya y se le suponía
la intención de
atacar Palma
Soriano, el general
Salcedo comunicó al
general Gasco que
ordenara a Ximénez
de Sandoval que con
una columna y
guerrilla saliera en
persecución “de la
partida”.[6]
Sin mayores
detalles, el general
José Arderíus,
segundo cabo de la
Isla, mencionaba que
el día 6 las fuerzas
del coronel nacido
en Málaga habían
sostenido un fuego,[7]
y el 11
se informaba que,
durante operaciones
en Palma Soriano,
esa columna había
dado muerte “al
cabecilla Pablo
Nueva”.[8]
Ahora, rumbo a donde el
Contramaestre busca el
Cauto, Ximénez de
Sandoval estaba al mando
de fuerzas de los
batallones 2º, 5º y 9º
Peninsulares y de
caballería del
regimiento Hernán Cortés
n°
29, que en total sumaban
unos 800 hombres. El
jefe español había
salido el 18, de Palma
Soriano, para trasladar
un convoy de vituallas
con que abastecería al
destacamento que
defendía un fortín en
Ventas de Casanova.[9]
Allí había llegado al
caer la tarde de ese día
sin ser hostilizado[10]
y, en este lugar, le
habían dado noticias de
que tropas enemigas que
lo esperaban entre
Remanganaguas y Ventas
se habían retirado,
porque no se había
producido acuerdo “entre
Máximo Gómez y Massot” y
que, la tarde anterior,
como en otras ocasiones,
habían estado “unos
doscientos caballos a la
vista del fuerte tocando
toques de corneta y sin
disparar un tiro”.[11]
No sabía el coronel
español que los vistos
no eran 200 jinetes,
sino 40, y menos aún que
el jefe al mando de esa
fuerza era nada menos
que Máximo Gómez.[12]
Tampoco, nadie pudo
decirle con exactitud
dónde podía estar el
campamento de los
mambises, pero él dedujo
por todo lo oído y,
sobre todo, porque
siempre los insurrectos
se retiraban por la
orilla derecha del
Contramaestre y rumbo al
Cauto, que debían
vivaquear en una zona
entre Dos Ríos y La
Vuelta Grande.[13]
A las cuatro de la
madrugada del 19 ordenó
tocar diana y, después
de permitir que unos
acemileros cuyas arrias
había requisado
anteriormente para
llevar las vituallas de
aprovisionamiento se
marcharan, formó su
columna.[14]
Todos creyeron que
retornaban a Palma
Soriano, pero con
evidentes deseos de
buscar camorra, el
coronel tomó rumbo a Dos
Ríos.[15]
Después del paso del
Contramaestre, por
Limones,[16]
soldados de caballería
del Hernán Cortés
detectaron un jinete
solitario que trató de
ocultarse. Luego de
breve persecución,
hicieron prisionero al
campesino canario Carlos
Chacón. De inicio, al
ser interrogado, Chacón
negó vínculos con los
mambises. Pero, al
encontrársele un papel
en que Martí había
anotado algunos efectos
para que los adquiriera
en el comercio de José
Falancón, en Ventas de
Casanova, y, también,
dinero,[17]
se ablandó y confesó que
actuaba de mensajero en
busca de las mercancías.
Según Ximénez de
Sandoval, de esa forma
supo que “Martí, Máximo
Gómez, Massot y
Francisco Borrero se
hallaban entre Vuelta
Grande y Dos Ríos con
unos setecientos hombres
montados”.[18]
Después de su confesión,
Chacón aceptó guiar a
las tropas hasta el
vivac insurrecto.
Según Ximénez de
Sandoval, al llegar a la
finca La Bija,[19]
en la zona de Dos Ríos,
su vanguardia fue
hostilizada por unos 30
jinetes y, añadiría, que
por unas mujeres conoció
que el enemigo estaba
acampado en la margen
derecha del
Contramaestre “aunque a
bastante distancia”.[20]
Evidentemente, lo
estaban desinformando
porque los mambises se
hallaban en la margen
izquierda y a no tanta
distancia.
Sobre las 11:45 de la
mañana ordenó detener la
marcha. En las
inmediaciones quedaba la
casa del campesino José
Rosalío Pacheco,
insurrecto de la Guerra
Chiquita, el hombre que,
de nuevo incorporado a
las fuerzas mambisas,
había sido designado
prefecto de la zona,
aquel a quien Martí
había caracterizado en
su diario de campaña,
como “fornido, y viril,
de trabajo rudo, y bello
mozo”, el esposo de
Emilia Sánchez, “la
linda andaluza” que les
sirvió por aquellos
días, durante una
estancia en su casa.[21]
En realidad, se llamaba
José Rosalía, y se dice
que el Maestro se negaba
a usar la dulzura y
delicadeza de ese
apelativo para alguien
tan varonil y, por eso,
masculinizaba el nombre.
Ximénez de Sandoval,
aparte de lo exactamente
que las tropas del país
ibérico cumplían sus
rutinas, y había llegado
la hora del rancho, sacó
una cuenta: posiblemente
estaba a la vista del
adversario y, de
proseguir, entraría en
combate con una tropa
que no había recibido
más descanso que las
breves paradas durante
la marcha para
mantenerla unida y
organizada y que,
además, se hallaba
hambrienta. Resultaba
más acertado dejarla que
se recuperase, comiese
un rancho ligero y,
después, seguir hasta
hallar el enemigo o
hasta donde lo
sorprendiera el
atardecer. Si para
entonces no lo había
enfrentando, continuaría
la búsqueda al día
siguiente.[22]
Al establecer el
campamento, el coronel
hizo posesionarse a la
2ª compañía del 2º
batallón, del lado
norte, entre el río y el
camino estrecho y
descuidado que costeaba
su rivera e iba a dar
por el sur al camino
real que discurría entre
Ventas de Casanova y
Remanganaguas, y por el
lado septentrional al
Cauto; y a la 6ª
compañía de ese mismo
batallón, la apostó
entre el camino y un
bosque inmenso y añoso
que llegaba a los lindes
del paraje. A la 5ª
compañía del 2º
batallón, a la 2ª del 5º
batallón y la 6ª del 9º
batallón, las dislocó en
las márgenes del
Contramaestre. Por allí,
donde los taludes de las
márgenes tenían un
declive menos
pronunciado, el río
podía ser vadeado
fácilmente y sobrevenir
el ataque. Dos avanzadas
adelantaron a la 2ª
compañía y otra a la 6ª.
Una de las avanzadas que
adelantaban a la 2ª
compañía quedaba del
lado del Contramaestre,
quizás a menos de 125
metros de la rivera y la
otra quedó sobre el
camino. La situada en la
posición delantera de la
6ª compañía, a la
derecha del camino, no
estaba dislocada de
manera inmediata a este.
Pero todas se
posesionaban en
dirección al Cauto y
frente al bosque y a una
cerca de cuatro hilos.
La caballería quedó
acantonada detrás de la
6ª compañía.
El corresponsal de La
Discusión, de La
Habana, Eduardo Varela
Zequeira, describiría de
la forma siguiente las
condiciones del lugar:
“La columna se hallaba
acampada en un lugar
intermedio, entre Bijas
y Dos Ríos. Aquel sitio
es una llanura formada
por dos sabanas,
divididas por una cerca
de alambre, de un radio
como de 500 metros,
teniendo a un lado el
río Contramaestre, y más
allá en esa dirección,
como en la restante, el
monte”.[23]
El día antes, en los
ranchos abandonados de
José Rafael Pacheco,
capitán mambí, hermano
de José Rosalío, donde
se había dispuesto desde
el día 13 el campamento
insurrecto, después de
preparar circulares de
guerra e instrucciones,
Martí había comenzado a
redactar su carta a
Manuel Mercado, en la
que un pasaje resulta
vital para comprender
con toda profundidad su
pensamiento y
proyección. Le decía:
“...ya estoy todos los
días en peligro de dar
mi vida por mi país y
por mi deber —puesto que
lo entiendo y tengo
ánimos con que
realizarlo— de impedir a
tiempo con la
independencia de Cuba
que se extiendan por las
Antillas los Estados
Unidos y caigan, con esa
fuerza más, sobre
nuestras tierras de
América. Cuanto hice
hasta hoy, y haré, es
para eso. En silencio ha
tenido que ser y como
indirectamente, porque
hay cosas que para
lograrlas han de andar
ocultas, y de
proclamarse en lo que
son, levantarían
dificultades demasiado
recias para alcanzar
sobre ellas el fin (...)
Viví en el monstruo, y
le conozco las entrañas:
—y mi honda es la de
David”.[24]
Poco después había
llegado Masó al
campamento, con un día
de demora sobre lo que
le había dicho en su
nota del día 16.
Entonces, el Apóstol
levantó la pluma del
papel, dejó la misiva
inconclusa y la guardó
en un bolsillo de su
saco.
El campamento de los
ranchos no era lugar
espacioso para alojar la
tropa, compuesta por
unos 350 hombres que
acompañaban al general
Masó, ni abundante de
pasto para la caballería
de esa fuerza.[25]
Mas, no solo por esa
razón sino porque desde
el 16 había recibido un
mensaje de Gómez
ordenándole que fuera a
acampar en la zona de La
Vuelta Grande,[26]
en la margen izquierda
del Contramaestre, el
general manzanillero
acordó con Martí que más
tarde continuaría con el
rumbo indicado. Esa
noche, Martí y Masó, en
medio de la alegría del
encuentro,
intercambiaron
largamente sus criterios
en relación con la
contienda y, como a las
10, el general partió. A
las cuatro de la
madrugada del 19, el
alma de la Revolución y
la docena de mambises
que estaban con él
marcharon también rumbo
a La Vuelta Grande.
En aquella jornada que
se tornaría terrible,
Martí, para enterar a
Gómez del paso de Masó
al otro campamento, le
envió una comunicación.
En una hoja pequeña de
libreta de bolsillo,
escribió a lápiz:
“General:// Como a las
cuatro salimos, para
llegar a tiempo a la
Vuelta, a donde pasó
desde las 10 la fuerza
de Masó, a acampar y
reponer su muy cansada
caballería: desde anoche
llegaron. No estaré
tranquilo hasta no verlo
llegar a Vd. —Le llevo
bien cuidado el jolongo.//
La fuerza, aunque sin
animales útiles, hubiera
querido salir a
seguirlo, en la busca
del convoy; pero temían
confundirse en idas y
venidas, en vez de serle
útil. —Mucho ha
violentado a Masó el
viaje inútil a la
Sabana”.[27]
Aunque Martí apuntaría
que el 17 el
generalísimo de las
fuerzas cubanas, había
salido del campamento
para hostilizar un
convoy,[28]
precisamente el que
conducía Ximénez de
Sandoval, y, según
Gómez, su salida para
alcanzarlo por Ventas de
Casanova se había
producido el día antes,[29]
el esfuerzo de este
había resultado inútil.
El 18, desde bien
temprano, había
emboscado a la fuerza
española a algo más de
un kilómetro de
Remanganaguas, adonde
las tropas del país
ibérico habían entrado
la tarde anterior; sin
embargo, nada pudo
obtener porque
posiblemente la
exploración se descuidó
y la tropa enemiga logró
marcharse sin el menor
inconveniente.
Entretanto, al general
en jefe le llegó el
mensaje que le daba a
conocer el arribo de
Masó, y con su
acostumbrado y lacónico
lenguaje militar le
respondió a Martí con
tres palabras: “Que
acampe y espere”.[30]
Por fin, el 19, Gómez
retornó al campamento.
Apareció en el lugar
tarde en la mañana. Un
estrecho abrazo envolvió
al general en jefe con
los otros dos generales,
el terrateniente que
había sido uno de los
fundadores de la
Revolución de 1868, en
el ingenio Demajagua, y
el abogado que no había
tenido nunca una
experiencia militar y,
sin embargo, había
recibido el mayor de los
grados del ejército
mambí porque había
fundado con su genio,
tesón y voluntad, la
nueva Revolución. En
aquella ocasión, el
noble manzanillero, en
un gesto magnífico, le
comunicó al general
Gómez su decisión de
despojarse de su mando y
solicitó se le estimara
un soldado más. Por el
contrario, el jefe
militar de la revolución
tomó la determinación de
dividir Oriente en dos
cuerpos de ejército y
que Masó encabezara el
del oeste de la
provincia, mientras
Maceo tendría el mando
del primero, que
operaría en el este.
El encuentro derivó en
un pase de revista a las
tropas agrupadas en el
lugar. Ahora, los
hombres de Gómez más los
de Masó sumaban unos
400, una cifra
importante para el tipo
de operaciones que
desarrollaban los
mambises y, sobre todo,
para la experiencia
bélica del talento
guerrillero más grande
que hasta entonces había
conocido América. Con su
palabra, Gómez
estremeció a la tropa
que sabía estaba ante el
vencedor de Las Guásimas
y la invasión a Las
Villas, en la Guerra
Vieja. Allí, encomió la
conducta relevante del
general manzanillero.
Masó logró sacudir a su
auditorio, porque, sin
dudas, aquellos hombres
congregados en La Vuelta
Grande lo veneraban como
al patriarca que tres
décadas atrás, junto a
Céspedes, había puesto
cemento a la nación al
proclamar la
independencia y darles
la libertad a los
esclavos, y ahora había
sabido impedir que la
derrota sellara el nuevo
impulso liberador. Por
último, desde su
cabalgadura, habló Martí
y, una vez más, como en
los tiempos en que en
Cayo Hueso o Tampa
seducía con su palabra a
los tabaqueros cubanos,
conmovió a unos
campesinos orientales
que poco antes nada
sabían de este hombre
magro, de mirada
penetrante y verbo
ensortijado, cuyos giros
quizás no entendían en
todo su detalle y, sin
embargo, los volvía
cautivos. Otra vez, el
misterio de Martí se
producía. Para quienes
pensaban que hechizaba a
los tabaqueros, porque
los conocía y sabía cómo
acudir a las claves que
los movilizaban,
tendrían que ver la
respuesta emocionada a
sus palabras que daban
estos hombres con los
que solo había tenido
contacto a partir de
aquella noche del 11 de
abril cuando saltó a una
tierra, en la que de sus
cortos 42 años solo
había vivido en la Isla,
sumados, apenas 19. Por
Cuba estaba dispuesto a
dejarse clavar en la
cruz, afirmó. Y,
también, quiso reafirmar
a aquellos hombres que
buscaban un lugar más
justo y digno bajo el
sol, que esa sería la
divisa de la Revolución:
“Con la Revolución
triunfará la verdadera
república y el decoro
del hombre. La
Revolución triunfará por
la abnegación y el valor
de Cuba, por su
capacidad de sacrificio
y decoro de modo que el
sacrificio no parezca
inútil, ni el decoro de
un solo cubano quede
lastimado. La Revolución
trabaja para la
República fraternal del
porvenir. Sobre las
filas heroicas la
bandera de Cuba abatirá
al opresor”.[31]
Los gritos y
los viva de la tropa a
los tres jefes, formada
en dos carrileras frente
a frente, sellaron el
compromiso de morir por
la independencia si era
preciso. Se afirma que
para Martí hubo gritos
de “Viva el Presidente”.
Luego de almorzar en la
casa de la finca, se
asegura —aunque resulta
dudoso—, que Martí
comenzó a dictar a
Plutarco Artigas unas
cuartillas sobre “una
nueva Constitución del
Gobierno
Revolucionario”,[32]
y los otros jefes ya
iban a colgar la hamaca
en el portal para una
siesta cuando el
teniente Álvarez, de las
tropas de Masó, arribó a
toda carrera con la
noticia de que se habían
escuchado disparos en
dirección a Dos Ríos.[33]
De inmediato, Gómez
ordenó “¡A caballo!”. A
Masó le instruyó que
marchara con sus tropas
a su zaga. Había
determinado estrechar el
lance con el enemigo que
tuviese delante. El
generalísimo aspiraba a
encontrarlo más allá de
Boca de Dos Ríos, porque
conocía que hacia el
corazón de la extensa
cuchilla formada por el
entronque del Cauto y el
Contramaestre, podría
maniobrar con la
caballería. Pero no iba
a serle posible porque
las tropas españolas,
acampadas hacia La Bija,
a unos 5 kilómetros, y
apoyadas en el
Contramaestre, tenían
bien organizada la
defensa de su campamento
en sus accesos y
flancos.
Las fuerzas cubanas
salieron tan
aceleradamente al
encuentro del
adversario, que iban a
resultar las atacantes.[34]
A pesar de que todo se
había producido de
manera fortuita, el
caudillo cubano esperaba
del encuentro los
mejores resultados.
Sobre este, diría más
tarde: “...combate rudo
y mal preparado, lo
confieso, pero donde yo
me prometía obtener otro
'Palo Seco'”.[35]
Mas, en definitiva, él
no había escogido el
terreno y tampoco
aquella tropa tenía un
gran fogueo ni mucha
organización y,
finalmente, por falta de
organización precisa,
quienes iban a tomar
parte en la lucha serían
solamente una parte de
los efectivos. Mientras
la vanguardia iba
adelante en busca de un
vado más seguro para un
Contramaestre crecido
por las copiosas lluvias
de mayo, Gómez se lanzó
con arrojo y dificultad
a cruzarlo por el paso
de Santa Úrsula. El
veterano campeón de
tantas batallas marchaba
al frente y a su lado el
general Paquito Borrero,
detrás “en línea de
cuatro en fondo”, Martí,
Masó y los jóvenes
Dominador y Ángel de la
Guardia, ayudantes del
general manzanillero.[36]
Ramón Garriga
corroboraría después que
el héroe había pasado el
río junto a Gómez y Masó
y las fuerzas que venían
con estos.[37]
La puja por el cruce,
desorganizó todavía más
la fuerza. Después de
ganar la orilla y
avanzar, no encontraron
de inicio al enemigo. En
eso se les abrió una
senda que en su
dirección sur iba a dar
al camino real. Una
fuerza de unos 150
hombres enfiló por esta,
y, a pesar de tener que
atravesar una portada en
la cerca de alambre, que
solo permitía el paso de
uno en uno, como si
hubiese sentido en su
interior aquel grito de
los almogavares,
“¡Desperta ferro!”,
acometieron con tal
fuerza a una de las
avanzadas españolas, la
dislocada sobre el
camino, que la
destrozaron. Incluso,
tomaron dos prisioneros.[38]
Al impulso afortunado
del ataque, Gómez ordenó
continuar el avance.
Mas, tropas de la 2ª
compañía del 2º
batallón, que recibieron
a los sobrevivientes de
la avanzada, lograron
detener el ímpetu mambí.
Allí, los cubanos tenían
que enfrentar en un
calvero delante de la
casa de Rosalío Pacheco
a un enemigo que se
había desplegado a
manera de un arco, en
línea por compañías, y
al correrse hacia lugar
la 5ª compañía las tres
unidades de infantería
se apoyaban unas a
otras. Al mismo tiempo,
el ala izquierda de la
fuerza española se
apoyaba en la margen del
Contramaestre y la
derecha llegaba al
bosque. La acometida
cedió ante el fuego por
descargas cerradas del
enemigo. A pesar de
todo, Gómez ordenó
avanzar: por la derecha
debía de hacerlo el
general Borrero con sus
fuerzas, y él por la
izquierda. Pero al
intentar cumplir su
objetivo, el general en
jefe comprendió que no
lograría romper el
frente del adversario ni
envolverlo. Ximénez de
Sandoval precisaría al
respecto: “Dispuse la
colocación en el lado
derecho del campamento
durante el fuego, y en
previsión de que el
enemigo se corriera por
aquel lado como así lo
hizo, de compañías en
línea escalonada por
secciones modificando la
colocación de
retaguardia y del resto
de la columna”.[39]
Sobre el desarrollo de
la lucha, escribió
Gómez: “Jamás me he
visto en lance más
comprometido —pues en la
primera arremetida se
barrió la vanguardia
enemiga, pero en seguida
se aflojó, y desde luego
el enemigo se hizo firme
con un fuego
nutridísimo”.[40]
En efecto,
mientras las descargas
españolas eran
compactas, mortales si
alguien se ponía a su
alcance, la de los
mambises resultaba poco
efectiva. Algunos
jinetes, que
comprendieron la
inefectividad de la
carga, desmontaron para
combatir como dragones.
Entonces, el general en
jefe dio orden de
replegarse: debía
reorganizar sus fuerzas,
antes de intentar una
nueva acometida. Según
Juan Masó Parra, en
aquella jornada jefe de
día del campamento
insurrecto, habían
transcurrido tres
cuartos de hora desde el
comienzo del combate.[41]
Serían entonces,
posiblemente, alrededor
de la 1:30 del mediodía.
Si bien hay quien afirma
que Martí participó en
el acuchillamiento de la
avanzada,[42]
Gómez asegura
que antes, a cierta
distancia del enemigo,
le instruyó al Apóstol,
que vestía de saco
negro, pantalón claro,
sombrero negro de castor
y borceguíes negros y
galopaba a su lado, que
volviera a retaguardia.
Aquel no era su lugar,
le apremió. Gómez sabía
que su compañero,
rebosante de voluntad de
lucha, no era uno de
aquellos centauros capaz
de batir al enemigo con
tajos poderosos de su
machete o disparar el
remington de manera
certera desde la montura
de su cabalgadura. Sin
embargo, no radicaba en
esto su preocupación.
Había algo mucho más
determinante: el valor
trascendente para la
Revolución de aquella
vida que, de hecho,
tenía confiada y que,
por tanto, debía
preservar a toda costa.
Pero, ¿cómo esperar que
el temperamento del
Maestro aceptara
sumisamente la
determinación? ¿Acaso en
Santo Domingo, cuando
quisieron impedirle que
se incorporara al campo
de batalla, no había
demostrado su decisión
de enfrentar sobre el
terreno el lance bélico
y, en La Mejorana,
cuando le plantearon que
su puesto estaba en el
exterior, no anunció que
no abandonaría la
manigua sin antes haber
presenciado uno o dos
combates? ¿Y, acaso,
venir a Cuba no era
participar en la lucha?
¿Acaso presenciar
refriegas bélicas no
excluía la posibilidad
de quedarse en el
campamento, de estar
lejos del mosconeo de
las balas? Señalarle que
estuviera ausente del
peligro, cuando hacía
poco había estremecido
el espíritu viril de la
tropa con una
exhortación a luchar
hasta la muerte por la
conquista de la patria
libre, resultaba
exigirle en demasía a
aquel hombre de nervio
entero. Tal parece que
pudiera escuchársele,
cuando después de ir al
frente hubiese tratado
de justificar su
desacato a una orden que
no tenía por qué
obedecer, con la
afirmación de que le
habría parecido femenil
quedar aguardando el
regreso de los
combatientes.
Martí era demasiado
lúcido para no estar
consciente de su propia
valía en relación con la
marcha de la Revolución,
pero también sabía que
la muerte sería un
riesgo perpetuo para los
que, como él, habían
escogido el camino de la
lucha. Por eso, no se
desdobló para hacerse
comprender que su vida
resultaba tan preciosa
que no la podía entregar
en cualquier incidente
bélico, y menos en
aquella escaramuza, sin
mayor valor estratégico.
Sus sentimientos, su
pasión, sin duda
llevados a la
exacerbación por el
combate y hasta por el
reto interno que
constituyó la orden de
que se retirara del
frente, se impusieron.
En medio de la confusión
causada por la dureza de
la defensa española, que
presagiaba la retirada y
el revés, decidió
avanzar heroicamente
quizás con la idea de
que su ejemplo podría
arrastrar a una tropa
que Gómez apuntaría que
en esos momentos
flojeaba y le faltaba
brío. Sin dudas, en
aquellos instantes,
recordó que él era el
hombre que hacía poco,
con su apasionada
convocatoria, la había
enardecido.
Se ha dado la versión de
que Martí, con un
destacamento
desperdigado,
capitaneado por el
coronel Bellito, con el
que se encontró
accidentalmente, fue
quien cargó contra la
avanzada y la macheteó
y, luego, esta fuerza
entró en la casa de José
Rosalío Pacheco para
perseguir a los soldados
fugitivos del degüello.
También se dice que
Emilia Sánchez, la
esposa del prefecto,
escondida bajo la cama
con sus hijos, había
escuchado afuera la voz
de Martí. Según esta
versión, después, Martí
habría conminado a Ángel
de la Guardia a marchar
adelante solos, hasta
que tropezó con los
soldados de la otra
avanzada española,
situada a la izquierda
del camino.[43]
Todo apunta en contra de
esta versión que, hasta
donde resulta posible
conocer, no tiene
sustentación real ni
lógica algunas. Es de
pensar que si este
destacamento hubiese
existido, alguno de sus
integrantes se habría
constituido en
testimoniante de los
hechos y, sin embargo,
en ningún momento los
protagonistas de mayor
relieve se refirieron a
algo así o mencionaron
que conocieran de este
pasaje.
En realidad, todo indica
que Martí, después de la
indicación imperativa de
Gómez de que
retrocediera, no se
marchó del lugar.
Seguramente, mientras se
producía el primer
choque contra la
avanzada española, debió
quedar a la derecha de
la ruta que tomaba curso
paralelo al
Contramaestre, y a unos
150 metros de la margen
del río. A su izquierda,
hacia el centro del
lance bélico y batido
por la defensa española,
bregaba Gómez con sus
fuerzas. Posiblemente,
Martí merodeó por el
entorno en busca de la
manera de aproximarse al
escenario inmediato de
lucha. Hasta que al fin,
y sin que nadie se
percatara, acompañado de
Ángel de la Guardia, de
quien se dice pasó a su
lado después de cumplir
una misión encomendada
por Masó, y al que
invitó a marchar con él
a la carga,[44]
en arranque ardoroso se
lanzó al galope en pos
del olor a pólvora y el
zumbido de los plomos.
En la mano solo llevaba,
aquel mediodía, su
revólver colt con
empuñadura de chapas de
nácar, regalo de
Panchito Gómez Toro.
Estaban a unos 50 metros
a la derecha y delante
del general en jefe de
las armas cubanas
cuando, sin saberlo,
presentaron un blanco
excelente a la avanzada
española, que estaba
envuelta por los
yerbazales del campo de
batalla.[45]
Al pasar entre un dagame
seco y un fustete
corpulento caído, los
disparos de los
emboscados dieron en el
cuerpo del Maestro, la
luz cenital lo bañó,
soltó las bridas del
corcel, y su cuerpo
aflojado fue a yacer
sobre la amada tierra
cubana. De su revólver,
atado al cuello por un
cordón, no faltaba ni un
cartucho. Había
acontecido la catástrofe
de Dos Ríos.
Notas:
[1].
"Del general
Arderíus a
gobernadores
militares de
Puerto Príncipe,
Santa Clara,
Matanzas y Pinar
del Río", 21 de
mayo de 1895. A/SHM,
Fondo Capitanía
General de Cuba,
caja 887;
"Certificado de
inhumación de
José Martí,
Santiago de
Cuba", 27 de
mayo de 1895. A/SHM,
Fondo Capitanía
General de Cuba,
caja 714.
[2].
Hoja de
servicios del
teniente general
José Ximénez de
Sandoval y
Bellange.
Archivo General
Militar de
Segovia, expte.
J-520.
[5].
"De Salcedo al
general en
jefe", [1] de
mayo de 1895. A/SHM,
Fondo Capitanía
General de Cuba,
caja 717.
[6].
"Traducción al
telegrama
cifrado no. 19
de Songo,
depositado el
día 2 de Mayo
1895 a las 10´10
de su mañana y
recibido a las
11 de la mañana.
A/SHM, Fondo
Capitanía
General de Cuba,
caja 717.
[7].
"De Arderíus al
ministro de la
Guerra", 20 de
mayo de 1895. A/SHM,
Fondo Capitanía
General de Cuba,
caja 887,
[8].
Enrique Ubieta:
Efemérides de
la revolución
cubana,
Librería e
Imprenta La
Moderna Poesía,
La Habana, 1920,
t. IV, p. 200.
[9].
Guillermo
Calleja Leal:
"La muerte de
Martí en el
combate de Dos
Ríos", en, La
presencia
militar española
en Cuba
(1868-1895).
Ministerio de
Defensa:
Monografías del
CESEDEN, no. 14,
Madrid, octubre
de 1995, p. 98.
[10].
"Del coronel
Ximénez de
Sandoval al
general
Salcedo", 21 de
mayo de 1895.
A/SHM, Fondo
Capitanía
General de Cuba,
caja 714.
[12].
Máximo Gómez:
Diario de
campaña,
Talleres del
Centro Superior
Tecnológico,
Ceiba del Agua,
1940, p. 335.
[13].
Gonzalo de
Quesada y
Miranda:
Alrededor de la
acción en Dos
Ríos,
Imprenta de
Seoane Fernández
y Cía., La
Habana, 1942, p.
33.
[15].
"Del coronel
Ximénez de
Sandoval al
general
Salcedo", 21 de
mayo de 1895,
doc. cit.
[16].
Gonzalo de
Quesada y
Miranda, op. cit.,
p. 24.
[17].
Rafael Lubián:
La ruta de
José Martí (De
Playitas a Dos
Ríos),
Ministerio de
Educación, La
Habana, 1953, p.
33; Rafael M.
Senmanat: El
calvario de
Martí (De
Playitas a Dos
Ríos),
Editorial
América, La
Habana, 1925, p.
8.
[18].
"Del coronel
Ximénez de
Sandoval al
general
Salcedo", 21 de
mayo de 1895,
doc. cit.
[19].
Posiblemente,
por entonces,
hubo algún
caserío por
allí. Para 1935,
según Gerardo
Castellanos, en
su obra Los
últimos días de
Martí, Ucar,
García y Cía, La
Habana, 1937, el
nombre de La
Bija ya había
sido borrado por
el arado y la
caña que antes
abundó y por la
yerba de guinea.
[20].
"Del coronel
Ximénez de
Sandoval al
general
Salcedo", 21 de
mayo de 1895,
doc. cit.
[21].
José Martí, op.
cit., t. XIX, p.
239.
[23].
La Discusión,
31 de mayo de
1895.
[24].
José Martí, op.
cit., t. IV, pp.
167 y 168.
[25].
José Miró
Argenter:
Crónicas de la
guerra,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 1970, p.
25.
[26].
Destinatario
José Martí,
ed. cit., p.
356; Gonzalo de
Quesada y
Miranda, op.
cit., p. 39.
[27].
José Martí, op.
cit., tomo IV,
p. 170.
[28].
Ibid., t. XIX,
p. 242.
[29].
Gonzalo de
Quesada y
Miranda, op. cit.,
p. 39.
[31].
Enrique Loynaz
del Castillo:
Memorias de la
guerra,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 1989, p.
167.
[33].
Gerardo
Castellanos, op.
cit., p. 301.
[34].
"Dos documentos
sobre la muerte
de Martí. El
testimonio de
Ángel de la
Guardia Bello,
según su hijo
Ángel de la
Guardia
Rosales".
Anuario de
Estudios
Martianos no. 2,
Departamento
Colección
Cubana, Consejo
Nacional de
Cultura, La
Habana, 1970, p.
420.
[35].
Máximo Gómez, op.
cit., p. 433.
[36].
Francisco
Ibarra: Los
cinco entierros
de José Martí,
Palacio de
Convenciones, La
Habana [s.a.],
p. 5.
[37].
Diario de la
Marina, 22
de febrero de
1948.
[38].
Enrique Ubieta,
op. cit., p.
301; "Carta del
coronel Juan
Masó Parra al
capitán Juan
Maspons Franco,
secretario
privado de
Maceo...", 25 de
junio de 1895;
Anuario de
Estudios
Martianos
no. 2, citado,
p. 422.
[39].
"De Ximénez de
Sandoval al
general
Salcedo", 21 de
mayo de 1895,
doc. cit.
[40].
Máximo Gómez, op.
cit., pp. 335 y
336.
[41].
"Carta del
coronel Juan
Masó Parra al
capitán Juan
Maspons Franco,
secretario
privado de
Maceo...", 25 de
junio de 1895;
Anuario de
Estudios
Martianos
no. 2, citado,
p. 422.
[43].
Enrique Loynaz
del Castillo, op.
cit., pp. 168 y
169.
[44].
José Miró
Argenter: ob.
cit., p. 28;
Rafael Lubián:
Martí en los
campos de "Cuba
Libre",
Homenaje de la
Cervecería Polar
al apóstol José
Martí, La
Habana, 1953, p.
116.
[45].
Ibíd. Tanto la
versión que se
da de las
palabras de
Ángel de la
Guardia, como la
de Dominador de
la Guardia, que
estaba en las
fuerzas de
Gómez,
publicadas en el
libro de Enrique
Ubieta, op. cit.,
p. 301, coincide
en que la
distancia que
los separaba era
de unos 50
metros.
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