|
El Fausto cubano resulta un
espectáculo blasfemo como blasfemo es el
teatro.
Para Teatro D'Dos1
asumirlo representa una dilatación. Como
parte de un lógico proceso de
crecimiento, el grupo se ensancha, la
escena reclama ideas más profundas
acompañadas de nuevos espacios. Se
asiste a un cambio que, en primer lugar,
es experimentado en lo interno, y ahora
se le pretende mostrar a un público más
amplio. El reto está en conquistar el
centro sin abandonar la precariedad y la
vitalidad de la periferia. Al mismo
tiempo que dilatar las claves de una
poética no significa desecharla, sino,
más bien, someterla a una nueva
condición crítica.
¿Cómo volcar hacia esa proyección el
“saber” acumulado en una trayectoria
signada por los montajes de pequeño
formato, dirigidos a un espectador que
puede tocarse con la mano? ¿De qué
manera responder a los imperativos de
una producción sin condicionamientos,
pero generadora de múltiples tensiones y
a un estreno determinado de antemano?
¿Por qué arriesgarse a perder la zona de
seguridad conquistada —el espacio
físico y simbólico, los procesos de
trabajo sin presión, el “saber
hacer”...?
Son interrogantes cuyas respuestas
parecen reclamadas por un mismo fin de
la vida: buscar siempre más allá,
sucumbir a la tentación del conocimiento
inabarcable. No menos anima a Fausto,
por ello se convirtió en símbolo de la
aventura humana.
La conjunción de esta necesidad interna
del colectivo a las puertas de sus diez
años de fundado con el “objeto” de
exploración del montaje mismo, expuso a
Teatro D'Dos ante una doble aventura del
conocimiento.
El Fausto que nos propone
Reinaldo Montera, revisita uno de los
mitos preferidos por la modernidad,
mucho más que la imprescindible estación
goethiana de este. Un Fausto, tal vez
más cansado, que sigue persiguiendo,
desde La Habana, una idea de la
felicidad. Un Mefistófeles sin tanto
poder, desesperado en conseguir un alma
elegida, sabiendo, desde siempre, que
para conquistar un alma se necesita
poseer un cuerpo.
Fausto, en definitiva, dialoga con sus
dudas, sus obsesiones, sus fantasmas.
Reclama un relámpago que lo ilumine, un
instante para dialogar con Dios... y
aparece Mefistófeles. Al parecer, según
Teatro D'Dos, el Diablo lo había
“fichado” en un bar, de ahí la
recurrencia a: “en este bar se vieron
nuestras almas y se dijeron cosas
deliciosas…”. Lo encuentra en una casa
donde falta de todo, pero quedan las
almas y, sobre todo, un alma elegida en
la que se revela lo celestial. Y es
lógico. ¿Adónde debe dirigirse
Mefistófeles para conseguir su objetivo,
sino a Cuba, espacio —encarnado en
Fausto— de esa alma desgarrada entre
deseo, transformación y utopía? Para el
grupo, Fausto ronda los 40 años.
Metáfora del proceso social cubano de la
Revolución, centra el tema obsesivo del
teatro insular de los últimos tiempos:
el cisma entre deseo y proceso, entre
búsqueda y resultado, entre utopía y
realidad.
Así, obsedido por una idea de la
felicidad que no puede precisar, Fausto
acepta el “nuevo” pacto. El Diablo
procurará su felicidad y él le reservará
el alma.
No obstante, Teatro D'Dos sabe que si
primero fue el verbo que transmite la
idea, para la escena se trata de
encarnarlo en acción, es decir,
encontrar una teatralidad del logos
monteriano. A la manera de Mefistófeles,
pretender un alma para el teatro implica
hallar su cuerpo escénico, su vehículo.
Por eso, en la misma medida que el
Diablo, para apresar el alma de Fausto,
alcanza a transcurrir su cuerpo2
con las experiencias del sexo, el
alcohol, el viaje o el poder, el montaje
busca encarnar la vida del texto.
Para ello elige un entorno plástico cuya
visualidad remite a cualquiera de esas
esquinas habaneras donde se ha
derrumbado un edificio y el paisaje
arquitectónico nos desvela la intimidad
de otras ventanas. Desde la “calle”
observan los espectadores a un personaje
bastante cotidiano, rodeado de maletas,
en una suerte de lista de espera
metafísica.3
Atenazado por su deseo de emprender el
viaje hacia el conocimiento, Fausto
escucha sonidos de aterrizaje y despegue
de aviones, un “din-don” de aeropuerto y
varias canciones conformadoras de la
banda sonora del espectáculo, producida
siempre por las voces de los actores.
Tales motivos, no señalados en el texto
original, resultan los referentes de una
tensión que explota la puesta en escena.
Tres grandes escaleras ruedan por el
escenario. Son fichas en un juego de
posiciones, sustitutivas del ajedrez
real pedido por Reinaldo Montero. Piezas
que metaforizan la batalla entre Mefisto
y Fausto.
En un momento de ella, Fausto, borracho,
declara: “Voy a poder ser feliz, aunque
esta alma se vaya al carajo”. Parece
abandonar su soñadora voluntad de
transformación del hombre, su seguridad
en cuanto al carácter inagotable de la
experiencia humana, parece vencido por
una aparente felicidad sin rumbo. Sin
embargo, las próximas escenas nos
revelan su tránsito por “un día
elegido”. Persigue a Margarita,
sobrevuela París, se acuesta en su
tierra con Helena de Troya, experimenta
el poder. Después de ello, Fausto aún
privilegia lo esencial sobre lo banal,
el ser sobre el tener.
Teatro D'Dos lo mira desde su poética
del realismo expresivo, en la cual se
erosiona una cotidianidad nunca del todo
desaparecida. Fausto pisa la realidad,
los demás personajes son apariciones,
envíos de El Diablo, conservan algo de
una “vieja” realidad virtual. Margarita
es el eterno femenino porque encarna el
deseo peregrino y la ilusión, no es solo
la jinetera de ahora mismo, sino la
“oscura pradera” que convida a la
transformación. El Perro es la nobleza y
la agresividad del mundo animal y el
peón del ajedrez, que carga con la peor
parte. Helena en la visión del grupo es
todavía más ridícula en su frivolidad,
suerte de reflejo de la vidriera del
mundo. Y Mefisto, en su relativo
desvalimiento, acude a Dios para
sostenerse.4
Frente a la actitud de Fausto,
Mefistófeles asume su derrota. Pero
tampoco Fausto ha ganado. Y, sin
embargo, aquí no hay tablas, dice El
Perro. En el epílogo, ya la fábula ha
terminado. Cual ritornello, los
personajes se pronuncian sobre el origen
del mundo. Pero sus conclusiones son
nuevas preguntas.
La soga que delimitaba la planta
arquitectónica en La casa vieja
se ha levantado, convirtiéndose en los
telones cuyas imágenes identifican ahora
el espacio de Fausto. Los tres
taburetes se han convertido en tres
escaleras; las pequeñas maletas de La
noche de los asesinos han crecido
multiplicándose... ¿A qué lugar nos
llevan esas escaleras que parecen
terminar en el vacío, entre casillas
blancas o negras de este eterno ajedrez?
“Dios nos deja caer en la tentación y no
nos libra de ningún mal”. Montera
reitera su idea sobre la frágil huella
del aprendizaje en el Hombre. Teatro
D'Dos recorre el camino propuesto por el
autor con la siguiente pauta. Después de
la destrucción quedan las almas —Fausto
es un alma elegida, persigue la
felicidad y se entrega a las constantes
de la experiencia humana, anhela
tranformar(se). Lógicamente, no puede
haber tablas, ni vencedores ni vencidos,
porque la pelea continúa.
El espacio escénico se despide límpido,
solo habitado por maletas y escaleras.
Sobre una de estas, Fausto, Margarita,
El Perro y Helena se preguntan cómo
acabar con la “hijeputancia”,
simbolizada en Mefisto. Él los ha
conducido nuevamente hasta allí, están
otra vez frente a las mismas
tentaciones, frente a los mismos deseos,
ante el abismo.
Aquellos cantan “Cuando salí de La
Habana, de nadie me despedí [...] las
botas se me rompieron, el dinero se
acabó, ay, perrito de mi vida, ay,
perrito de mi amor". Aluden al fin de un
amor, de un proyecto. Mefisto restalla
en carcajadas, no sabe nada, es solo una
actriz que intenta comprender a través
del teatro.
Es un día elegido. Se impone una razón
para pensar. Ellos también comprenden
que el Diablo es la sal de la vida, la
sombra de Dios. Pensemos.
Notas:
1 Trabajo como asesor de
Teatro D'Dos desde 1995. Ofrezco aquí,
más que la mirada evaluativa del
crítico, el típico texto donde se cruzan
las voces de todos los miembros del
colectivo, así como el testimonio sobre
referentes, objetivos y aristas internas
de un proceso de montaje teatral. Sirva
como testimonio y nunca como definición
de los resultados alcanzados.
2 Esta idea cita la
expresión carpenteriana “un cuerpo de
carne transcurrida”, verdadera síntesis
de la tarea esencial de un actor: hacer
que su cuerpo revele las huellas físicas
y psíquicas de otra carne transcurrida
por un tiempo y una experiencia únicos.
3 Entre otros textos de
referencia, el colectivo utilizó en el
proceso de construcción de la puesta en
escena los siguientes textos: Lista
de espera, de Arturo Arango;
Ensayo sobre la ceguera, de José
Saramago; Los ciegos, de Maurice
Maeterlinck; Fausto, (con la
introducción de Camila Henríquez Ureña),
de Goethe.
4
El equipo de trabajo ha estado
conformado por Jorge Fernández (Fausto),
Daysi Sánchez (Mefistófeles), Milva
Benítez o Liliana P. Recio (Helena),
Yaquelín Rosales (El Perro) y Susana
Céspedes o Yailene Sierra (Margarita),
Ismael Gómez (dirección de arte), Saskia
Cruz (diseño de luces) Julio César
Ramírez (dirección). |