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La aparición del libro de María Elena
Molinet sobre la Vestimenta ritual
tradicional de la santería cubana
(La Habana, 2007, 131 pp.), que ha sido
acreedor del Premio Catauro Cubano,
conferido anualmente por la Fundación
Fernando Ortiz y el Instituto Cubano del
Libro, a contrapelo de otras posiciones
interpretativas al respecto, más
inclinadas a resaltar sus procedencias,
marca con fuerza indeleble la cubanía de
esta práctica religiosa de amplia
raigambre popular y en plena expansión
internacional.
El estudio, que sin duda pasa revista a
los orígenes de estas prácticas y al
empleo del vestuario, hace énfasis en
sus cualidades sincrónicas; es decir,
cómo se efectúan aquí y ahora todo el
proceso relacionado con la iniciación,
los orichas representados mediante un
amplio arsenal simbólico, las
características de cada tipo de
vestuario durante las partes de la
ceremonia. Reconoce que el “sincretismo
religioso” no es algo ya pasado de moda
en los discursos posmodernos, que
también cuestionan y reniegan de los
procesos de “transculturación”, sino que
demuestra hasta el mínimo detalle,
mediante el vestuario como referente, la
profunda imbricación fusionante entre
las tradiciones culturales religiosas
yoruba, principalmente, el catolicismo
popular y el eclesial y los tipos de
vestuarios disponibles en este nuevo
contexto, así como la rica capacidad de
resimbolizar y refuncionalizar los
empleos del vestuario para satisfacer
necesidades de orden religioso.
Por su amplia experiencia en el Conjunto
Folclórico Nacional de Cuba sale a la
luz la relación interactiva entre los
tipos de vestuario diseñados con fines
de la proyección artística del folclor
religioso de la santería cubana y su
influencia como paradigma de lo válido o
no en determinadas casas de santo como
mecanismo de aceptación y reproducción
de aquellos diseños. Y no es nada raro
que así haya sido, pues debemos recordar
que desde sus inicios el reconocido
Conjunto se nutrió de practicantes de
diversas religiones populares, unos
bailarines, cantantes, instrumentistas y
otros como testimonios insustituibles de
su amplia experiencia de santeros,
paleros y abakuás, cuya vivencia
facilitó la riqueza del repertorio y
marcó al mismo tiempo sus propios
límites.
Sin embargo, hoy día, con la amplia
proliferación de grupos portadores de
sus tradiciones culturales, y de
agrupaciones de aficionados al arte
danzario-musical, el vestuario no
depende necesariamente de aquellos
diseñados ad hoc para su
representación escénica, depende de los
criterios de valor que le otorgan los
propios practicantes en sus contextos
religiosos. Por ello es necesario
considerar la amplia diversidad de
diseños y el empleo de los más variados
materiales en las condiciones actuales,
no siempre dependientes del apoyo
institucional.
Pero María Elena Molinet va mucho más
allá de lo que se conoce en la escena.
Se introduce en los diferentes días de
reclusión ritual del recién iniciado: la
ropa blanca del primer día, cual símbolo
de la pureza para la cultura occidental,
con sus lógicas variaciones de acuerdo
con el oricha de cabecera; la ropa común
del segundo día en relación con el color
atribuido al oricha, especialmente la
tela de ghin-ghan (o guinga
como dice la población), que luego
pasará a ser ropa corriente de hombres y
mujeres fuera de ese contexto, desde las
camisetas masculinas, con o sin botones
en el pecho, hasta el vestuario
carnavalesco de las bolleras del antiguo
barrio de Los Sitios en Centro Habana o
la alegoría cromática de las farolas de
la comparsa El Alacrán de El Cerro;
luego viene el traje del centro, de gala
o de trono, la pieza que constituye toda
una obra de artesanía por la complejidad
de su confección y rigor en el lenguaje
simbólico.
La obra dedica un importante espacio a
“La imagen tangible de cada santo dentro
de su universo visual y su lenguaje
simbólico” para de ese modo no solo dar
a conocer las características más
comunes de cada oricha sino los diseños
de vestuario realizados por la propia
autora. Así, desfila elegguá con su
garabato y demás atributos; ochosi con
su arco-flecha y su tocado; ogún machete
en mano con el torso desnudo y su mariwó;
obatalá con su iruke, todo de blanco;
yemayá con las olas del mar en su saya;
los ibeyes, gemelos de uno o ambos
sexos; ochún, toda sensualidad marcada
con su cuerpo y con su abanico; en fin,
cada uno es irrepetible, y la autora
propone un tipo de vestuario basado en
sus atributos y funciones, de manera que
este texto tiene un amplio perfil
docente para las escuelas de arte y para
la enseñanza general sobre temas
cubanos.
Este libro representa, además, la
invitación para cumplir con una
asignatura pendiente en los estudios
sistemáticos del vestuario en Cuba con
una muestra nacional, pues recordemos
que en el Atlas etnográfico este
campo temático estuvo ausente, por
cuestiones aun discutibles, pero que en
la práctica no se contaba con
especialistas en todo el país para
asumir la tarea. Sin embargo, nunca es
tarde para sacar a la luz la diversidad
de formas de vestir, a pesar de la
tendencia uniformizadora de cualquier
industria textil y de calzados, o del
impacto que causó la distribución
“normada” de ropa y calzado durante
varias décadas, o de la influencia de la
moda internacional.
Todo ello sería un buen argumento para
valorar la diversidad creativa de la
población en sus respectivos lugares de
asentamiento, desde reciclar el
vestuario de generaciones precedentes
hasta el empleo en el cuerpo de todo un
legado artesanal que se niega a
desaparecer y que contra viento y marea,
aparece en los mercados, se incorpora a
los pregones y coexiste con la industria
del vestir, desde la boutique de
limitado acceso hasta la “shopintrapo” o
el “agachateboutique” como certeramente
la población ha denominado a las tiendas
de ropa reciclada.
Este libro, más allá de su campo
específico, es un desafío para la propia
autora o para sus más entusiastas
seguidores, de continuar en otros
estudios. Por ejemplo, este mismo tema
podría abordarse en el palomonte, en las
sociedades masculinas abakuá, en el
vodú, en los cultos arará, iyesá, gangá
y otros que ponen de manifiesto el
empleo del cuerpo como soporte de
símbolos mediante diversos materiales y
su socialización religiosa. |