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Wang Lung
era mago y odiaba al Emperador; amaba en
doblegada distancia a la Emperatriz.
Codiciaba una piedra de imanes
siberianos, un zorro azul; acariciaba
también la idea de sentarse en el Trono.
Poder así, por su sangre recostada en la
Costumbre, convertir sus baratijas, sus
bastones y sus palomas hechizadas, en
quebradizas varas de nardo y nidos de
palomas salvajes, liberando sus
ejercicios de los círculos concéntricos.
Recorría las aldeas del norte disfrazado
de agente del apio, trasponía El
Amarillo, penetrando en los puertos. En
las posadas mientras él dormía,
Cenizas del molino frente al río,
vigilaba, jorobadita y huérfana, los
baúles. Ponía en sus baúles, en el piso
superior, las maderas olorosas y la
pólvora, madre de las flores voladoras.
En el piso secreto guardaba los
candelabros, las cintas de las patas de
su paloma favorita y el Tao Te King.
Vigilaba con doble ceño cuando llegaban
a la corte, por el gran número de
cortesanos arruinados y por sus hijos
más jóvenes que tenían extrañas
amistades entre los bandidos de las
cordilleras.
Había llegado a la corte, y después del
primer día de recuperarse, entró por la
noche en la sala principal del palacio
imperial. Lo esperaban el Emperador y
los altos dignatarios; cuando entró
sorprendió risitas ceremoniosas. La
magia no lo había liberado de que los
altos dignatarios a escondidas, lo
vieran con inferioridad. Como buen mago
era ceremonioso, era lento; no obstante,
al penetrar en la sala, no pudo evitar
una nieve en su memoria, vaciló. Lo que
al principio había entrado por sus ojos
como una cigüeña de seda, ahora, más
saboreado, se mostraba en un dibujo de
perlas que daba varias vueltas a una
casaca, en el detalle puesto en una
manga para hincharla, mejor que en una
cadera para ceñirla. Desde los remotos
fríos habían venido señores para
contemplar la magia, desprendiéndose ese
sólido cuchicheo que se evapora de los
chinos cuando están reunidos. Un poco
más alejados del cuadro espeso de los
dignatarios se situaba la pareja
imperial. El Emperador, inmutable, como
si contemplase una ejecución. La
Emperatriz, mutable, como si observara
una mariposa posada en la gran espada,
reposada en un ángulo del salón, de la
época del Veedor del silencio.
Mago de feria, de asociaciones
impetuosas, tuvo el error provinciano de
mostrar primero sus innovaciones. Su
arte consistía en un gran refinamiento
de la técnica manual -pasaba una moneda
por todos los dedos en el tiempo en que
un ejecutante recorre todo el teclado-,
unido a la música y a la pólvora. En la
mañana, en el reparto que había hecho de
su aprendizaje secular, hacía los
ejercicios de acoplamiento del músculo y
el instante, bien para ocultar una
anilla o para soplar vida súbita a una
paloma, a dos faisanes o a un largo
desfile de gansos. Por la tarde,
dirigía, escrutaba su orquesta de cinco
profesores de cuerda y un pífano;
vigilaba el pequeño abismo rosa de uno
de los compases para situar una aventura
en la interrupción. Y por la noche,
oculto en su más oscura cámara,
preparaba sus efectos con la pólvora
colorante, para provocar la gran canasta
de peras multicolores que se rompe en el
cielo en lluvia de manecillas, guantes y
estrellas.
A pesar de sus innovaciones, su
colección de sentencias lo emparentaba
con el estilo de la magia de la gran
época. Acostumbraba decir que la magia
consiste en pasarse una moneda por todos
los músculos en el tiempo en que el
espectador tiene que hacer un gesto para
demostrarnos y demostrarse que no es una
estatua, como un cambio en la posición
del brazo, extender un poco más las
piernas, o pestañear, mover el cuello.
Mientras tal cosa sucede, añadía con
crueldad maliciosa, el mago tiene que
parecer que está soplando en un pífano
invisible. Invisible él también. En una
ocasión de-sesperada en que un mandarín
arruinado le espetó esta dolorosa
pregunta: ¿por qué no empleas el arte de
la magia en darle vida a los muertos?
Wang Lung, ceremonioso, contestó: porque
puedo sacar de las entrañas de los
muertos una paloma, dos faisanes, una
larga hilera de gansos.
Después de sus innovaciones, sabía Wang
Lung que aquella masiva solemnidad
reunida en el palacio querría sus
vulgaridades, y ya aprestaba su juego de
cuchillas para decapitar a la doncella
que se aburría mientras el público
aclamaba. De las doncellas de la
Emperatriz se aprestaba la más delgada
de todas, cuando un gesto del Emperador
demostró que quería dar otro curso al
final del espectáculo del mago. Indicó
con frío ceremonial que quería que esa
suerte, para el mago la más plebeya de
todas, se ejercitase en el cuello de la
Emperatriz. Los espectadores temblaron,
creyendo que algunas intrigas de la
corte habían coincidido para que
decidiese un final en que se mezclase lo
espeluznante con la alegría secreta de
los cortesanos. So Ling, menuda y
agilísima, interpretó rectamente el
signo y se dirigió hacia Wang Lung, que
ya aprestaba los espejos y las
cuchillas, los ángulos de sombra y las
incidencias, igualando el cuello de una
rata con el de la Emperatriz. La
cuchilla caía y se alzaba, alzando en
cada una de esas ausencias el cuello
aislado, sin gotas de sangre y
convertido en una entelequia. So Ling,
menuda y agilísima, se levantó después
que Wang Lung hubo mostrado su última
vulgar destreza, y volvió a sentarse al
lado del Emperador.
El Emperador reaccionó ante la más
vulgar destreza que puede realizar un
mago ante el ceremonial de la corte,
encarcelando a Wang Lung. Con esa
decisión intentaba demostrar la
superioridad de la Autoridad sobre la
Magia, y además preparaba una trampa
visible: que So Ling visitase de
incógnito al mago y preparase la fuga
hacia los fríos del norte. En el fondo,
el Emperador reaccionaba ante el
espectáculo del mago con otro más
vulgar, y no ante la corte, sino ante el
pueblo. Encarcelando al mago, el pueblo
creía que el Emperador se jugaba una
carta desesperada, ya que luchaba con
fuerzas que él no podía detener como el
rayo negro. Después, al fugarse el mago
con So Ling, el Emperador se mostraba
ante el pueblo en una soledad nostálgica
que lo neutralizaba para ser atacado. Y
así So Ling, que comenzó sus visitas al
prisionero llevándole panes y almendras,
pudo posteriormente allegar un trineo y
doce perros voladores para escapar hacia
el norte, con tan escasa persecución que
pronto pudo el trineo sonar sus
campanillas.
La aldea a la que se iba acercando
adquiría en la noche una calidad de
amarillo con lengüetas súbitas de rojo
ladrillo. Los grandes faroles de las
casas más ricas, al moverse soplados por
el viento de otoño, parecían pájaros que
transportasen en su pico nidos de fuego.
Cuando el viento arreciaba y el farol
chocaba con la pared, volvían a parecer
pájaros que al volar se golpeasen el
pecho con la medalla de las ánimas del
purgatorio. Al divisar las luces, los
fuegos fragmentados, Wang Lung se sintió
apuñalado por deseos disímiles,
sucesivos, de diversos tamaños. Las
luces lo tentaban de lejos y se
mostraban en innumerables rostros, en
aclamaciones de fuego trastocado. Las
llamas levantadas en sitios estratégicos
para ahuyentar a los zorros -y el
pequeño centinela rojo ladrillo que se
encargaba de avivarlas-, trepaban y se
fugaban por su espalda y por sus brazos,
produciéndole un desperezarse
multiplicado por pinchazos incesantes.
Hizo un gesto despacioso, detuvo el
trineo y saltó para abandonarlo. So Ling
semidormida sintió cómo él la cubría con
las mantas y levantaba el puño para
golpear con el latiguillo a los perros.
Saltó también So Ling y se le prendió
del cuello, clavándole el gesto como un
alfiler largo para que no se le
escapase. Pero él, resuelto, la empujó
dentro del trineo, y ante sus
insistencias, levantó la mano como para
golpear aquella mejilla que tanto se
brindaba. Un latigazo dado a los perros
y se alejaban las campanillas, y Wang
Lung, ceremonioso, entró en la aldea,
después de sacudir su malhumor.
So Ling dejó que los perros sintiesen lo
interminable de ese latigazo, y durante
tres días, entrecortados por la lejanía
del agua y su encuentro, y por el tiempo
más lento en que los perros hundían su
hocico en el agua para comer peces aún
vivos, mezclándose el sonido de su
masticación y el de la agonía de los
peces. Dormía y se despertaba
sobresaltada, para volverse a dormir,
mientras el trineo sobre su propia única
luz nocturna se nutría de una extensión
infinita. Cuando los perros sacudieron
sus campanillas, So Ling creyó
ingenuamente que el cansancio les
doblegaba las patas, sorbiéndole el frío
los tuétanos.
Las manos que sujetaban los perros del
trineo se fueron reduciendo a una sola
mano de tamaño mayor, que acariciaba su
cuerpo con la misma lentitud que el agua
elabora un coral. Así en noches
sucesivas, hasta que So Ling, que ya
había abierto los ojos totalmente,
conoció que había pasado de un palacio a
una fuga, de una fuga a un campamento. Y
que quien la acariciaba, iba creciendo
de caricioso a bandido y cazador,
espectáculo aumentado en las sucesivas
caricias hasta convertirse en el
pretendiente al Imperio. Le decían El
Real, y por una heráldica de
peldaños rotos y reconstruidos se
consideraba que su sangre era más pura
que la de Wen Chiu, y que él era el hijo
del cielo, y Wen Chiu un perro salido
del infierno. Hasta Wen Chiu habían
llegado distintas noticias de El Real,
considerándolo como un bandido que sólo
atacaba a los campesinos ricos que
abandonaban sus granjas para pedir en
alguna puerta distante algunas semillas
de melocotón. Los cortesanos
disimulaban, por cautelosa prudencia,
que las aspiraciones de El Real
fueran hasta el mismo trono; sin
embargo, como operaba por el norte del
imperio, Wen Chiu lo ignoraba, dejándolo
por las aldeas del norte, como si dejase
a un monstruo pacer en un tapiz mientras
los bucolistas soplaban en sus
trompillas. Como era de esperarse, la
mujer que rodea a un hombre enclavado
entre el bandolerismo y las pretensiones
reales, tenía que ser la amante que
traiciona a sorbos de té; que va de un
campamento a otro para vigilar el sueño
que se concentra en la tienda de los
combatientes. Y colocar en la cesta, que
había entrado con unas botellas de vino,
una cabeza separada del tronco con tan
graciosa limpidez que las gotas de
sangre parecen cera mezclada con
cerezas.
Retomemos de nuevo al mago Wang Lung,
perdido, despreocupado gustoso por las
provincias del norte. Así como en la
corte se le pedía siempre al finalizar,
los números de fácil virtuosismo: el de
la decapitación; en esas aldeas se
abandonaba a sus más peligrosos juegos
en espiral, abandonando las variaciones
y las seguridades anteriores, brindadas
por el estilo fugado. En lugar de
extraer de sus mangas el ganso o el
pelícano, se adelantaba hacia el
proscenio, con la mano izquierda en la
cintura, y mientras la misma manga se
iba agrandando a lo largo de todo el
brazo, hasta adquirir la dimensión
propia de la manga de campana; iba muy
lentamente convocando y variando la
atención de los espectadores, alzando la
mano derecha, y apuntando hacia el
cielo, señalaba la bandada de gaviotas,
permanecía en esa posición hasta que se
apartaba del grupo una que portaba en el
cuello una cinta, que venía en vuelo
aceitado a introducirse en la manga.
Mientras la gaviota venía a guarecerse
en la gruta de su manga, Wang Lung
parecía cumplir una orden de Diaghilev,
contrastaba su seguridad alegre con la
expectación tensa, un tanto mortificada.
Wang Lung, que había mantenido su
vocación de mago lo mismo en la corte
que en la aldea, pensaba con tristeza,
que si ese número hubiera sido
reemplazado por el ganso que sale de la
manga impulsado por un disparo cortante
y grosero, la misma expectación del
público se hubiese mantenido en igualdad
de frecuencia. Ese pensamiento
fugazmente lo turbaba, pero él prefería
ese gesto de ballet, el índice alzado
con artesana altivez, y la gaviota que
se apartaba de la bandada y venía a
domesticarse en su manga.
Así transcurría, hasta que un capitán
que en su visita a la capital, había
oído el relato del mago y su fuga,
decidió asistir a sus juegos,
interrogarlo después, y mandarlo a la
corte para que decidiesen de su suerte.
Cuando estuvo en presencia del
Emperador, éste permaneció indiferente,
ordenando que lo recluyeran en prisión
militar, pero con el mismo gesto de
absentismo con que firmaría la sentencia
de muerte para el ladrón del caballo
favorito de uno de sus favoritos.
En el subterráneo se veía obligado a
abandonar su técnica anterior; tenía
necesidad de verificar, de montar sus
juegos ante la imposibilidad total de
espectadores. ¿Era un deseo demoníaco, o
la necesidad de diseñar las
excepcionales agudezas de sus tensiones,
o un simple juego angélico interesado en
sacarle el sombrero a los hombres los
días de frío, lo que lo guiaba en su
vocación de mago? Sin responder, podemos
ahora añadir que se veía obligado a
prescindir de su pequeña orquesta y de
su delicioso jardín zoológico, teniendo
que sacar de las mismas paredes sus
últimas destrezas. Colocaba al borde de
la mesa el plato de madera, lo
presionaba con el dedo anular con fuerza
giratoria hasta tenerlo elevado en el
centro de la celda. Si sobre el plato,
martillaba instantáneamente una
impulsión giratoria, sobre el tenedor el
índice al golpear con velocidad inicial
y uniformemente acelerada hacía que
fuese a clavarse en el centro del plato.
Cuando regresaba el carcelero, se
limitaba con gesto frío y malhumorado, a
despegarlo, pues ya el plato de regreso,
en la mesa, Wang Lung por
divertissement, provocaba que la
vuelta del plato hacia la mesa fuese
lentísima, incrustándosele el tenedor
como un jinete que despedido de la
montura por un ciclón se entierra de
piernas en la tierra húmeda. El
carcelero tenía la indecisa visión de
haber visto, paseándose por el patio, a
Wang Lung, con la puerta de su celda
cerrada. Para aliviarlo de esta desazón
que provoca la presencia de lo
extrasensorial, Wang Lung le anunció la
muerte de una hija en las provincias del
arroz. Al verificarse, días más tarde,
esa muerte, Wang Lung consiguió una de
sus más incalculables destrezas:
desdivinizarse y situarse en una
posición de profecía extremadamente
favorable para él. Desde entonces el
carcelero le traía la misma agua
transparente, goteada de limón que
tomaba con los soldados de posta.
So Ling iba comprendiendo que ser la
amante del pretendiente después de haber
sido Emperatriz, era una posición de un
lirismo neblinoso y grosero. Creyó que
traicionar al pretendiente, después de
su fuga banal, era volver de nuevo a la
clásica línea de su estirpe. Al
encontrarse de nuevo frente al
Emperador, no se daba cuenta que estaba
desinflada, seca y sin armas. Que se
había apartado de la ortodoxia y de la
herejía, y que giraba como un reloj
inspeccionado por una gata persa. Al
principio le decía a So Ling, que El
Real era un bandido, que ella lo
conocía a saciedad, que no temiese.
Después, cambiaba; ahora El Real
había consultado con los más pacientes
escribas eruditos, y le habían
informado, con citas especiales y bien
pagas del Libro Sagrado, que en
su sangre pesaban unas gotas de oro, con
más multiplicación que en las del
Emperador. Después, So Ling lloraba o
adoptaba la posición de quien en su
silencio contraído oculta un secreto. De
nada le valió, con más displicencia aún
que cuando El Mago fue remitido a
prisión subterránea, So Ling fue
encarcelada y obligada para escarnio a
llevar al cuello un collar de cuentas de
madera del tamaño de un ojo de buey
disecado. A quien se le acercaba para
verla parecía una campesina estúpida o
una emperatriz enloquecida por el
alcohol.
El Real hizo una encaramuza para
tantear las defensas de la ciudad. Creía
que cada una de esas embestidas, que le
rendían un barrio, representaban un
fragmento que ya era suyo, aunque
después tenía que retroceder y contar
sus pérdidas. Pero ese fragmento, suyo
mientras se combatía, llevaba ya la
señal de la posible suma total, que se
derivaría cuando ya él hubiese atacado
los restantes barrios. Había logrado
llegar hasta donde empezaban los
mercados, y al pasar por los alrededores
pobres donde estaba la prisión, pudo
casi inadvertidamente poner en libertad
a Wang Lung. Contrastaba el gesto
furioso de El Real, pintado aún
con los atributos de guerrear, que al
entrar en la prisión para dar las
libertades, parecía por su furor que
luchaba con los soldados para que no lo
encarcelaran. Wang Lung mostraba, por el
contrario, una candidez irónica. Los
guerreros tuvieron tiempo para constatar
un asombro: de la manga de Wang Lung se
iba desprendiendo una rama hasta
alcanzar tres metros, surgiéndole
retoños rojos. Wang Lung tiró contra el
cielo la rama y apretó la mano de El
Real. Cargaban con certeza las
tropas del Emperador y el pretendiente
tuvo que retroceder, abandonar el barrio
conquistado, llevándose a Wang Lung
hacia las provincias del norte.
En el campamento de El Real se tenía por
Wang Lung una veneración delicada. Se le
consideraba de una sustancia especial y
no se le exigía la constante
demostración de su poderío. Cuando un
campesino, por ejemplo, le mostraba un
potro fuerte, clásicamente herrado, lo
hacía con ingravidez, no temía que se
fuese a romper la relación que existe
entre el caballo, la herradura y la
delicadeza con que pellizcaba los
músculos del caballo para que nos mirase
artificialmente a la cara con ese metal
y esos clavos. Cuando Wang se alejaba,
el caballo tenía sus cuatro patas sobre
la tierra y el campesino también se
alejaba. Así lograba con sus poderes
convivir, y no verse obligado, al
habitar una lejanía, a perder la diaria
distribución de sus instintos. Se
deslizaba así en una intercomunicación
hialina, se sentía flotar en el polvillo
de la luz, observando desde lejos el
fuego de toda palpitación y evitando de
cerca la rumia vegetativa del aliento.
Gozaba así, por la transparencia con que
revertían hacia él, de un inmenso campo
óptico, semejante a esos cuadros
primitivos, donde unas tentaciones con
cara de escorpión luchan por enceguecer
a un adolescente que no se quiere
abismar, percibiéndose allá en el fondo
de la tela, una felicísima cocinera que
al mismo tiempo se aprovecha para ver
desde la ventana un espectáculo que la
hace reír nerviosamente, asomando de
nuevo su cabeza, dispuesta a prolongar
su curiosidad hasta un cansancio que
desemboca en la infinitud.
El pretendiente rehizo su ejército y
embistió de nuevo contra la ciudad. Como
la preparación de la defensa había sido
más lenta, el ataque fue súbito. Las
vicisitudes del encuentro anterior se
perdieron, y la estrategia empleada se
había convertido en una especie de
prueba de tubas de órgano. Se presionaba
una pequeña tecla, que rezaba: órgano
tempestuoso (tempête), y contestaba
una ramazón sonora, o contestaba a la
presión flauta, una vaciedad, y
nos convencíamos que el órgano estaba
desinflado. Así El Real atacó un
fragmento, un barrio ya escogido, y
todos los puntos de defensa estaban tan
ferozmente obturados que la retirada fue
casi inmediata. Pero en ese barrio había
una prisión, y allí So Ling pudo, muy
asustada, recobrar de nuevo su libertad.
El pretendiente la examinó rápidamente,
y ya empezaba a caminar So Ling con
lentitud, cuando fue lanzada sobre el
caballo, enlazada y sacada hacia el
campamento del que ella había huido.
El Real preparó en marfil su
crueldad. Quería que el mago y So Ling
se vieran de improviso en el acto que él
había preparado para comunicarle un
disfraz brillante a su derrota. Después
del descanso, de las palmadas,
guitarras, juegos de armas y lazos, se
hizo un silencio para la acción del
mago. De una a otra tienda, situadas en
los extremos del tinglado, salieron Wang
Lung y la Emperatriz, se saludaron,
rieron, se hicieron cortesías con
frialdad redondeada. Encuentro que no
revelaba una fuga, el odio por el
abandono estepario, reminiscencia,
deseo, trineo, frialdad o calor bajo las
mantas. Cada uno retrocedió y fueron a
sentarse en sus sillas, la de So Ling
más cerca de El Real. La multitud
se tragaba su silencio y lo devolvía en
forma de mosca fría. El pretendiente
golpeó en un gong. Los caballos fueron
sacados más allá del río que formaba el
límite del campamento, para no oír el
descarado ruido de sus cascos.
El Real hizo una señal de
nerviosa ordenanza. Quería que el
festival comenzase por el acto de la
decapitación. Wang asintió, y So Ling,
con gentileza, se dirigió a la mesa y se
ofreció a la cuchilla. Con una gravísima
limpidez se vio a su cabeza cobrar una
momentánea independencia, pero después
ya saludaba, y se dirigía de nuevo a
ocupar su silla más cerca de El Real.
Algunos distraídos que presumían de
estar en el secreto, esperaban que el
pretendiente hubiese dado órdenes
secretas a Wang o que éste fingiese un
desmayo para que la cuchilla siguiese
hasta el final. Pero el mago prefirió su
acto puro, su diestro artificio,
interrumpiendo, aislando
momentáneamente, pero sin poner un dedo
siquiera en la gran obra de continuidad
secreta y ajena. La cortesía encerraba
sus ejercicios, y la cortesía no era
para él otra cosa que la igualdad que se
deriva del timor Dei.
En la corte el aplauso era un terciopelo
mortal. Era siempre un final. Potenciaba
tan sólo el silencio posterior. En el
campamento de El Real, los
aplausos, ya rítmicos, eran la
introducción al frenesí. Después de
haber empezado por ese número tan
fastidioso para el mago, pudo aunar las
destrezas que había adquirido durante su
estancia en la prisión, con su clásica
habilidad para hacer pasar sus dedos
entre la pólvora y su orquesta
invisible. Llegó a marear, se embriagó a
sí mismo, y el campamento acuchillado
por las hogueras vigilantes, parecía la
gran piel que revienta, el cuero mayor
que contiene a una inundación. Sin
embargo, los situados en las últimas
filas, los vacilantes, oyeron un temblor
como de jinetes que se acercaban. Se
limitaron a mover sus cabezas y a ser
los primeros en retirarse a dormir.
Sería entrada la noche, cuando Wang Lung
salió de su tienda. Un silencio frío,
acompañado por las asperezas del grillo
untado de rocío, se hacía más pesado a
medida que adelantaba su curiosidad. Vio
a So Ling que también salía de su tienda
haciéndole señas, indicándole que
terminaría con su curiosidad. ¿Qué
pasaba? Con numerosísimo ejército el
Emperador había salido a darle caza a
El Real. Al avisar muy oportunamente
los centinelas de la numerosidad de las
huestes que se acercaban, el
pretendiente levantó el campamento.
Aprovechándose del aislamiento
silencioso que quedó como residuo de la
gran noche del mago, y que pesaba muy
especialmente sobre la pareja, huyó
tendido hacia el norte. Pensó que al
dejar abandonados a So Ling y al mago,
el furor del Emperador se calmaría. Otro
error suyo. Al ver los restos del
campamento abandonado, el Emperador
temió alguna encerrona, y siguió la
persecución con más furia. Lo persiguió
hasta llevarlo de nuevo a la tierra
donde viven los bandidos del norte.
Desistió, pensaba que sería más
conveniente tener en sus dominios un
bandido más que un pretendiente
ajusticiado. Inició el regreso cuando la
humedad, los arneses y el búho mojado
estaban dentro de un círculo.
Ya está Wang Lung en la tienda de So
Ling, se extiende sobre las pieles. Wang
la acaricia con precipitación
incorrecta, sus gestos se van refinando
mientras convergen hacia la garganta. So
Ling reía con el mismo gozo con que veía
avanzar la cuchilla, como quien se
oculta de una oscuridad súbita que le
rebana de los espectadores. Una
curiosidad desatada gobernaba los dedos
del mago que iban apretando
incesantemente, mientras So Ling
continuaba riendo, creyendo que era el
juego anterior de los espejos, cuando
ella aparecía para el reverso, como
escindida por la cuchilla, teniendo tan
sólo que retener un poco la respiración.
Después Wang Lung manteniendo la misma
curiosidad que ya comenzaba a
congelarlo, fue deteniendo los golpes
rítmicos de su respiración hasta
indiferenciarse totalmente, y así
decidido invisible entró en el clarísimo
laberinto. Los cadáveres del mago y de
So Ling, lucían como si el hálito no se
hubiese escapado, sino como si entre
esas muertes fluyesen los siglos de un
estilo diverso. Asomaba, en uno, la
espiral incesante de su curiosidad; en
el otro, la sonrisa de una total
acomodación, de una confianza clásica.
Al congelarse hicieron visibles sus
estilos.
Las tropas del Emperador que regresaban,
quedaban de frente al reverso del
tinglado. Ordenó descanso, mientras él
se aventuraba por la región donde no
había espectadores. Penetró en la
tienda, y al contemplar los cadáveres,
entró de súbito en un especial tipo de
locura cantable. Alzados los brazos,
pasaba con rostro invariable de las
canciones infantiles a los cantos
guerreros. Salió de la tienda, y
manteniendo el mismo canto ligero y
grave, se dirigió al pozo, que es
siempre la peligrosa encrucijada de todo
campamento, y se precipitó. Penetraba en
la oscuridad progresiva con un tono de
voz hecho por las divinidades enemigas
para aislar el pensamiento de la voz, y
ésta a su vez de toda extensión oscura.
El Real regresaba, perseguía al
ejército fiel y aumentaba sus
contingentes. Perdía los pasos del
ejército que él buscaba, y eso le hacía
pensar que estaban dispuestos para
recibirlo, y no con recepción de la
corte. Cuando su ejército y el del
Emperador se encontraron, pudo percibir
que algo de rica expectación
transcurría. Al encontrarse, el ejército
del Emperador permanecía inmóvil; el de
El Real, se adelantó, y con el
mismo silencio se unieron los dos
bandos. La petrificación del ejército
del Emperador, se debía a que éste no
regresaba, permaneciendo las tropas en
parada descanso; así el otro ejército
pudo sumársele, añadiéndole nuevas
divisiones, colores, y armas. El Real,
se adelantó más allá del tinglado, llegó
hasta la tienda y percibió indiferente
los dos cadáveres y sus incomprensibles
gestos. Se adelantó más aún y llegó
hasta el río que servía de límite
natural al campamento. Notó que el pico
de un flamenco progresaba en las
entrañas de un cuerpo envuelto en unas
sedas mordidas por unas insignias que
tenían que ser calificadas de únicas.
Mantenía las manos alzadas y la boca
entreabierta se había congelado en el
diseño del canto. Al sumergirse en el
pozo había sido arrastrado por aguas
subterráneas hasta el río que iniciaba
su destrucción lenta con pájaros e
insectos. Arrastró con limpia elegancia
el cadáver del Emperador y lo mostró
ante las tropas. Puso en el mismo trineo
al mago, a So Ling y al Emperador, y
ordenó marcha forzada sobre la ciudad
mayor del Imperio.
La ciudad se apretaba en una
concentración máxima a la vista de El
Real. Los vigías contemplaron la
unión de los dos ejércitos y los cuerpos
que regresaban en trineo. A la vista de
las murallas, el pretendiente hizo
levantar un tablado inclinado, donde
colocó los tres cadáveres sobre ramas y
hojas, quedando como un relieve sobre
fondo vegetativo. Algunos curiosos que
se aventuraban más allá de las murallas
podían alcanzar así ciertas precisiones
que trasladaban después a los
contemplativos de intramuros. Veían
figuras que se desplegaban en espirales
uniformemente aceleradas. El Emperador,
con el agujero dejado por el pico del
flamenco debajo de la tetilla izquierda,
continuaba con sus brazos alzados,
seguía impulsando sus romanzas. Los de
intramuros pensaban que ese canto se
debía a que El Real había
decapitado a So Ling, cobrándole su
traición; que el Emperador daba gracias
por la huida de sus enemigos, cuando un
horóscopo incomprensible se desató y el
pico del flamenco rasgó sus entrañas. El
mago quedaba como el curioso ante el
retorno, la huida, el cuello de So Ling;
curiosidad pasiva que cuando alcanzaba
su perfección tenebrosa, podía contener
la respiración y contestar a las
preguntas que nos envían unos arqueros
flagelados.
Después que exhibió los cadáveres
durante tres días en el tablado
inclinado, cogió una vara gigante
rociada con resina olorosa, y le otorgó
fuego a las ramas del lecho de los
muertos. Cuando el fuego se extinguió,
los curiosos que paseaban fuera de las
murallas retrocedieron con una confusión
delirante. Quedaban marcados con una
complejidad que les prohibía hablar o
pasear con tanta lujosa calma como hasta
que habían contemplado esa destrucción
de la plástica de la muerte.
El Real se acostó en el trono
cincuenta años. Ningún fuego prendido
con una vara resinosa señalaba un
comienzo o una despedida. Los curiosos
que habían visto los cadáveres sobre el
tablado, cuando volvían a la ciudad,
quedaban imposibilitados para llevar sus
paseos más allá de las curiosidades
visibles. Buscaban después soluciones
domésticas, favorecían el despacioso
crecimiento de sus árboles. Los que no
se habían atrevido a ir más allá de las
murallas les quedaba ese interior
remolino secreto, dispuestos a aceptar
el primer humo llegado como un presagio,
como los chirridos insistentes del
pájaro que transporta una voz.
Cuando los nuevos magos visitaban la
corte, se brindaba el mismo Emperador a
que el acto de la decapitación fuese
elaborado en su propia cabeza. Cuando
regresaba a sentarse en el trono, los
cortesanos fingían un asombro helado y
bien pronto recobraban su inmovilidad.
Se había hecho demasiado visible el
artificio del instante en que su cabeza
liberada inciaba una oscura conquista,
que los cortesanos no hacían
coincidente, ni por el ceremonial, con
el descenso horrorizado de los párpados.
Los ojos de los cortesanos seguían la
cabeza separada, como si, por el
contrario, fijaran con exceso, molieran
un insecto en una pieza de cerámica.
Consultado por los cortesanos El
Claustro Imperial de Lojanes acerca
de cómo remediar la espantosa sequía de
espectáculos que seguían a la muerte de
El Real, dictaminó que era
necesario hacer las exequias en la
puerta mayor, donde coincidían los pasos
de los que se atrevían a ir más allá de
las murallas, con los más prudentes que
sólo vigilaban la verticalidad de las
mismas murallas. Durante tres días su
cadáver se mostró envuelto en los cueros
y metales de su realeza; se mostró
acompañado de rocío, de sol, y al tercer
día, al llegar las lluvias, se quedó en
una soledad marmórea, pues los curiosos
huían... El martín pescador se
obstinaba en pasar su cuerpo a través de
un anillo de plata martillada. El
halcón, noble dueño de su precipitarse,
abría lo circular, hasta trocarlo en
curso y recurso, convirtiéndolo en el
espíritu estepario. El otro halcón,
breve, tornasolado, raspaba con furia en
un dedo de rotación incesante.
Tomado de Cuentos, de José Lezama
Lima. Editorial Letras Cubanas, 1999.
Publicado por primera vez en Orígenes, Primavera,
año I, Núm. 1, 1944.
José Lezama Lima: Sus
ensayos son imaginativos, poéticos,
abiertos y constituyen una recreación de
textos y visiones. Promotor de revistas
y cenáculos, supo congregar en torno
suyo a poetas de la talla de Gastón
Baquero, Cintio Vitier, Eliseo Diego,
Virgilio Piñera y Octavio Smith, entre
otros. Su amistad con el poeta y
sacerdote español Angel Gaztelú (1914),
contribuyó a la formación de su mundo
espiritual. Su primer libro de poemas
fue Muerte de Narciso (1937).
Siguen, entre otras obras poéticas,
todas influidas por el estilo rico en
metáforas y lleno de distorsiones de
Góngora, Enemigo rumor (1941),
Aventuras sigilosas (1945), Dador
(1960) y Fragmentos a su imán,
publicado póstumamente en 1977, en las
que sigue demostrando que la poesía es
una aventura arriesgada. En 1966 publicó
la novela Paradiso, donde
confluye toda su trayectoria poética de
carácter barroco, simbólico e
iniciático. El protagonista, José Cemí,
remite de inmediato al autor en su
devenir externo e interno camino de su
conversión en poeta. Lo cubano, con sus
deformaciones verbales, desempeña un
papel fundamental en la obra, como
ocurre en su colección de ensayos La
cantidad hechizada (1970).
Oppiano Licario es una novela
inconclusa, aparecida póstumamente en
1977, que desarrolla la figura del
personaje que ya aparecía en Paradiso
y de la que toma título. |