Año IX
La Habana
8 al 14
de MAYO
de 2010

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Devoluciones, acercamiento a la poética lezamiana

El dragón en su biblioteca

Eugenio Marrón Casanova • Holguín

Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Hay una imagen de José Lezama Lima —entre un puñado de fotos que guardan algunos momentos del artífice de Paradiso en su casa de Trocadero número 162— que resulta tan afectiva como aleccionadora: amparado por los libros —o más bien cercado por ellos, pero en un sitio donde el sitiado, más que afligido por la impertinencia del asedio, se descubre entre astuto y gozoso a la sombra de los volúmenes—, el escritor está como pez en el agua. De inmediato, bien se recuerda el sentido más íntimo de una advertencia suya en ocasión de una entrevista: “Con solo cerrar los ojos mientras froto la lámpara mágica, puedo revivir la corte de Luis XIV y situarme al lado del Rey Sol, oír misa de domingo en la catedral de Zamora junto a Colón en víspera de su viaje a América, ver a Catalina la Grande paseando por las márgenes del Volga congelado, o trasladarme al Polo Norte y asistir al parto de una esquimal que después se comerá la placenta”. Allí, donde muchos de los títulos que sustentaban las combinaciones más inesperadas de su “Curso Délfico”, parecen aguardar por el próximo lector Tao Te King, de Lao Tsé, Mario el epicúreo, de Walter Pater y Doctor Faustus, de Thomas Mann, a manera de ejercicios viables, Lezama se hizo constructor de puentes para llegar a la ciudad prohibida del gran emperador Che Huang Ti — “cuyo imperio se iguala en extensión con los de Alejandro Magno y Augusto”, según contaba en algunas páginas de La cantidad hechizada—, señor de las cuatro inscripciones para las esquinas de sus potestades con el hálito del taoísmo, tan celebradas por el creador de José Cemí: “Reunió por primera vez el mundo”; “Derribó y destruyó las hogares interiores”; “Reguló e igualó las leyes, las pesas y las prevenciones”; y “Restableció el orden y suprimió las batallas”. Asimismo, las máximas del remoto soberano pueden convertirse en los cuatro puntos cardinales según Lezama Lima, acorazado en las ascendientes de su universo alegórico: el mundo reunido según la poesía; las moradas compartidas en permutación de roles para mejor fortuna de los géneros al uso; las cifras, las armonías y las prevenciones codificadas desde la palabra; y la disposición legitimadora del origen reintegrada a su corriente tras la supresión de las hostilidades. En ese rumbo, la imagen que entrega la foto, tanto en lo expresivo como en lo edificante advertido, se convierte en el santo y seña del hombre que naciera el 19 de diciembre de 1910 en La Habana. 
 

Entre los libros de Lezama, el que tal vez mejor entregue lo posible de una ilustración para la oportunidad servida por el retrato que estimula estas líneas, sea La cantidad hechizada, su último volumen de ensayos publicado en vida, seis años antes de su muerte el 9 de agosto de 1976 en la ciudad natal. En aquel título de casi quinientas páginas, el lector-autor, “sitiado” por sus libros, se adentra en territorios que pueden incitar al conocimiento de su muy personal Torre de Babel: así lo corroboran ejemplos como las eras imaginarias con “el hombre en el centro irradiante de su plenitud”; la presencia del mito de Orfeo como fundamento de un viaje interminable, desde los vasos de épocas homéricas hasta los poemas de Rilke; los enigmas del antiguo Egipto descifrados desde el Libro de los Muertos; China y sus arcanos vistos a través de “la biblioteca como dragón” —una de los piezas más suculentas y placenteras de ese volumen legendario—; los siglos XVIII y XIX en clave cubana a través de pintores y poetas; el misterio de la vida y la muerte de Juan Clemente Zenea — “En la heráldica de la poesía cubana… es un príncipe de la sangre”, afirma Lezama en ese texto tan delicado en su médula como apasionante en su progresión—; la modernidad sin límites de Ramón Meza y su novela Mi tío el empleado —hasta un “obsesionante baúl kafkiano” en aquella trama descubre con honda perspicacia el ensayista—; y la construcción de Rayuela, como inagotable edificio verbal que se avizora como “comienzo de la otra novela”, en franca alusión a las potestades del género luego de Joyce y compañía. En estos ensayos memorables, su autor se revela tal y como le vemos en la foto: una y otra vez insaciable lector, sagaz y dichoso en su reino de libros, el único reino posible para quien, al decir de Julio Cortázar, “supo de los ensalmos capaces de hacer bajar la luna hasta la tierra”. Así, el dragón alado que en las mitologías de la China antigua extendía su cola, para ubicar las tierras donde se debía excavar en busca de los abastos de agua, se transmuta en el lector que explaya su mirada y la convierte en escritura, para traer los nombres donde se pueden encontrar las provisiones del alma: la savia misma con que José Lezama Lima enriqueció la ínsula de nuestros sueños con el dragón en su biblioteca. 

Prólogo de Devoluciones, acercamiento a la poética lezamiana, presentado en el espacio Palabras compartidas de las Romerías de Mayo.

Notas:

Los fragmentos citados provienen de:

-Diarios, José Lezama Lima, Compilación y notas de Ciro Bianchi Ross, Ediciones Unión, La Habana, 2001.

-La cantidad hechizada, José Lezama Lima, Ediciones Unión, La Habana, 1970.

-La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar, Siglo XXI Editores, México, 1967.

 

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