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El mundo redescubre a
Federico Chopin en el
bicentenario de su
natalicio. El 2010 se ha
hecho llamar “Año Chopin”
y la imagen del pianista
más célebre del
romanticismo recobra su
esplendor en salas de
conciertos, galerías de
arte, encuentros de
investigadores. En Cuba,
volver sobre la música y
el legado del varsoviano
—que no desenterrarla,
porque ha sido siempre
referente inevitable;
sino interpretarla y
admirarla mucho más— es
igual a festejo casi
permanente, que toma
forma de conciertos,
muestras de monedas o
carteles. Sobre todo por
estos días, cuando se
celebra la III Semana de
la Cultura Polaca,
organizada por la
Embajada de Polonia y la
Oficina del Historiador
de la Ciudad de La
Habana.
El rostro del prodigio
del piano, de cuya pluma
brotaron decenas de
variaciones y danzas,
entre ellas la “Marcha
fúnebre Op.72 No.2”,
aparece grabado en una
de las piezas
numismáticas más
pequeñas que se
conservan en el orbe,
presentada ante los
cubanos en exposición
cedida temporalmente al
Museo Numismático, por
la Casa de Moneda de
Polonia. Esta reliquia,
de peso menor a un
gramo, se muestra junto
a otras fundidas con
piedras preciosas o que
exhiben reproducciones
de Da Vinci y Van Gogh.
La recopilación de
monedas fabricadas para
el mercado polaco,
rublos rusos o dramas de
Armenia, exhibe uno de
los fragmentos más
interesantes de la
colección que la Casa de
la Moneda polaca ha
enriquecido en los
últimos años.
Los días de la cultura
de Polonia en Cuba
trajeron, además, las
exposiciones Joven
gráfica polaca. Caminos
de la imaginación y
Polonia a vista de
águila. La primera,
en la galería de la
Biblioteca Rubén
Martínez Villena de la
Habana Vieja, reúne el
quehacer de casi una
veintena de integrantes
de la nueva hornada de
artistas de ese país,
dando fe de un
resurgimiento del arte
gráfico propio a través
de una amplia variedad
de estilos y maneras de
asumir la técnica. Por
su parte, las verjas del
Castillo de la Real
Fuerza, han apresado,
para bien, más de 60
fotografías de gran
formato que permiten un
viaje de reconocimiento
del paisaje polaco desde
el aire. Las
instantáneas, que
provienen del lente de
Marek Ostrowski,
caracterizan al país
desde sus sitios
históricos y de mayores
riquezas naturales hasta
la propuesta de
conceptos novedosos del
espacio en las
exposiciones de arte
contemporáneo.
Sin embargo, el retrato
de la cultura polaca
recurre inevitablemente
también a Chopin como
uno de sus
protagonistas. El hombre
que hizo que, después de
muerto, su corazón fuera
trasladado a la iglesia
de la Santa Cruz, viene
a La Habana a quedarse
inmortal ante los ojos
de los admiradores en
otro lugar sagrado. El
Convento de San
Francisco de Asís rinde
honores al pianista con
la expo Carteles
chopinianos, una
selección de 35 obras
que participaron en el
concurso organizado por
el Centro de Cultura y
Arte de Mazovia con el
objetivo de crear una
colección de carteles
artísticos dedicados a
este músico. La capital
cubana es uno de los 200
escenarios del mundo
donde se presentará esta
muestra, alusiva al
bicentenario.
Desde la Isla, las
apropiaciones de la obra
del pianista,
incorporado a nuestro
acervo por el músico
Julián Fontana
(1810-1869) —a quien en
esta semana musicólogos
polacos, españoles y
cubanos dedicaron un
encuentro, y otros
artistas un concierto en
el Oratorio San Felipe
Neri— tienen igualmente
un filón en la plástica.
Chopin en Cuba se
hace llamar la reunión
de nueve retratos en la
esquina de Aguiar y
Obrapía, que bajo la
curaduría de Roberto
Chile ha convocado a los
artistas Lorenzo
Linares, Amalia Angulo,
José Antonio Hechevarría,
William Pérez, Marlys
Fuego, Kamyl Bullaudy,
Verónica Guerra, Francis
Fernández y Jesús Lara.
De esta forma, se
reedita la que fuera una
iniciativa del maestro
Frank Fernández para
acompañar un concierto
suyo, ofrecido en el
Teatro Auditórium Amadeo
Roldán, que inauguró el
año chopiniano en el
país.
Como para que el polaco
viaje por todos esos
parajes a los que su
naturaleza enfermiza le
impidió llegar, el
Teatro Grande-Opera de
Poznan, proyecto del
director Michal
Znaniecki, ha concebido
y estrenado en Cuba el
espectáculo “Esperando a
Chopin”. El propio
Oratorio San Felipe Neri
se hace testigo de una
función que, inspirada
en obras escasamente
conocidas de este autor,
ha conocido el éxito en
teatros como el Nacional
de Varsovia, La Fenice
de Venecia y La Scala de
Milán. Ocupando el
espacio escenográfico,
un salón del siglo XIX,
acoge a los intérpretes
de un libreto inspirado
en documentos originales
en francés, polaco,
italiano y español.
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Pero sin duda, el
momento de más
lucimiento de la cultura
cubana ante los ojos de
ese gran músico que de
seguro miran desde algún
sitio este homenaje, fue
el recital de Chucho
Valdés en el Teatro
Amadeo Roldán el martes
4 de mayo. Para el
fundador de Irakere y
ganador de cuatro
premios Grammy, tocar
durante los festejos
este año, es rescatar a
“un músico adelantado” a
cuyas enseñanzas también
deben mucho los
jazzistas. El primer
Premio Nacional de
Música de Cuba, estuvo
en escena por casi dos
horas interpretando “no
el repertorio de Chopin,
sino buscando cómo
introducirlo en el jazz
y la música de su
banda”.
Chucho, junto con Los
mensajeros afrocubanos
(voz y batá de Dreiser
Durruthy; batería de
Juan Carlos Rojas; bajo
de Lázaro Rivero;
percusión de Yaroldy
Abreu; trompeta de
Reinaldo Melián y saxo
de Carlos Miyares)
dedicó también este
concierto al aniversario
40 de su “Misa Negra”,
pieza que quiso el azar,
fuera estrenada durante
el Festival Jazz
Jamboree en la Polonia
natal de Chopin. La obra
que hizo a Valdés poner
los pies en el estrado
de la fama, como uno de
los cinco mejores
pianistas del mundo
junto con Oscar Peterson,
Herbie Hancock, Chick
Corea y McCoy Tyner,
cerró el programa que
incluyó temas compuestos
por él como “Danzón”,
“Changó” o “Los pasos de
Chucho” (en alusión a
“Los pasos gigantes”, de
John Coltraine), otros
como “Ayer”, de Ñico
Rojas, y los desempeños
inigualables de la
vocalista Mayra Caridad
Valdés, el cuarteto
Sexto Sentido y el
trombonista Carlos
Álvarez, quien en los 90
integrara la formación
de Irakere. Un vals de
Chopin también
estremeció a la
concurrida sala, que
puede dar fe de lo
legítimo de homenajes de
piano a piano, solemnes
como misas, pero
espontáneos y humildes
ante lo sublime del
genio, como la frase de
Chucho: “Federico, allá
vamos”.
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