Año IX
La Habana
8 al 14
de MAYO
de 2010

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El Chopin de Polonia, el universal, el de Cuba

Mabel Machado • La Habana

Fotos: Abel (Casa de las Américas)

 

El mundo redescubre a Federico Chopin en el bicentenario de su natalicio. El 2010 se ha hecho llamar “Año Chopin” y la imagen del pianista más célebre del romanticismo recobra su esplendor en salas de conciertos, galerías de arte, encuentros de investigadores. En Cuba, volver sobre la música y el legado del varsoviano —que no desenterrarla, porque ha sido siempre referente inevitable; sino interpretarla y admirarla mucho más— es igual a festejo casi permanente, que toma forma de conciertos, muestras de monedas o carteles. Sobre todo por estos días, cuando se celebra la III Semana de la Cultura Polaca, organizada por la Embajada de Polonia y la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

El rostro del prodigio del piano, de cuya pluma brotaron decenas de variaciones y danzas, entre ellas la “Marcha fúnebre Op.72 No.2”, aparece grabado en una de las piezas numismáticas más pequeñas que se conservan en el orbe, presentada ante los cubanos en exposición cedida temporalmente al Museo Numismático, por la Casa de Moneda de Polonia. Esta reliquia, de peso menor a un gramo, se muestra junto a otras fundidas con piedras preciosas o que exhiben reproducciones de Da Vinci y Van Gogh. La recopilación de monedas fabricadas para el mercado polaco, rublos rusos o dramas de Armenia, exhibe uno de los fragmentos más interesantes de la colección que la Casa de la Moneda polaca ha enriquecido en los últimos años.

Los días de la cultura de Polonia en Cuba trajeron, además, las exposiciones Joven gráfica polaca. Caminos de la imaginación y Polonia a vista de águila. La primera, en la galería de la Biblioteca Rubén Martínez Villena de la Habana Vieja, reúne el quehacer de casi una veintena de integrantes de la nueva hornada de artistas de ese país, dando fe de un resurgimiento del arte gráfico propio a través de una amplia variedad de estilos y maneras de asumir la técnica. Por su parte, las verjas del Castillo de la Real Fuerza, han apresado, para bien, más de 60 fotografías de gran formato que permiten un viaje de reconocimiento del paisaje polaco desde el aire. Las instantáneas, que provienen del lente de Marek Ostrowski, caracterizan al país desde sus sitios históricos y de mayores riquezas naturales hasta la propuesta de conceptos novedosos del espacio en las exposiciones de arte contemporáneo.

Sin embargo, el retrato de la cultura polaca recurre inevitablemente también a Chopin como uno de sus protagonistas. El hombre que hizo que, después de muerto, su corazón fuera trasladado a la iglesia de la Santa Cruz, viene a La Habana a quedarse inmortal ante los ojos de los admiradores en otro lugar sagrado. El Convento de San Francisco de Asís rinde honores al pianista con la expo Carteles chopinianos, una selección de 35 obras que participaron en el concurso organizado por el Centro de Cultura y Arte de Mazovia con el objetivo de crear una colección de carteles artísticos dedicados a este músico. La capital cubana es uno de los 200 escenarios del mundo donde se presentará esta muestra, alusiva al bicentenario.

Desde la Isla, las apropiaciones de la obra del pianista, incorporado a nuestro acervo por  el músico Julián Fontana (1810-1869) —a quien en esta semana  musicólogos polacos, españoles y cubanos dedicaron un encuentro, y otros artistas un concierto en el Oratorio San Felipe Neri— tienen igualmente un filón en la plástica. Chopin en Cuba se hace llamar la reunión de nueve retratos en la esquina de Aguiar y Obrapía, que bajo la curaduría de Roberto Chile ha convocado a los artistas Lorenzo Linares, Amalia Angulo, José Antonio Hechevarría, William Pérez, Marlys Fuego, Kamyl Bullaudy, Verónica Guerra, Francis Fernández y Jesús Lara. De esta forma, se reedita la que fuera una iniciativa del maestro Frank Fernández para acompañar un concierto suyo, ofrecido en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán, que inauguró el año chopiniano en el país. 

Como para que el polaco viaje por todos esos parajes a los que su naturaleza enfermiza le impidió llegar, el Teatro Grande-Opera de Poznan, proyecto del director Michal Znaniecki, ha concebido y estrenado en Cuba el espectáculo “Esperando a Chopin”. El propio Oratorio San Felipe Neri se hace testigo de una función que, inspirada en obras escasamente conocidas de este autor, ha conocido el éxito en teatros como el Nacional de Varsovia, La Fenice de Venecia y La Scala de Milán. Ocupando el espacio escenográfico, un salón del siglo XIX, acoge a los intérpretes de un libreto inspirado en documentos originales en francés, polaco, italiano y español.

Pero sin duda, el momento de más lucimiento de la cultura cubana ante los ojos de ese gran músico que de seguro miran desde algún sitio este homenaje, fue el recital de Chucho Valdés en el Teatro Amadeo Roldán el martes 4 de mayo. Para el fundador de Irakere y ganador de cuatro premios Grammy, tocar durante los festejos este año, es rescatar a “un músico adelantado” a cuyas enseñanzas también deben mucho los jazzistas. El primer Premio Nacional de Música de Cuba, estuvo en escena por casi dos horas interpretando “no el repertorio de Chopin, sino buscando cómo introducirlo en el jazz y la música de su banda”.

Chucho, junto con Los mensajeros afrocubanos (voz y batá de Dreiser Durruthy; batería de Juan Carlos Rojas; bajo de Lázaro Rivero; percusión de Yaroldy Abreu; trompeta de Reinaldo Melián y saxo de Carlos Miyares) dedicó también este concierto al aniversario 40 de su “Misa Negra”, pieza que quiso el azar, fuera estrenada durante el Festival Jazz Jamboree en la Polonia natal de Chopin. La obra que hizo a Valdés poner los pies en el estrado de la fama, como uno de los cinco mejores pianistas del mundo junto con Oscar Peterson, Herbie Hancock, Chick Corea y McCoy Tyner, cerró el programa que incluyó temas compuestos por él como “Danzón”, “Changó” o “Los pasos de Chucho” (en alusión a “Los pasos gigantes”, de John Coltraine), otros como “Ayer”, de Ñico Rojas, y los desempeños inigualables de la vocalista Mayra Caridad Valdés, el cuarteto Sexto Sentido y el trombonista Carlos Álvarez, quien en los 90 integrara la formación de Irakere. Un vals de Chopin también estremeció a la concurrida sala, que puede dar fe de lo legítimo de homenajes de piano a piano, solemnes como misas, pero espontáneos y humildes ante lo sublime del genio, como la frase de Chucho: “Federico, allá vamos”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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