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Los acontecimientos de
los últimos meses en la
Isla, caracterizados por
un aumento de la
actividad subversiva de
elementos
contrarrevolucionarios,
en su mayoría
patrocinados y
financiados por el
gobierno de los EE.UU. y
sus satelitales
organizaciones y
fundaciones “para la
democracia”, han
encontrado por una parte
una sólida respuesta del
pueblo cubano y por
otra, se han replicado
en una agresiva campaña
mediática y diplomática
en que han actuado como
punta de lanza algunas
naciones europeas. Esta
coyuntura me impulsó a
desempolvar un artículo
escrito hace unos meses.
En noviembre de 1918 la
Primera Guerra Mundial
daba sus estertores
finales.
Inevitablemente, la
carrera de armamentos,
el sistema de alianzas y
el “necesario” reparto
del mundo habían
provocado una guerra
sangrienta, larga y
costosa.
La conflagración que
enfrentó a los dos
grandes bloques de la
época: la Triple Alianza
y la Entente, se
consideró en su momento
una “guerra
total” por los resortes
que puso en
funcionamiento: la
cantidad de naciones
participantes, los
desplazamientos humanos
que implicó, la
reorganización de las
economías al consagrarse
la capacidad de
producción al desarrollo
de una poderosa
industria bélica, la
puesta en práctica de
nuevas técnicas
militares y el papel
rector asumido por los
estados en el período.
El saldo de la pugna
interimperialista que se
extendió de 1914 a 1918
pudo apreciarse en la
significativa pérdida de
vidas humanas y las
afectaciones económicas.
Como han señalado varios
autores “(...) los
gastos bélicos no
admiten comparación con
los de las guerras
precedentes, y las
destrucciones sufridas
por los países sobre los
cuales se han
desarrollado las
operaciones o a causa de
la guerra submarina
alcanzan cifras
impresionantes”[1].
Los daños tocaron todo
el sistema productivo de
las naciones implicadas
y en buena medida,
deconstruyeron la
primacía europea ante el
empuje y los beneficios
obtenidos por potencias
como los EE.UU. y Japón.
Vale recordar que en
1920 los presupuestos
nacionales de países
como Francia, Italia,
Hungría, Austria y
Polonia son deficitarios
y les obligan a contraer
una voluminosa deuda
exterior que les ata a
la mayor potencia
financiera, los EE.UU.
De igual forma, el
conflicto sirvió en
bandeja de plata la
experiencia de consagrar
las capacidades
productivas de las
naciones al desarrollo
de la industria bélica.
Saltan a la vista la
cantidad de nexos,
antecedentes y
consecuencias que
definen esos cuatro
años. La Primera Guerra
Mundial constituye un
fragmento, un episodio
en la batalla por la
hegemonía que ha marcado
la historia de las
sociedades clasistas.
Ciertamente, por el
momento en que se
desarrolla, los
adelantos científicos y
técnicos de la época y
la ampliación
experimentada en las
relaciones
internacionales
presentan importantes
distinciones. Una de
ellas — confirmada a la
distancia— la certeza de
que los vencedores
tendrían la oportunidad
de comenzar a tejer una
suerte de totalitarismo
supranacional asentado
en la consolidación del
imperialismo recién
calificado por el líder
de la Revolución de
Octubre Vladimir I.
Lenin. Este esquema
totalitario necesitaría
otra guerra mundial y
una llamada “Guerra
Fría” para consolidarse
y mostrarse en todo su
desarrollo.
Lo que ocurrió después
del armisticio mostró a
las claras el carácter
imperialista y de rapiña
del conflicto. Las
Conferencias de Paz —
paradójicamente—
acuñaron la idea de que
la herencia mejor de la
guerra es la guerra. La
construcción ideológica
de los países que se
enfrentaron a los
llamados imperios
centrales (Alemania y
Austria-Hungría
principalmente)
presentada como la
“guerra del derecho”,
fue derrumbada por
aquellos al beneficiarse
de su triunfo. EE.UU.,
Francia e Inglaterra no
dejaron escapar las
posibilidades que se
abrieron con la
eliminación temporal de
las potencias rusa y
alemana y la
desaparición de los
imperios austro-húngaro
y turco para consolidar
su dominio sobre el
mundo.
La Conferencia de París,
que iba a establecer los
tratados de paz, se
extendió de 1919 a 1920.
Las conversaciones se
realizaron por separado
con cada uno de los
vencidos, en escenarios
diferentes, con el
evidente propósito de
expoliarlos al extremo.
De los tratados
firmados, el de
Versalles regulaba la
paz con Alemania y se
erigió como el más
importante.
Alemania cedió a Francia
las minas de carbón del
Sarre y las regiones de
Alsacia y Lorena,
renunció a sus derechos
y títulos sobre las
posesiones de ultramar,
asumió restricciones
militares como la
abolición del servicio
militar obligatorio, la
prohibición de mantener
o construir
fortificaciones en la
zona del Rin y la
reducción de su
ejército; adquirió el
compromiso del pago de
reparaciones de guerra y
reconoció la
independencia del estado
checoslovaco, Polonia y
los territorios que
formaban parte del
antiguo Imperio Ruso.
Los imperios
austro-húngaro y turco
desaparecieron a partir
de la irrupción de
nuevos estados y
anexiones de territorios
a las potencias
vencedoras.
El reconocimiento a la
independencia de varias
naciones y territorios
que habían padecido el
dominio de potencias
imperiales se vio
empañado por las ansias
de dominación de los
ganadores y los
posteriores
acontecimientos. Más que
eso, fueron concesiones
manipuladas y
oportunistas al punto de
convertirse esas
naciones emergentes en
satélites de las
potencias vencedoras
(tal es el caso de
Polonia y Checoslovaquia
respecto a Francia).
La validez del Tratado
de Versalles fue
cuestionada
tempranamente con la
convocatoria en
noviembre de 1921 a la
Conferencia de
Washington. A todas
luces Versalles no
resuelve las
contradicciones entre
vencedores y vencidos en
la Primera Guerra
Mundial —ni siquiera
satisface íntegramente a
los del primer grupo— y
establece las bases de
futuros enfrentamientos.
Las insatisfacciones de
los EE.UU. constituyen
la clave de este
cuestionamiento: la
potencia americana no
está dispuesta a ceder
en fuerza ante Japón en
el Extremo Oriente y se
niega a aceptar algunos
elementos relacionados
con la situación en esta
región. En este sentido,
se aprueba la política
de “puertas abiertas”
para China en detrimento
del control que ejercía
Japón; un paso
importante en la pugna
por el predominio en el
Pacífico. Washington
1921 se convierte en una
de las revisiones a las
que debe recurrirse.
A la cita en la capital
norteamericana no se
invita al joven estado
soviético. La
agresividad de los
países imperialistas
contra el país de los
soviets borra la idea de
la distancia entre el
término de la Primera
Guerra Mundial y la
gestación de la Segunda.
La invasión extranjera
contra Rusia, el
estímulo a la guerra
civil en ese país y la
paulatina exclusión de
los soviéticos de las
Conferencias de Paz y
sus revisiones
sucesivas, constituyen
un adelanto de la
complicidad de las
llamadas potencias
occidentales con el
arraigo de un espíritu
de revancha y después
con el ascenso del
fascismo[2]
para utilizarlo como
punta de lanza en el
enfrentamiento al
comunismo.
Tres cuestiones nos
resultan ahora muy
claras: En primer lugar,
el triunfo de la
Revolución de Octubre en
1917 condicionó el
enfrentamiento entre las
potencias imperialistas.
La preocupación por la
existencia del régimen
comunista de Moscú se
convirtió en punto de
coincidencia entre
ellas. A las claras se
prefirió la recuperación
de Alemania y su
incorporación al
“concierto europeo” que
una revolución
bolchevique en ese país;
el establecimiento de
Hitler como un enemigo
del comunismo y el apoyo
germano-italiano al
franquismo que el
triunfo de los
republicanos en España.
El Plan Dawes (1924),
los acuerdos de Locarno
(1925) y la admisión de
Alemania en la Sociedad
de Naciones en 1926
constituían una
respuesta de occidente a
la amenaza
revolucionaria.
En segundo lugar, al
mirar el comportamiento
de las relaciones
internacionales entre el
fin de la Primera Guerra
Mundial y los primeros
años de la década de los
20, se aprecia que las
intenciones de ahogar el
naciente estado
soviético y marginarlo
de la política
internacional existen
desde el propio triunfo
de 1917. La agresividad
contra Rusia y luego la
URSS no están
fundamentadas en el
establecimiento del
estalinismo y la
subsiguiente deformación
del proyecto leninista,
sino en el terror al
contagio revolucionario.
La guerra internacional
que enfrenta el joven
estado soviético
coincide temporalmente
con las Conferencias de
Paz; otra evidencia del
doble rasero de las
potencias imperialistas.
El desembarco de tropas
en territorio ruso, el
envío de armas, dinero y
misiones militares en
apoyo a los “rusos
blancos”[3]
es el castigo a las
enérgicas, audaces y
ágiles medidas del
gobierno de Lenin, entre
ellas, la petición de
una paz inmediata a los
beligerantes. Si Rusia
quería salirse de la
guerra imperialista,
había que imponerle la
guerra.
En tercer orden, se
demostró la capacidad y
visión a largo plazo de
los círculos de poder de
los EE.UU. y las
limitaciones de los
europeos. No bastó la
experiencia de 1914 y
solo un cuarto de siglo
más tarde Europa se
convirtió nuevamente en
el principal escenario
de un conflicto de
gigantescas
proporciones. Si con la
Primera Guerra Mundial
los EE.UU. se
convirtieron en
acreedores de Europa y
hacen tambalear su
preponderancia; con la
Segunda consolidan su
poderío y pasan a ocupar
un papel protagónico en
el terreno militar. En
este último aspecto puso
una importante cuota el
presidente Truman[4]
con la utilización de la
bomba atómica.
II.
Los acontecimientos de
los últimos años han
confirmado que la caída
del Muro de Berlín no
significó el fin de la
historia, las ideologías
y la lucha de clases. El
capitalismo —de la mano
de los EE.UU.— salió
airoso en la “Guerra
Fría”, desdiciendo los
anuncios de “crisis
general del sistema” y
el “inicio de la
construcción del
comunismo” que
caracterizaron la
propaganda de buena
parte de los países del
llamado bloque
socialista en la década
de los 80.
Nuevos retos se
plantearon a la política
exterior de las
potencias del primer
mundo. Inicialmente se
trataba de una
reorganización
territorial de
significativas
proporciones al
desintegrarse la Unión
de Repúblicas
Socialistas Soviéticas (URSS),
unificarse Alemania,
separarse las Repúblicas
Checa y Eslovaca y
comenzar la
balcanización de la
antigua Yugoslavia. Este
proceso, que significó
la aparición de una
buena cantidad de
estados en Europa
Oriental, no es una
simple consecuencia de
la caída del socialismo;
es parte esencial de la
deconstrucción del
sistema bipolar nacido
después de la Segunda
Guerra Mundial.
La desaparición del
bloque socialista y la
desintegración de la
URSS liberaban al
imperialismo de las
ataduras que imponía un
mundo bipolar. A los
EE.UU. correspondía
confirmar su
preponderancia en
detrimento de Europa. En
una planificada y
organizada secuencia, a
la caída del socialismo
siguieron un grupo de
conflictos medianamente
localizados en que la
OTAN emergió como
espacio de afianzamiento
del papel rector del
país de Norteamérica[5].
Los conflictos entre
Rusia y algunas de las
nacientes repúblicas y
sobre todo la situación
de la antigua Yugoslavia
colocaron nuevamente a
Europa como el espacio
físico de acciones
bélicas, que abarcaban
desde el establecimiento
de bases militares y
armamento hasta la
intervención directa de
tropas. Evidentemente,
los círculos de poder de
los EE.UU. y los
think tank
previeron que el golpe
al socialismo europeo
provocaría una
importante
desestabilización en el
viejo continente que les
sería favorable. La
“Guerra Fría” fue parte
de un conflicto
histórico europeo y
mundial. A EE.UU. le
molestó el comunismo,
entre otras razones,
porque se erigió en un
obstáculo a su
hegemonía; y si algo
tienen claro las
administraciones
norteamericanas es que
el empoderamiento sobre
el Tercer Mundo no es el
fin de esta carrera, es
un paso importante.
Entrados los 90, el
afianzamiento de la
supremacía de los EE.UU.
transitaba por nuevos
derroteros. Su posición
hegemónica en las
relaciones
internacionales debía
asegurarse a través de
la dominación cultural,
que para la unión
norteamericana significa
eliminar el peligro de
revoluciones sociales y
disidencias y por tanto
preservar el sistema.
III.
Europa ha sido un
escenario histórico de
importantes conflictos.
La pugna entre
revolución y reacción se
manifestó con especial
crudeza durante siglos.
Sin embargo, los últimos
cien años se distinguen
por la presencia de una
potencia extra-europea
cuyo fortalecimiento y
consolidación ha
ocurrido —desde siempre—
en detrimento del viejo
continente.
Las condiciones han ido
cambiando
cualitativamente. Los
índices de desarrollo
social —asumiendo
parámetros como el
acceso de la población
al empleo, la salud, la
educación y la seguridad
social— de los países
más desarrollados de
Europa son superiores a
los que exhiben los
EE.UU. En el centro de
las preocupaciones de
los principales líderes
del viejo continente se
encuentran problemáticas
como la integración, la
migración —sobre todo la
africana— y más
recientemente, el
impacto de la crisis
económica.
Europa trata de mirar
hacia ella misma. Hace
unos meses la canciller
alemana Angela Merkel y
el presidente francés
Nicolás Sarkozy
recodaron juntos el
aniversario 92 del fin
de la Primera Guerra
Mundial. Asistimos con
este acontecimiento
—ampliamente divulgado
por los medios— a otra
manifestación del
progresivo intento de
una rectificación de la
política europea hacia
Europa.
Pero los EE.UU. también
miran hacia el viejo
continente. La
importancia de tenerlo
como aliado aumenta. En
los últimos años han
surgido nuevos focos de
competencia,
especialmente China y
algunos países de
América Latina que fijan
posiciones económicas,
políticas y culturales
que resisten la
avalancha totalitaria
contemporánea. Europa
vendría a ser el rostro
de la democracia en las
relaciones
internacionales, un
interlocutor menos
agresivo e impositivo,
con un “techo” más
seguro para hablar de
políticas sociales.
Podría ser un momento
especial —en el terreno
político— para los
europeos.
A inicios del siglo XXI,
considero firmemente que
la lucha por los
derechos de las mayorías
pasa en primer lugar por
el establecimiento de un
sistema multipolar, por
sacudirnos la hegemonía
norteamericana. Ya la
historia nos alertó
—aquel octubre de 1917—
que luchar por las
mayorías no previene de
intromisiones,
agresiones, esfuerzos
subversivos y acosos
mediáticos. Entonces,
¿contribuirá Europa a
esta sacudida o cumplirá
su papel de banda
acompañante de los
EE.UU.? Duele decirlo,
pero veo en Europa un
continente con fuerza
para encarar este reto,
pero no con voluntad.
Notas:
[1]
Crouzet,
Maurice.
Historia General
de las
Civilizaciones.
Volumen VII.
Edición
Revolucionaria,
La Habana, 1968.
p 45.
[2]
Esta complicidad
se expresa luego
en la política
de
apaciguamiento y
no intervención
aplicada por
EE.UU., Gran
Bretaña y
Francia durante
la década del
30, justo cuando
se iniciaba el
proceso de
expansión de los
regímenes
fascistas. El
sentido de esa
expansión se
presentaba hacia
el este,
amenazando
especialmente a
la Unión
Soviética lo que
convenía a esas
tres potencias.
Sin embargo,
Hitler rompió
todos los
cálculos: firmó
un Pacto de no
agresión con
Stalin y entre
1939 y 1941
llegó a ocupar
casi toda Europa
(incluyendo
Francia). Solo
entonces invade
la URSS.
[3]
Oposición
contrarrevolucionaria.
[4]
Truman sucedió a
Roosevelt al
fallecer este
último en abril
de 1945.
[5]
En menos de dos
décadas se
pueden mencionar
la Guerra del
Golfo y las
invasiones a
Yugoslavia,
Afganistán e
Iraq.
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