Año IX
La Habana
8 al 14
de MAYO
de 2010

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“En manos de la juventud está la esperanza de los habitantes de este planeta”*

Pablo Guayasamín • Holguín

Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Queridos amigos,

Fundamentalmente, queridos jóvenes:

Se hablaba hace un instante de la relación de la familia Guayasamín con los cubanos. Ciertamente, todo cubano que pasa por Quito sabe que ahí tiene un hogar. Pero eso no viene, queridos jóvenes, de ahora. Cuando se producen, lamentablemente, dictaduras militares en América  Latina, siempre los chilenos que emigraban hacia el Norte buscando defender sus vidas, sabían que en la casa de Oswaldo Guayasamín tenían una ducha, un agua caliente, un plato de comida y una cama donde descansar de ese peregrinar. Y así cientos de cientos de chilenos se hospedaron con nosotros, fueren obreros, intelectuales, campesinos, personas de cualquier índole. Nunca se cerró las puertas a esa necesidad de defender la juventud luchadora que sería, sin duda, el futuro de nuestras patrias. Y eso lo aprendimos de Cuba, de este proceso del que ustedes son dignos representantes. Creo que no ha habido pueblo más sacrificado en la faz de la tierra que el pueblo cubano, y pese a ello, permanentemente nos está dando muestras de solidaridad, de generosidad para con los desposeídos de la tierra.

Hay muchos jóvenes aquí que seguramente no saben quién fue Guayasamín y no por falta de cultura, sino porque los medios de comunicación nos han tenido siempre cerrados, sin posibilidad de expresarnos. Por eso quisiera compartir con ustedes lo que desde mi visión constituye una biografía sucinta.

Nace en Quito, 1919. Un hogar sumamente humilde, mi abuela tuvo diez hijos y sus ocupaciones no les permitían mantener una familia tan grande. Mi abuela muere a los 46 años, toda la vida mi padre le ve embarazada. Muere prácticamente calcinada, porque parte de su sustento era elaborar una mermelada en grandes pailas, en unas cocinas de carbón que abrasaban su vientre siempre lleno. Mi padre nace sintiendo el hambre y la discriminación: los demás pequeños no querían nunca jugar con él por su apellido indio. Guayasamín, en quechua, quiere decir  “ave blanca volando”.  Creo que por eso hasta los 13 años mi padre estuvo siempre convocándome a jugar a las bolas: él tenía el deseo de realizar una actividad que nunca pudo en su niñez.

Nunca supo sumar, restar o multiplicar; pero ya estaba leyendo libros que hablaban de lo mejor de las novelas, prácticamente desde su niñez. Iba al campo a ver volar las mariposas, a ver saltar los saltamontes. Ese fue su mayor conocimiento. Le expulsaron de cuatro escuelas, aún conservamos documentos que reflejan las injusticias y los abusos que se cometían en la educación de aquella época. Los castigos le hacían repetir cientos de veces: “soy inculto, soy inculto…”. Y después de hacerlo escribir todo eso, lo expulsaron de la escuela en cuarto grado. Luego también de la escuela de Bellas Artes, por revoltoso.

Por todo eso, su pintura fue siempre vinculándose a los desposeídos de esta tierra. Uno de sus cuadros más importantes de esa primera juventud, se titula “Los niños muertos”. En Quito hubo la Guerra de los cuatro días, donde conservadores y liberales se entraron a balazos por la dirección del Congreso Nacional. Había unos niños jugando pelota en la calle, entre ellos un chico de apellido Manjarés, su mejor amigo, a quien habían mandado a hacer una compra a una tienda. Las balas alcanzan a los niños que juegan en la calle y también a su amigo Manjarés. Desesperado, mi padre lo busca y finalmente lo encuentra en la morgue, entre un grupo de cadáveres ya casi descompuestos. Así, con ese profundo dolor, pinta ese cuadro.

Seis años en la Escuela de Bellas Artes. Al salir, es declarado el mejor alumno de los que habían pasado hasta entonces por la escuela. Hace una exposición en Guayaquil y un magnate del imperio que había ido a la ciudad a ver sus plantaciones de cacao, ante el retraso de su avión, pide ver alguna exposición de arte. La única que había en toda la ciudad en aquel momento era la de Guayasamín. Ahí el señor le ofrece una beca de nueve meses para que con sus solo 23 años fuese a exponer en EE.UU. Él pensó que era un simple ofrecimiento, pero finalmente se concretó. Eso fue muy importante.

Inmediatamente se vincula a la intelectualidad más importante que había en ese momento. Hace retratos a Juan Ramón Jiménez, a la Premio Nobel de Literatura Gabriela Mistral, y así con un sinnúmero de personajes. Con ese dinero recorre América Latina. En México se interesa por la pintura mural, trabaja como ayudante de Orozco; luego recorre Centroamérica y finalmente América del Sur, que era la zona que más le interesaba conocer. En Venezuela conoce a Miguel Otero Silva, director del Diario Nacional, que luego le invitaría a exponer en Caracas. Pero lo más importante es que en su recorrido constata que aquel dolor de su niñez le era común a toda la América Latina: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile… Y decide pintar una colección que titula Guacañán por el camino del llanto: el tema mestizo, el negro y el indio en 103 cuadros. Es la realidad y el dolor de aquellas haciendas del imperio.

Precisamente en Venezuela, es invitado a una cena en casa de Silva, donde confluyó la alta aristocracia del momento. Allí le piden, como a un mono, que muestre lo que sabía hacer. Guayasamín saca sus paquetes de cuadros y cada uno empieza a escoger: esa noche, 80 de aquellos cuadros se quedan en propiedad de coleccionistas privados venezolanos. Esto cambió su vida.

Con las obras restantes participa en la Bienal de México, en la de Sao Paulo y en la de España. Gana el Gran Premio en las tres y nunca más participa en un concurso de pintura. Con el dinero de la Bienal de Barcelona recorre primero España y luego Europa: regresa convencido de que el siglo XX era uno de los más violentos que le había tocado vivir a la humanidad, entre guerras mundiales, guerra civil española, campos de concentración y bombas atómicas, con el consecuente saldo de hambre y sufrimiento. Guayasamín no resiste la necesidad de pintar todo aquello que le toca vivir. Ventajosamente, ya no tiene tanta necesidad económica y esta obra no la vende, la destina a su proyecto futuro y pertenece hoy a la Fundación.

Fue en ese tiempo cuando Guayasamín tiene la oportunidad de venir a Cuba: 1961. Hace entonces su primer retrato a Fidel, el 6 de mayo. El Comandante tenía una vida muy agitada, pero le concede una hora de su tiempo en el ICAP y así sale el retrato. Mi padre contaba que jamás el Comandante se quedó quieto, constantemente le consultaban asuntos y él rogaba por unos minutos más. Cuando terminó, al cabo de una hora, Fidel se paró a verlo y estuvo como 15 minutos sin moverse. Mi padre decía que pudo haberle hecho otro retrato en esos 15 minutos maravillosos. Ese fue el impacto del primer encuentro y se selló en ellos una amistad indestructible.

Mi padre decía siempre que el artista es el que va cantando, llorando, va diciendo lo que los pueblos no pueden decir. Creo que ese es el papel de los creadores: son la voz de los pueblos. Pienso que eso fue lo que quiso hacer con su obra, primero con los cuadros de la ira, luego con los de la ternura, en la Capilla del Hombre… va diciendo lo que no pueden los pueblos, va convocando a que nos demos las manos para que seamos más fuertes, llama a la defensa de los derechos humanos. Esa es su meta.

Durante la Segunda Guerra Mundial va a los campos de concentración para pintar “La edad de la ira”, visita también la Unión Soviética, viene a Cuba, y todo eso fue el motivo para que se atreviera a enfrentar a los EE.UU. Cuando muere, su obra sigue contando. Se le cerraron en vida las puertas y no le importó, hizo más de 230 exposiciones en los grandes museos del mundo, va con su obra de pueblo en pueblo expresando la necesidad de unidad para llegar a un mundo mejor. Su tercera gran serie,“Mientras vivo siempre te recuerdo, es una serie divorciada de La edad de la ira. Aquella la había pintado en blanco y negro y aquí retoma los colores de la paleta, para que nos demos todos la mano más allá de las diferencias.

Decía que su primer hijo intelectual es la Fundación Guayasamín: cerca de ocho mil piezas de arte prehispánico, 800 piezas de arte de la colonia, 200 piezas de su creación, cerca de cien acuarelas, mil dibujos y obras de otros pintores. Tenemos como seis mil libros de arte de todo el mundo. Todo eso lo deja para que la humanidad pueda disfrutar de este largo viaje.

Su segundo hijo intelectual fue la Capilla del Hombre. Se habían construido iglesias, templos para dioses, vírgenes y santos que no sabemos si existieron o no; pero para el hombre que había pisado América no se había hecho nada, para el hombre que había forjado este continente no había nada. El proyecto lo presenta a Fidel Castro y el Comandante, en su espíritu de generosidad, manda al arquitecto Quintana a que haga los planos. Pero el arquitecto no se da cuenta de que Ecuador no era Cuba, no era un país socialista y de ninguna manera podríamos conseguir financiamiento para un proyecto como ese.

Por suerte, la UNESCO plantea que cada país latinoamericano aporte con cien mil dólares y Fidel, a pesar de la crisis que había en Cuba, quiere ser el primero en contribuir. Mi padre se negó, rotundamente, pero Antonio Núñez Jiménez idea una alternativa: se fabricaron unos humidores con madera ecuatoriana, tallados en Ecuador, con obras de Guayasamín, que contenían 90 cigarros de los más finos que se hacían en Cuba y un pergamino firmado por mi padre y por Fidel. En una Feria que se realizó en La Habana, se recaudó un millón de dólares. Fue la primera cuota que recibió la Capilla del Hombre. Se inauguró exactamente el 6 de noviembre de 1993. El Comandante asistió, acompañado por pintores cubanos.

Es el templo de los latinoamericanos. En ella está la mano también de artistas cubanos que reprodujeron los murales que Guayasamín no alcanzó a terminar y la contribución de los cantautores: Silvio Rodríguez convocó a cantautores de América Latina y España a reunirse durante tres días en la ciudad de Quito, para hacer conciertos de seis horas cada uno y cuyos recaudos irían a parar en la Capilla. Está también la mano de los mineros chilenos, en la cúpula. Es un espacio cultural a disposición de la Humanidad. Ahí está el hombre nuevo.

Mi padre nos enseñó a respetar a todos y cada uno de los habitantes y pueblos de esta tierra. Para él tenía igual importancia exponer en el Grand Palais de París que en un pequeño pueblo mexicano. Por eso hemos venido aquí, llenos de cariño, a decirle a Holguín: con ustedes está también Guayasamín. Está en esos cuadros la Humanidad en todos sus colores, todo lo que aspira y siente. En manos de la juventud está la esperanza de los habitantes de este planeta.

*Conferencia pronunciada por Pablo Guayasamín, hijo del pintor ecuatoriano y presidente de la Fundación Guayasamín, en el encuentro de apertura de la edición 17 del Premio Memoria Nuestra, principal evento de las Romerías de Mayo.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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