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Queridos amigos,
Fundamentalmente,
queridos jóvenes:
Se hablaba hace un
instante de la relación
de la familia Guayasamín
con los cubanos.
Ciertamente, todo cubano
que pasa por Quito sabe
que ahí tiene un hogar.
Pero eso no viene,
queridos jóvenes, de
ahora. Cuando se
producen,
lamentablemente,
dictaduras militares en
América Latina, siempre
los chilenos que
emigraban hacia el Norte
buscando defender sus
vidas, sabían que en la
casa de Oswaldo
Guayasamín tenían una
ducha, un agua caliente,
un plato de comida y una
cama donde descansar de
ese peregrinar. Y así
cientos de cientos de
chilenos se hospedaron
con nosotros, fueren
obreros, intelectuales,
campesinos, personas de
cualquier índole. Nunca
se cerró las puertas a
esa necesidad de
defender la juventud
luchadora que sería, sin
duda, el futuro de
nuestras patrias. Y eso
lo aprendimos de Cuba,
de este proceso del que
ustedes son dignos
representantes. Creo que
no ha habido pueblo más
sacrificado en la faz de
la tierra que el pueblo
cubano, y pese a ello,
permanentemente nos está
dando muestras de
solidaridad, de
generosidad para con los
desposeídos de la
tierra.
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Hay muchos jóvenes aquí
que seguramente no saben
quién fue Guayasamín y
no por falta de cultura,
sino porque los medios
de comunicación nos han
tenido siempre cerrados,
sin posibilidad de
expresarnos. Por eso
quisiera compartir con
ustedes lo que desde mi
visión constituye una
biografía sucinta.
Nace en Quito, 1919. Un
hogar sumamente humilde,
mi abuela tuvo diez
hijos y sus ocupaciones
no les permitían
mantener una familia tan
grande. Mi abuela muere
a los 46 años, toda la
vida mi padre le ve
embarazada. Muere
prácticamente calcinada,
porque parte de su
sustento era elaborar
una mermelada en grandes
pailas, en unas cocinas
de carbón que abrasaban
su vientre siempre
lleno. Mi padre nace
sintiendo el hambre y la
discriminación: los
demás pequeños no
querían nunca jugar con
él por su apellido
indio. Guayasamín, en
quechua, quiere decir
“ave blanca volando”.
Creo que por eso hasta
los 13 años mi padre
estuvo siempre
convocándome a jugar a
las bolas: él tenía el
deseo de realizar una
actividad que nunca pudo
en su niñez.
Nunca supo sumar, restar
o multiplicar; pero ya
estaba leyendo libros
que hablaban de lo mejor
de las novelas,
prácticamente desde su
niñez. Iba al campo a
ver volar las mariposas,
a ver saltar los
saltamontes. Ese fue su
mayor conocimiento. Le
expulsaron de cuatro
escuelas, aún
conservamos documentos
que reflejan las
injusticias y los abusos
que se cometían en la
educación de aquella
época. Los castigos le
hacían repetir cientos
de veces: “soy inculto,
soy inculto…”. Y después
de hacerlo escribir todo
eso, lo expulsaron de la
escuela en cuarto grado.
Luego también de la
escuela de Bellas Artes,
por revoltoso.
Por todo eso, su pintura
fue siempre vinculándose
a los desposeídos de
esta tierra. Uno de sus
cuadros más importantes
de esa primera juventud,
se titula “Los niños
muertos”. En Quito hubo
la Guerra de los cuatro
días, donde
conservadores y
liberales se entraron a
balazos por la dirección
del Congreso Nacional.
Había unos niños jugando
pelota en la calle,
entre ellos un chico de
apellido Manjarés, su
mejor amigo, a quien
habían mandado a hacer
una compra a una tienda.
Las balas alcanzan a los
niños que juegan en la
calle y también a su
amigo Manjarés.
Desesperado, mi padre lo
busca y finalmente lo
encuentra en la morgue,
entre un grupo de
cadáveres ya casi
descompuestos. Así, con
ese profundo dolor,
pinta ese cuadro.
Seis años en la Escuela
de Bellas Artes. Al
salir, es declarado el
mejor alumno de los que
habían pasado hasta
entonces por la escuela.
Hace una exposición en
Guayaquil y un magnate
del imperio que había
ido a la ciudad a ver
sus plantaciones de
cacao, ante el retraso
de su avión, pide ver
alguna exposición de
arte. La única que había
en toda la ciudad en
aquel momento era la de
Guayasamín. Ahí el señor
le ofrece una beca de
nueve meses para que con
sus solo 23 años fuese a
exponer en EE.UU. Él
pensó que era un simple
ofrecimiento, pero
finalmente se concretó.
Eso fue muy importante.
Inmediatamente se
vincula a la
intelectualidad más
importante que había en
ese momento. Hace
retratos a Juan Ramón
Jiménez, a la Premio
Nobel de Literatura
Gabriela Mistral, y así
con un sinnúmero de
personajes. Con ese
dinero recorre América
Latina. En México se
interesa por la pintura
mural, trabaja como
ayudante de Orozco;
luego recorre
Centroamérica y
finalmente América del
Sur, que era la zona que
más le interesaba
conocer. En Venezuela
conoce a Miguel Otero
Silva, director del
Diario Nacional, que
luego le invitaría a
exponer en Caracas. Pero
lo más importante es que
en su recorrido constata
que aquel dolor de su
niñez le era común a
toda la América Latina:
Colombia, Ecuador, Perú,
Bolivia, Chile… Y decide
pintar una colección que
titula Guacañán por
el camino del llanto:
el tema mestizo, el
negro y el indio en 103
cuadros. Es la realidad
y el dolor de aquellas
haciendas del imperio.
Precisamente en
Venezuela, es invitado a
una cena en casa de
Silva, donde confluyó la
alta aristocracia del
momento. Allí le piden,
como a un mono, que
muestre lo que sabía
hacer. Guayasamín saca
sus paquetes de cuadros
y cada uno empieza a
escoger: esa noche, 80
de aquellos cuadros se
quedan en propiedad de
coleccionistas privados
venezolanos. Esto cambió
su vida.
Con las obras restantes
participa en la Bienal
de México, en la de Sao
Paulo y en la de España.
Gana el Gran Premio en
las tres y nunca más
participa en un concurso
de pintura. Con el
dinero de la Bienal de
Barcelona recorre
primero España y luego
Europa: regresa
convencido de que el
siglo XX era uno de los
más violentos que le
había tocado vivir a la
humanidad, entre guerras
mundiales, guerra civil
española, campos de
concentración y bombas
atómicas, con el
consecuente saldo de
hambre y sufrimiento.
Guayasamín no resiste la
necesidad de pintar todo
aquello que le toca
vivir. Ventajosamente,
ya no tiene tanta
necesidad económica y
esta obra no la vende,
la destina a su proyecto
futuro y pertenece hoy a
la Fundación.
Fue en ese tiempo cuando
Guayasamín tiene la
oportunidad de venir a
Cuba: 1961. Hace
entonces su primer
retrato a Fidel, el 6 de
mayo. El Comandante
tenía una vida muy
agitada, pero le concede
una hora de su tiempo en
el ICAP y así sale el
retrato. Mi padre
contaba que jamás el
Comandante se quedó
quieto, constantemente
le consultaban asuntos y
él rogaba por unos
minutos más. Cuando
terminó, al cabo de una
hora, Fidel se paró a
verlo y estuvo como 15
minutos sin moverse. Mi
padre decía que pudo
haberle hecho otro
retrato en esos 15
minutos maravillosos.
Ese fue el impacto del
primer encuentro y se
selló en ellos una
amistad indestructible.
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Mi padre decía siempre
que el artista es el que
va cantando, llorando,
va diciendo lo que los
pueblos no pueden decir.
Creo que ese es el papel
de los creadores: son la
voz de los pueblos.
Pienso que eso fue lo
que quiso hacer con su
obra, primero con los
cuadros de la ira, luego
con los de la ternura,
en la Capilla del
Hombre… va diciendo lo
que no pueden los
pueblos, va convocando a
que nos demos las manos
para que seamos más
fuertes, llama a la
defensa de los derechos
humanos. Esa es su meta.
Durante la Segunda
Guerra Mundial va a los
campos de concentración
para pintar “La edad de
la ira”, visita también
la Unión Soviética,
viene a Cuba, y todo eso
fue el motivo para que
se atreviera a enfrentar
a los EE.UU. Cuando
muere, su obra sigue
contando. Se le cerraron
en vida las puertas y no
le importó, hizo más de
230 exposiciones en los
grandes museos del
mundo, va con su obra de
pueblo en pueblo
expresando la necesidad
de unidad para llegar a
un mundo mejor. Su
tercera gran serie,“Mientras
vivo siempre te recuerdo,
es una serie divorciada
de La edad de la ira.
Aquella la había pintado
en blanco y negro y aquí
retoma los colores de la
paleta, para que nos
demos todos la mano más
allá de las diferencias.
Decía que su primer hijo
intelectual es la
Fundación Guayasamín:
cerca de ocho mil piezas
de arte prehispánico,
800 piezas de arte de la
colonia, 200 piezas de
su creación, cerca de
cien acuarelas, mil
dibujos y obras de otros
pintores. Tenemos como
seis mil libros de arte
de todo el mundo. Todo
eso lo deja para que la
humanidad pueda
disfrutar de este largo
viaje.
Su segundo hijo
intelectual fue la
Capilla del Hombre. Se
habían construido
iglesias, templos para
dioses, vírgenes y
santos que no sabemos si
existieron o no; pero
para el hombre que había
pisado América no se
había hecho nada, para
el hombre que había
forjado este continente
no había nada. El
proyecto lo presenta a
Fidel Castro y el
Comandante, en su
espíritu de generosidad,
manda al arquitecto
Quintana a que haga los
planos. Pero el
arquitecto no se da
cuenta de que Ecuador no
era Cuba, no era un país
socialista y de ninguna
manera podríamos
conseguir financiamiento
para un proyecto como
ese.
Por suerte, la UNESCO
plantea que cada país
latinoamericano aporte
con cien mil dólares y
Fidel, a pesar de la
crisis que había en
Cuba, quiere ser el
primero en contribuir.
Mi padre se negó,
rotundamente, pero
Antonio Núñez Jiménez
idea una alternativa: se
fabricaron unos
humidores con madera
ecuatoriana, tallados en
Ecuador, con obras de
Guayasamín, que
contenían 90 cigarros de
los más finos que se
hacían en Cuba y un
pergamino firmado por mi
padre y por Fidel. En
una Feria que se realizó
en La Habana, se recaudó
un millón de dólares.
Fue la primera cuota que
recibió la Capilla del
Hombre. Se inauguró
exactamente el 6 de
noviembre de 1993. El
Comandante asistió,
acompañado por pintores
cubanos.
Es el templo de los
latinoamericanos. En
ella está la mano
también de artistas
cubanos que reprodujeron
los murales que
Guayasamín no alcanzó a
terminar y la
contribución de los
cantautores: Silvio
Rodríguez convocó a
cantautores de América
Latina y España a
reunirse durante tres
días en la ciudad de
Quito, para hacer
conciertos de seis horas
cada uno y cuyos
recaudos irían a parar
en la Capilla. Está
también la mano de los
mineros chilenos, en la
cúpula. Es un espacio
cultural a disposición
de la Humanidad. Ahí
está el hombre nuevo.
Mi padre nos enseñó a
respetar a todos y cada
uno de los habitantes y
pueblos de esta tierra.
Para él tenía igual
importancia exponer en
el Grand Palais de París
que en un pequeño pueblo
mexicano. Por eso hemos
venido aquí, llenos de
cariño, a decirle a
Holguín: con ustedes
está también Guayasamín.
Está en esos cuadros la
Humanidad en todos sus
colores, todo lo que
aspira y siente. En
manos de la juventud
está la esperanza de los
habitantes de este
planeta.
*Conferencia pronunciada
por Pablo Guayasamín,
hijo del pintor
ecuatoriano y presidente
de la Fundación
Guayasamín, en el
encuentro de apertura de
la edición 17 del Premio
Memoria Nuestra,
principal evento de las
Romerías de Mayo. |