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Guardo
en la memoria todavía el
nacimiento de La
Jiribilla, desde
lejos porque todavía
vivía en Camagüey.
Recuerdo las enormes
dificultades a través de
la red de cultura para
poder acceder a la
página, cuánto demoraba
en bajar pero era un
esfuerzo que de todas
maneras uno hacía con
muchísimo gusto. Era
abrirse a un mundo que
me resultó un poco
extraño al principio,
pues no tenía mucha
experiencia de revisar
periodismo digital, y
La Jiribilla ayudó
también a abrirme un
mundo en esto, de
informaciones, de un
acercamiento rápido a
los procesos culturales
sin esa mediación que
imponen las revistas
especializadas en papel
que generalmente reseñan
las cosas cuando ha
pasado un mes o dos de
determinada acción. Eso
me resultó atractivo.
Llegué a
la revista mucho más cerca, todavía
en Camagüey, a través de
una llamada de la amiga
Paquita Armas, empeñada
siempre en alguna
campaña cultural. Recuerdo que
me pidió responder una
entrevista para La
Jiribilla con motivo
de mi premio de Ensayo
Carpentier y que le
entregara un fragmento
del texto para La
Jiribilla de papel.
Lo que nunca me pude
imaginar es que pocos
años después, cuando me
estableciera en La
Habana, mi regreso al
periodismo después de
mucho tiempo estando un
poco al margen de él,
iba a ser inmediatamente
a través de la
publicación.
Precisamente la
flexibilidad de la
versión digital me
facilitó muchas cosas, por una
parte me permitió escribir esas
cosas que se guardan en
rincones de la memoria y
uno a veces no piensa
que a una revista le
puedan interesar —una
revista de papel con un
número limitado de
páginas difícilmente
acepte un trabajo que no
esté asociado con un
aniversario, con un
dossier, con un objetivo
inmediato de la revista.
La Jiribilla
digital me abrió las
puertas para lo que
quisiera, no me voy a
olvidar nunca que el
primer texto entregado
fue sobre Alba Marina,
esa figura del canto
cubano medio olvidada y
la alegría especial,
siendo yo un recién
llegado a la ciudad, de
ver aparecer ese trabajo
no se me va a olvidar
muy fácil.
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Nunca
pensé que la propia
presión de trabajo de un
órgano como este me iba
a enseñar asuntos nuevos
en materia de
periodismo, yo había
hecho alguna vez
periodismo diario en
Camagüey, pero era un
recuerdo muy lejano y
que me encargaran con un
mínimo de anticipación
de apenas cuatro o cinco
horas el texto en
memoria de Alberto
Alonso, recién fallecido
en EE.UU., o un texto
en memoria de Maurice
Béjart, sacaron de mí lo
más juvenil que podía
conservar en materia de
periodismo. Ese trabajar
con prontitud y calidad
a la vez, con diligencia
reunir materiales y
redactar en la madrugada
y entregar al amanecer
para mí era ya cosa de
un pasado lejano y
volvió a ser. Es un
acercamiento que no
termina nunca, de hecho
aunque sea editor de
La Jiribilla de papel,
sigo siendo un
colaborador de la
digital; son dos mundos
complementarios pero muy
bien definidos, y de
hecho La Jiribilla
digital para mí es
imprescindible. Todos los días la
descubro, todos los días
me sorprendo con alguna
cosa de ella. Su
agilidad, su diversidad,
ese renovarse cada
semana son envidiables.
Creo que ha logrado el
objetivo para el que fue
fundada, ser una voz
libre en medio de una
guerra mediática, y de
hecho hasta la fortuna
de tener ese nombre la
ha ayudado enormemente.
No creo que Lezama
hubiera podido pensar en
esto, pero el que se
tomara nada menos que al
Ángel de La Jiribilla
como protector de esta
empresa ha sido muy
afortunado, de hecho el
nombre de La Jiribilla
está en muchos oídos y
muchas bocas en el
mundo. Hace un tiempo
estuve en Ecuador en un
encuentro mundial de
solidaridad con Cuba y
para mi sorpresa me
encontré con que
muchísimos de los
participantes, que
podían venir de un
pequeño poblado andino,
de una capital
latinoamericana, lo
mismo intelectuales
conocidos que obreros.
Para
ellos
La Jiribilla era un
sitio conocido y
confiable, al cual se
accedía para saber de
Cuba porque sabían que
determinados sitios de
Internet como ciertos
periódicos de sus países
los desinformaban, y el
acceso al sitio web
para muchos de ellos era
exactamente esa ventana
abierta hacia Cuba en la
que se sentían muy
familiares.
Siempre
hay un acto de audacia
al colaborar con La
Jiribilla, esto
puede traer y desatar
determinadas iras y
venganzas a lo largo del
mundo: me ha tocado en
algunos sitios conversar
con alguien y que la
persona comience a
comportarse de manera
extraña cuando digo que
soy periodista de La
Jiribilla. El sitio,
desde luego, está muy
subrayado por los medios
de derecha
latinoamericanos como
sitio peligroso y el
personal que trabaja en
él como conflictivo. De
hecho cuando digo esto,
estoy exponiendo el
pecho a las saetas en
cualquier sitio —en
México, en España... Esto
puede traer
hostilidades, pero uno
siente que detrás de
estas hostilidades está
también el respeto.
Fragmentos de
entrevista para
una investigación sobre La
Jiribilla en fase de
realización. |