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“Extendió su mano sobre
el mar para trastornar los reinos...”
ISAÍAS, 23, 11
...Ya fueron por el confesor. Pero
tardará en llegar, pues despacioso es el
paso de mi mula cuando se la lleva
por malos caminos (que mula, al
fin, es montura de mujeres y de
clérigos), y más si, como ahora, habrase
de buscar al muy inteligente
franciscano, curado de perplejidades,
donde asiste a un pariente suyo,
requerido de santos óleos, a cuatro
leguas de la ciudad. Como yacente en
lápida de piedra espero a quien habré de
hablar muy largo, ahorrando ánimos para
hablar tan largo como habré de hablar,
más vencido, acaso, por los muchos
trabajos padecidos que por la
enfermedad... Y habrá que decirlo todo.
Todo, pero todo. Entregarme en palabras
y decir mucho más de lo que quisiera
decir —porque (y esto no sé si podrá
entenderlo bien un fraile…) a menudo
el hacer necesita de impulsos, de
arrestos, de excesos (admito la palabra)
que mal se avienen, hecho lo hecho,
conseguido lo que había de conseguirse,
con las palabras que, a la postre,
adornadas en el giro, deslastradas de
negruras, inscriben un nombre en el
mármol de los siglos. Casi inocente
llega, ante el Trono de Dios, el
labrador que ha vareado en olivar ajeno,
como casi inocente comparece la puta
(perdóneseme el vocablo pero lo usé sin
ambages en epístola dirigida a muy
cimeras Altezas), que, a falta de oficio
mejor, se pone bocarriba para obrar un
marinero en puerto, acogiéndose al
amparo de la Magdalena cuya santa efigie
ilumina, en París, el pendón de la
Cofradía de las Ribaldas, reconocida
como de pública utilidad —y eso, en acta
rubricada y sellada— por el Rey San Luis
de Francia. A ésos, la confesión
postrera habrá menester de pocas
palabras. Pero los que, como yo, cargan
con el peso de imágenes jamás
contempladas por hombres anteriores a
los de su propia aventura; los que, como
yo, tomaron los rumbos de lo ignoto (y
otros se me adelantaron en eso, sí, lo
diré, tendré que decirlo, aunque para
que se me entienda mejor llamé Cólquida
lo que jamás fue Cólquida); los que,
como yo, penetraron en el reino de los
monstruos, rasgaron el velo de lo
arcano, desafiaron furias de elementos y
furias de hombres, tienen harto que
decir. Decir cosas que serán de
escándalo, desconcierto, trastrueque de
evidencias y revelación de engaños para
el fraile oidor, aun en secreto de
confesión. Pero, en este momento, cuando
vivo —aun vivo— en espera del oidor
postrero, somos dos en uno. El yacente,
de manos ya puestas en estampa de
oración, resignado — ¡no tanto!— a que
la muerte le entre por esa puerta, y el
otro, el de adentro, que trata de
librarse de mí, el “mi” que lo envuelve
y encarcela, y trata de ahogarlo,
clamando, en voz de Agustín: “No puede
ya mi cuerpo con el peso de mi alma
ensangrentada.” Mirándome con los ojos
de otro que junto a mi lecho pasara, me
veo como aquella rareza que en la isla
de Chíloe exhibiera un feriante de
zodiaco pintado en la cinta del
sombrero, diz que como traída de la
tierra de Tolomeo: era como una caja, de
forma humana, dentro de la cual había
una segunda caja, semejante a la
primera, que a su vez encerraba un
cuerpo al que los egipcios,
mediante sus artes de embalsamadores,
habían conservado el aspecto de la vida.
Y tal energía le perduraba en el
semblante reseco y como curtido, que a
cada instante parecía que fuese a volver
a la vida... Yerta me siento ya la
envoltura de estameña que, como la
primera caja, envuelve mi vencido
cuerpo; pero, dentro de ese cuerpo
derribado por las fatigas y los
achaques, está el yo de lo hondo, aún
claro de mente, lúcido, memoriado y
compendioso, testigo de portentos, sucio
de flaquezas, promotor de escarmientos,
arrepentido hoy de lo hecho ayer,
angustiado ante sí mismo, sosegado ante
los demás, a la vez medroso y rebelde,
pecador por Divina Voluntad, actor y
espectador, juez y parte, abogado de sí
mismo ante el Tribunal de Suprema
Instancia donde también quiere ocupar
sitial de Magistrado para oírse los
argumentos y mirarse a la cara, cara a
cara. Y alzar las manos y clamar; y
alegar y responder, y defenderme ante el
dedo tenso que se me clava en el pecho,
y sentenciar y apelar, alcanzar las
últimas instancias de un juicio donde,
en fin de cuentas, estoy solo, solo con
mi conciencia que mucho me acusa y mucho
me absuelve —solo ante el Ordenador de
lo que jamás acabaremos de explicarnos,
cuya forma nunca conoceremos, cuyo mismo
nombre no pronunciaron, durante siglos y
siglos, los que, como mis padres y
abuelos, fueron fieles observantes de su
Ley, y que, aunque dicen los textos que
nos hizo a su imagen y semejanza, fue
harto condescendiente al permitir que
tal cosa se dijera en su Libro,
entendiendo, acaso, que el imperfecto
ser nacido de su Infinita Perfección
necesitaba de una analogía, de una
imagen, para materializar, en su
limitada mente, la energía universal y
ubicua de Quien, cada día, con infalible
puntualidad, se ocupa en accionar y
regular la prodigiosa mecánica de los
planetas.
...Pero no estoy en hora de alzar
telones sobre misterios que sobrepasan
mi inteligencia, sino en la hora de
humildad que reclama la cercanía del
desenlace —de ese desenlace en que el
emplazado, el puesto en lista, se
pregunta si pronto será encandilado,
ardido, por la tremebunda visión del
Semblante Jamás Visto, o habrá de
esperar, por milenios, en tinieblas, la
hora de ser sentado en el banquillo de
los infames, llamado a la barra de los
acusados, o acomodado en morada de larga
paciencia por algún ujier alado, ángel
de escribanía, con plumas en alas y
plumas tras de la oreja, tenedor del
registro de almas. Pero recuerda que,
con tales cavilaciones, estás faltando
gravemente a las reglas espirituales de
tu orden, adversas a toda pregunta
huera, a toda inmodesta conjetura.
Recuerda, marinero, las palabras que se
enmarcan en una losa hollada a diario
por los fieles en el máximo santuario
toledano:
AQUÍ YACE:
POLVO
CENIZA
NADA
Como aquella vez, un día de
enero, en el fragor de una tormenta, una
voz suena —clara y grande, lejana y
próxima, a la vez— en tus oídos:
“¡Oh, estulto y tardo en creer y en
servir a tu Dios, dios de todos. Desque
naciste, Él tuvo de ti muy grande cargo.
No temas, confía: todas tus
tribulaciones están escritas en piedra
mármol y no sin causa.”
Hablaré, pues. Lo diré todo.
De los pecados capitales, uno solo me
fue siempre ajeno: el de pereza. Porque,
en cuanto a la lujuria, en lujuria viví,
hasta que de ella me libraran afanes
mayores, y el solo nombre de Madrigal de
las Altas Torres —palabras que se me
juntan en imagen de linaje, hermosura,
regia epifanía, supremo objeto del
desear— llevara mi ánimo a tal
obcecación que hasta en la forma de
montañas que los cristianos contemplaban
por vez primera encontraba yo un
parecido con otras formas que se me
pintaban, con pálpito y saudade, en lo
más secreto de mi memoria... Desde que
mi padre, sin dejar por ello de cardar
la lana, abriese un negocio de quesos y
vinos en Savona —con trastienda donde
podían los parroquianos llevar sus vasos
a la boca de las canillas para
entrechocarlos luego por sobre una mesa
de espeso nogal— me gocé en escuchar lo
que de sus andanzas contaba la gente
marinera, vaciando uno que otro fondo de
tintazo que me pasaban a escondidas
—gustándome tanto el vino, desde
entonces, que muchos se extrañaron, en
el futuro, de que en mis empresas
propias pensara siempre en llevar una
enorme cantidad de toneles en los barcos
y que, cuando me tocara pensar en cosas
de labranza, reservara siempre las
mejores tierras que me fuesen dadas por
la Divina Providencia en sembrar y
cultivar la vid. Noé, antecesor de todos
los navegantes, fue el primero en dar el
mal ejemplo, y como el vino enardece la
sangre e incita a culposas apetencias,
no hubo lupanar mediterráneo que no
conociese de mis ardores mozos cuando,
para gran pesadumbre de mi padre, me dio
por irme a la mar... Caté las hembras de
Sicilia, Chío, Chipre, Lesbos, y otras
islas más o menos amulatadas, mixtas de
moros mal conversos, cristianos nuevos
que siguen sin probar carne de cerdo,
sirios que se persignan ante todas las
iglesias sin que acabe de saberse a qué
parroquia se arriman; griegos que venden
la hermana, por unas horas, a llamada de
campanilla, traficantes de todo,
sodomitas o bujarrones cuando les viene
en cuenta; calé las hembras que, antes
del trato, tañían la sambuca y el
pandero; las “ginovesas” que, venidas de
alguna judería, me hacían un guiño
cómplice al tentarme el rejo; las de
ojos alcoholados que, bailando, hacían
volar mariposas tatuadas sobre sus
vientres; las otras —moras, casi
siempre— que se guardan en la boca las
monedas dadas para defender la lengua
propia de lenguas intrusas; y las que
juran y perjuran que, vistas de
espaldas, siguen siendo mozuelas, a
menos de que alguna generosidad
apreciable las lleve a entregar, insigne
favor, aquello que jamás entregaron a
nadie; y las alejandrinas, encaladas,
arreboladas y repintadas como mascarones
de proa —como las difuntas retratadas en
las tapas de los sarcófagos de aparato
que aún se usan en su país—; y las de
todas partes que, de tanto gemir que se
desmayan, y que las matas, y que ya
están muertas, y que como tú nadie, te
acaban en tres respingos y tres
culebreadas, mientras se curan del
aburrimiento ensartando las cuentas de
un collar por encima de tu lomo atareado
en promover un gozo tan bien pregonado
que se pagaría por sólo oírlo... De todo
eso supe, y mucho más supe estando en la
áspera Cerdeña y en Marsella, ciudad de
mucho vicio, y eso que aún faltaban años
para que, perlongando las costas del
África, conociera a las hembras de tez
obscura —cada vez más obscura—, hasta
alcanzar las obscurísimas da la Guinea,
de la Costa del Oro, con sus mejillas
marcadas a cuchillo, adorno de perlas en
las ocho trenzas, vellón huidizo y
grupas abundosas, a que tan justamente
se muestran aficionados los portugueses
y los gallegos —y digo “justamente”,
porque creo recordar que si el Rey
Salomón fue sabio por sus salomónicas
sentencias y muy avisado gobierno, fue
sabio también en allegarse con aquella —nigra
sum...— cuyos pechos eran como
racimos de uva —de las negras e
hinchadas uvas que, nacidas a flanco de
montaña, en aires de mar, dan el vino
fragante y espeso que, después de
bebido, deja su huella sabrosamente
pintada en los labios relamidos... Pero
de carne sola no vive el hombre, y de
mis navegaciones sacaba gran provecho en
aprender las artes de marear —aunque,
para decir verdad, más me fiaba en mi
particular acierto en repertoriar el
olor de las brisas, descifrar el
lenguaje de las nubes e interpretar los
tornasoles del agua, que en guiarme por
cálculos y aparatos. Mucho me interesaba
observar el vuelo de las aves de la
tierra y del mar, pues éstas suelen ser
más avisadas que el hombre en escoger
los rumbos que les convienen. Entendía
el buen juicio de los hiperbóreos que
—según me habían contado— llevaban dos
cuervos en sus naves para soltarlos
cuando en alguna azarosa navegación se
extraviaban sabiendo que, si las aves no
regresaban a bordo, bastaba con poner la
proa hacia donde habían desaparecido en
su vuelo, para hallar la tierra a pocas
millas. Esta sabiduría de las aves me
llevó a estudiar las particularidades y
costumbres de algunos animales que, para
asombro de nuestro humoso entendimiento,
viven y se ajuntan y procrean en el
universo. Así, supe que el rinoceronte —in
nare cornus— solo puede ser amansado
en sus furores si le ponen delante una
joven que descubre su seno al verlo
venir, y “de esta manera” (nos dice San
Isidoro de Sevilla) “el animal depone su
fiereza y descansa la cabeza en la
joven”. Sin haber visto tan espantable
engendro de la naturaleza, sabía cómo el
basilisco, reina de las serpientes, mata
con la vista a todas sus semejantes, no
habiendo pájaro que pase ileso en su
proximidad. Conocía el saura, lagartija
que, cuando ya es vieja y se ciegan sus
ojos, entra en el agujero de una pared
que mira al Oriente, y al salir el sol
mira hacia él, se esfuerza en ver y
recobra la vista. También me interesaba
la salamandra que, como es sabido, vive
en medio de las llamas sin dolor y sin
consumirse; el uranoscopus, pez así
llamado porque tiene un ojo en la
cabeza, con el cual siempre mira al
cielo; el pezrémora que, en gran número,
puede detener una nave de tal modo que
parece haber echado raíces en fondo de
rocas; y, como criatura del mar, me
interesaba particularmente el alción que
en invierno hace su nido en las aguas
del océano, y allí saca sus pollos —y
dice también San Isidoro que cuando
está sacando sus polluelos se calman los
elementos y callan los vientos por
espacio de siete días, como obsequio de
la naturaleza a esta ave y a sus hijos.
Cada día hallaba yo mayor gusto en
estudiar el mundo y sus maravillas —y de
tanto estudiarlo tenía como la impresión
de que el mundo me abría poco a poco las
puertas arcanas tras de las cuales se
ocultaban portentos y misterios aún
tenidos en secreto para el común de los
mortales. Tenía ansias de saberlo todo.
Envidiaba al Rey Salomón —”más sabio que
Hernán, Kalkol y Darda”— quien era capaz
de hablar de todos los árboles, desde el
cedro que es del Líbano hasta el hisopo
que nace de las murallas, y también
conocía las costumbres de todos los
cuadrúpedos, pájaros, reptiles y peces
del universo. ¿Y cómo no iba a saber de
todo, si de todo era informado por sus
mensajeros, embajadores, mercaderes y
nautas? De Ofir y de Tarsis le llegaban
cargamentos de oro. En el Egipto
compraba sus carros y de Cilicia le
venían sus caballos, y sus cuadras, a
su vez, proveían en corceles a los reyes
de los hititas y a los reyes de Aram.
Además, era informado de infinitas cosas
—virtudes de las plantas, acoplamientos
de las bestias, torpezas, impudicias,
confusiones, lascivias y sodomías de
distintos pueblos— por sus mujeres,
moabitas, amonitas, edomitas,
sidonias, sin hablar de las egipcias
—y bien dichoso era él, sabio varón,
bragado varón, que en su portentoso
palacio podía tirarse, según el color de
los días y los rumbos de su antojo,
setecientas esposas principales y
trescientas concubinas, sin hablar de
las forasteras, de las itinerantes, de
las inesperadas, como la de Saba, que
hasta le pagaban por hacerlo. (¡Secreto
sueño de todo hombre verdadero!) Y sin
embargo, si vasto y diverso hubiese sido
el mundo conocido por el Rey Salomón,
tenía yo la impresión de que sus flotas,
en fin de cuentas, sólo iban a lo
seguro. Porque, de no haber sido así,
hubiesen traído noticias de monstruos
mencionados por viajeros y navegantes
que habían transpuesto los umbrales de
comarcas aún mal conocidas. Según
testigos de incuestionable autoridad,
hay, en Extremo Oriente, razas de
hombres sin narices, teniendo todo el
semblante plano; otros, con el labio
inferior tan prominente que, para
dormir y defenderse de los ardores del
sol, se cubren con él toda la cara;
otros tienen la boca tan pequeña que
ingieren la comida sólo con una caña de
avena; otros, sin lengua, usando sólo de
señas o movimientos para comunicarse con
los demás. En Escitia existen los
Panotios, con orejas tan grandes que se
envuelven en ellas, como en una capa,
para resistir el frío. En Etiopía viven
los Sciópodas, admirables por sus
piernas y la celeridad de su carrera, y
que, en verano, acostados sobre la
tierra en posición supina, se dan sombra
con las plantas de los pies, tan largas
y anchas que pueden usarlas como
quitasoles. En tales países, hay hombres
que solo se alimentan de perfumes, otros
que tienen seis manos, y, lo más
maravilloso, mujeres que paren ancianos
—ancianos que rejuvenecen y acaban
volviéndose niños en la edad adulta. Y,
sin tener que ir tan lejos, recordemos
lo que nos cuenta San Jerónimo, supremo
doctor, al describirnos un fauno o
caprípedo que fue exhibido en
Alejandría, y resultó ser un excelente
cristiano, contra todo lo que pensaban
las gentes, acostumbradas a asimilar
tales seres a las fábulas del paganismo.
.. Y si muchos se jactan ya de conocer
la Libia, lo cierto es que ignoran
todavía la existencia de hombres
tremebundos que nacen allí sin cabeza,
con los ojos y la boca colocados donde
nosotros tenemos las tetillas y el
ombligo. Y en la Libia parece que viven
también unos antípodas que tienen
las plantas de los pies vueltas y ocho
dedos en cada planta. Pero, en eso de
los antípodas, las opiniones
están divididas, porque algunos viajeros
afirman que ese pueblo se nos presenta
en una desagradable diversidad de
cinocéfalos, cíclopes, trogloditas,
hombres-hormigas y hombres acéfalos,
amén de hombres con dos caras, como el
dios Jano de los antiguos... En cuanto a
mí, no creo que tales sean las trazas de
los antípodas. Estoy convencido
—aunque este criterio me sea muy
personal— que los antípodas son
de muy distinta naturaleza: se trata,
sencillamente, de los que menciona San
Agustín, aunque el Obispo de Hipona,
obligado a hablar de ellos porque mucho
se hablaba de ellos, negara su realidad.
Si los murciélagos pueden dormir
colgados de sus patas; si muchos
insectos transitan muy naturalmente en
el cielorraso de esta habitación de
putas donde ahora reflexiono —mientras
la mujer ha ido por vino a la taberna
cercana— puede haber seres humanos
capaces de andar con la cabeza para
abajo, diga lo que diga el venerado
autor del Enchiridion.
Volatineros hay que se pasan media vida
caminando con las manos, sin que los
humores sanguíneos les revienten las
sienes; también me contaron de santones
que, en las Indias, se paran en los
codos y, teniendo el cuerpo tieso,
inmóvil, pueden pasarse meses con las
piernas en alto. Menos portento hay en
ello que haber permanecido, como Jonás,
tres días y tres noches en las entrañas
de la ballena, con la frente ceñida de
algas y respirando como si se hallase en
su ambiente natural. Negamos muchas
cosas, porque nuestro limitado
entendimiento nos hace creer que son
imposibles. Pero, mientras más leo y
me instruyo, más veo que lo tenido por
imposible en el pensamiento se hace
posible en la realidad. Para cerciorarse
de ello basta con leer los relatos y
crónicas de animosos mercaderes, de
grandes navegantes —de grandes
navegantes, sobre todo, como aquel
Piteas, nauchero de Marsella, adiestrado
en los modos fenicios de bogar, que,
llevando su nao hacia el norte, y cada
vez más hacia el norte, en su insaciable
afán de descubrir, llegó a un lugar
donde el mar se endurecía como el hielo
de los picos montañosos. Más pienso que
aún he leído poco. Debo conseguirme más
libros. Libros que traten de viajes,
sobre todo. Me dicen que en una tragedia
de Séneca se habla de aquel Jasón que,
yendo al este del Ponto Euxino, al
frente de sus argonautas, halló la
Cólquida del vellocino de oro. Debo
conocer esa tragedia de Séneca, que
enseñanzas de mucho provecho debe
encerrar, como todo lo que escribieron
los antiguos.
Fragmento de El arpa y
la sombra. Pp. 23-28.
Alejo Carpentier (La
Habana, 26 de diciembre de 1904-París,
24 de abril de 1980) Periodista,
musicólogo, escritor. Integra el Grupo
Minorista en 1923 y forma parte de la
Protesta de los Trece. En 1927 firma el
Manifiesto Minorista y en julio de ese
año sufre prisión por siete meses,
acusado de comunista. A partir de 1928
trabaja en Francia como periodista y
escribe libretos para ballet. Entre 1939
y 1945 produce y dirige programas
radiales en Cuba. Publica en 1945 La
música en Cuba. Entre sus
principales novelas se encuentran El
reino de este mundo, Los pasos perdidos
y El siglo de las luces.
Durante años sostuvo en El Nacional
de Caracas la sección Letra y Solfa.
Regresó a Cuba en 1959, en 1960 es
nombrado Subdirector de Cultura del
Gobierno Revolucionario de Cuba y ocupó
en años posteriores los cargos de
Presidente de la Imprenta Nacional y
Ministro consejero de la Embajada de
Cuba en París. Entre sus múltiples
reconocimientos se cuenta el Premio
Miguel de Cervantes y Saavedra. |