Año VIII
La Habana
2010

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La Fuente de la India
Josefina Ortega • La Habana
Foto: Liborio Noval

  “Mirad La Habana allí color de nieve,
 gentil indiana de estructura fina,
dominando una fuente cristalina,
sentada en trono de alabastro breve.
 jamás murmura de su suerte aleve,
 ni se lamenta el sol que la fascina,
ni la cruda intemperie la extermina.
 ni la furiosa tempestad la mueve”…
Gabriel de la Concepción Valdés, (Plácido)

Hay quienes aseguran que el primer indicio de la buena fortuna que siempre la acompañaría fue su obstinación frente a los fuertes vientos que soplaron la víspera de su inauguración, que habiendo derrumbado casas y arrancado árboles, no le provocaron el menor quebranto ni siquiera al manto que la envolvía.

Realidad o leyenda, lo cierto es que La Fuente de la India o de la Noble Habana, como también se le llamó, construida con mármol de carrara y una altura de tres metros, es una representación alegórica de la ciudad, que encarna la imagen de la india Habana en cuyo honor fue nombrada la villa.

Iniciativa del conde de Villanueva, acreditado hacendado criollo, la escultura mereció una enorme celebridad desde que, llegada de Italia en 1837, se le situó estratégicamente en las proximidades del Campo de Marte, de espaldas a la detestable puerta de Tacón, con el propósito de quebrantar el poderío militar que el gobernador colonial de marras trató de imprimir al sitio.

“Airosa, gallarda y acogedora”, como dijera el poeta Ángel Augier, la Fuente de la India fue el símbolo más popular de capital cubana del siglo XIX.

Sin embargo, en su día, algunos le reprocharon a su autor, el escultor italiano Giuseppe Gaggini, lo paradójico de modelar a una india con rasgos griegos; pero al margen del empeño del artista, “la híbrida solución de una india neoclásica, precursora de las futuras imágenes literarias de nuestra poesía siboneyista, —como dijo el arquitecto Carlos Venegas— sintetizaba como ninguna otra el anhelo de modernidad y el impulso “civilizador” de la aristocracia nativa”.

Sobre una roca marmórea está sentada la bella joven india, resguardada por cuatro delfines, acechando hacia el Oriente como si avizorara en el horizonte a algún ser lejano.

Lleva en la cabeza una corona de plumas y sobre el hombro izquierdo el carcaj con las flechas para la caza. Y como buena habanera, en su mano izquierda sostiene una cornucopia con frutas de la Isla coronadas por una criollísima piña y en la otra, el escudo de armas de la ciudad.

Impenitente viajera en su propio entorno, fue movida de su primer asentamiento en 1863 hacia el Parque Central, hasta que en 1875 fue devuelta al sitio que ocupa ahora. Pero no fue hasta 1928, cuando se inauguró el Parque de la Fraternidad, que se le dio un vuelco de 90 grados a la deidad habanera con lo cual quedó mirando hacia el Paseo del Prado en su ubicación presente.

 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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