Año VIII
La Habana
11 al 21
de FEBRERO
de 2010
 

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Al cielo sometidos
(Fragmento)

Reynaldo González (Ciego de Ávila, 1940)

—¡Al ladrón! —gritó un viejo asomado a una mesa de zapatero.— ¡Al ladrón! —repitió, sin que acudieran en su auxilio.

Con gran esfuerzo se desembarazó de sus instrumentos, guardó la faena en una alacenilla de pared, cerró la puerta y se amarró la faltriquera, en lo que gran cuidado puso, antes de correr a la vía. Había derrochado tiempo, su vista no tropezó con quien lo birló, rápido en agarrar, ensacar y huir. Escaseaban viandantes a la hora en que los más se recogían, la plaza ofrecía su aspecto más desolado, al centro el rumor de una fuente de caño estrecho y enfrente, bajo un soportal, un mozo a quien de largo sabía ensimismado en trucos de naipes, aprendizaje de vagabundos sin más oficio que pasar las horas. Inútil será preguntarle el derrotero de quien me arrebató la mercancía del mostrador, razonó el viejo, será testigo mudo, como los de su calaña, amparados en la inquina y la complicidad. Un gesto de impotencia coronó su rodeo, aseguró que todo estuviera en orden, dio por terminada la jornada y se alejó pesaroso bajo el resplandor del mediodía.

No había doblado el cantón de un ángulo cuando asomó el ladrón ajustándose unos zapatones que a todas vistas le quedaban grandes. Gran sigilo aplicó en mirar en derredor, antes de escabullirse. Pero el de los naipes levantó un pie, lo hizo tropezar y rodar por tierra. Con presteza de fiera le cayó encima, se enredaron en una riña que resultó breve. El ladrón fue más ágil, se revolvió y ganó distancia para apuntar a su agresor con un metal curvo. El de los naipes no se arredró:

—¿Quieres los zapatos para andar o para navegar? —se zafó el tajo, estremecido por una carcajada—, debiste buscarlos a tu pie, metiste la mano sin pericia.

—El remendón tenía más ojos para mi hurto que para su lezna, agarré al tanteo, lo que pude —se quejó el ladrón al envainar el arma—. En cuanto a pericia, ya que haces de alguacil ¿dónde dejaste tus barajas?

En vano registró su bolsa, admirado de la ligereza del contrario que en la trifulca, sin que lo sintiera, le había sacado el mazo.

—Quien ha oficio ha beneficio —rió el ladrón—. No seré bueno en despojar zapateros, pero en meter los cinco para sacar los diez, pocos me aventajan.

—Dios te dio una gracia que a mí me niega —el tahúr recuperó sus naipes—. Lo mío es el pillaje en pueblos costeros adonde llegan hombres escorados como barcos. Si los arrimo al tapete, los limpio.

—Sin excederte pones justicia en este mundo, habilidades que no me fueron dadas. Otras tengo para aliviar la carga ajena, la necesidad es mi brújula. Antonio me llaman, nacido en Ávila.

—¿Es nombre o mamparo?

—Bastante esfuerzo me da esconder la mano después del hurto para, además, trocarme el nombre.

—Es que Antonio también me llaman, pero de Extremadura.

No sería el mejor principio para una amistad, pero así se conocieron dos que llevaban igual prisa en hallar refugio. Se dieron las manos y anduvieron un trecho, sin destino, al acecho de librar condumio en Palos, puerto de mala pesca, con parroquianos más resecos que el desierto. En esquinas de fonduchos e iglesias esquivaron la inclemencia del viento nocturno, unas veces se atuvieron a labores de estiba, otras como aguadores, las más pasaron en blanco, o con hartazgos en frutales de las cercanías. Huían de un tiempo trabajoso, cuando mucho cargaron las aguas, crecieron los arroyos y las vías se trajinaban con pesar. Ascender roquedales para esquivar el camino trillado, costumbre de quien lleva al adversario en los talones, les dio tiempo a cambiar razones de vida. Cada uno contó sus artimañas para escapar del hambre y seguir a la incógnita del día siguiente. Les fue creciendo la confianza de quienes poco arriesgan y todo tienen por ganar, sin proponérselo sintieron que una corriente de simpatía los dominaba.

—Esto se va a ir al santo carajo —dijo mil veces Antonio el de Extremadura, muletilla que marcaba su desconfianza—. Me arrastré por planicies onduladas, oteros, montes bajos, tierras de labor, pinares, caminos donde topé una roñosa cristiandad, todos contra todos en una vida que es martirio. Les medí la intención sin que me embrollaran en pasos de justicia, de los que me salvé no por cumplido, sino por bellaco. Para arrimar el bocado aprendí a contrariar preceptos, más me tentó lo torcido si insistían con rigores, la disciplina puede ser justa pero no llena las tripas.

Habían llegado a una casa de putas que les encomiaron por discreta y guardada, aunque más de uno la conocía. El olor a coño en ofrecimiento lo siente el hombre a varias leguas, como los machos de la jauría olfatean a la hembra en celo, razonó el de Ávila. Con aquellos pensamientos por bártulo se plantaron ante la dueña, doña Remigia, mujer de voluntad sin regreso, que conocía su negocio como pocas. Pidieron algo de vino y se acodaron a observar el sitio. Esperaban lo peor, pero fue como si los convocara la suerte. La estancia comenzó a llenarse de hombres deseosos de perder la angustia que les obsequiaba la intemperie. Refugio buscaban en la casa de una matrona de buena ley, con sus putas despiojadas, retoque en los rostros, llenos de color los labios, blanqueados los pechos y faldones a media alza, para que mejor apreciaran la oferta.

—Desenfadadas en el hacer y discretas en el decir, como corresponde a señoras de mancebía —recitó doña Remigia, saco de sentencias ganadas en una vida larga. A su tono sermonero tendrían que acostumbrarse, a los círculos que dibujaba con las manos y un movimiento lento entre las mesas.— Dar placer y engordar la bolsa es oficio de cuidado. Educamos a unos, mantenemos cumplidos y reposados a los otros. Si estamos en falta ante el rigor de los cielos, no para su infinita misericordia. El Creador concede un escape a la maldad metida en la sangre de los hombres, por alguna parte deben desfogar y le pareció más conveniente de la cintura abajo. En cuanto a nosotras, les recuerdo que Dios escribe recto con renglones torcidos, habrá que descifrar los Evangelios, en la cuenta de todas las cuentas nos librará de cargos. Fue aviso que una puta, María Magdalena, ganara sitio entre seres de nombradía.  


*Fragmento tomado de Cubaliteraria.

Narrador y periodista , es uno de los más prestigiosos ensayistas cubanos. Con sus libros ha obtenido en cuatro ocasiones el Premio de la Crítica. Particularmente relevantes son sus novelas, testimonio y ensayos. Siempre la muerte, su paso breve (Mención de novela en el Premio Casa de las Américas 1968) constituye una de las más sólidas y significativas novelas de la década del 60 por su apertura al diálogo estructural con la novela continental.  Ha colaborado en las revistas Unión, La Gaceta de Cuba, Bohemia, Revolución y Cultura. Textos suyos han ganado los Premios Casa de las Américas, Italo Calvino de Novela, el Juan Rulfo de Cuento, cuatro veces el Premio Nacional de la Crítica Literaria, una el Premio Nacional de Periodismo. Textos suyos han sido traducidos al alemán, inglés, francés, italiano, polaco.  Dirigió la Página Cultural del periódico Revolución. Fundador, como redactor-jefe, de la revista Revolución y Cultura. Editor en las editoriales cubanas Unión y Ciencias Sociales. Durante 11 años fue director de la Cinemateca de Cuba. Es miembro de la UNEAC, Sección de Literatura. Ostenta la Distinción por la Cultura Nacional. Entre sus textos más relevantes se cuentan: Miel sobre hojuelas (cuentos), 1964; Siempre la muerte, su paso breve (novela), Primera Mención del Premio Casa de las Américas, La Habana, 1968; La fiesta de los tiburones (relato testimonial), 1978; Contradanzas y latigazos (ensayo histórico), Premio Nacional de la Crítica Literaria 1983; Lezama Lima, el ingenuo culpable (ensayos), Premio Nacional de la Crítica Literaria 1988; Llorar es un placer (ensayo), Premio Nacional de la Crítica Literaria 1989; Al cielo sometidos (novela), Premio Italo Calvino, Premio Nacional de la Crítica Literaria 2001 y Premio de la Academia Cubana de la Lengua, 2005; Cine cubano, ese ojo que nos ve (ensayos). Es Premio Nacional de Literatura y desde marzo de 2005 es miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
IE-Firefox, 800x600