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Banderas y estandartes. Clamores
y bandas de música… Cuatro mil
burgueses vestidos de dril
blanco, avanzando con ritmo
lento, desembocaban por la calle
de Colón y pasaban ante el
edificio macizo de la Henry Clay
Co. —donde eran explotados
algunos centenares de obreros
tabacaleros cubanos— para
desfilar en cortejo delirante
bajo los balcones del Palacio y
rendir homenaje al General
Gerardo Machado y Morales,
presidente constitucional de la
República de Cuba… ¡Viva
Machado! ¡El hombre que el
pueblo necesitaba! ¡El salvador
del país! Hacía apenas un año
que había tomado posesión del
poder, y ya se estaba
proyectando la erección de su
estatua. Era presidente de honor
del club más “aristocrático” de
La Habana. Tenía corte mundana
en el Yacht Club. Y, siendo casi
analfabeto, había sido
proclamado “doctor honoris
causa” de la Escuela de Derecho,
por unos cuantos jurisconsultos
ávidos de prebendas… también
"honoris causa". Machado era un
hijo que enorgullecía a sus
padres. Allá en Camagüey, los
viejos podían llenarse la boca
hablando de "m'hijo presidente".
Pronto les llegaría la hora de
ser explotados por aquel vástago
aprovechado, porque la mitología
del "buen hijo” suele
impresionar a muchas almas
cándidas... El padre murió a
tiempo para que Machado pudiese
exhibir un dolor espectacular, y
declarara, con la mano alzada
sobre la tumba fresca:
— iJuro por los restos de mi
padre, que jamás aceptaré que se
me reelija!
Pero como los negocios de
Machado requerían su presencia
en los Estados Unidos, el
presidente asiste en New York a
un banquete ofrecido por los
financieros de Down Town. Y como
le es necesario tomar la
palabra, afirma que “gobierna
con mano de hierro" y que,
gracias a él, “las revoluciones
han terminado para siempre en
Cuba". Y confiesa que tiene el
proyecto de continuar en el
poder, al terminar su período
presidencial, mediante una
prórroga de mandato o una
reelección.
A lo cual responde Thomas W.
Lamont representante de la Casa
Morgan:
“—Poco importan los medios. Lo
único que deseamos es que tan
buen administrador permanezca
largo tiempo en el poder".
Brindis. Champagne. ¡Hurrah!
¡Mister Macheido!...
El presidente regresa a Cuba. Su
compinche Carlos Miguel de
Céspedes, Secretario de Obras
Públicas, le ha construido una
pasarela histórica, de madera
tallada, que habrá de conducirlo
desde el puente del vapor hasta
la puerta del palacio
presidencial. Banderas y
estandartes. Clamores y bandas
de música. ¡Sigue la fiesta!
Cuatro mil burgueses vestidos de
dril blanco. Ocho mil… "Las
fuerzas vivas”… “Las
corporaciones económicas"… Los
niños de las escuelas
municipales, agitando palmas de
Domingo de Ramos... Los
empleados públicos movilizados
por sus jefes… ¡El Unión
Club!... ¡Oh tú, Machado!...
Mientras los cortejos desfilan
interminablemente, el jefe de
Estado asiste a una exhibición
de otra índole en los íntimos
salones palaciegos. ¡Exhibición
menos monótona, en verdad! Hay
un “pundonoroso caballero” que
viene a ofrecerle su esposa, a
cambio de una “misión en el
extranjero". Un “cumplido
funcionario” que exalta los
atractivos de su hija
adolescente. Una “señora
respetable” que tiene la ventaja
de poder brindar simultáneamente
las tres niñas de sus entrañas a
la paternal codicia del señor
presidente. Y el mismo desfile
se invierte: para emplear un
lenguaje más directo, las
mujeres deciden venir por su
cuenta. Al menos la mercancía
está a la vista. Con solo
alargar una mano y dictar un
nombramiento para el amante
esposo, o crear una simple plaza
de "agente confidencial” a favor
de la interesada, el presidente
puede palpar materia cabal. Y si
cansa demasiado pronto, ahí
están sus fieles ayudantes—, el
teniente L. o el teniente R.
—para saborear los restos del
banquete. Machete (ya el pueblo
comienza a designarlo por este
nombre) se compra un yacht.
Organiza unas "pesquerías”
fabulosas que toda La Habana
comenta en voz baja. Pesquerías
en que nacen condecoraciones,
misiones, nombramientos, y
enviados especiales a Europa
para estudiar el cultivo del
arroz o la posible importación
de vacas de Jersey a Cuba…
mientras, aquellas señoras se
bañaban desnudas en las
ensenadas, a la luz de la luna,
bajo la complacida mirada del
presidente cuyo rostro, cubierto
de erupciones y manchas
sospechosas, recuerda las
fotografías astronómicas que
muestran los cráteres de la
luna. “¿Qué hora es?”, pregunta
de pronto el Primer Magistrado.
"¡La que usted quiera,
General!", responde uno de los
favoritos… Y a la mañana
siguiente, Monseñor Ruiz,
Arzobispo de La Habana,
terminará un sermón pronunciado
en la Catedral de La Habana con
estas palabras:
—Hijos míos... Dios en el cielo
y Machado en la tierra.
Está claro que cuando un señor
arzobispo, en plena catedral,
bajo la cúpula de un púlpito
jesuítico le hace a uno émulo de
Dios, es necesario justificar la
imagen de alguna manera. Ya no
bastaban las banderas y
estandartes, ni los homenajes de
las corporaciones económicas, ni
los títulos de "doctor honoris
causa". Era necesario demostrar
que se estaba a la altura de las
circunstancias. Había que tomar
la palabra. Pero esto no era
obstáculo. Ya Machado tenía sus
discursos preparados. El primero
estaba dedicado a los
“intelectuales":
"Yo sé que me falta la
preparación necesaria. No soy
sino un simple patriota. Carezco
de cultura. Pero cada día
estudio. Leo. Me instruyo. etc.,
etc.… ".
(Y como un eco los aparatos de
radio anunciaban cada día:
—El General Machado se ha
levantado a las cuatro de la
madrugada, para leer las
Tragedias de Esquilo.
—El General Machado está
meditando los discursos de
Cicerón
—El General Machado está
estudiando a Maquiavelo
—El Maquiavelo le había sido
prestado sin duda, por Orestes
Ferrara, eminencia gris de
aquella corte sin precedente).
Y Machado decía a los obreros:
“Soy el primer obrero de la
República. Vengan a someterme
sus problemas. Yo quiero a los
obreros... Cuba está en una
situación floreciente. Solo los
vagos y los jugadores no
encuentran trabajo en esta
isla…”.
Pero durante un viaje efectuado
por Machado poco después de
pronunciado este discurso
paternal, los obreros adornaron
las estaciones en que debía
detenerse el tren del
presidente, con unas banderas en
que se leían inscripciones de
este género:
"MACHADO, LOS VAGOS Y LOS
JUGADORES TE SALUDAN."
Y el texto era subrayado por un
friso de esqueletos, que
representaba a los centenares de
hombres sin trabajo que podían
hallarse en cualquier pueblo
azucarero cubano.
Mientras las manifestaciones
desfilaban ante el Palacio y
Machado gobernaba desde su
yacht-gineceo, el proletariado
cubano vivía una de las eras más
trágicas de su historia. Era
cierto que la crisis mundial
había mermado de modo ruinoso el
comercio azucarero, situación
agravada por la competencia
librada por los remolacheros
yankis. Era cierto que los
tiempos eran inclementes para un
país monoproductor. Pero era
cierto también que Machado no
había tomado medida alguna para
defender los intereses del
campesino y del obrero cubanos.
Los centrales azucareros
americanos seguían importando
braceros de Jamaica y Haití
—negros de hábitos
primitivísimos, carentes de las
necesidades más elementales, y
que consentían en trabajar en
los campos en las casas de
calderas por unos jornales que
apenas bastaban al obrero cubano
para comer malamente una vez al
día. Y en los pocos ingenios
que les abrían sus puertas, el
“guajiro” tenía que resignarse a
ser pagado en vales
canjeables por mercancías
—operación inicua que hacía
regresar el jornal a manos de
los patronos, por conducto del
almacén de víveres de la empresa
explotadora.
Ante semejante situación, el
campesino criollo, descendiente
de español, de negro o de
isleño, prefería permanecer con
los brazos cruzados en su
vivienda de hoja de palma,
mascullando rencores que
hallaban forma concreta en una
canción cuyas palabras resumen
toda la tragedia azucarera de
Cuba:
Yo no tumbo caña,
Que la tumbe el viento,
O que la tumben las mujeres,
Con su moví miento.
Pero el obrero, el trabajador de
las ciudades, menos fatalista,
dotado de una noción de
justicia, imprecisa todavía
aunque capaz de llevarlo ya a
una acción violenta, intentaba
promover huelgas, movimientos de
protesta, manifestaciones,
contra la explotación que era
propiciada en todos los sectores
—agrícolas o industriales— por
el propio Machado, sostén,
aliado o accionista, cuando no
propietario, de clan empresas
capitalistas... En aquellos
días, también aparecieron
cortejos por la calle Colón,
llevando banderas y estandartes.
Se oyeron clamores. Pero el Jefe
de Estado no exhibió su
rubicunda faz en el balcón mayor
del Palacio. ¡Aquellos clamores
eran desagradables! Las banderas
y estandartes ostentaban
inscripciones que hablaban de
hambre, miseria,
reivindicaciones, y otras
cosas propias de "vagos y
jugadores”… Las manifestaciones
fueron disueltas a planazos de
machete. Y Machado, conociendo
uno de esos instantes de
inspiración en que nacen las
ideas geniales, declaró:
“Soy el primer obrero de la
República. Y por lo mismo no
toleraré que los honrados y
laboriosos obreros cubanos sean
engañados por unos cuantos
agitadores comunistas,
extranjeros, en su mayor parte…
¡Perseguiré sin piedad a los
comunistas!...”
Por primera vez la palabra
comunismo había sido pronunciada
por el presidente. Término
terrible, a cuyo conjuro
comenzaron a prepararse celdas
de excepción en las prisiones y
se abrieron las puertas de las
mazmorras militares, mientras
los tiburones del Morro se
restregaban jubilosamente las
aletas y ejercitaban sus triples
dentaduras, en espera de las
víctimas que no tardarían en
caer, a media noche, desde las
troneras de las fortalezas, con
el lomo agujereado a
bayonetazos. Por lo pronto todos
los gremios obreros fueron
disueltos, al propio tiempo que
se decretaba la clausura de la
Universidad Popular y de los
centros sindicales. Todo enemigo
político del presidente, todo
oposicionista, todo obrero que
protestara contra una baja de
jornales, era perseguido, preso
y fichado. Centenares y
centenares de comunistas
desfilaban cada semana por las
oficinas de examen
antropométrico de la policía
judicial. ¡Monsieur Bertillon
tenía que vérselas con la III
Internacional entera! La
construcción del Presidio Modelo
de la Isla de Pinos fue
apresurada, porque ya no cabían
comunistas en las
cárceles y castillos de La
Habana.
Machado se complacía ya en oírse
llamar Dictador. La
reforma de la constitución,
prometida en el famoso banquete
de Wall Street, era un hecho.
Prorrogado su período
presidencial, pensaba hacerse
reelegir —a pesar del juramento
teatral pronunciado sobre los
huesos de su padre… Y como
algunos periodistas y escritores
imprudentes se habían permitido
publicar, por aquellos días,
algunos comentarios,
desagradables contra otros
tiranos de América y contra
Mussolini. Machado creyó
oportuno cortar drásticamente
toda la propaganda de esta
índole, declarando:
"Los pueblos más civilizados de
la época actual han comprendido
que el único gobierno posible es
el de uno solo. Por ello
florece la dictadura en todo el
mundo. No quiero más campañas
antiimperialistas. iYo soy
imperialista!”
Sobre esta rotunda frase, se
inició en Cuba la era del
terror. Era tan rica en
episodios horribles que, a menos
de escribir un volumen entero,
sólo pueden citarse los
principales. Asesinato de
Armando André, periodista
cubano, porque había denunciado
en su periódico el escandaloso
negocio realizado por Machado
con una compañía de contratistas
en quiebra, cuyas acciones
fueron adquiridas por el
presidente, en vísperas de que
la adjudicación oficial de los
trabajos de la carretera
central multiplicara
vertiginosamente el valor de
dichas acciones. Asesinato de
los 57 trabajadores canarios,
falsamente acusados de haber
secuestrado a un rico
propietario. Clausura de la
Universidad, que se había vuelto
un foco de agitación
oposicionista. Asesinato de
Claudio Brouzon, obrero cuyo
brazo derecho, fue hallado en el
vientre de un tiburón, tres días
después de haber sido arrestado
por la policía en la puerta de
su casa. Asesinato de Alfredo
López, arrojado al mar con un
lingote de plomo atado al
cuello. Tortura y asesinato del
obrero chino Wong. Muerte de
Alfredo Rodríguez "el
españolito", ahorcado con un
trozo de alambre, en plena calle
de Santiago. Asesinatos
cotidianos, tan numerosos que ya
se hace imposible enumerarlos
cronológicamente. Y, en 1929,
asesinato de Julio Antonio
Mella, uno de los dirigentes más
puros que haya producido la
juventud cubana.
Con Rubén Martínez Villena —hoy
retirado en un sanatorio del
Cáucaso—, Julio Antonio Mella
representó en Cuba el tipo del
leader comunista surgido de la
Universidad. El caso merece que
nos detengamos en considerarlo.
En América, desde la época de
las guerras de independencia, la
Universidad ha ejercido siempre
una influencia sobre los
movimientos revolucionarios.
Lejos de ser un centro de
exaltación "aristocrática” de la
cultura, ha tenido sorprendente
virtud de poner las clases
burguesas y pequeño-burguesas en
contacto con el proletariado. Y
digo "sorprendente virtud", por
lo mismo que sobran razones para
desconfiar de esas clases. El
contacto suele ser efímero, y
lleno de decepciones para la
masa que ha confiado en sus
resultados. Pero en Cuba, al
menos, el hecho se ha verificado
con asombrosa constancia. Para
mencionar un antecedente
histórico, debe citarse el de
Juan Pablo Lafargue, yerno de
Marx, y teórico valioso del
marxismo, hijo de una mulata de
Santiago, que se evadió de una
clase pequeño-burguesa para
consagrarse totalmente a una
lucha bastante ajena a su
filiación… A partir de 1922 las
relaciones entre la Universidad
de La Habana y las agrupaciones
obreras se estrecharon
considerablemente, gracias a
Rubén Martínez Villena y a Julio
Antonio Mella, animadores de la
Universidad Popular, y primeros
divulgadores conscientes de una
ideología de la que solo se
tenían, entonces, nociones harto
imprecisas. Después de ser
encarcelado varias veces por
Machado, Mella sostuvo una
heroica huelga del hambre, hasta
obtener que se le desterrara. Y
como en México prosiguió una
campaña encarnizada contra la
tiranía machadista, el dictador
lo hizo asesinar en plena calle,
por dos agentes provocadores,
cómplices del Embajador de Cuba,
Fernández Mascaró. A pesar de
que el asesinato intentó
disfrazarse de crimen pasional,
pocos días después la Embajada
de Cuba en México era apedreada
por los estudiantes. Y por la
misma fecha, centenares de
carteles fueron pegados en los
muros de París, denunciando el
último hecho de guerra del
"criminal sin fronteras".
La represión iba cobrando
proporciones mitológicas. Ya los
asesinatos aislados perdían
importancia, ante las matanzas
colectivas. Los obreros eran
exterminados por grupos.
Familias enteras quedaban
diezmadas. Arsenio Ortiz,
gobernador militar de Santiago,
(a quien Machado, en
agradecimiento de sus servicios,
nombraría más tarde Jefe de
Operaciones contra los
insurrectos de Camagüey), hizo
más de cuarenta víctimas en
menos de un mes. Los estudiantes
muertos se contaban por decenas.
En la Cabaña, en el Castillo de
Atarés, en la fortaleza del
Príncipe, en el Presidio Modelo,
la "ley de fuga” (sin intento de
fuga por supuesto) era de uso
corriente. Para "hacer hablar” a
los presos se habían inventado
numerosos suplicios, en que la
baqueta y la bayoneta acabaron
por parecer ineficientes. Se
aplicó el "tortol", se
atravesaron agajas en las partes
más sensibles del individuo, se
inventó un sistema de
extrangulación por etapas… sin
mencionar los fieles tiburones,
aliados de Machado, que se
encargaban de suprimir
limpiamente a los “comunistas",
y más ahora que el Dictador
había firmado un decreto
prohibiendo la pesca de
escualos, por temor de que se
hallaran demasiados restos
humanos en sus vientres
(sic).
— ¡Moléstame a Fulano!,
recomendaba el presidente a
alguno de sus jefes de presidio,
cuando creía posible arrancar
algunos informes a la víctima.
Y los alaridos del “molestado”
no tardaban en cundir por la
prisión sembrando el miedo en
las galeras de presos políticos.
El terrorismo fue una
consecuencia lógica de los
métodos de represión machadista.
Cuando Alpízar, joven leader
universitario, cayó abatido a
balazos por un detective, las
bombas comenzaron a explotar en
todos los barrios de La Habana.
Una asociación secreta, el A. B.
C. con ramificaciones en todas
las clases sociales de Cuba,
empezó a actuar directamente
contra la policía y los
defensores de la tiranía
machadista. Asociación integiada
por células de diez individuos,
multiplicables hasta el
infinito, y casi sin contacto
las unas con las otras. Los
miembros del A. B. C. se
transmitían órdenes por medio de
una clave que la policía cubana
no pudo descifrar jamás, y
publicaban mensualmente un
boletín —Denuncia— en que
se ofrecían las señas y
filiación de las personas que
debían ser matadas en días
próximos. Las ejecuciones se
verificaban implacablemente. El
emplazado moría acribillado por
millares de perdigones, tirados
con escopetas de cañón
recortado. El procedimiento era
de una eficiencia absoluta, ya
que la perforación de una sola
bala no siempre suele ser
mortal, mientras que una
descarga de plomos menudos, dada
en el tórax o en el vientre,
resulta siempre expedita. De
este modo fue muerto el Capitán
Calvo, jefe de los “expertos” de
La Habana. Así perecieron
policías, detectives, agentes
confidenciales, y espías
machadistas. Y así también,
Clemente Vázquez Bello,
Presidente del Senado,
ametrallado en plena ciudad, al
pie del Hotel Nacional. Antes de
matarlo, los terroristas habían
cavado una mina debajo del
panteón de familia de los
Vázquez Bello, colocando en ella
setenta kilogramos de dinamita.
Esa carga estaba destinada a
explotar cuando todos los
miembros del gobierno, con
Machado a la cabeza, se
encontraran congregados sobre la
tumba, escuchando la oración
fúnebre, grandilocuente y
protocolar. Pero el Presidente
del Senado fue enterrado en
Santa Clara, por voluntad de sus
familiares, y solo algunos días
después se hallaron casualmente,
los alambres que debían hacer
funcionar la máquina infernal.
Los atentados contra Machado se
multiplicaban. Pero cada vez el
dictador escapaba a la muerte,
con una suerte que solo podría
compararse con la de Leguía o
Estrada Cabrera. El día en que
el presidente no se bañaba, una
bomba explotaba en su baño. El
día en que los terroristas lo
esperaban frente a la casa de su
querida, el presiden te no
acudía a la cita… Comprendiendo
la inutilidad total de
proclamarse "el primer obrero de
la República", Machado reducía
gradualmente el círculo de sus
confidentes. Fuera de los Jefes
Militares, del General Herrera,
de Pepito Izquierdo, del gran
canalla, rector de la
Universidad Averhoff, solo un
hombre era capaz de infundirle
valor y hallar justificaciones
sutiles para los peores
asesinatos: Orestes Ferrara.
Condotiero italiano, aventurero
de la guerra hispano-americana,
ex embajador de Cuba en
Washington y ahora Secretario de
Gobernación, este personaje
dúctil y artero, inteligente
culto, comentador de Maquiavelo,
defensor de los Estados Unidos y
de sus derechos de
intervención en la
Farsa-Conferencia Pan-Americana
del año 27, era para Machado el
más perfecto paño de lágrimas.
En él encontraba el bruto
encumbrado, el cuatrero
presidente, el pobre imbécil
megalómano y sanguinario, al
intelectuar, al "hombre que
sabía", al dialéctico ingenioso,
habituado a sacar de "aquellos
libros que había leído" unas
razones, capaces de aligerar las
conciencias más taradas.
Una frase de Ferrara merece ser
recordada. Demuestra, de manera
elocuente, cuáles han sido las
condiciones en que ha tenido que
luchar el proletariado cubano,
durante la era machadista. El 26
de febrero de 1927, Mr. William
Green, presidente de la American
Federation of Labor, escribió a
Orestes Ferrara —entonces
Embajador en Washington—,
presentando “ciertas demandas,
informaciones y hechos,
juntamente con los nombres de
muchas personas que habían sido
asesinadas debido a su filiación
gremial y a sus actividades en
favor de las legítimas
organizaciones obreras a que
pertenecían"… La respuesta del
Embajador napolitano resultó una
verdadera obra maestra.
Comenzaba por hablar de los
obreros americanos citados en la
lista: "Thomas Grant fue
indiscutiblemente asesinado. No
se sabe por quién: pero existe
una cosa segura. Si no lo
hubieran asesinado, él habría
cometido algún asesinato, sin
duda alguna… Varona fue
asesinado también, pero por
diferencias personales nacidas
al calor de la lucha intestina
del obrerismo". Y terminaba con
este párrafo contundente y
definitivo: “En cuanto a los
demás nombres que usted cita
esos NO SON MÁS QUE ESPAÑOLES”.
(!!!).
Orestes Ferrara consolaba a
Machado. Y Machado lo cubría de
oro. Pero las situaciones más
placenteras no suelen
prolongarse mucho tiempo. El
período terrorista abecedario
había cumplido su misión. El
pánico reinaba en La Habana.
Faltaba ahora la verdadera
revolución, la revolución de la
masa, la acción conjunta del
proletariado. Ya años antes,
recluido en la cárcel del
Príncipe, un leader obrero,
vaticinaba:
—El día que decretemos la huelga
general, como debe decretarse,
Machado caerá.
No obstante, era necesario que
esa huelga general no sirviera
de instrumento a algún falso
caudillo —Menocal o Mendieta—,
deseoso de suplantar a Machado,
para acabar cometiendo los
mismos errores e idénticos
atropellos. El pueblo de Cuba no
tiene nada que esperar de los
políticos profesionales. Lo
sabe. Tiene ya conciencia de
problemas más hondos que
aquellos, puramente
superficiales, que se resuelven
con la elección brillante de un
honesto general de la Guerra de
Independencia, o de algún
Doctor de ideas liberales o
conservadoras. Claro está, por
otra parte, que el proletariado
cubano se da cuenta de que le es
muy difícil actuar
definitivamente en un sentido
revolucionario absoluto,
viviendo en un país que se halla
a seis horas de las costas
norteamericanas, y no ignora que
el verdadero trabajo debe
realizarse allá.
Pero esta vez decretó la caída
de Machado. Bastó el breve lapso
de restablecimiento de las
garantías constitucionales,
exigido por el Embajador Welles,
para que el proletariado cubano
se organizara, y sus distintas
agrupaciones se sumaran al paro
general. El epílogo de ese
movimiento es sobradamente
conocido, para los que lo
recordemos en este articulo.
—¡La Historia juzgará mi obra!,
lloriqueaba en Nasslau, el
General Machado!
El General pensaba en la
Historia Universal, porque es
megalómano de nacimiento. Pero
la historia en su caso, se
reduce a la de Cuba. Y si esta
puede tener algún día
trascendencia universal, será
para demostrar una vez más, que
sólo el proletariado tiene, en
su propia mano, el arma de las
revoluciones. Que tiene los
medios de librarse por sí mismo.
Y que todo movimiento que no
emane del proletariado, no
responderá nunca a los anhelos
profundos de justicia que mueven
las masas hacia una finalidad
concreta.
* Publicado en la revista
Octubre; Madrid
(septiembre-octubre), 1933
Notas:
[1] Al
escribir estas líneas me
asalta el temor de que el
lector pueda creerlas
exageradas por un prurito de
deformación literaria.
Aquellos que han vivido en
La Habana por los años de
1926 a 1929, podrán
decirosque es bien pálida
ante la realidad, esta
evocación de una era de
desvergüenza y prostitución
colectiva.
[2] En 1927 éramos 92 presos
en una sala común de la
cárcel de La Habana, en que
solo cabían normalmente 40
hombres.
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