Pocos minutos después comenzó el más
violento ataque que presenciaron los
integrantes de la Antonio Maceo
durante toda la invasión contra un
monte vacío de rebeldes.
Bombardearon, ametrallaron y
morterearon. Los que subieron a los
árboles, vieron el movimiento de los
soldados durante el cerco al pobre
monte. Se oyeron voces de
—¡Ríndanse
que están rodeados! ¡Camilo está
prisionero, ríndanse! Esto último lo
gritaban porque uno de los
exploradores —Albi Ochoa— llevaba un
sombrero tejano igual que el de
Camilo y el “chivato” Edilio
Sanabria lo confundió con este.
El resultado de aquel “fiero y
singular” ataque fue lo que obligó a
los insurrectos comerse la yegua
cruda. Tanta era el hambre que, cada
cual por su cuenta, sin que nadie lo
ordenara, fue saciando su deseo,
masticando y tragando la carne cruda
del equino. Por suerte, era
abundante y una parte se reservó
para el día siguiente.
Ya de noche abandonaron el lugar
conocido por Cayo Toro. Sirvieron de
semiprácticos los dos obreros de la
arrocera, quienes no conocían bien
la zona. Salieron a la casa de unos
carboneros. Entraron y comprobaron
que no había nadie, encontramos un
poco de sal que sirvió para que la
vanguardia asara algo de la carne de
yegua. En el camino, antes de llegar
a esa casa, encontraron una siembra
que les pareció de melones, pero
resultó que era de calabazas, las
que asaron con la carne.
Aún sentían el traqueteo de las
ametralladoras del “valiente”
combate contra el monte deshabitado.
Los casquitos no se atrevían a
adentrarse en él. Cuando se abandonó
la casa, Camilo ordenó que se
dejaran diez pesos, para reponer lo
tomado para cocinar. Por regla
general, en estos casos y el de los
familiares que brindaban algo a los
insurrectos, que no querían cobrar,
cuando se veía que eran personas muy
pobres, la norma era darle dinero,
no en forma de pago, sino
diciéndoles que lo aceptaran como
una ayuda del Ejército Rebelde.
CHE: “Septiembre 25.- Descansamos
todo el día y la noche en un monte
en la finca Los Güines. El Ejército
y la Marina han estado bombardeando
con tiro de cañón los lugares en que
suponen que estamos acampados.”
Una de las razones de mantenerse
tanto tiempo en dicho lugar fue la
localización de un práctico, pero la
más importante fue el descanso, el
jefe invasor estaba consciente de lo
necesario que era para sus hombres.
Ese día no ocurrió nada
trascendental y comieron poco.
SEPTIEMBRE 26: Pasada la media
noche, la Antonio Maceo reinició la
marcha y dieron con el bohío de unos
carboneros, a quienes pidieron
ayuda. Estos creyeron que eran
bandidos. Cuando les dijeron que
tenían que seguir con ellos, uno se
puso nervioso y se echó a llorar, de
tal forma, que lejos de dar pena,
daba risa. El hombre decía:
—¡Pregúntele
a mi mamá, que yo soy bueno!—,
y otras boberías. Camilo, muerto de
risa, comenzó a consolarlo, a
explicarle quiénes eran, pero fue
inútil, hubo que dejar a ese llorón,
dejarlo no implicaba mayor riesgo.
Sabían que él no nos denunciaría;
pues con la columna iban un hermano
y dos tíos suyos: José Chamorro,
Raúl Núñez y Nieves Rodríguez.
En la mañana acamparon en la finca
Santamaría. Aquí, el jefe se volvió
a reunir con los oficiales y les
dijo que era extraño no haber topado
con el enemigo, por que él deducía
que estaban preparándole una
encerrona, por lo que había que
estar muy alerta. Y al fin pudieron
asar el resto de la yegua. Por
cierto, ya despedía el olorcito
característico, de la
descomposición, pero eso no era
obstáculo para el hambre tan grande
de los invasores. La vanguardia se
había adelantado hasta la casa del
mayoral, donde prepararon cordero,
arroz y plátano sancochado, aunque
no muy abundante. En esta casa se
pagó todo y bien caro, fue el único
lugar donde cobraron.
Hablaron con el mayoral para que los
guiara, pero este alegó no conocer
por esos rumbos, estaba claro que no
quiso colaborar. Este servidor de
los intereses de su patrón, era el
ejemplo de la imagen que dimos de
ellos, cuando hablamos del coronel
Arcadio Peláez. Sin embargo, los
anteriores con los que contactaron
las dos columnas su comportamiento
fueron bueno. No obstante, indicó
dónde encontrar a un viejo, quien
podía servirles de práctico. Se le
advirtió lo que pudiera sucederle si
los denunciaba, jurando por toda su
familia y todos los santos que no lo
haría.
Con las indicaciones del nada
solidario y carero mayoral,
reiniciaron la marcha, cruzando la
línea estrecha de los trenes del
central Baraguá. Camilo decidió
acampar y esperar el amanecer para
localizar al presunto viejo que los
podía guiar. En estos trajines
finalizó la noche del 26 de
septiembre.
CHE: “Septiembre 26.- Por la mañana
no aparece el práctico y
permanecemos acampados. No hemos
comido nada hoy. Alguien tumba una
palma y comemos palmito. Es dulzón.”
Con la escapada de José Miguel y su
familia era imposible obtener
víveres y carne. El palmito fue lo
único que encontraron. Pero sucedió
que hasta las cercanías del bohío
abandonado llegó un auto y es
detenido por las postas rebeldes. En
él venía, además del chofer, Alberto
Pérez, quien se dedicaba a hacer
carbón y regresaba a recoger su
caballo. Transportaba los víveres
comprados en la ciudad de Florida y
para hacer el viaje alquiló la
máquina.
Los capturados explicaron las
razones del porqué llegaron hasta
allí, y que no vieron militares por
la carretera. En medio de la
conversación, la exploración enviada
a la casa del fugado campesino,
reportó que en la misma había medio
quintal de arroz y más nada. El
carbonero ofreció sus víveres: 75
libras de arroz, 20 de frijoles y 40
de gofio, 30 latas de leche
condensada, algunas especies y
varias pastillas de jabón. Cuando se
le fue a pagar, no aceptó. Además
estuvo de acuerdo en prestarle el
caballo al comandante. Che le dijo
que era por un par de días.
Con lo conseguido, se pudo comer
algo. El jefe invasor consciente de
que no debe permanecer más tiempo en
aquel lugar, pues a esa altura el
enemigo conocería que los rebeldes
estaban allí, se decidió partir
utilizando nuevamente la brújula,
pues no apareció el práctico. Antes
de salir dejaron en libertad a los
dos detenidos, agradeciendo al
carbonero su gesto.
Luego de cruzar el pequeño río Mala
Fortuna, varios arroyuelos, potreros
fangosos, vencer unas dos leguas y
pasada la media noche del 26 de
septiembre, deciden vivaquear en
la finca Las Tranca, zona de San
Felipe.
LA GRAN DECISIÓN (I): SEPTIEMBRE 27:
Con los albores del amanecer la No.
2 la Antonio Maceo se percataron que
estaban en otro reducido guanal, y a
la orilla de una vereda para a pie y
animales, en los terrenos de la
extensa finca Asiento de Baraguá.
Una escuadra de la vanguardia fue en
busca del viejo, llamado Fernando de
Oro, una persona mayor de 40 años,
aunque representaba mucho más, pues
la dura vida, el fuerte trabajo y
las limitaciones de todo tipo hacía
que los campesinos avejentaran
prematuramente. Como norma, entre
las primeras preguntas que se les
hacía a los presuntos guías, estaba,
¿cómo conseguir comida? La finca era
ganadera y no fue difícil obtener
dos reses, que asadas en horas del
mediodía, aplacaron el hambre de los
invasores.
Después de estar de acuerdo de
guiarlos, el campesino dijo a
Camilo, que para seguir la ruta que
llevaban, había que pasar por el
puente del río Itabo. El comandante
preguntó en qué lugar quedaba.
Fernando dijo que para llegar a él,
era necesario pasar bastante cerca
del batey del central Baraguá, donde
había una fuerte guarnición militar.
A otra pregunta de si no existía
otro sitio por donde cruzar, su
respuesta fue negativa, agregó que
debido a las lluvias era obligatorio
utilizar ese cruce para poder salir
de la zona en que estábamos, pues el
río estaba desbordado y no daba
paso, a no ser por ese puente.