Año VIII
La Habana
2009

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 CRÓNICAS DE LA REVOLUCIÓN 
CAMILO Y CHE (XLI)
William Gálvez • La Habana
 

Pocos minutos después comenzó el más violento ataque que presenciaron los integrantes de la Antonio Maceo durante toda la invasión contra un monte vacío de rebeldes. Bombardearon, ametrallaron y morterearon. Los que subieron a los árboles, vieron el movimiento de los soldados durante el cerco al pobre monte. Se oyeron voces de ¡Ríndanse que están rodeados! ¡Camilo está prisionero, ríndanse! Esto último lo gritaban porque uno de los exploradores —Albi Ochoa— llevaba un sombrero tejano igual que el de Camilo y el “chivato” Edilio Sanabria lo confundió con este.
 

El resultado de aquel “fiero y singular” ataque fue lo que obligó a los insurrectos comerse la yegua cruda. Tanta era el hambre que, cada cual por su cuenta, sin que nadie lo ordenara, fue saciando su deseo, masticando y tragando la carne cruda del equino. Por suerte, era abundante y una parte se reservó para el día siguiente.
 

Ya de noche abandonaron el lugar conocido por Cayo Toro. Sirvieron de semiprácticos los dos obreros de la arrocera, quienes no conocían bien la zona. Salieron a la casa de unos carboneros. Entraron y comprobaron que no había nadie, encontramos un poco de sal que sirvió para que la vanguardia asara algo de la carne de yegua. En el camino, antes de llegar a esa casa, encontraron una siembra que les pareció de melones, pero resultó que era de calabazas, las que asaron con la carne.
 

Aún sentían el traqueteo de las ametralladoras del “valiente” combate contra el monte deshabitado. Los casquitos no se atrevían a adentrarse en él. Cuando se abandonó la casa, Camilo ordenó que se dejaran diez pesos, para reponer lo tomado para cocinar. Por regla general, en estos casos y el de los familiares que brindaban algo a los insurrectos, que no querían cobrar, cuando se veía que eran personas muy pobres, la norma era darle dinero, no en forma de pago, sino diciéndoles que lo aceptaran como una ayuda del Ejército Rebelde.

 

CHE: “Septiembre 25.- Descansamos todo el día y la noche en un monte en la finca Los Güines. El Ejército y la Marina han estado bombardeando con tiro de cañón los lugares en que suponen que estamos acampados.”


Una de las razones de mantenerse tanto tiempo en dicho lugar fue la localización de un práctico, pero la más importante fue el descanso, el jefe invasor estaba consciente de lo necesario que era para sus hombres. Ese día no ocurrió nada trascendental y comieron poco.

 

SEPTIEMBRE 26: Pasada la media noche, la Antonio Maceo reinició la marcha y dieron con el bohío de unos carboneros, a quienes pidieron ayuda. Estos creyeron que eran bandidos. Cuando les dijeron que tenían que seguir con ellos, uno se puso nervioso y se echó a llorar, de tal forma, que lejos de dar pena, daba risa. El hombre decía: ¡Pregúntele a mi mamá, que yo soy bueno!, y otras boberías. Camilo, muerto de risa, comenzó a consolarlo, a explicarle quiénes eran, pero fue inútil, hubo que dejar a ese llorón, dejarlo no implicaba mayor riesgo. Sabían que él no nos denunciaría; pues con la columna iban un hermano y dos tíos suyos: José Chamorro, Raúl Núñez y Nieves Rodríguez.
 

En la mañana acamparon en la finca Santamaría. Aquí, el jefe se volvió a reunir con los oficiales y les dijo que era extraño no haber topado con el enemigo, por que él deducía que estaban preparándole una encerrona, por lo que había que estar muy alerta. Y al fin pudieron asar el resto de la yegua. Por cierto, ya despedía el olorcito característico, de la descomposición, pero eso no era obstáculo para el hambre tan grande de los invasores. La vanguardia se había adelantado hasta la casa del mayoral, donde prepararon cordero, arroz y plátano sancochado, aunque no muy abundante. En esta casa se pagó todo y bien caro, fue el único lugar donde cobraron.
 

Hablaron con el mayoral para que los guiara, pero este alegó no conocer por esos rumbos, estaba claro que no quiso colaborar. Este servidor de los intereses de su patrón, era el ejemplo de la imagen que dimos de ellos, cuando hablamos del coronel Arcadio Peláez. Sin embargo, los anteriores con los que contactaron las dos columnas su comportamiento fueron bueno. No obstante, indicó dónde encontrar a un viejo, quien podía servirles de práctico. Se le advirtió lo que pudiera sucederle si los denunciaba, jurando por toda su familia y todos los santos que no lo haría.
 

Con las indicaciones del nada solidario y carero mayoral, reiniciaron la marcha, cruzando la línea estrecha de los trenes del central Baraguá. Camilo decidió acampar y esperar el amanecer para localizar al presunto viejo que los podía guiar. En estos trajines finalizó la noche del 26 de septiembre.

 

CHE: “Septiembre 26.- Por la mañana no aparece el práctico y permanecemos acampados. No hemos comido nada hoy. Alguien tumba una palma y comemos palmito. Es dulzón.”
 

Con la escapada de José Miguel y su familia era imposible obtener víveres y carne. El palmito fue lo único que encontraron. Pero sucedió que hasta las cercanías del bohío abandonado llegó un auto y es detenido por las postas rebeldes. En él venía, además del chofer, Alberto Pérez, quien se dedicaba a hacer carbón y regresaba a recoger su caballo. Transportaba los víveres comprados en la ciudad de Florida y para hacer el viaje alquiló la máquina.
 

Los capturados explicaron las razones del porqué llegaron hasta allí, y que no vieron militares por la carretera. En medio de la conversación, la exploración enviada a la casa del fugado campesino, reportó que en la misma había medio quintal de arroz y más nada. El carbonero ofreció sus víveres: 75 libras de arroz, 20 de frijoles y 40 de gofio, 30 latas de leche condensada, algunas especies y varias pastillas de jabón. Cuando se le fue a pagar, no aceptó. Además estuvo de acuerdo en prestarle el caballo al comandante. Che le dijo que era por un par de días.
 

Con lo conseguido, se pudo comer algo. El jefe invasor consciente de que no debe permanecer más tiempo en aquel lugar, pues a esa altura el enemigo conocería que los rebeldes estaban allí, se decidió partir utilizando nuevamente la brújula, pues no apareció el práctico. Antes de salir dejaron en libertad a los dos detenidos, agradeciendo al carbonero su gesto.
 

Luego de cruzar el pequeño río Mala Fortuna, varios arroyuelos, potreros fangosos, vencer unas dos leguas y pasada la media noche del 26 de septiembre, deciden vivaquear en la finca Las Tranca, zona de San Felipe.

 

LA GRAN DECISIÓN (I): SEPTIEMBRE 27: Con los albores del amanecer la No. 2 la Antonio Maceo se percataron que estaban en otro reducido guanal, y a la orilla de una vereda para a pie y animales, en los terrenos de la extensa finca Asiento de Baraguá. Una escuadra de la vanguardia fue en busca del viejo, llamado Fernando de Oro, una persona mayor de 40 años, aunque representaba mucho más, pues la dura vida, el fuerte trabajo y las limitaciones de todo tipo hacía que los campesinos avejentaran prematuramente. Como norma, entre las primeras preguntas que se les hacía a los presuntos guías, estaba, ¿cómo conseguir comida? La finca era ganadera y no fue difícil obtener dos reses, que asadas en horas del mediodía, aplacaron el hambre de los invasores.
 

Después de estar de acuerdo de guiarlos, el campesino dijo a Camilo, que para seguir la ruta que llevaban, había que pasar por el puente del río Itabo. El comandante preguntó en qué lugar quedaba. Fernando dijo que para llegar a él, era necesario pasar bastante cerca del batey del central Baraguá, donde había una fuerte guarnición militar. A otra pregunta de si no existía otro sitio por donde cruzar, su respuesta fue negativa, agregó que debido a las lluvias era obligatorio utilizar ese cruce para poder salir de la zona en que estábamos, pues el río estaba desbordado y no daba paso, a no ser por ese puente.


CONTINUARÁ
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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