Año VIII
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Crónica urgente para celebrar a/con Teresita

Víctor Casaus • La Habana
Fotos: Cortesía del Centro Pablo

 

Las hermanitas y los hermanitos de La Jiribilla que hacen con puntualidad formidable y calidad creciente esa revista digital de la cultura cubana –la más completa y atractiva, sin dudas– me enviaron un cuestionario rápido a propósito del Premio Nacional de Música otorgado a Teresita Fernández para incluirlo en el dossier que pondrán en línea el fin de semana próximo.

Antes de contestarlo con esta crónica urgente, les llevamos a la sede de la Jiri varios materiales gráficos, documentales y sonoros que testimonian en síntesis ese acontecimiento hermoso y perdurable para la gente del Centro Pablo que ha sido el encuentro recíproco y amoroso entre la trovadora querida y los sueños que hemos animado durante más de diez años en el patio de la calle Muralla.

Nos alegra mucho que ese pequeño dossier de Teresita en el Centro Pablo pueda llegar –gracias a La Jiribilla– a las pantallas, las manos, los ojos de muchos admiradores de la trovadora, de la nueva trova y de la cultura cubana en diversos sitios del mundo, además de encontrar nuevamente a muchos integrantes de las cuatro generaciones de cubanas y cubanos que han/hemos crecido (en más de un sentido) con las canciones de esta cronista de la belleza y la sensibilidad que inscribió en sus banderas, desde siempre, su declaración de principios (personal e histórica a la vez): “pobre, nómada y libre”.

Esos materiales que documentan la presencia de Teresita en las tardes de A guitarra limpia junto a muchos trovadores que son, quién lo duda, sus compañeros de oficio, como les llama Silvio, pero además, en este caso, resultan también hijos pobres, nómadas y libres de esa maestra que canta enseñando, que ha enseñado viviendo, desde la humildad y la dignidad personal, los reclamos de su tiempo y entregando amor e inteligencia en sus canciones inolvidables.

En esas canciones de los dos discos grabados y producidos en el Centro Pablo (No puede haber soledad y Teresita canta a Martí); en la tierna dedicatoria que acompañó la  temprana y justa entrega de su Premio Pablo en el año 2000; en las fotos que la incorporan nuevamente, desde la memoria de estos años, a los momentos que compartió con trovadoras y trovadores  su palabra aguda y su canción transparente, incluyendo las que hizo para niñas y niños; en ese recorrido, urgente como esta crónica que hoy muestra la Jiribilla, está el regalo mayor que Teresita ha hecho a los trovadictos que en el mundo somos, a los creadores de todas las generaciones y tendencias que han poblado, como ella, junto a ella, a guitarra limpia, las tardes habaneras en esta última década.

Por todas esas razones –y otras muchas que no caben en una crónica, ya sea urgente o no– nos fuimos después, ayer mismo, con María y Maricel, a la casa de Teresita, a felicitarla por el Premio recibido, a compartir esa forma de amor que nos reúne y nos hace mejores, pero sobre todo a escucharle sus fabulaciones de ayer y de hoy, sus preocupaciones de mañana, sus visiones de Nuestra América, sus relatos nómadas, sus historias libres que tanto nos siguen enseñando.

De ese encuentro querible salen también las breves respuestas para el cuestionario urgente de La Jiribilla, con las que también terminará esta crónica para celebrar con Teresita su nuevo premio y su vida generosa.

¿Qué significa para la cultura de nuestro país el nombre de Teresita Fernández?

Uno de esos altos, ejemplares momentos en que la sensibilidad encuentra su lenguaje y su destino. Una vida ejemplar, de entrega generosa y transparencia constante, en la que no caben cartabones ni cortapisas. Un encuentro de la sabiduría popular y las herencias de los clásicos, incluidas por supuestos las enseñanzas y propuestas de su fe y su cultura cristianas, que repasa intensamente en estos tiempos. Una manera de ser cubana, cristiana, revolucionaria, latinoamericanista que rechaza las etiquetas, los convencionalismos y las retóricas. Un acto de amor sostenido que se hizo canción.

¿Cómo describiría a esta “Maestra que canta”, como ella misma se hace llamar?

Pobre, nómada y libre. Tres condiciones de nuestro entorno histórico y de nuestra auténtica espiritualidad insular, proyectadas hacia el mundo en que nuestro país ha estado y está presente de diversas maneras.

Además: locuaz, aguda, inteligente (“tengo 134 de coeficiente, me dijeron, hace tiempo, en un test”), sensible, auténtica (“no ortodoxa”, nos ratificó anoche mismo con una sonrisa), soñadora, cavilante, amante de la belleza, practicante cotidiana de la humildad (que tanta falta hace, también, entre nosotros).

¿Qué anécdotas de esta trovadora, maestra y mujer podría contar?

Muchas más de la que cabrían en un cuestionario urgente, salidas a veces del momento en que ocurrieron o escuchadas en el patio de Muralla o en la sala de su casa (que no es lo mismo pero es igual), entre buchitos interminables de café y bocanadas de su tabaco: ese mismo que un ignorante televisivo censuró alguna vez, aplicando el podercillo de la circunstancia.

De todas las posibles me gusta recordar aquellas historias suyas en las que brilla, nómada y libre, su dignidad personal, que es la de muchos. Cuando la echaron de un lugar nocturno donde repartía sus canciones para beneficiar a alguna favorita del gerente, pero sobre todo cuando renació siempre, guitarra limpia en mano, en un parque de la capital o entre los pobres de México, Venezuela o cualquiera de los sitios donde ha llevado su canción para enseñar y para aprender.

¿Cuáles son los aportes del quehacer de Teresita en el ámbito artístico y cultural cubano?

Calidad. Comunicación. Poesía. Belleza. Dignidad. Compromiso. Humildad. ¿A qué más?
 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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