Año VIII
La Habana

26 de  DICIEMBRE
de 2009
al 1ro de ENERO de 2010
 

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Galileo Galilei visita La Colmenita

Rubén Darío Salazar • La Habana

Fotos: Kaloian y La Jiribilla

 

Para el mal de amores/ o alguna otra pena/ no lo pienses mucho/ ven a mi colmena.(Fragmento de la canción “Somos la colmena”, de Silvio Rodríguez)

La Colmenita, compañía emblemática de Cuba especializada en teatro infantil, es heredera de las agrupaciones con niños surgidas en nuestro país por los años 30 del siglo XX. La tropa de Carlos Alberto (Tim) Cremata —graduado en la especialidad de Dirección escénica del Instituto Superior de Arte de La Habana, y único alumno de la maestra, actriz y directora Bertha Martínez, Premio Nacional de Teatro— se desmarca de aquellos conjuntos, al poseer objetivos sociales y culturales encaminados no solo a las representaciones teatrales, sino a la formación de valores humanos, a  la unidad de las diversidades, al crecimiento personal de cada uno de sus integrantes, sean infantes o adultos. Esos objetivos, entre otros, conforman las premisas esenciales de La Colmenita en su decisión de contribuir a  crear un mundo mejor, optimista, lleno de esperanzas, siempre desde el teatro como bálsamo beneficioso y salvador.

El universo de la infancia le robó por completo el corazón a Tim. Desde entonces, los espectáculos producidos por su compañía son reconocidos como un fenómeno de alcance multitudinario, que une arte y ternura, aliento vivificante y compromiso con el hombre futuro. Una agrupación que ofrece espacios de participación activa a niños y adolescentes en el marco de una sociedad transformadora y transformable.

En el recuerdo quedaron producciones teatrales para jóvenes como Aura, Bululú y medio —recientemente reestrenado con niños y adolescentes— o Los balcones de Madrid, homenajes a lo mejor del drama y la literatura iberoamericanos. Meñique, Ricitos de oro y los tres ositos, La cucarachita Martina, Fábula de un país de cera, Ajiaco de sueños y La Cenicienta según los Beatles, están entre los memorables montajes con niños de la compañía, ya próxima a cumplir sus primeros 20 años. Todas estas puestas, poseedoras de un carácter interdisciplinario, han sido apreciadas y valoradas no solo  dentro del mapa nacional, sino también allende los mares.

El suceso teatral que constituyó La Cenicienta según los Beatles, su penúltimo estreno, no solo a nivel  de público, sino también entre los especialistas del teatro y otras artes, colocaron el listón muy alto para el inquieto hijo de la maestra Iraida Malberti, Abeja Reina de La Colmenita, y cómplice de cuanto bueno allí se hace. Voluntad, capacidad y  consagración al arte, rigen en este espectáculo los destinos del cuarteto de ratoncitos amantes de la música, que en La Cenicienta… se  imbrican al conocido cuento del francés Perrault. Con guiños certeros a los presupuestos del teatro brechtiano y a lo mejor del  teatro musical, La Colmenita tiende un puente entre la evocación de los temas clásicos de un grupo que revolucionó la historia sonora de la pasada centuria, y el afán edificante que se pronuncia contra  los malos comportamientos, la necedad y la superficialidad que mina el mundo de hoy.

Por esos derroteros se enrumba también la nueva obra del laborioso panal. Las conocidas canciones del cuarteto de Liverpool ceden paso a la creación lírica y sugerente de Silvio Rodríguez. Se retoma un texto representado por la agrupación sobre la escena íntima del Teatro Nacional de Guiñol, en los comienzos de la década del 90.

¿Qué podría hacer La Colmenita con en esta nueva vuelta sobre la pieza Humanoides, del dramaturgo ruso Alexander Jmelik, casi 18 años después? Los rostros de los actores de aquellos tiempos y en especial el de la hermosa niña Susy Ramírez giraban en mi mente, con una mezcla de nostalgia y curiosidad. Por mucho que Cremata me hablara con aguda fruición del nuevo montaje no alcanzaba yo a intuir lo que sobrevendría y me alegro, pues mi entrada como espectador a Y sin embargo se mueve (...desde Silvio Rodríguez), fue en estado virgen, como un niño más que viene a descubrir lo que los magos y duendes del teatro le proponen.

Pocas veces en estos tiempos de la aldea global se logra disfrutar un espectáculo desde la emoción, con la utilización de los recursos dramáticos encaminados no solo a reflexionar, sino también a hacernos sentir vivos e identificados no solo con los mejores valores de las artes escénicas sino de la cultura toda. Fue ese mi preámbulo para emprender el viaje imaginario a que me convidó La Colmenita.

Lo primero que atrapa es el ambiente conseguido por los alumnos de la Academia de Artes Plásticas de San Alejandro, comandados por Inés Garrido. Artefactos y aparatos de juego en perpetuo movimiento, construidos bajo el influjo de la magia y la creatividad sin límites, situados por doquier, en la sala y el escenario. Son objetos reinventados con deshechos y materiales de reciclaje que consiguen una presencia fuerte y atractiva sobre las tablas. Aluden a una noria, un tiovivo, un columpio, una bicicleta voladora, todo apuntala la mente desbordada del niño Lapatún, un pequeñín que llega tarde al examen porque ha visto un platillo volador.

La dirección artística de Tim Cremata, "guía de ánimas", apuesta por un movimiento escénico limpio y concentrado. Las acciones dramáticas permiten al público disfrutar de los diálogos y los enfrentamientos de los personajes, apreciar la intensidad del conflicto dramático, recibir las hermosas imágenes de conjunto como si estuviéramos en la propia escena. Todos los niños están colocados en gradas, a semejanza de una sala de justicia o de una tribuna inquisitorial. Luego el mismo espacio se convertirá en macroplaza, en plataforma para cantar lo que el alma no puede ya retener. Sabia decisión del director de escena, la de dejarnos frente a frente con las expresiones y los sentimientos de los niños y actores adultos, que nos rocían de vez en vez con inspiradas interpretaciones musicales de temas dificilísimos de Silvio Rodríguez, elegidos por Cremata con tanta precisión e inteligencia, que tal parecen haber sido compuestos especialmente para esta representación. Debo dedicar un aparte para Amaury Ramírez "corazón de los músicos" y su sensible tropa. Cuerdas, vientos, percusión y teclados son el colchón justísimo de la atmósfera que se consigue en Y sin embargo..., sin estar presentes los músicos de forma protagónica, sino al fondo, apoyan las escenas en el minuto exacto, con un sonido limpio, que se le agradece tanto a instrumentistas como a Janet Rodríguez del Sol desde la técnica. Otro que se descubre como un alquimista de la iluminación es Reinier Rodríguez, su diseño para este espectáculo es también de las ganancias artísticas que logra el equipo de realización.

Verdad, mentira, doble moral, frustraciones, amor, intolerancia, dogmatismo, transparencia y fidelidad, en extenso abanico de sentimientos y actitudes, son defendidos poderosamente por el elenco actoral. Desde el encanto y organicidad de Olito Tamayo  en el papel de Lapatum a la ingenuidad y delicadeza de Carolina Fernández como María, la revelación como actriz de la que hace gala Ingrid Lobaina en su Shafín, inolvidable en varios momentos, por su decir y su limpia cadena de acciones dramáticas, sin olvidar la clase teatral que regala Yanín Penalba en su rol de directora, dejando ver a todos su reciedumbre como intérprete y la paleta de matices que sabe alcanzar. Mucho más se puede decir con justicia del resto del elenco. Todos trabajan de común acuerdo para que el resultado final sea este montaje tan especial que nadie puede mirar o recibir de manera impasible, porque sencillamente no se puede. Una vez que todo se inicia, las soluciones teatrales, el sentido conceptual y ético de lo que se dice se convierte en una sacudida del cerebro y el corazón.

Y sin embargo se mueve es el mejor resultado de Carlos Alberto Cremata —seguramente por ser el último—  al frente de su familia-compañía. Lo que nos proponen supera con creces cualquier falla técnica o disenso estético. Realizar un espectáculo tan conmovedor, que apuesta por aquellos que no se conforman con la normalidad de la existencia y deciden hacer posible lo imposible es sinónimo de fiesta, de luz interior, de espíritu sublime. Debo decir que asistí a una función llena de niños y no de adolescentes, para quienes fue concebida esta propuesta; pero la reacción fue impresionante, todos atentos, en perfecta comunión con sus padres, cada quien percibiendo el espectáculo por su lado y a la vez en conjunto, lo que hecha por tierra alguna clasificación para este montaje de público por edad. Uno sale del teatro con deseos de fundar y ser mejor, removido por los temas de Silvio y las miradas brillantes de los pequeños. Orgullosos de contar en la Isla con un grupo como este, capaz de alcanzar el sol y ofrecérnoslo como si fuera un caramelo gigante. Un regalo que nos hace más responsables, menos inconscientes y definitivamente comprometidos con el destino del género humano. Quien nos toma en la despedida de la mano no es un adulto, sino un comino. No nos dice Y sin embargo se mueve de manera tácita, sino que guiña un ojo y repite: —No sé, no sé, no sé… Mientras todos sabemos, sentimos, que Galileo Galilei en miniatura anda desde todos los tiempos de visita en La Colmenita.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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