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Para el
mal de amores/ o alguna
otra pena/ no lo pienses
mucho/ ven a mi
colmena.(Fragmento de la
canción “Somos la
colmena”, de Silvio
Rodríguez)
La
Colmenita, compañía
emblemática de Cuba
especializada en teatro
infantil, es heredera de
las agrupaciones con
niños surgidas en
nuestro país por los
años 30 del siglo XX. La
tropa de Carlos Alberto
(Tim) Cremata —graduado
en la especialidad de
Dirección escénica del
Instituto Superior de
Arte de La Habana, y
único alumno de la
maestra, actriz y
directora Bertha
Martínez, Premio
Nacional de Teatro— se
desmarca de aquellos
conjuntos, al poseer
objetivos sociales y
culturales encaminados
no solo a las
representaciones
teatrales, sino a la
formación de valores
humanos, a la unidad de
las diversidades, al
crecimiento personal de
cada uno de sus
integrantes, sean
infantes o adultos. Esos
objetivos, entre otros,
conforman las premisas
esenciales de La
Colmenita en su decisión
de contribuir a crear
un mundo mejor,
optimista, lleno de
esperanzas, siempre
desde el teatro como
bálsamo beneficioso y
salvador.
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El
universo de la infancia
le robó por completo el
corazón a Tim. Desde
entonces, los
espectáculos producidos
por su compañía son
reconocidos como un
fenómeno de alcance
multitudinario, que une
arte y ternura, aliento
vivificante y compromiso
con el hombre futuro.
Una agrupación que
ofrece espacios de
participación activa a
niños y adolescentes en
el marco de una sociedad
transformadora y
transformable.
En el
recuerdo quedaron
producciones teatrales
para jóvenes como
Aura, Bululú y
medio —recientemente
reestrenado con niños y
adolescentes— o Los
balcones de Madrid,
homenajes a lo mejor del
drama y la literatura
iberoamericanos.
Meñique, Ricitos
de oro y los tres ositos,
La cucarachita
Martina, Fábula
de un país de cera,
Ajiaco de sueños
y La Cenicienta
según los Beatles,
están entre los
memorables montajes con
niños de la compañía, ya
próxima a cumplir sus
primeros 20 años. Todas
estas puestas,
poseedoras de un
carácter
interdisciplinario, han
sido apreciadas y
valoradas no solo
dentro del mapa
nacional, sino también
allende los mares.
El
suceso teatral que
constituyó La
Cenicienta según los
Beatles, su
penúltimo estreno, no
solo a nivel de
público, sino también
entre los especialistas
del teatro y otras
artes, colocaron el
listón muy alto para el
inquieto hijo de la
maestra Iraida Malberti,
Abeja Reina de La
Colmenita, y cómplice de
cuanto bueno allí se
hace. Voluntad,
capacidad y
consagración al arte,
rigen en este
espectáculo los destinos
del cuarteto de
ratoncitos amantes de la
música, que en La
Cenicienta… se
imbrican al conocido
cuento del francés
Perrault. Con guiños
certeros a los
presupuestos del teatro
brechtiano y a lo mejor
del teatro musical, La
Colmenita tiende un
puente entre la
evocación de los temas
clásicos de un grupo que
revolucionó la historia
sonora de la pasada
centuria, y el afán
edificante que se
pronuncia contra los
malos comportamientos,
la necedad y la
superficialidad que mina
el mundo de hoy.
Por esos
derroteros se enrumba
también la nueva obra
del laborioso panal. Las
conocidas canciones del
cuarteto de Liverpool
ceden paso a la creación
lírica y sugerente de
Silvio Rodríguez. Se
retoma un texto
representado por la
agrupación sobre la
escena íntima del Teatro
Nacional de Guiñol, en
los comienzos de la
década del 90.
¿Qué
podría hacer La
Colmenita con en esta
nueva vuelta sobre la
pieza Humanoides, del
dramaturgo ruso
Alexander Jmelik, casi
18 años después? Los
rostros de los actores
de aquellos tiempos y en
especial el de la
hermosa niña Susy
Ramírez giraban en mi
mente, con una mezcla de
nostalgia y curiosidad.
Por mucho que Cremata me
hablara con aguda
fruición del nuevo
montaje no alcanzaba yo
a intuir lo que
sobrevendría y me
alegro, pues mi entrada
como espectador a Y
sin embargo se mueve
(...desde Silvio
Rodríguez), fue en
estado virgen, como un
niño más que viene a
descubrir lo que los
magos y duendes del
teatro le proponen.
Pocas
veces en estos tiempos
de la aldea global se
logra disfrutar un
espectáculo desde la
emoción, con la
utilización de los
recursos dramáticos
encaminados no solo a
reflexionar, sino
también a hacernos
sentir vivos e
identificados no solo
con los mejores valores
de las artes escénicas
sino de la cultura toda.
Fue ese mi preámbulo
para emprender el viaje
imaginario a que me
convidó La Colmenita.
Lo
primero que atrapa es el
ambiente conseguido por
los alumnos de la
Academia de Artes
Plásticas de San
Alejandro, comandados
por Inés Garrido.
Artefactos y aparatos de
juego en perpetuo
movimiento, construidos
bajo el influjo de la
magia y la creatividad
sin límites, situados
por doquier, en la sala
y el escenario. Son
objetos reinventados con
deshechos y materiales
de reciclaje que
consiguen una presencia
fuerte y atractiva sobre
las tablas. Aluden a una
noria, un tiovivo, un
columpio, una bicicleta
voladora, todo apuntala
la mente desbordada del
niño Lapatún, un
pequeñín que llega tarde
al examen porque ha
visto un platillo
volador.
La
dirección artística de
Tim Cremata, "guía de
ánimas", apuesta por un
movimiento escénico
limpio y concentrado.
Las acciones dramáticas
permiten al público
disfrutar de los
diálogos y los
enfrentamientos de los
personajes, apreciar la
intensidad del conflicto
dramático, recibir las
hermosas imágenes de
conjunto como si
estuviéramos en la
propia escena. Todos los
niños están colocados en
gradas, a semejanza de
una sala de justicia o
de una tribuna
inquisitorial. Luego el
mismo espacio se
convertirá en macroplaza,
en plataforma para
cantar lo que el alma no
puede ya retener. Sabia
decisión del director de
escena, la de dejarnos
frente a frente con las
expresiones y los
sentimientos de los
niños y actores adultos,
que nos rocían de vez en
vez con inspiradas
interpretaciones
musicales de temas
dificilísimos de Silvio
Rodríguez, elegidos por
Cremata con tanta
precisión e
inteligencia, que tal
parecen haber sido
compuestos especialmente
para esta
representación. Debo
dedicar un aparte para
Amaury Ramírez "corazón
de los músicos" y su
sensible tropa. Cuerdas,
vientos, percusión y
teclados son el colchón
justísimo de la
atmósfera que se
consigue en Y sin
embargo..., sin
estar presentes los
músicos de forma
protagónica, sino al
fondo, apoyan las
escenas en el minuto
exacto, con un sonido
limpio, que se le
agradece tanto a
instrumentistas como a
Janet Rodríguez del Sol
desde la técnica. Otro
que se descubre como un
alquimista de la
iluminación es Reinier
Rodríguez, su diseño
para este espectáculo es
también de las ganancias
artísticas que logra el
equipo de realización.
Verdad,
mentira, doble moral,
frustraciones, amor,
intolerancia,
dogmatismo,
transparencia y
fidelidad, en extenso
abanico de sentimientos
y actitudes, son
defendidos poderosamente
por el elenco actoral.
Desde el encanto y
organicidad de Olito
Tamayo en el papel de
Lapatum a la ingenuidad
y delicadeza de Carolina
Fernández como María, la
revelación como actriz
de la que hace gala
Ingrid Lobaina en su
Shafín, inolvidable en
varios momentos, por su
decir y su limpia cadena
de acciones dramáticas,
sin olvidar la clase
teatral que regala Yanín
Penalba en su rol de
directora, dejando ver a
todos su reciedumbre
como intérprete y la
paleta de matices que
sabe alcanzar. Mucho más
se puede decir con
justicia del resto del
elenco. Todos trabajan
de común acuerdo para
que el resultado final
sea este montaje tan
especial que nadie puede
mirar o recibir de
manera impasible, porque
sencillamente no se
puede. Una vez que todo
se inicia, las
soluciones teatrales, el
sentido conceptual y
ético de lo que se dice
se convierte en una
sacudida del cerebro y
el corazón.
Y sin
embargo se mueve
es el mejor resultado de
Carlos Alberto Cremata
—seguramente por ser el
último— al frente de su
familia-compañía. Lo que
nos proponen supera con
creces cualquier falla
técnica o disenso
estético. Realizar un
espectáculo tan
conmovedor, que apuesta
por aquellos que no se
conforman con la
normalidad de la
existencia y deciden
hacer posible lo
imposible es sinónimo de
fiesta, de luz interior,
de espíritu sublime.
Debo decir que asistí a
una función llena de
niños y no de
adolescentes, para
quienes fue concebida
esta propuesta; pero la
reacción fue
impresionante, todos
atentos, en perfecta
comunión con sus padres,
cada quien percibiendo
el espectáculo por su
lado y a la vez en
conjunto, lo que hecha
por tierra alguna
clasificación para este
montaje de público por
edad. Uno sale del
teatro con deseos de
fundar y ser mejor,
removido por los temas
de Silvio y las miradas
brillantes de los
pequeños. Orgullosos de
contar en la Isla con un
grupo como este, capaz
de alcanzar el sol y
ofrecérnoslo como si
fuera un caramelo
gigante. Un regalo que
nos hace más
responsables, menos
inconscientes y
definitivamente
comprometidos con el
destino del género
humano. Quien nos toma
en la despedida de la
mano no es un adulto,
sino un comino. No nos
dice Y sin embargo se
mueve de manera
tácita, sino que guiña
un ojo y repite: —No sé,
no sé, no sé… Mientras
todos sabemos, sentimos,
que Galileo Galilei en
miniatura anda desde
todos los tiempos de
visita en La Colmenita. |