|
En el terreno de la
creación artística
emitir opiniones
conclusivas sobre
escalas de valores y
jerarquías es siempre un
acto muy arriesgado,
sobre todo cuando quien
suscribe un juicio de
valor y el objeto del
enjuiciamiento habitan
un mismo tiempo
geográfico e histórico.
Decir que alguien es el
mejor escritor vivo de
un país o de un género,
o que está entre los
autores más destacados
de una literatura
nacional tampoco ilustra
lo suficiente, puesto
que en tales parcelas
siempre se encuentran
presencias que no lo
merecen confundidas con
otras que tienen
limpiamente acreditado
su lugar, y el dinamismo
de la vida hace surgir
con celeridad nuevos
nombres y obras que muy
pronto reclaman sitio.
Y, además, como escribió
Lezama en El juego de
las decapitaciones,
es la muerte quien mejor
define los estilos y,
agrego yo, los perfiles.
Es posible que el mejor
camino para (re)conocer
la valía de un artista
sin entrar en
comparaciones engañosas,
sea hablar sobre su obra
y propiciar que él mismo
se exprese acerca de sus
motivaciones, sus
intereses y su labor de
creación.
Gina Picart comenzó a
escribir muy temprano y
a publicar relativamente
tarde, y digo esto
porque ya es casi norma
en nuestro país irrumpir
muy pronto en la vida
editorial. Si publicar
tarde tuviera
consecuencias, para
Picart habrían sido el
desfase generacional, ya
que no publicó con su
generación, la de los
80, sino una década más
tarde y entre los
novísimos, sin serlo,
pero lo cierto es que en
su caso y por las
características de su
trabajo no pertenece a
ningún grupo
generacional. Quizá esa
circunstancia haya
tenido mucho que ver en
el silencio y cierta
especie de olvido que
rodearon a su primer
libro, La poza del
ángel, colección de
relatos que comenzó a
escribir a principios de
los 80 y fue publicada
por la editorial UNIÓN
en su primera colección
Pinos Nuevos, cuatro
años después de haber
ganado ese libro el
último David de ciencia
ficción. Luego hubo un
período de siete años
ágrafos, donde Picart se
dedicó a investigar y no
escribió nada, y ella
misma creyó que su
carrera literaria había
terminado.
Con la publicación de
El druida en 2000,
comenzó para esta
escritora una especie de
segundo aire en la
carrera, y a partir de
ese momento ya no se
detuvo. Hoy cuenta con
ocho títulos publicados,
entre ellos una novela
breve y un Premio Luis
Rogelio Nogueras de
Ensayo. El último de sus
libros, Oil on canvas,
obtuvo el Premio Alejo
Carpentier de Cuento en
2007. No es una autora
de ciencia ficción ni
del género fantástico
aunque haya incursionado
en los dos; algunas de
sus obras tienen
elementos neogóticos,
oníricos, mucho de
historia, bastante de
género aunque con un
sello muy personal, como
muestra su libro de
relatos El reino de
la noche.
Ha sido calificada entre
los escritores raros
cubanos y pienso que es
el modo más inteligente
de ubicar una obra que
se define, en mi
opinión, por seis rasgos
fundamentales (aunque no
los únicos). Son ellos
el exotismo de los temas
de su elección, la
belleza y armonía de un
lenguaje que respira en
los ámbitos de la
expresión poética, el
interés por explorar la
condición humana en
situaciones límite, una
colocación del
pensamiento en el
terreno universal de las
ideas con predilección
por ciertos temas
esenciales de la
filosofía, el
virtuosismo que
despliega en la
caracterización
psicológica de sus
personajes y una
absoluta y apasionada
sinceridad en la
expresión de las
emociones. Gina Picart
está ahora en un momento
interesante de su
trabajo de creación,
porque ha hecho un
viraje del cuento hacia
la novela, con productos
cada vez más extensos.
Tú siempre habías sido
cuentista, solo tienes
publicada una novela,
Malevolgia, y muchas
personas piensan que es
más bien una noveleta,
pero ahora, de repente,
apareces con dos novelas
inéditas, y la última
tiene más de 400
cuartillas.
Eso les ha pasado a
muchos escritores. Van
migrando de un género al
otro lentamente, casi
sin darse cuenta. Pero
en mí no ha sido de
repente. El viaje del
pez oscuro tiene ya
como tres o cuatro años
de terminada, si no
recuerdo mal. La casa
del alibi es del año
pasado, la terminé en
septiembre de 2008. En
cuanto a Malevolgia,
es una novela breve. No
siempre se puede
clasificar una obra por
la cantidad física de
papel que emplea; hay
que tener en cuenta el
tono, el imaginario, la
evolución de los
personajes, el tempo
y otros muchos
aspectos. Hay que huir
de las preceptivas. No
digo que se deba
ignorarlas, porque eso
sería otra preceptiva y
otro dogma, pero hay que
saber cuándo es sano y
pertinente distanciarse
de ellas y ejercer el
criterio propio, la
mirada personal sobre
fenómenos y hechos.
¿Qué significa la
palabra “alibi”?
En inglés significa
“coartada”, pero yo tomé
el término de un ensayo
lezamiano sobre la
autoinmolación de Martí
y que, según Cintio
Vitier, Lezama tomó a su
vez de los Ejercicios
espirituales, de
Ignacio de Loyola, quien
parece haberlo tomado de
los místicos
judeo-árabes del
Medioevo español. Se
refiere a un estado
alterado de conciencia
en el que la mente
accede a la capacidad de
crear un hecho o una
situación que sustituyen
a la realidad… y de
replicarlo,
aumentándolo, hasta
posibilidades infinitas.
Es lo que hacen muchas
personas cuando de
inicio toman por real
algo que no es sino una
creación de su mente, se
instalan en el equívoco
y lo viven hasta un
final que, dadas las
circunstancias iniciales
de error, suele ser casi
siempre fatal, lo que no
le resta un ápice de
grandeza. Lezama
escribió textualmente,
refiriéndose a Martí:
“Él fue para nosotros el
único que logró entrar
en la casa del alibi. El
estado místico, el alibi,
donde la imaginación
puede engendrar el
sucedido y cada hecho se
transfigura en el espejo
de los enigmas”. Es, sin
duda, una palabra que
encierra grandes
misterios. Tuve otros
títulos y vacilé mucho,
pero cuando descubrí
esta palabra supe que mi
novela no podía llamarse
de otro modo, porque en
esa historia todo parte
de un equívoco
engendrado por el deseo
obsesivo de poseer
cierto objeto, obsesión
que termina por crear
otras realidades. Mi
novela es la
materialización de un
alibi.
¿Es La casa del alibi
una novela
autobiográfica?
Tiene elementos
autobiográficos, pero
también es el producto
de una considerable
mixtificación. Dos
personas me colaboraron
en su escritura. Hay
lugares que pude
describir gracias a la
información de estos
colaboradores. Algunos
personajes son reales,
mientras que otros
tienen elementos reales
y de ficción en iguales
proporciones. Pero todos
tienen algo mío, estoy
en todos ellos de alguna
manera, menos en dos,
que son amigos míos
entrañables y
personalidades muy
conocidas en Cuba.
Aparecen en la novela
como ellos mismos, sin
ficción. La génesis de
esta obra les debe
muchísimo. No quiero
extenderme ahora sobre
eso, pero algún día lo
haré.
Es una obra muy
ambiciosa donde
utilizaste casi todos
los géneros. Tiene de
novela histórica, de
novela sicológica,
testimonio, teatro,
cuento, periodismo,
poesía…
La estructura lo
demandaba así. Es muy
extensa y abarca muchas
facetas de la vida;
necesitaba esa variedad
de géneros para expresar
cosas muy diversas,
pero siempre vertebradas
a la trama central y al
espíritu de las
historias que narra.
Además, una vez que la
historia completa vino a
mí, vi que era como una
especie de Aleph, y no
podía renunciar a eso.
La multiplicidad de
dimensiones es una de
las cosas más difíciles
de lograr en la
literatura, pero si la
materia exige ser
labrada en esa forma, no
se puede volver la
espalda y salir huyendo.
No eres una escritora
muy propensa a usar
diálogos y tu narrativa
suele tener una
composición
convencional, casi
siempre lineal. ¿No te
preocupa no estar a la
altura de la osadía
experimental posmoderna?
La posmodernidad en
literatura es un
fenómeno mucho más
complejo que el uso de
formas experimentales.
No tengo nada definitivo
contra los diálogos. No
tengo nada contra ningún
recurso expresivo,
contra ninguna técnica,
pero siempre me cuido de
no emplear algo si no es
necesario. ¿Por qué
tengo que, por ejemplo,
complejizar el tiempo en
un texto retorciéndolo
mediante técnicas
sofisticadas si no es
necesario para el
desenvolvimiento de la
historia que estoy
contando? ¿Para que me
consideren una narradora
posmoderna? No me parece
válido. En cuanto a los
diálogos, hace muchos
años comenzó a
disgustarme su
estructura fuera del
discurso narrativo, sus
guiones, su puntuación….
Empezó a parecerme poco
natural todo eso, la
gente no habla así, con
guiones y plecas, con
esas pausas artificiales
de los diálogos
literarios. Creo que ese
rechazo me vino de
estudiar mucho a
Carpentier, a Dulce
María, a otros
escritores que prefieren
limitar su uso. Creo que
un escritor no debe
apoyarse tanto en los
diálogos y encomendarles
responsabilidades tan
pesadas como trasmitir
estados de ánimo y
reacciones de los
personajes, por ejemplo.
O usarlos para describir
cosas materiales. Eso
puede derivar en fórmula
facilista. Prefiero
trabajar todo eso desde
la narración, desde el
plano visual si es
posible, como en el
cine. Muy pocos
escritores consiguen
utilizar el diálogo de
una manera convincente
porque la norma del
lenguaje escrito difiere
enormemente de la del
lenguaje hablado, y por
eso abunda por ahí el
diálogo ampuloso o
envarado, poco natural,
encartonado, que lo hace
regurgitar a uno
mientras va leyendo.
Aprendí mucho sobre esto
durante los años en que
trabajé como guionista
de cine, radio y
televisión. Fue una
escuela que me ha
rendido nobles frutos.
En los últimos meses he
tenido que leer buena
cantidad de obras de
autores cubanos y estoy
sorprendida de lo mucho
que se apoyan en el
plano dialógico, casi en
absoluto detrimento de
todo lo demás. Algunos
de los libros que he
leído parecen guiones
malos para cine o
teatro, y los personajes
semejan cotorras a las
que se les ha hecho
comer demasiado perejil
y parlotean
enloquecidas. Esas
largas parrafadas,
generalmente sin ritmo y
planísimas, pueden
resultar extremadamente
antiestéticas.
Para hacer del diálogo
un estilo literario hay
que ser muy hábil. A
Carpentier le inspiraba
mucho recelo el diálogo
y hasta llegó a decir
que no sabía hacerlo,
cosa que no le creo.
Alejo siempre me ha
parecido un escritor
sumamente astuto.
Resulta que la vía menos
eficaz para transmitir
mensajes es precisamente
el oído. Las personas
escuchan mucho menos de
lo que ven. La imagen
carga muchísima más
información que la
palabra. La gente,
cuando hablas, te
observa, y a la par que
te escucha también va
leyendo el lenguaje de
tus gestos, tus miradas,
tu expresión, la pose
que adoptas. Todo eso es
mucho más sutil, y por
eso mismo mucho más
eficaz que lo que les
estás diciendo porque
tus palabras son aquello
con lo que tú los
quieres penetrar, son
una invasión y, además,
lineal, los receptores
tienen que procesarla;
pero lo que ellos leen
en ti les llega a través
de su hemisferio
cerebral derecho de
manera holística, es
decir, todo a la vez,
como un paquete de
información, y es una
adquisición que hacen
por sí mismos. La gente
confía más en eso por
instinto que en lo que
se les dice.
Con la imagen no tienen
que detenerse a
reflexionar, es
comunicación que se
recibe a nivel
subliminal y va
directamente a los
centros emocionales y
sensoriales, que son más
rápidos que los
auditivos. Esos
lenguajes, esos códigos
apuesto por darlos fuera
del diálogo o
confiriendo a este
estructuras diferentes
de las habituales.
Estas nuevas novelas
tuyas, ¿son también
gótico-fantásticas como
Malevolgia?
Malevolgia
es neogótica, pero no
fantástica. Todo lo que
ocurre en ella es muy
real, aunque no resulte
familiar para los
lectores cubanos porque
ya no tenemos, y acaso
nunca tuvimos, memoria
histórica de todo lo que
conforma —y puede
ocurrir en— una
verdadera feria de
diversiones. Creo que
nunca tuvimos una
auténtica feria de
diversiones; parques de
diversiones sí, pero no
una “feria”, que es un
fenómeno cultural de
otras latitudes). El
viaje del pez oscuro
y La casa del alibi
son novelas que colocan
en una dimensión
universal sucesos que,
en buena parte,
pertenecen al imaginario
y la realidad cubanos y
se desarrollan en Cuba,
o al menos El viaje…,
porque La casa…
tiene momentos cubanos,
pero la mayor parte de
la acción se desarrolla
en otros países. Y las
dos tienen tantos
momentos góticos como
puede tenerlos la vida
real. Las personas, en
número abrumadoramente
mayoritario, solo ven la
vida desde sus rutinas
cotidianas, en un solo
plano monocromo. Pero la
vida tiene mucha
riqueza, aun la del ser
más gris y adocenado
puede contener tesoros y
ángulos insospechados.
Creo que mucha
literatura cubana carece
de esa mirada atenta y
múltiple, de esa
capacidad de ver un
mismo fenómeno en planos
diversos. Yo diría que
le falta hondura,
comprensión profunda,
diversidad de enfoques,
de niveles de
intelección, de
pluralidad de
significados. Diría que
la mayoría de nuestros
escritores no pueden
disociarse de modelos
prefabricados y crean
imaginarios muy chatos
que se quedan en las
formas externas de
nuestra cultura e
idiosincrasia, en lo
meramente fenoménico.
Los matices parecen
constituir un universo
cerrado para ellos con
siete llaves y el Cid
con armadura
atrincherado ante la
puerta.
¿Y cuáles serían las
causas?
Yo no se las achacaría
ni al sistema ni a una
presunta censura
oficial, ni tampoco a la
tan socorrida
autocensura, sino más
bien a un deseo de
publicar rápido que es
como una sarna que
escuece
insoportablemente a no
pocos escritores y los
compulsa a lanzar sus
huevos al mundo sin
empollar. Y sobre todo,
a la enorme falla de no
pensar la vida, de no
reflexionar
suficientemente sobre la
vida. Hacerlo es el
único ejercicio que te
permite pasar, de
reflejar la cotidianidad
como si fueras solo un
espejo, a hurgar en el
confuso entramado de sus
vísceras. Si no piensas
la vida siempre estarás
muy lejos del velo que
oculta la maquinaria del
universo, y esa lejanía
no es algo que se pueda
permitir un artista. Por
eso, tantas historias
parecen de palo, tantos
diálogos suenan a
farfulleo o a griterío
barato, tantos
personajes parecen
muñequitos de recortería,
y se escriben tantos
libros que no dicen nada
y nunca nadie debería
leer. Me siento muy
frustrada, en realidad
me consume una rabia
sorda contra los libros
que no logran arrancarme
ni un estremecimiento,
ni un pensamiento:
considero que el autor
se ha robado el tiempo
que invertí en leerlo,
que me ha estafado, y no
se lo perdono.
¿Consideras que estamos
en un mal momento de la
literatura cubana?
Esos males no son
patrimonio de nuestra
literatura, están
presentes en todas
partes. Pienso que es un
mal momento para la
literatura en general,
no así para otras artes.
La literatura se ha
convertido, en
Occidente, en una
especie de acto de
magia. Las instituciones
fabrican escritores así,
con un soplo, como mismo
Pigmalión dio vida a
Galatea, con la
diferencia de que, según
la leyenda, Pigmalión
era un artista que podía
animar el mármol con el
aliento del verdadero
arte, y las
instituciones son
exactamente lo contrario
del arte porque son
corporaciones y la
creación es individual;
hay una diferencia
intrínseca de esencias.
A las corporaciones solo
les interesa el mercado
(no solo el monetario,
también el ideológico).
No es malo interesarse
en el mercado y tenerle
el ojo encima. Lo que
considero nefasto es no
interesarse por nada
más. En Cuba, sin
embargo, percibo que el
fenómeno es más acusado
porque muchos escritores
escriben con la
conciencia interior de
que alguien o algo los
está mirando, y actúan
en consecuencia según lo
que crean que se espera
de ellos. Ese “algo” que
creen que los mira
pudiera ser la moda
literaria del momento o
ciertos magisterios
(efectos del
tercermundismo), o el
deseo de penetrar otros
mercados editoriales más
jugosos y prometedores
(urgencias económicas),
o el afán de ser
admitidos en ciertos
cogollitos a los que se
les atribuyen mayores
probabilidades de éxito
(reclamos del ego
social), y hasta el
hecho mismo de ser
cubanos y saber que se
supone que se conviertan
en críticos del país
(oportunismo)… En fin,
no sé, como no hago vida
pública percibo todo
esto desde lejos, a
través de los materiales
que leo, y yo pudiera
estar equivocada. Pero a
veces me parece excesiva
la cantidad de personas
que quieren ser
escritores, y me
pregunto cuántas de
ellas se cuestionan
debidamente, antes de
lanzarse, si están
dotadas con la
sensibilidad necesaria
para esa profesión, si
tienen las cualidades
innatas que se requieren
para escribir. Nadie
debería autoengañarse
porque obtenga premios.
Una persona puede ganar
los premios más
rutilantes y seguir
siendo un escritor
pésimo. Detrás de un
premio se puede esconder
cualquier cosa; los
premios no siempre son
indicadores de un
verdadero talento. He
formado parte de jurados
donde he escuchado que
no se debe dejar vacío
el premio porque los
concursos son ayudas
económicas para los
escritores, que tienen
la mala suerte de ganar
siempre muy poco dinero
en comparación con
músicos y artistas de la
plástica, por ejemplo.
Este, al menos, es un
pensamiento caritativo y
cargado de humanidad y
buenas intenciones,
aunque equivocado. Pero
las razones que coletean
detrás de muchísimos
premios pocas veces
tienen que ver con la
caridad, como tampoco lo
tienen las razones que
en ocasiones coletean
detrás de un premio para
dejarlo vacío. Realmente
son mecanismos muy
complejos que no
debieran servir de
medida evaluativa de la
valía de un escritor.
¿Estás satisfecha con
tus novelas?
Lo estoy. Con las tres.
Creo que conseguí en
cada una exactamente lo
que me propuse. Yoss me
comentó hace tiempo que
mientras leía
Malevolgia, justo
cuando pensaba que
comenzaría lo más
interesante la novela se
acabó. Desde entonces he
pensado mucho en sus
palabras, pero nunca he
llegado a sentir que a
Malevolgia le
falte algo. Cuando la
escribí dije solo lo que
quería decir en ese
momento. Lo mismo me ha
sucedido con La casa
del alibi. Algunas
personas que la han
leído, incluso la
escritora cubana que es
uno de los personajes
protagónicos de la
novela, consideran que
hice muy mal en no dar
solución al misterio de
la muerte del personaje
Jeff. Respeto mucho este
criterio, pero aún
cuando me llegó mientras
escribía, incluso al día
siguiente de haber
terminado ese capítulo y
someterlo por correo
electrónico a la
evaluación de mis dos
colaboradores, decidí no
ofrecer solución al
enigma, porque La
casa del alibi,
aunque contenga algunos
elementos policíacos y
conspiracionistas, no es
una novela policíaca (sí
es una novela
conspiracionista, aunque
también es muchas otras
cosas), pero sobre todo
porque en la vida real
—como me dijo
textualmente Beatriz
Maggi hace casi 30 años—
hay “muchas cosas
que nunca se llegan a
saber”, y cada
lector, al pensar sobre
los hechos, se imaginará
una solución diferente.
Nada queda trunco en el
terreno de las ideas,
porque según la teoría
de la Gestalt, el
cerebro humano tiende a
completar cualquier
estructura inconclusa
que se someta a su
escrutinio. Ya había
trabajado con esta
premisa hace muchos
años, cuando publiqué
“Caín en las entrañas de
la noche” en mi libro
El druida. Ese
cuento, todavía hoy,
hace que algunas
personas cuestionen si
es, o no es, un relato
de ciencia ficción, pero
yo lo que hice fue
utilizar las infinitas
posibilidades de la
ambigüedad: propuse
varias soluciones
(contaminación
ambiental, abducción,
conspiracionismo
gubernamental), todas
tópicos de la ciencia
ficción, y enmascaré el
final, donde las mezclé,
con un poco de poesía y
asumiendo el punto de
vista de los
protagonistas. La verdad
nunca es una sola y
varios individuos pueden
percibir, y de hecho
perciben, el mismo
fenómeno de diferentes
formas. Cuando escribí
la escena de la muerte
de Jeff en La casa
del alibi, sentí que
no era necesario señalar
a su asesino porque Jeff
es uno de esos hombres
que nacen para ser
odiados y para dar amor
y causar daño en la
misma desmesurada
proporción, y hay un
deseo casi unánime entre
el resto de los
personajes de que se
muera, y cuanto antes,
mejor. Además, “cuando
miras dentro del abismo,
también el abismo mira
dentro de ti”, como tan
extraordinariamente dijo
Nietzsche; así que
cuando te metes con el
abismo, un mal fin es
solo cuestión de tiempo
y quien te lo dé no es
más que una herramienta
del abismo, y poco
importa si fue Zutano o
Mengano quien te mató.
Me parece que esta
concepción es mucho más
rica que una simple
trama policíaca. Además,
me excitaba inmensamente
no ceder ante mí misma a
la tentación de
identificar al asesino,
y barajar todo el tiempo
el haz de naipes
marcados sin decidirme
por uno. Todavía hoy,
después de un año de
haber terminado esa
novela, a veces me
siento a preguntarme
quién mató a Jeff. Son
juegos mentales que un
escritor siempre se hace
a sí mismo. También
quienes lean La casa…
podrían llegar a
preguntarse si la viuda
Ely Sima, la mujer
misteriosa que habitaba
una antigua misión
jesuita en un lugar
agreste de California, y
a quien nadie recordaba
haber visto jamás por
allí, existía de verdad
o solo vivía en el
intenso deseo que tenía
su amiga Alondra de
reencontrarse con ella.
La casa del alibi
está llena de estas
ambigüedades. Pero la
vida cotidiana también
está repleta de ellas y
todo el mundo la acepta
como real. Tú misma me
has dicho que dudas de
que el personaje de
María Ríos hubiera
regresado a La Habana en
su cuerpo material y
muerto realmente en el
cementerio de Colón.
Cada una de las
posibilidades que
encuentra el lector en
un texto mío es como una
versión de ese texto
elaborada por otras
personas, son como
películas que contemplo
extasiada, porque me
siguen revelando
aspectos de mi propia
obra que tal vez yo no
había percibido. En ese
sentido hay una
retroalimentación
autor-lector.
Personalmente, estoy
convencida de que
cuantas más
posibilidades
resolutivas ofrezca un
texto, más cerca está de
la plenitud.
Pero, ¿esa pluralidad
resolutiva no es, en
definitiva, una trampa
literaria muy mañosa?
Eso, al menos en mi
caso, es un modo de
acercarse a la realidad
por un ángulo que me
interesa más que los
habituales ángulos de
enfoque, y que a veces
los resume a todos, como
un ojo de mosca. Pero
reconozco que es muy
curiosa la forma en que
la gente se deja atrapar
por esa especie de…
¿juegos? (no me gusta la
palabra “trampa”).
También lo hice en mi
relato Serata di gala,
sobre Catalina Lasa. Los
lectores casi nunca
llegan a estar seguros
de si la historia que
cuento ahí sucedió de
verdad o si Catalina
nunca salió del teatro y
todo fue obra de su
imaginación. Eso
demuestra que el lector
es muy confiado y se
pone en manos del
escritor con la mayor
buena fe. Pero si
Serata di gala se
lee atentamente, se
descubren las claves
necesarias para
determinar la verdad,
solo que no resultan
evidentes. Ser evidente
me parece un pecado, en
arte nunca es una
virtud. Trampa sería si
faltaran las claves,
pero ahí están. El que
tenga ojos, que vea, y
el que tenga oídos, que
oiga. Nunca he creído
que la comprensión de
todo tipo de arte sea un
fenómeno masivo. El
derecho a su disfrute sí
lo es. La confusión de
estos términos es lo
suficientemente
peligrosa como para
aniquilar la creación.
¿No te preocupa que te
comparen con escritores
como Dan Brown?
¡No! (RISAS). Una pena
que Dan Brown juegue
todo el tiempo a ser Dan
Brown, pero yo soy yo
muy en serio. Aunque
La casa del alibi
tiene entre sus varias
tramas una que es
conspiracionista, no hay
que recelar de esa clase
de tramas, porque son
más reales de lo que se
suele pensar. Sucede que
el mundo va más allá que
lo que las personas
conocen sobre él, y
funciona más o menos
como un iceberg
del que solo avistamos
la punta. Hay un gran
por ciento de
circunstancias oculto a
la mirada del hombre
común, pero están ahí,
actuando, dirigiendo
nuestras vidas sin que
tengamos la más remota
idea de cómo somos
programados, usados y
destruidos para fines y
por fines que no
podríamos imaginar ni en
el mayor alarde de
fantasía. Lovecraft dijo
que la gran salvación
del Hombre es su
incapacidad para
relacionar todo lo que
sabe. Sin embargo, las
señales están por todas
partes. A veces tienes
un instante revelatorio
y “ves” los vínculos
entre las cosas: otras
veces vas chocando poco
a poco con los cabos
sueltos y vas atándolos.
Pero lo normal es que la
gente no se dé cuenta de
nada y se duerma
tranquila cada noche
pensando en su trabajo,
la salud de sus hijos y
el vestido que se
quieren comprar, y todas
esas cosas cotidianas
que sentimos como
nuestros mayores
problemas. Te voy a
poner un ejemplo (no
conspiracionista, aunque
pudiera llegar a serlo)
bien concreto de un
hecho perfectamente real
que pesa sobre nosotros
y del que la mayoría de
la gente no tiene
conocimiento: la
presencia en el feto
humano de tres clases de
tejido embrionario que,
en dependencia de su
predominio y mayor
desarrollo durante la
etapa fetal, darán lugar
después del nacimiento a
esquemas de personalidad
diferentes. El 99 por
ciento del género humano
vive sus vidas y sus
luchas sin tener
conciencia de que sus
personalidades,
sentimientos, reacciones
y conductas, e incluso
su salud, están
predeterminados por un
fenómeno de carácter
estrictamente biológico
muy anterior a la
voluntad personal y que
no la obedece, (¡tanto
se parece la genética al
“destino” que nos depara
Dios!). Epur si muove.
Nadie es capaz de agotar
el lado oscuro de la
realidad, y que Dan
Brown se haya ocupado de
lo que está oculto a la
mirada del ciudadano
común no constituye una
barrera para que otros
también lo hagan, y lo
hagan en serio. Su
trabajo y el mío se
parecen tanto como
Cleopatra y yo. Hasta
diría que menos, si eso
fuera posible.
¿Qué otras cosas, aparte
del conspiracionismo,
encontrará el lector en
La casa del alibi
y El viaje del pez
oscuro?
En La casa del alibi
el conspiracionismo es
solo un ingrediente
entre muchos otros. Me
interesa explorar la
temática del héroe, la
naturaleza de la ética y
de la verdad, las
infinitas y disímiles
facetas que puede tener
una misma persona, el
sentido de la vida
después de los 40 años,
la Historia, el
verdadero significado
del sexo, el tremendo
problema de la valentía
individual, el viejo
asunto de los orígenes…,
y mucho, pero mucho, el
precio impagable de la
candidez y la tremenda
tragedia de la estafa
humana: el uso que los
manipuladores hacen de
los cándidos y los
honestos. Y aquello tan
sabio que dijo Lenin
sobre que de la mezcla
de muchos intereses
diversos resulta algo
que nadie había querido.
Lamento no poder hacer
la cita textual, pero sé
que tiene que ver con
los imponderables. Y
muchas otras cosas…
¿Seguirás escribiendo
novelas o volverás al
cuento?
Tengo proyectos que me
interesan mucho. Creo
que haré dos novelas,
una sobre Catalina Lasa
y otra sobre Hipatia de
Alejandría. La de
Catalina ya va por casi
150 cuartillas, entre
investigación y
escritura he invertido
en ella varios años de
trabajo, pero la
investigación es ardua
porque no puedo viajar a
París ni a los EE.UU.
Mis proyectos sobre el
Bosco y los cátaros
colapsaron por
circunstancias tan
ambiguas y alucinantes
como reales. Pero
también me atraen otros
territorios de la
creación que quisiera
explorar y no son
literarios. Si un
escritor se limita a
estar sentado ante su
ordenador tecleando
cuentos y novelas a
tiempo completo, tiene
bastantes posibilidades
de secarse. Hay que
mover el esqueleto de
vez en cuando, como
dicen los Sims.
¿Es cierto que juegas a
los Sims?
Y por qué no. Todo es
“puerta”. Todas
las cosas tienen mucho
más que una sola
dimensión. Los Sims es
un juego de simulación
social que, si lo sabes
combinar con los
principios de los
sefirot cabalísticos,
por ejemplo, te da cosas
insospechadas e
interesantísimas. ¿No
decidimos tú y yo hace
tiempo que los Sims son
los homúnculos modernos?
Además, me relaja. Y
además…, de niña me
encantaba jugar a las
cuquitas, y sospecho que
la adultez no es más que
una vuelta de tuerca a
la espiral de la
infancia en una octava
mayor. Pero, como me
dijo un día Harold
Gramatges, para un
artista todo lo que va a
parar al misterioso
centro del alma regresa
convertido en arte. Y al
final del camino eso es
lo único que importa. |