Año VIII
La Habana
26 de  DICIEMBRE
de 2009
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Teresita Fernández:

Con el estilo de la sinceridad

Paquita Armas Fonseca • La Habana

Fotos: Cortesía del Centro Pablo

 

Han pasado diez años desde que en una tarde llena de luz y sol, escuché una voz conocida que salía de la escalera del edificio donde me había mudado una semana atrás. Me asomé y para mi asombro vi a  Teresita Fernández escalando, tenía que llegar hasta el piso 12 donde ella también estrenaba su apartamento. Desde entonces somos vecinas.

Me le acerqué y le ofrecí que descansara en mi casa antes de proseguir por la cuesta empinada y me preguntó quién era yo. Le dije mi nombre y profesión, e inmediatamente dijo: “la de Radio Reloj, yo te he escuchado mucho, escribes con enjundia”. Hacía un tiempo que ya yo no estaba en la emisora, pero aquel diálogo que se extendió a sus programas preferidos sirvió para establecer una relación que aún persiste, aunque Tere por sus achaques ya no baja  por el elevador aparato que yo no monto por nada y mucho menos ella puede andar por las escaleras, pero para algo existe el teléfono.

No estoy entre los aventurados que la conocieron por los años 70 en sus descargas del club El coctel, tampoco entre quienes la descubrieron en el programa Chez Bola del restaurante Monseigneur. Mi recuerdo personal más lejano la ubican en el Parque Lenin, en una de sus presentaciones en la  Peña de los juglares espacio que fundó y por el que pasaron entre otras figuras Alicia Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Sara González, Antonio Gades, Tania Libertad y Dany Rivera.

Allí rodeada de piedras y cerca del monte, Teresita tenía su mejor escenario porque nacida en el Capiro, Las Villas, lleva al campo cubano tan arraigado en su interior que como no ve mariposas en las alturas donde vive, las hace de papel y las tira a volar. Sigue siendo una niña inquieta y que comete travesuras que a veces los adultos no entendemos. “Yo también me crié subiendo y bajando lomas, metida en los ríos, cogiendo guajacones. La naturaleza es la gran maestra de todo y como dice Walt Wiltman, uno solo hace la croniquita del viaje”, afirmó en una entrevista. Claro que una buena maestra necesita mucho más que observación del paisaje. Tere lee desde niña, novelas, poemas o textos científicos, solo así ha podido componer canciones en apariencia sencillas, pero que esconden un amplio bagaje cultural.

Por eso de sus charlas se aprende siempre. Cubana como el zunzuncito o la mariposa, defiende a nuestro país con cada una de sus frases tanto con aquellas que recuerda a su padre y madre antiimperialistas convencidos, como en las otras que se adentra en el cambio climático y las locuras que se ven en este planeta.

Creyente confesa e inteligente, comparte amistad con ateos, santeros o judíos; no desdeña a nadie de sus afectos porque no piense igual que ella. Cristiana auténtica intenta ayudar a quienes la rodean, incluso a uno que otro delincuente. Por su fe y convicciones es de una generosidad que asombra mucho más cuando una no la conoce bien.

Solo con esa sensibilidad especial, propia de los buenos maestros, se puede tener una obra musical que ha obnubilado a tres generaciones de cubanas y cubanos. El gatico Vinagrito que le ganó a Mike Mouse según su autora, ya es tarareado en Cuba y otros lugares por abuelos y nietos, mientras Lo feo, esa lección de ética, forma parte de piezas predilectas por niños, jóvenes y no tanto. ¿Y qué decir de Dame la mano y danzaremos, excelente binomio de Gabriela Mistral y Tere?  Son muchas sus temas que convertidas en himnos alegran la vida de los pequeñines. Hace algún tiempo confesó: “Si mis canciones han servido para alegrar a niños con Síndrome de Down, hogares de ancianos, gente de pueblo que no van nunca a un teatro, que no ven televisión… entonces la entrego como el panadero entrega el pan. Sigo amando la palabra, me alimento de ella como de la música. En los atardeceres me gusta escuchar distintos conciertos; entonces, es como si me fuera volando por la ventana”.

A esa obra dedicada a los pequeños se articula una buena cantidad de piezas dirigidas a adultos (“Cuando el sol”, “No puede haber soledad”…).  Boleros, poemas musicales, villancicos, habaneras y canciones han sido compuestas por Tere, aunque esa parte de su trabajo es bastante poco conocida.

A punto de cumplir los 79 años le llegó la noticia de que era Premio Nacional de Música. Tiene múltiples galardones más, pero este es sumamente merecido por una mujer que hace un tiempo dijo: “¿Estilos? Solo conozco uno: el de la sinceridad cuando se crea o se interpreta. Lo más bonito que tiene mi vida no es la canción que canto, sino la historia que me ha acompañado para poder cantarla”.

La sinceridad es tal vez la mayor virtud de mi vecina de los altos. Y caro a veces ha pagado por decir lo que piensa, pero también quienes la conocemos le agradecemos que sea así y que haya confesado: “Mi experiencia personal con la guitarra en la mano es que cuando la gente se empata con esas canciones con las que crecieron, tiene que sonreír. Ese es mi mayor premio”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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