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Han pasado diez años desde que
en una tarde llena de luz y sol,
escuché una voz conocida que
salía de la escalera del
edificio donde me había mudado
una semana atrás. Me asomé y
para mi asombro vi a Teresita
Fernández escalando, tenía que
llegar hasta el piso 12 donde
ella también estrenaba su
apartamento. Desde entonces
somos vecinas.
Me le acerqué y le ofrecí que
descansara en mi casa antes de
proseguir por la cuesta empinada
y me preguntó quién era yo. Le
dije mi nombre y profesión, e
inmediatamente dijo: “la de
Radio Reloj, yo te he escuchado
mucho, escribes con enjundia”.
Hacía un tiempo que ya yo no
estaba en la emisora, pero aquel
diálogo que se extendió a sus
programas preferidos sirvió para
establecer una relación que aún
persiste, aunque Tere por sus
achaques ya no baja por el
elevador
—aparato
que yo no monto por nada—
y mucho menos ella puede andar
por las escaleras, pero para
algo existe el teléfono.
No estoy entre los aventurados
que la conocieron por los años
70 en sus descargas del club El
coctel, tampoco entre quienes la
descubrieron
en el programa Chez Bola del
restaurante Monseigneur. Mi
recuerdo personal más lejano la
ubican en el Parque Lenin, en
una de sus presentaciones en la
Peña de los juglares espacio
que fundó y por el que pasaron
entre otras figuras Alicia
Alonso, Onelio Jorge Cardoso,
Cintio Vitier, Fina García
Marruz, Pablo Milanés, Silvio
Rodríguez, Sara González,
Antonio Gades, Tania Libertad y
Dany Rivera.
Allí rodeada de piedras y cerca
del monte, Teresita tenía su
mejor escenario porque nacida en
el Capiro, Las Villas, lleva al
campo cubano tan arraigado en su
interior que como no ve
mariposas en las alturas donde
vive, las hace de papel y las
tira a volar. Sigue siendo una
niña inquieta y que comete
travesuras que a veces los
adultos no entendemos. “Yo
también me crié subiendo y
bajando lomas, metida en los
ríos, cogiendo guajacones. La
naturaleza es la gran maestra de
todo y como dice Walt Wiltman,
uno solo hace la croniquita del
viaje”, afirmó en una
entrevista. Claro que una buena
maestra necesita mucho más que
observación del paisaje. Tere
lee desde niña, novelas, poemas
o textos científicos, solo así
ha podido componer canciones en
apariencia sencillas, pero que
esconden un amplio bagaje
cultural.
Por eso de sus charlas se
aprende siempre. Cubana como el
zunzuncito o la mariposa,
defiende a nuestro país con cada
una de sus frases tanto con
aquellas que recuerda a su padre
y madre antiimperialistas
convencidos, como en las otras
que se adentra en el cambio
climático y las locuras que se
ven en este planeta.
Creyente confesa e inteligente,
comparte amistad con ateos,
santeros o judíos; no desdeña a
nadie de sus afectos porque no
piense igual que ella. Cristiana
auténtica intenta ayudar a
quienes la rodean, incluso a uno
que otro delincuente. Por su fe
y convicciones es de una
generosidad que asombra mucho
más cuando una no la conoce
bien.
Solo con esa sensibilidad
especial, propia de los buenos
maestros, se puede tener una
obra musical que ha obnubilado a
tres generaciones de cubanas y
cubanos. El gatico Vinagrito
que le ganó a Mike Mouse según
su autora, ya es tarareado en
Cuba y otros lugares por abuelos
y nietos, mientras Lo feo,
esa lección de ética, forma
parte de piezas predilectas por
niños, jóvenes y no tanto. ¿Y
qué decir de Dame la mano y
danzaremos, excelente
binomio de Gabriela Mistral y
Tere? Son muchas sus temas que
convertidas en himnos alegran la
vida de los pequeñines. Hace
algún tiempo confesó: “Si mis
canciones han servido para
alegrar a niños con Síndrome de
Down, hogares de ancianos, gente
de pueblo que no van nunca a un
teatro, que no ven televisión…
entonces la entrego como el
panadero entrega el pan. Sigo
amando la palabra, me alimento
de ella como de la música. En
los atardeceres me gusta
escuchar distintos conciertos;
entonces, es como si me fuera
volando por la ventana”.
A esa obra dedicada a los
pequeños se articula una buena
cantidad de piezas dirigidas a
adultos (“Cuando el sol”, “No
puede haber soledad”…).
Boleros, poemas musicales,
villancicos, habaneras y
canciones han sido compuestas
por Tere, aunque esa parte de su
trabajo es bastante poco
conocida.
A punto de cumplir los 79 años
le llegó la noticia de que era
Premio Nacional de Música. Tiene
múltiples galardones más, pero
este es sumamente merecido por
una mujer que hace un tiempo
dijo: “¿Estilos? Solo conozco
uno: el de la sinceridad cuando
se crea o se interpreta. Lo más
bonito que tiene mi vida no es
la canción que canto, sino la
historia que me ha acompañado
para poder cantarla”.
La sinceridad es tal vez la
mayor virtud de mi vecina de los
altos. Y caro a veces ha pagado
por decir lo que piensa, pero
también quienes la conocemos le
agradecemos que sea así y que
haya confesado: “Mi experiencia
personal con la guitarra en la
mano es que cuando la gente se
empata con esas canciones con
las que crecieron, tiene que
sonreír. Ese es mi mayor
premio”. |