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1.
Benito Vargas era un negro muy
viejo, encorvado y serio. Andaba
por la calle San Vicente los
domingos con su guitarra a
cuestas. Los jugadores de dominó
callejero decían: “Ahí va Benito
Bemba” y continuaban escrutando
las fichas o bebiendo el trago
de ron blanco del mediodía. O
sea, seguían en lo suyo. Vargas
fue quien enseñó a tocar la
guitarra a Teresita Fernández,
eso todo el mundo lo decía en el
barrio. Los niños mirábamos con
curiosidad la figura del
trovador que se perdía, calle
abajo, en dirección del río.
Teresita era alguien famoso que
cantaba en la televisión, pero
sobre todo, la dichosa dueña de
un gato nombrado Vinagrito, de
un grillo cantor, del ratoncito
del farol, de Rani, de Pitusa y
Eusebio… alguien que jugaba con
la lluvia que es una niña de
cristal azul y que invitaba a
tener el corazón feliz. Alguien
que cantaba con voz tierna de
madre fuerte, no imitando voz de
chiquillo o chiquilla como
tantos otros. Benito era para
nosotros el misterio más próximo
al misterio Teresita.
Ella había vivido en una casa de
la calle Martí, a dos pasos de
la de mi abuela. Yo miraba las
grandes rejas blancas de las
ventanas, la puerta siempre a
cal y canto. ¿Ahí estará
Teresita?, me preguntaba. Está
en La Habana hace muchos años,
me aclaraban, canta con Bola de
Nieve en el Monseigneur, que es
un lugar solo para mayores. Y a
otra cosa, mariposa. Luego yo
también me fui de la ciudad y
frecuenté lugares solo para
mayores. Hacía tiempo que Bola
no existía y que Teresita no
cantaba en esa clase de sitios.
2.
En la Escuela Normal de Santa
Clara habían sucedido muchas
cosas estupendas. Allí el poeta
Emilio Ballagas había impartido
clases y los muros del patio
fueron pintados una vez por
pintores cubanos famosos, aunque
una idea terrible los hizo
borrar años después. La madre de
Teresita, la doctora Amparo
García de Fernández enseñaba
música a los muchachos de
finales de los años 50, cuando
cerraron la Universidad Central
y todo el mundo comenzó a
estudiar magisterio. La buena
señora se sentía feliz cuando le
pedían que tocara al piano
canciones de su hija, me cuenta
mi hermana, alumna suya. Cuando
enfermó su madre, Teresita la
sustituyó. Ya por entonces había
escrito versos que había
publicado en El País Gráfico
y en las páginas locales de
El Villareño, La
Publicidad y Pueblo.
En 1957 declaró en unos versos
que aparecieron en la
publicación habanera Germinal:
“Amo las cosas volanderas,
las dimensiones libres
con que crecen los árboles…”*
Desde siempre no ha amado otra
cosa que las dimensiones libres,
su modo de ser, de hablar, de
componer, incluso de tocar la
guitarra es libertario. Ha dicho
de su credo: “Mi evangelio es el
de 2500” y de su sentido de la
caridad: “Ir por los caminos,
ocuparme de los más
“escachados”, de los animales,
de las criaturas, pararme a
conversar con cualquiera,
conformarme con poco”.
“Me voy ahora a descubrir
paisajes,
fuera del corazón y del camino,
con voz de húmeda brisa desde el
río
iré cantando una canción
salvaje.”
3.
Teresita Fernández es una mujer
asombrosa a la que le suceden
sin cesar cosas asombrosas. Un
buen día, al llegar a la cima de
la loma del Capiro conocía a
Samuel Feijóo, quien le leía
versos a Cleva Solís, eso se
llama buena suerte. Bajo un
constante estrépito de bombas,
evacuada en el colegio Hermanos
Maristas, echada en el suelo, le
surgió la idea de su canción más
famosa:
“Yo soy la mujer del gatico
Vinagrito y me voy a ir para las
estampitas con el gato sentado
en el hombro. El mayor mérito de
ese gato es que durante 40 años
se ha comido a Mickey Mouse… por
la tremenda fuerza que tiene, ya
que fue capaz de pasar el
bombardeo de Santa Clara. Hoy lo
tengo como un salvoconducto
porque dondequiera que llego me
reciben junto con el gato.”
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No creo que haya establecido una
verdadera frontera entre sus
trabajos destinados a los niños
y los que ha escrito “para
adultos”. Las crónicas sobre su
trabajo en Moseigneur o El
coctel, y sus primeros recitales
dan cuenta de la inclusión de
“Cuando el sol” y “No puede
haber soledad” entre canciones
protagonizadas por perros, ranas
y lagartijas. Hace años, en un
estudio de la que fuera emisora
de los poetas, Radio Ciudad de
La Habana, cantaba una canción
escrita en los 50: Payaso,
amiguito mío, tú eres igual que
yo / con poca cosa tú bailas,
con poca cosa me alegro yo… Y
otra, muy hermosa, no sé de qué
tiempo: Pero déjame decirte como
yo te amo / como a la muñeca
aquella que tenía un moño azul /
y un día lejano y triste se
rompió…
Existe una grabación no editada
de una colección de rondas de
Gabriela Mistral que Teresita
puso en música en los años 70.
La serie, que incluye desde
luego “Dame la mano y
danzaremos”, comienza con “Amo
amor”, que no es precisamente
una ronda, sino un poema de
ásperos y apasionados versos que
claramente marcaron su quehacer
desde temprano, su poesía, junto
con la de José Martí. Su
estoicismo está flanqueado por
estas dos sombras, que la
acompañan siempre.
“Un viento me traerá noticias
raras.
Un papel estrujado, una mariposa
muerta.
Yo no sabré qué hacer con tantas
cosas.”
4.
Una noche del 93 caminé con ella
por las calles de Santa Clara.
Hacía más de 20 años que ella no
venía a la ciudad. El regreso
había removido sus recuerdos, se
enfrentaba a muchas ausencias.
Me habló mucho de la Teresita
Fernández de los días y noches
de trovar con Benito Vargas, de
cantar en la Escuela Normal, de
sus padres, sus hermanos, los
amigos que ya no están, de una
casa edificada en pilotes sobre
el río Bélico, cuya espesa
corriente le llevó un anillo un
día y de eso le nació una
canción.
Bebimos juntos un poco de vino
casero, de majagua. La acompañé
en su lenta travesía desde el
Parque del Carmen de su
infancia, donde fundaron la
ciudad, hasta La Pastora,
antigua iglesia de los esclavos.
Cantó el tango que prefiere
sobre todos los tangos, “Tabaco”
(Y mientras fumo forma el humo
tu figura…) y un bolero de Ela
O’Farrill que nadie canta ya,
entre otras cosas. Todo a media
voz, su media voz humanísima, en
mi oído, nunca más dichoso. Le
escribí unas líneas en la
medianoche, cuando llegamos a El
Mejunje y ella dijo a las
muchachas del Dúo Evocación:
“Para hacer lo que ustedes están
haciendo ahora, yo tuve que irme
de Santa Clara”. Esto fue lo que
le dije en el pedazo de papel
que puse en su bolsillo:
“Que alguna mano ahogue
en agua tinta a quienes fueron
yéndose
de uno y de sus casas pobres.
Con azogue
levantaron otros lugares de
vivir, dándose
a la imprevisión y a tiempos
duros.
Que aparte alguna mano lo que ha
ido
volviéndose confusa desmemoria.
Esos oscuros
nos trajeron hasta aquí, el
ruido
que seguíamos nos sigue. Nos
vimos
acudir a los parques silentes
que el Cristo
edificó sobre tierra de nadie /
al fin tuvimos
que sentarnos a escuchar cómo
escarba
el origen: me has dicho que me
quieres, parva
ciudad, la única en que existo.”
5.
Con gusto hoy escribo, dibujo
para ella. La escucho hablar,
cantar rodeada de amores que le
da la gente niña de cualquier
edad. Me divierto con sus
ocurrencias, sus manías, con los
mismos cuentos que le he
escuchado mil veces, con sus
canciones y poemas, sus
argumentos medio salvajes para
invitar al mundo a vivir con el
corazón feliz, como ella lucha
todos los días por existir en
esta tierra amando las cosas
volanderas, las dimensiones
libres, como insiste en
enseñarnos la maestra de escuela
que es Teresita Fernández, por
cierto, a mucha honra.
* Las citas de Teresita
Fernández, líneas de poemas y
datos de fechas fueron extraídos
de Yo soy una maestra que
canta, libro de Alicia
Elizundia Ramírez, Premio
Testimonio UNEAC, Ediciones
Unión, La Habana, 2001.
Publicado en
CubaLiteraria. |