Año VIII
La Habana
26 de  DICIEMBRE
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Teresita: el corazón feliz

Sigfredo Ariel • La Habana

Foto: Kaloian

 

1.

Benito Vargas era un negro muy viejo, encorvado y serio. Andaba por la calle San Vicente los domingos con su guitarra a cuestas. Los jugadores de dominó callejero decían: “Ahí va Benito Bemba” y continuaban escrutando las fichas o bebiendo el trago de ron blanco del mediodía. O sea, seguían en lo suyo. Vargas fue quien enseñó a tocar la guitarra a Teresita Fernández, eso todo el mundo lo decía en el barrio. Los niños mirábamos con curiosidad la figura del trovador que se perdía, calle abajo, en dirección del río. Teresita era alguien famoso que cantaba en la televisión, pero sobre todo, la dichosa dueña de un gato nombrado Vinagrito, de un grillo cantor, del ratoncito del farol, de Rani, de Pitusa y Eusebio… alguien que jugaba con la lluvia que es una niña de cristal azul y que invitaba a tener el corazón feliz. Alguien que cantaba con voz tierna de madre fuerte, no imitando voz de chiquillo o chiquilla como tantos otros. Benito era para nosotros el misterio más próximo al misterio Teresita.

Ella había vivido en una casa de la calle Martí, a dos pasos de la de mi abuela. Yo miraba las grandes rejas blancas de las ventanas, la puerta siempre a cal y canto. ¿Ahí estará Teresita?, me preguntaba. Está en La Habana hace muchos años, me aclaraban, canta con Bola de Nieve en el Monseigneur, que es un lugar solo para mayores. Y a otra cosa, mariposa. Luego yo también me fui de la ciudad y frecuenté lugares solo para mayores. Hacía tiempo que Bola no existía y que Teresita no cantaba en esa clase de sitios.

2.

En la Escuela Normal de Santa Clara habían sucedido muchas cosas estupendas. Allí el poeta Emilio Ballagas había impartido clases y los muros del patio fueron pintados una vez por pintores cubanos famosos, aunque una idea terrible los hizo borrar años después. La madre de Teresita, la doctora Amparo García de Fernández enseñaba música a los muchachos de finales de los años 50, cuando cerraron la Universidad Central y todo el mundo comenzó a estudiar magisterio. La buena señora se sentía feliz cuando le pedían que tocara al piano canciones de su hija, me cuenta mi hermana, alumna suya. Cuando enfermó su madre, Teresita la sustituyó. Ya por entonces había escrito versos que había publicado en El País Gráfico y en las páginas locales de El Villareño, La Publicidad y Pueblo. En 1957 declaró en unos versos que aparecieron en la publicación habanera Germinal:

“Amo las cosas volanderas,

las dimensiones libres

con que crecen los árboles…”*

Desde siempre no ha amado otra cosa que las dimensiones libres, su modo de ser, de hablar, de componer, incluso de tocar la guitarra es libertario. Ha dicho de su credo: “Mi evangelio es el de 2500” y de su sentido de la caridad: “Ir por los caminos, ocuparme de los más “escachados”, de los animales, de las criaturas, pararme a conversar con cualquiera, conformarme con poco”.

“Me voy ahora a descubrir paisajes,

fuera del corazón y del camino,

con voz de húmeda brisa desde el río

iré cantando una canción salvaje.”

3.

Teresita Fernández es una mujer asombrosa a la que le suceden sin cesar cosas asombrosas. Un buen día, al llegar a la cima de la loma del Capiro conocía a Samuel Feijóo, quien le leía versos a Cleva Solís, eso se llama buena suerte. Bajo un constante estrépito de bombas, evacuada en el colegio Hermanos Maristas, echada en el suelo, le surgió la idea de su canción más famosa:

“Yo soy la mujer del gatico Vinagrito y me voy a ir para las estampitas con el gato sentado en el hombro. El mayor mérito de ese gato es que durante 40 años se ha comido a Mickey Mouse… por la tremenda fuerza que tiene, ya que fue capaz de pasar el bombardeo de Santa Clara. Hoy lo tengo como un salvoconducto porque dondequiera que llego me reciben junto con el gato.”

No creo que haya establecido una verdadera frontera entre sus trabajos destinados a los niños y los que ha escrito “para adultos”. Las crónicas sobre su trabajo en Moseigneur o El coctel, y sus primeros recitales dan cuenta de la inclusión de “Cuando el sol” y “No puede haber soledad” entre canciones protagonizadas por perros, ranas y lagartijas. Hace años, en un estudio de la que fuera emisora de los poetas, Radio Ciudad de La Habana, cantaba una canción escrita en los 50: Payaso, amiguito mío, tú eres igual que yo / con poca cosa tú bailas, con poca cosa me alegro yo… Y otra, muy hermosa, no sé de qué tiempo: Pero déjame decirte como yo te amo / como a la muñeca aquella que tenía un moño azul / y un día lejano y triste se rompió…

Existe una grabación no editada de una colección de rondas de Gabriela Mistral que Teresita puso en música en los años 70. La serie, que incluye desde luego “Dame la mano y danzaremos”, comienza con “Amo amor”, que no es precisamente una ronda, sino un poema de ásperos y apasionados versos que claramente marcaron su quehacer desde temprano, su poesía, junto con la de José Martí. Su estoicismo está flanqueado por estas dos sombras, que la acompañan siempre.

“Un viento me traerá noticias raras.

Un papel estrujado, una mariposa muerta.

Yo no sabré qué hacer con tantas cosas.”

4.

Una noche del 93 caminé con ella por las calles de Santa Clara. Hacía más de 20 años que ella no venía a la ciudad. El regreso había removido sus recuerdos, se enfrentaba a muchas ausencias. Me habló mucho de la Teresita Fernández de los días y noches de trovar con Benito Vargas, de cantar en la Escuela Normal, de sus padres, sus hermanos, los amigos que ya no están, de una casa edificada en pilotes sobre el río Bélico, cuya espesa corriente le llevó un anillo un día y de eso le nació una canción.

Bebimos juntos un poco de vino casero, de majagua. La acompañé en su lenta travesía desde el Parque del Carmen de su infancia, donde fundaron la ciudad, hasta La Pastora, antigua iglesia de los esclavos. Cantó el tango que prefiere sobre todos los tangos, “Tabaco” (Y mientras fumo forma el humo tu figura…) y un bolero de Ela O’Farrill que nadie canta ya, entre otras cosas. Todo a media voz, su media voz humanísima, en mi oído, nunca más dichoso. Le escribí unas líneas en la medianoche, cuando llegamos a El Mejunje y ella dijo a las muchachas del Dúo Evocación: “Para hacer lo que ustedes están haciendo ahora, yo tuve que irme de Santa Clara”. Esto fue lo que le dije en el pedazo de papel que puse en su bolsillo:

“Que alguna mano ahogue

en agua tinta a quienes fueron yéndose

de uno y de sus casas pobres. Con azogue

levantaron otros lugares de vivir, dándose

a la imprevisión y a tiempos duros.

Que aparte alguna mano lo que ha ido

volviéndose confusa desmemoria. Esos oscuros

nos trajeron hasta aquí, el ruido

que seguíamos nos sigue. Nos vimos

acudir a los parques silentes que el Cristo

edificó sobre tierra de nadie / al fin tuvimos

que sentarnos a escuchar cómo escarba

el origen: me has dicho que me quieres, parva

ciudad, la única en que existo.”

5.

Con gusto hoy escribo, dibujo para ella. La escucho hablar, cantar rodeada de amores que le da la gente niña de cualquier edad. Me divierto con sus ocurrencias, sus manías, con los mismos cuentos que le he escuchado mil veces, con sus canciones y poemas, sus argumentos medio salvajes para invitar al mundo a vivir con el corazón feliz, como ella lucha todos los días por existir en esta tierra amando las cosas volanderas, las dimensiones libres, como insiste en enseñarnos la maestra de escuela que es Teresita Fernández, por cierto, a mucha honra.

* Las citas de Teresita Fernández, líneas de poemas y datos de fechas fueron extraídos de Yo soy una maestra que canta, libro de Alicia Elizundia Ramírez, Premio Testimonio UNEAC, Ediciones Unión, La Habana, 2001.

Publicado en CubaLiteraria.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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