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El tesoro de Teresita Fernández

Antonio López Sánchez • La Habana

Fotos: Kike (La Jiribilla)

 

Los últimos años de la década de los 50 y especialmente los años 60 son los primeros testigos del trascender de la obra de una trovadora vital para la historia de esta manifestación musical en nuestro país. Un nombre y un puñado de canciones y textos poéticos musicalizados empezaron en esos años a tejer esa difícil cobija donde se abriga con buen arte la memoria colectiva de todo un pueblo. En especial, parafraseando un poco a Saint–Exupery, cuando ese pueblo era niño.

Teresita Fernández es una artista en mayúsculas, de esa estirpe que encarna el más profundo y popular espíritu del verdadero juglar (que se proclama pobre, nómada y libre como los más antiguos bardos). Durante los largos años de su carrera, Teresita ha demostrado con sus cantares y su propia manera de vivir, no solo su gran capacidad como creadora, sino su sensibilidad humana a toda prueba y ese don otorgado a muy pocas personas para llegar de un solo verso hasta lo más hondo del alma y el recuerdo de su público. Más, si una buena parte de ese público es la niñez.

El 20 de diciembre de 1930, en Santa Clara, en la antigua provincia de Las Villas, vio la luz Teresita Fernández García. Todavía sin guitarra, de muy niña participaba junto con su familia en programas radiales y recitaba y cantaba habitualmente. Y aunque la biología persistente no le otorgara, al menos en lo visible, aquel don de Peter Pan de negar el paso de la edad; desde su alma, su comportamiento y sus canciones, hace bastante que derrotó al paso del tiempo sin dejar de ser niña.

En los años 60 se iniciaría la popularidad de Teresita Fernández, según expresa en sus Ensayos voluntarios, el profesor Guillermo Rodríguez Rivera. “Aunque lo cierto es que se trataba de una popularidad limitada a círculos de conocedores. Hechos a ciertos mecanismos estandarizadores
todavía hoy no podemos decir estos hayan desaparecido totalmente, nuestros productores de radio y de televisión fueron poco audaces para promover una expresión musical tan desusada y poco espectacular. Teresita era por entonces una rara: sonoridades de antiguas baladas y de nuestro folclor campesino se reunían en sus personales canciones, en las que no faltaban musicalizaciones de textos de José Martí o Gabriela Mistral.”[1]

Después de estudiar piano, que confiesa no saber tocar a pesar de su título, descubre la guitarra. “A mí me interesaba la poesía tanto como la música. Y como la única cosa que une la poesía y la música es la canción, me busqué un trovador,”[2] dice la artista en su biografía Yo soy una maestra que canta, escrita por Alicia Elizundia. 

De tal modo, un tabaquero llamado Benito Vargas tiene una buena cuota de responsabilidad en lo que a las trovadas de Teresita se refiere. “Lo recuerdo como mi primer maestro. Él me enseñó los cuatro o cinco acordes fundamentales que yo pongo en mis canciones, lo otro se lo debo al sedimento musical que mi madre me dejó, al ambiente musical en que yo crecí, porque la canción brota de una manera impensada, como si fuera una fuente y sale con todo lo que voy sintiendo. Benito me enseñó los acordes y no me dijo ni siquiera cómo se llamaban. Mi mamá me señaló que yo ni sabía lo que estaba haciendo y le respondí: Es que no quiero la música para conversar sino para cantar.”[3]

A pesar de su sólida obra para los adultos (aunque ya grabada por otros trovadores, todavía urgente de rescatar y registrar), es en la canción infantil donde se labra su trascendencia y sus mejores y más hondos frutos. En estos predios, vale el destacar logros tales como que Teresita musicalizó completo el cuaderno de poemas Ismaelillo, de José Martí (unos 15 poemas más el prólogo, grabados además con acompañamiento en formato sinfónico y, años más tarde en vivo, a pura guitarra) y las 28 rondas de la escritora chilena Gabriela Mistral. No obstante, dentro de una copiosa producción, ya casi cuatro generaciones de cubanos reconocen y recuerdan a la artista por su canción del gatico Vinagrito. La influencia de la televisión, en un inolvidable dibujo animado (que lejano a las eras digitales parecía ser “de palo” como se decía entonces y como ahora extrañamos no pocos), la ternura de esta canción, su directa fuerza expresiva y lo cercano y natural de la historia, la han inmortalizado en la memoria de nuestro pueblo. Incluso, según ha contado su autora en alguna ocasión, ha ayudado a salvar hasta vidas de niños enfermos.

“Yo creo que El gatico Vinagrito ha triunfado por la cantidad de piedad y de amor que yo puse en ese gato. Ese gato lo llevaba un profesor mío en un saco, para botarlo, pues la gata de su casa había parido. Yo lo escuché maullar dentro del saco, se lo pedí al profesor y él me lo regaló. Cuando llegué a la Universidad le conseguí un plato de leche y se metió dentro con patas y todo; estaba muy chiquito. Lo llevé para la casa, y mi padre me dice, avemaría, qué gato más feo, parece un vinagre y no un gato; ponle Vinagrito. Imagínate, estaba lleno de pulgas, sucio, en fin... Lo bañé, lo cuidé y lo puse a dormir conmigo en mi sofá cama para que no me lo fueran a botar. Pero el pobrecito se fracturó la columna con un muelle del sofá cama. Y aunque el veterinario lo atendió, siempre le quedaron las paticas de atrás con problemas. Fíjate que yo le ponía una ruedita, como de un juguete, para que pudiera impulsarse y caminar. Por eso no podía subirse a los tejados (...) Vinagrito existió. Incluso, cuando la Batalla de Santa Clara, ese gato aguantó con nosotros los tres días de bombardeo.”[4]

Aunque Teresita ya puede ubicarse por derecho propio en la lista de clásicos que asume como influencias, perdura su humildad y la memoria de sus alimentos germinales: “En mi música para niños influyó mucho “El grillito Cricrí”, que era Gabilondo Soler. Como niña, me encantaban las canciones de Gabilondo. Aunque hay personas que creen que yo hago canciones para niños. Realmente, con esa vida tan intensa de ser la más chiquita, única hembra entre cuatro hermanos varones, mi canción para niños no es más que el diario de mi propia niñez (...) Es más conocida mi canción para los niños porque cuando yo empecé a hacer canciones no había muchos compositores para niños. Quizá solo Enriqueta Almanza y después María Álvarez Ríos. Y me pusieron en la televisión aquel animado con El gatico Vinagrito y pegó. Pero yo no empecé haciendo música infantil, ni en el Monseigneur, con Bola, ni después en El coctel. Pienso que lo que había era escasez de música infantil.”[5]

Y aunque defendemos la postura de que las canciones para adultos de Teresita Fernández hay que difundirlas más, rescatarlas en grabaciones y textos, pues se trata de una obra de innegable calidad, hay que señalar el muy sólido legado que para la canción infantil cubana y del mundo representan las obras de esta trovadora. Quizá esta extensa pero definitoria cita establezca claramente la validez de esa huella.

La destacada profesora Cuca Rivero (que entre otras muchas labores de seguro persiste en la memoria de no pocos cubanos que ya rebasamos la treintena con aquella dulce voz encarnando a los “profesores invisibles” en un añejo programa radial de educación musical en la enseñanza primaria), hace una amplia valoración de la obra musical infantil de Teresita, en el libro ya citado de Alicia Elizundia.

“En la creación infantil ella es un hito. No se parece a nadie. Su cultura le ha servido mucho y además el interés porque sus canciones enseñen, sobre todo las cosas de la naturaleza, que es lo que más ha abordado, pero lo ha hecho con tal ternura, con tal puntería, que ha logrado una canción infantil realmente modelo (...) De ella brota todo el afán de esa maestra que lleva por dentro, y se refleja en la obra que ha logrado (...) Desde el punto de vista técnico es como si fuéramos a analizar a Sindo Garay. Él no fue músico de escuela, pero quién dice que su armonía no estaba bien puesta, posiblemente ni supiera qué cosa era la fuga. Entonces a Teresita le pasa algo por el estilo. Ella es más bien instintiva, se basa más en su inspiración, en sus conocimientos teóricos (...) Teresita puede morir tranquila sabiendo que le ha dejado a los niños de este país y de otras tierras un verdadero tesoro.”[6]

Que siga lloviendo entonces Teresita su tesoro de canciones con niñas de cristal azul, grillos acatarrados y lechuzas brujitas del anochecer. El zunzuncito cubanísimo y amoroso de sus versos seguirá volando libre en los pechos y cantos de todo este pueblo que, gracias a ella, jamás olvidará cuando era niño.


Notas:

[1] Guillermo Rodríguez Rivera. Ensayos Voluntarios. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 1984. p. 153.
[2] Alicia Elizundia Ramírez. Yo soy una maestra que canta. La Habana. Ediciones Unión, 2001. p.17.
[3] Alicia Elizundia Ramírez. op. cit. p. 17.
[4] Antonio López Sánchez, en Trovadoras, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2008. p. 149 y 150.
[5] Antonio López Sánchez, op.cit. p.148.
[6] Alicia Elizundia Ramírez. op. cit. p. 73 y 74.

 

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