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Los últimos años de la década de
los 50 y especialmente los años
60 son los primeros testigos del
trascender de la obra de una
trovadora vital para la historia
de esta manifestación musical en
nuestro país. Un nombre y un
puñado de canciones y textos
poéticos musicalizados empezaron
en esos años a tejer esa difícil
cobija donde se abriga con buen
arte la memoria colectiva de
todo un pueblo. En especial,
parafraseando un poco a Saint–Exupery,
cuando ese pueblo era niño.
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Teresita Fernández es una
artista en mayúsculas, de esa
estirpe que encarna el más
profundo y popular espíritu del
verdadero juglar (que se
proclama pobre, nómada y libre
como los más antiguos bardos). Durante los largos años de su
carrera, Teresita ha demostrado
con sus cantares y su propia
manera de vivir, no solo su gran
capacidad como creadora, sino su
sensibilidad humana a toda
prueba y ese don otorgado a muy
pocas personas para llegar de un
solo verso hasta lo más hondo
del alma y el recuerdo de su
público. Más, si una buena parte
de ese público es la niñez.
El 20 de diciembre de 1930, en
Santa Clara, en la antigua
provincia de Las Villas, vio la
luz Teresita Fernández García.
Todavía sin guitarra, de muy
niña participaba junto con su
familia en programas radiales y
recitaba y cantaba
habitualmente. Y aunque la
biología persistente no le
otorgara, al menos en lo
visible, aquel don de Peter Pan
de negar el paso de la edad;
desde su alma, su comportamiento
y sus canciones, hace bastante
que derrotó al paso del tiempo
sin dejar de ser niña.
En los años 60 se iniciaría la
popularidad de Teresita
Fernández, según expresa en sus
Ensayos voluntarios, el
profesor Guillermo Rodríguez
Rivera. “Aunque lo cierto es que
se trataba de una popularidad
limitada a círculos de
conocedores. Hechos a ciertos
mecanismos estandarizadores
—todavía
hoy no podemos decir estos hayan
desaparecido totalmente—,
nuestros productores de radio y
de televisión fueron poco
audaces para promover una
expresión musical tan desusada y
poco espectacular.
Teresita era por entonces una
rara: sonoridades de antiguas
baladas y de nuestro folclor
campesino se reunían en sus
personales canciones, en las que
no faltaban musicalizaciones de
textos de José Martí o Gabriela
Mistral.”
Después de estudiar piano, que
confiesa no saber tocar a pesar
de su título, descubre la
guitarra. “A mí me interesaba la
poesía tanto como la música. Y
como la única cosa que une la
poesía y la música es la
canción, me busqué un trovador,”
dice la artista en su biografía
Yo soy una maestra que canta,
escrita por Alicia Elizundia.
De tal modo, un tabaquero
llamado Benito Vargas tiene una
buena cuota de responsabilidad
en lo que a las trovadas de
Teresita se refiere. “Lo
recuerdo como mi primer maestro.
Él me enseñó los cuatro o cinco
acordes fundamentales que yo
pongo en mis canciones, lo otro
se lo debo al sedimento musical
que mi madre me dejó, al
ambiente musical en que yo
crecí, porque la canción brota
de una manera impensada, como si
fuera una fuente y sale con todo
lo que voy sintiendo. Benito me
enseñó los acordes y no me dijo
ni siquiera cómo se llamaban. Mi
mamá me señaló que yo ni sabía
lo que estaba haciendo y le
respondí: Es que no quiero la
música para conversar sino para
cantar.”
A pesar de su sólida obra para
los adultos (aunque ya grabada
por otros trovadores, todavía
urgente de rescatar y
registrar), es en la canción
infantil donde se labra su
trascendencia y sus mejores y
más hondos frutos. En estos
predios, vale el destacar logros
tales como que Teresita
musicalizó completo el cuaderno
de poemas Ismaelillo, de
José Martí (unos 15 poemas más
el prólogo, grabados además con
acompañamiento en formato
sinfónico y, años más tarde en
vivo, a pura guitarra) y las 28
rondas de la escritora chilena
Gabriela Mistral. No obstante,
dentro de una copiosa
producción, ya casi cuatro
generaciones de cubanos
reconocen y recuerdan a la
artista por su canción del
gatico Vinagrito. La influencia
de la televisión, en un
inolvidable dibujo animado (que
lejano a las eras digitales
parecía ser “de palo” como se
decía entonces y como ahora
extrañamos no pocos), la ternura
de esta canción, su directa
fuerza expresiva y lo cercano y
natural de la historia, la han
inmortalizado en la memoria de
nuestro pueblo. Incluso, según
ha contado su autora en alguna
ocasión, ha ayudado a salvar
hasta vidas de niños enfermos.
“Yo creo que El gatico
Vinagrito ha triunfado por
la cantidad de piedad y de amor
que yo puse en ese gato. Ese
gato lo llevaba un profesor mío
en un saco, para botarlo, pues
la gata de su casa había parido.
Yo lo escuché maullar dentro del
saco, se lo pedí al profesor y
él me lo regaló. Cuando llegué a
la Universidad le conseguí un
plato de leche y se metió dentro
con patas y todo; estaba muy
chiquito. Lo llevé para la casa,
y mi padre me dice, avemaría,
qué gato más feo, parece un
vinagre y no un gato; ponle
Vinagrito. Imagínate, estaba
lleno de pulgas, sucio, en
fin... Lo bañé, lo cuidé y lo
puse a dormir conmigo en mi sofá
cama para que no me lo fueran a
botar. Pero el pobrecito se
fracturó la columna con un
muelle del sofá cama. Y aunque
el veterinario lo atendió,
siempre le quedaron las paticas
de atrás con problemas. Fíjate
que yo le ponía una ruedita,
como de un juguete, para que
pudiera impulsarse y caminar.
Por eso no podía subirse a los
tejados (...) Vinagrito existió.
Incluso, cuando la Batalla de
Santa Clara, ese gato aguantó
con nosotros los tres días de
bombardeo.”
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Aunque Teresita ya puede
ubicarse por derecho propio en
la lista de clásicos que asume
como influencias, perdura su
humildad y la memoria de sus
alimentos germinales: “En mi
música para niños influyó mucho
“El grillito Cricrí”, que era
Gabilondo Soler. Como niña, me
encantaban las canciones de
Gabilondo. Aunque hay personas
que creen que yo hago canciones
para niños. Realmente, con esa
vida tan intensa de ser la más
chiquita, única hembra entre
cuatro hermanos varones, mi
canción para niños no es más que
el diario de mi propia niñez
(...) Es más conocida mi canción
para los niños porque cuando yo
empecé a hacer canciones no
había muchos compositores para
niños. Quizá solo Enriqueta
Almanza y después María Álvarez
Ríos. Y me pusieron en la
televisión aquel animado con
El gatico Vinagrito y pegó.
Pero yo no empecé haciendo
música infantil, ni en el
Monseigneur, con Bola, ni
después en El coctel. Pienso que
lo que había era escasez de
música infantil.”
Y aunque defendemos la postura
de que las canciones para
adultos de Teresita Fernández
hay que difundirlas más,
rescatarlas en grabaciones y
textos, pues se trata de una
obra de innegable calidad, hay
que señalar el muy sólido legado
que para la canción infantil
cubana y del mundo representan
las obras de esta trovadora.
Quizá esta extensa pero
definitoria cita establezca
claramente la validez de esa
huella.
La destacada profesora Cuca
Rivero (que entre otras muchas
labores de seguro persiste en la
memoria de no pocos cubanos que
ya rebasamos la treintena con
aquella dulce voz encarnando a
los “profesores invisibles” en
un añejo programa radial de
educación musical en la
enseñanza primaria), hace una
amplia valoración de la obra
musical infantil de Teresita, en
el libro ya citado de Alicia
Elizundia.
“En la creación infantil ella es
un hito. No se parece a nadie.
Su cultura le ha servido mucho y
además el interés porque sus
canciones enseñen, sobre todo
las cosas de la naturaleza, que
es lo que más ha abordado, pero
lo ha hecho con tal ternura, con
tal puntería, que ha logrado una
canción infantil realmente
modelo (...) De ella brota todo
el afán de esa maestra que lleva
por dentro, y se refleja en la
obra que ha logrado (...) Desde
el punto de vista técnico es
como si fuéramos a analizar a
Sindo Garay. Él no fue músico de
escuela, pero quién dice que su
armonía no estaba bien puesta,
posiblemente ni supiera qué cosa
era la fuga. Entonces a Teresita
le pasa algo por el estilo. Ella
es más bien instintiva, se basa
más en su inspiración, en sus
conocimientos teóricos (...)
Teresita puede morir tranquila
sabiendo que le ha dejado a los
niños de este país y de otras
tierras un verdadero tesoro.”
Que siga lloviendo entonces
Teresita su tesoro de canciones
con niñas de cristal azul,
grillos acatarrados y lechuzas
brujitas del anochecer. El
zunzuncito cubanísimo y amoroso
de sus versos seguirá volando
libre en los pechos y cantos de
todo este pueblo que, gracias a
ella, jamás olvidará cuando era
niño.
Notas:
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