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Hace unos días pronuncié
unas palabras en el
homenaje que la Facultad
de Artes y Letras
ofreció a Roberto
Fernández Retamar, quien
fuera mi profesor y
además maestro, que no
es lo mismo, hace ya
muchos años. Y ahora que
él está presente en la
entrada a la vida de
esta revista, recuerdo
haberle escuchado decir
en una clase impartida
por los años 60
—recuerdo mucho las
clases de Roberto que me
siguen sirviendo para
hacer las mías— que uno
de los libros de más
obligada consulta para
un poeta era el
diccionario.
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Después supe lo que Jean
Baptiste llamaba la
pobreza de los hablares,
el hecho de que siempre
existen más objetos y
relaciones entre ellos
que las palabras que
tenemos para nombrarlos,
y que además, es mínimo
el número de palabras
que usamos con
frecuencia. Todavía
después tropecé con la
Oda al diccionario,
de Pablo Neruda. Lo
cierto es que me fui al
diccionario cuando
encontré el nombre de
esta revista de poesía.
El amnios, dice el
diccionario de la
Academia de la Lengua,
es ese saco cerrado que
protege el embrión de
los mamíferos, los
reptiles y las aves;
repleto de ese líquido
amniótico —se llama— que
yo, con padre y tres
hermanos médicos, debía
al menos haber oído
mencionar alguna vez en
mi vida.
El amnios, me dijo luego
Alpidio Alonso —cuando
me pidió que presentara
esta revista— era un
término muy presente en
el lenguaje de Raúl
Hernández Novás, acaso
porque Raúl ansiaba esa
entidad protectora de la
vida que, digámoslo, él
no supo encontrar sino
en la poesía. Acaso esta
revista quiera proteger
la vida del poema.
Tal vez por ello,
aparece el dossier
dedicado a Saint-John
Pèrse, a quien el
presentador de los
textos tuvo la infame y
terrible fortuna de
conocer en nuestros años
70. Los que somos apenas
un poquito más viejos, y
lo conocimos en los
irrepetibles 60, tuvimos
el gusto no solo de
disfrutar las
traducciones y ediciones
de Lezama y de Fayad
Jamís, sino de sus obras
completas, que entraron
y se vendieron en La
Habana entre la
colección de Premios
Nobel de la Editorial
Aguilar, porque el poeta
franco-guadalupense lo
recibió en 1960.
No se pierda el lector
de la revista, la
hermosísima crónica que
sobre su paisano
guadalupense escribe el
caribeño Alejo
Carpentier, respaldando
implícitamente la tesis
de lo mucho que la gran
novela latinoamericana
del siglo XX le debe a
la poesía. Ni deje de
leer el poema que
Roberto Fernández
Retamar dedica a la
inesperada novia cubana
de Pèrse.
Amnios
publica así mismo otro
dossier, centrado en
otra grande de la poesía
universal, creo que la
mayor escritora que ha
dado el siglo XX cubano,
Fina García Marruz.
Léase la rica entrevista
que Fina, que es mujer
de pocas palabras, como
no sean las de sus
poemas, se deja hacer
por Rosa Miriam Elizalde,
para revelarnos algunos
preciosos secretos,
propios y familiares.
El poeta Roberto Méndez
insiste en la presencia
de la danza en Fina, y
evoca una coreografía de
su casi homónimo
Alberto, a partir de un
poema que aparece en las
siempre encontradas
miradas perdidas, que no
se acaban de perder
nunca. Yo sé que es
cierto ese fervor de
Fina, no solo por
Alicia, que hizo en la
escena el espíritu
danzario de su poema,
sino en la admiración
que ella tiene por un
ángel de la danza como
es Fred Astaire.
Quisiera destacar los
antológicos sonetos de
Francisco de Oraá, que
Amnios nos ofrece
bajo el título de “Sol
mediante”, magníficos
sonetos quevedescos y
borgianos, qué decir,
doblemente conceptistas.
El soneto es la joya
italiana que nos legaron
Boscán y Garcilaso,
puntualmente acusados de
extranjerizantes como lo
sería después Rubén
Darío, y cuya bella
construcción y su
misterio no puedo, ni
quiero prohibirme
disfrutar.
Voy a leerles uno de los
perfectos y heterodoxos
de Francisco, que lleva
el título de “Esa oscura
persona”, en la serie de
poemas que publica:
Siento vergüenza yo de
lo que escribo
y no soy quien escribe,
es un extraño.
No hago mi vida —¿a
quién culpar del daño? —
Habrán de perdonarme lo
que vivo.
El verso se hace solo, y
lo recibo;
Él dice lo que quiere y
yo me engaño.
Mi palabra seré y estaré
vivo
Cuando yo llegue a ser
de mi tamaño.
Subo del fondo, estoy
yendo a mi encuentro;
desconozco mi imagen,
voy a tientas,
mucho más cerca,
mientras más distante
¿Sabré quién es el que
se esconde al centro,
esa oscura persona que
me inventa
para hacer a mí mismo
semejante?
En Amnios está el
chileno Raúl Zurita, del
mismo modo que todas las
ilustraciones de la
revista provienen del
catálogo Obras
públicas, del ya
nonagenario Nicanor
Parra, publicado en
Santiago por el Centro
Cultural del Palacio de
la Moneda, en el año
2006.
Cuando me pedía que
presentara este número
inaugural de Amnios,
Alpidio Alonso recordaba
que diversos avatares
habían impedido hasta
hoy la aparición de
Amnios, que intentó
presentarse en la Feria
del Libro que nuestro
país dedicara
recientemente a Chile.
Nos quedan los trabajos
de Nicanor y de Zurita
como testimonios de ese
vínculo y de aquel
propósito.
Está en este número de
la revista algo que ella
quiere tener siempre
presente: el trabajo de
los poetas jóvenes y no
tan jóvenes de Cuba,
porque Amnios, no
quiere dejar de tener
echadas sus raíces en el
suelo en que se afinca.
Ahí están: Aramís
Quintero, Marilyn Bobes,
Edel Morales, Ismael
González Castañer, Jesús
Barquet, Legna
Rodríguez, Alfredo
Saldívar, José Luis
Serrano, como muestras
del caudal inagotable de
la poesía cubana.
Sé que no lo he dicho
todo sobre esta atípica
revista sin secciones,
donde las reseñas de
libros aparecen cuando y
donde quieren. Voy a
destacar una: “Los
bueyes de un tiempo
enorme, enorme, enorme…”
que con un título que
rememora un verso de
Nicolás Guillén alude,
sin embargo, al libro
Los bueyes de un tiempo
ocre, publicado en
segunda edición por la
Editorial Capiro, de
Santa Clara, dedicado a
esa importante y casi
olvidada figura de la
cultura cubana que es
Samuel Feijóo.
Qué más amigas y amigos,
lo demás es todo,
enfrentarse a Amnios,
a lo que he comentado y
a lo que no he
comentado. Darle la
bienvenida, y lo que es
más importante, desearle
larga vida a esta
revista que obviamente
quiere ser protectora de
la segura e
imprescindible vida de
la poesía.
Muchas gracias. |